20
Tras esperar un tiempo interminable a que retiraran el cuerpo y la catedral volviera a la quietud, nos aventuramos a descender de la cúpula y a dejar la iglesia, pasando por la puerta lateral.
Por la calle no intercambiamos ni una palabra. Piero no parecía interesado en nada más que en sus pensamientos y yo, que no conseguía dejar de revivir en mi mente los acontecimientos de aquella jornada, acogí de buen grado su silencio.
Apenas entrados en la calle de casa, Francesco vino a nuestro encuentro desde el otro lado. En la mano llevaba un cesto con unos pigmentos.
—Temo haber gastado el dinero que me dejaste —empezó con tono de excusa, mostrándome sus compras—. Se había acabado de nuevo el azul y ya que estaba he cogido también albayalde y el surtido de tierras.
—Has hecho bien. Después de todo, ¿no decidimos que el taller debía seguir adelante como si lo dirigiera Domenico?
En aquel momento me di cuenta de que la puerta de casa estaba abierta de par en par. Francesco se apresuró a justificarse.
—Les juro que la había cerrado.
Vistosas huellas de fango se adentraban más allá del umbral. A juzgar por aquellos rastros, parecía que en casa habían entrado al menos dos o tres personas.
La cocina estaba patas arriba, las puertas de las alacenas abiertas y las ollas tiradas en el suelo, junto con las provisiones.
Francesco abrió la puerta del taller. También allí habían volcado los estantes y su contenido estaba disperso por el suelo.
Los pigmentos, fuera de los recipientes, formaban sobre la mesa una especie de arcoíris sobre los que yacían vejigas de cerdo con el color ya mezclado, todas reducidas a pedazos.
El banco estaba destrozado a patadas y el cuadro aún fresco había caído del caballete bocabajo.
Francesco lo recogió y lo examinó desconsolado para valorar los daños.
El sentido de cuanto tenía delante se me escapaba. Parecía que los responsables de aquella incursión habían actuado por despecho, con el solo objeto de devastar y destruir todo lo posible.
Piero murmuró una maldición entre dientes y ambos nos apresuramos arriba, hacia el cuarto de Domenico.
Al encontrarlo sano y despierto, si bien no del todo lúcido, me sentí desfallecer por el alivio.
Piero salió de inmediato y yo me acerqué a Costanza.
Estaba abandonada sobre una silla, con la cabeza reclinada, la boca medio abierta y la mano aún apretada sobre el trabajo de costura.
La llamé varias veces, moviendo su brazo hasta que se sobresaltó.
—¿Qué... qué pasa? —preguntó con voz empastada, poniéndose de pronto de pie.
—Costanza, alguien ha entrado en casa. ¿Has oído algo?
Ella miró a su alrededor, confusa.
—¿Alguien... en casa? ¿Quién...? —Luego comprendió y su rostro se arrugó—. ¿Se han llevado algo?
—No tengo ni idea —respondí impaciente—. Francesco ha salido para ir a la botica. Deben de haberlo vigilado. La puerta estaba abierta, la cocina y el taller parecen campos de batalla... ¿Es posible que no hayas oído nada?
Costanza empezó a tocar nerviosamente la cruz que llevaba en el cuello mientras miraba al suelo.
—No... No sé qué me ha pasado. Nunca me había quedado dormida así. Lo siento mucho.
Pensé que era del todo natural. Durante días y noches no se había alejado de Domenico, rechazando descansar incluso cuando estaba yo para ocuparme de él.
No debería haberle permitido agotarse de ese modo, pero no había tenido el valor de oponerme.
¿Costanza contra aquellos hombres? En resumen, había sido una suerte que no se hubiera despertado.
—Bajo de inmediato a recoger —murmuró—. Espero que los daños no sean demasiado graves.
Al verla tan compungida, sentí la necesidad de tranquilizarla.
—Nada que no se pueda arreglar. Con la ayuda de Francesco, en un momento lo recogeremos todo.
La voz de Domenico me llamó, débil e insegura.
—¿Qué ocurre?
Me incliné sobre él.
—Nada, tío. Vuelva a dormirse.
Le di un beso ligero sobre la frente y dejé la habitación para ir a la de Piero.
Lo encontré inclinado sobre su cuadro. Al menos éste parecía intacto, pero en todo lo demás reinaba alrededor el caos más absoluto.
Habían rajado el colchón en varios puntos y la paja estaba casi completamente fuera.
Habían abierto todos los contenedores, las bolsas estaban destripadas, los pigmentos y los óleos volcados en el suelo, junto con las ropas de Piero, cuyas costuras habían sido sistemáticamente abiertas.
Pero me pareció un desorden distinto al del taller.
La mano que había revisado cada objeto de aquella estancia parecía tener un objetivo preciso: estaba buscando algo en particular y era evidente que el objetivo de aquella búsqueda debía de encontrarse entre las cosas de Piero.
Recogí la jaula de las palomas y me acerqué con cautela a las dos aves, que me miraban aterrorizadas desde el alféizar cubierto de excrementos.
Mientras las atraía al interior y cerraba la portezuela, Piero ni siquiera se dio la vuelta.
Toda su atención estaba puesta en el cuadro y en un marco que yo no había visto nunca.
Parecía que alguien lo hubiera separado del lienzo y me pregunté cuándo lo habrían colocado allí.
En la parte interior destacaba la inscripción CONVENERUNT IN UNUM .
Esperé pacientemente a que Piero doblara todos los ganchos para fijarlo al cuadro y, cuando hubo terminado, me senté junto a él.
—¿Han encontrado lo que buscaban? —pregunté.
—No. Y quizá haya sido precisamente eso lo que desencadenó el desastre del piso de abajo.
Sin duda, Piero conocía tanto el motivo como quién había ordenado aquel registro, y tampoco a mí me costaba adivinarlo.
—Tenía razón. Cuando Médici quiere algo, son pocas las cosas que no estaría dispuesto a hacer.
—Sí —confirmó él, nada sorprendido por mi observación.
—¿Y sigue pensando que no buscará otras formas de alcanzar su objetivo?
Piero inclinó la cabeza, perplejo.
—No creo haber dicho eso. Estoy convencido de que lo hará, pero también estoy seguro de que no le servirá de nada. Quien va a la caza de la sabiduría, como si fuera un trofeo, se encuentra siempre con desilusiones.
Mi vestido estaba aún empapado de lluvia y los lazos que cerraban la parte externa de las mangas se habían aflojado, dejando escapar amplios bordes de la camisa. Los arreglé uno a uno mientras reunía el valor para dejar caer mi pregunta.
—¿Qué es el Corpus Hermeticum?
La severidad de la mirada de Piero me hizo arrepentirme de no haber sabido mantener a raya mi curiosidad. Pero noté que, a su pesar, la sombra de una sonrisa asomaba por una esquina de su boca. El silencio que siguió me hizo dudar de que fuera a responderme.
Se agachó para recoger el quemador del que había visto salir el humo.
Con toda calma miró a su alrededor en busca de la yesca, que encontró detrás de una pata de la cama.
Se sentó, extrajo del monedero que llevaba en la cintura una pizca de hierbas y las desmenuzó en el hornillo.
Luego empezó a frotar la piedra contra el metal hasta que saltó una chispa suficiente para encender un trozo de papel enrollado.
Acercó el encendedor al quemador y se la llevó a la boca, aspirando y soplando rítmicamente, hasta que se extendió por la estancia un olor a menta, mezclado con el aroma dulzón que comenzaba a serme familiar.
Sólo entonces retomó la palabra.
—El Corpus es una recopilación de revelaciones que se estima compuesta por Hermes Trismegisto, un antiguo sabio.
Tan grande que se dice que une en sí las cualidades de Hermes, mensajero de Zeus, y del Thot de los egipcios, el dios lunar que acompaña a las almas en la ultratumba, señor de la escritura, las matemáticas y la geometría.
Los escritos de este ensayo recogen la sabiduría egipcia anterior a Moisés, pero el conocimiento que desvelan no tiene origen, porque trata del principio único, la esencia que impregna la naturaleza humana, al igual que cualquier otra manifestación de la creación.
A pesar de que no había entendido demasiado de aquella explicación, podía intuir su profundidad, un poco como cuando se entra en contacto con una obra de arte sin interrogarse sobre su significado.
Mientras observaba los arabescos que subían lentos de la boca de Piero y dejaba que aquel extraño humo me bajara a los pulmones, dándome una ligera sensación de irrealidad, experimenté una especie de claridad repentina.
De golpe, consciente de estar entre los pocos al tanto de la existencia de aquel texto y de su probable hallazgo, me sentí estúpidamente orgullosa de ello y quise saber más.
—¿El conocimiento del que habla es aún desconocido en nuestro mundo?
Él apoyó el quemador, alimentándolo para que siguiera funcionando como un incensario. Se levantó y empezó a recoger los objetos esparcidos por el suelo.
—No del todo. Hasta nosotros ha llegado la transcripción latina de una pequeña parte del Corpus.
Se estudia desde hace siglos y no son pocos los que han buscado en el hermetismo alguna semejanza con las verdades cristianas.
Pero aún son más los que, excitados por el deseo de dominar la materia, han querido probar con los ritos mágicos, los estudios astrológicos y los procedimientos alquímicos contenidos en sus páginas, sin entender que, a falta del verdadero conocimiento, se reducían a fórmulas sin sentido, del todo incomprensibles para nosotros, los no iniciados.
Dio la vuelta entre las manos a una de sus camisas, a la que habían descosido ambos lados buscando, claramente, algún bolsillo escondido. Luego concluyó:
—Por último, están quienes, como Cosme, quieren apropiarse de la sabiduría antigua como un cazador de cuernos de ciervo.
Y aunque, por un lado, es verdad que su codicia ha permitido salvar muchos códices de la destrucción, hay también casos en que es necesario hacer lo que sea para evitar que una enseñanza secreta pueda acabar en manos de quien no está preparado para recibirla.