El misterio de la pintora rebelde 19
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Húmedo y pesado, el aire del atardecer estaba aún saturado de calor, pero traía consigo el olor del inminente temporal.

No llovía desde hacía al menos dos meses y el clima tórrido de las últimas semanas, junto con las sombras lívidas que ya cubrían parcialmente el cielo, no dejaban dudas sobre la violencia que se desencadenaría poco después.

Intermitentes rayos de luz se filtraban del manto de las nubes, encendiendo por momentos la puerta del baptisterio con descarados resplandores de oro puro.

A los pies de un panel que representaba el encuentro entre Salomón y la reina de Saba, la cabeza de la anciana vendedora de agua yacía abandonada sobre el escalón, única nota plateada entre las cabezas doradas de los profetas.

Me sabía mal despertarla, pero era la única de entre los mendigos de la plaza a la que aún no había preguntado por el fantasmal Emperador.

No es que tuviera muchas esperanzas. De hecho, hasta entonces no había coleccionado más que respuestas molestas y miradas sospechosas, a pesar de las monedas que siempre estuve dispuesta a ofrecer.

Me pregunté si también Piero, que llevaba a cabo una investigación similar por las calles limítrofes, había obtenido el mismo decepcionante resultado.

Arrodillada junto a la mujer, le rocé el brazo con el que se aferraba a su ánfora.

Al segundo intento me miró como nublada, se sentó y alisó su gastado vestido color tórtola con el cuidado que habría usado para una prenda de calidad.

Finalmente sus ojos, que tenían las mismas vetas grises del empedrado, parecieron enfocarme.

—¿Qué quieres? —me espetó con una voz oxidada, como si no la usara desde hacía tiempo.

—Necesito una información y estoy dispuesta a recompensarla bien.

Frunció el ceño, asumiendo la expresión dudosa y hostil a la que ya estaba acostumbrada.

—¿El qué?

Con rapidez le puse en la mano un céntimo.

—Estoy buscando a un hombre que se hace llamar Emperador. ¿Has oído hablar de él?

Ella se metió la moneda en el bolsillo, se aclaró la garganta y luego respondió con otra pregunta.

—¿Ya se lo has preguntado a alguien más?

—Sí... Más o menos a todos en la plaza, pero no he conseguido gran cosa.

Su actitud, algo distinta a la de los otros, me dio esperanzas. Pero mi sonrisa no consiguió disipar en lo más mínimo la red de arrugas que le cubría la frente.

—Entonces es demasiado tarde para advertirte. Te estás buscando problemas y te aseguro que los encontrarás.

Hizo ademán de levantarse, dándome a entender que no tenía nada que añadir, pero la sujeté por una muñeca.

—¿Qué quieres decir?

—¡Quítame las manos de encima! —me espetó—. No quiero que me vean hablar contigo.

Aquella mujer sabía algo. Su actitud lo decía todo. Era la primera débil pista y no tenía intención de dejarla pasar. Recurrí entonces a un valor que no sabía que tenía y, sin soltar la presa, insistí:

—Si quieres que te deje marchar, tienes que decirme quién temes que te vea.

Ella luchó para soltarse mientras su dureza inicial dejaba sitio al miedo.

—Déjame, desgraciada —siseó entre dientes—. No sabes dónde te estás metiendo. ¿Por qué quieres arrastrarme contigo?

Sin soltarla, me acerqué a su oído.

—Porque quiero saber de quién debo cuidarme. Dímelo y podrás irte. Si sigues moviendo las manos sólo llamarás la atención.

Entonces, con un gesto ostentoso dejé caer en su mano dos florines de plata. Ella los tiró lejos, como si quemaran.

—¡Eres una maldita puta! Nos están mirando todos.

—Entonces dime ya si entre ellos está también el Emperador.

La mujer echó un vistazo rápido a toda la plaza. Luego se tapó la boca y gruñó en voz baja:

—No lo sé. Nadie lo ha visto nunca. Pero si alguien puede saber algo es el hombre de amarillo de pie delante de la catedral.

Recorrí con la mirada los mármoles policromados que cubrían un tercio de la fachada, por lo demás despojada e incompleta como un pollito salido demasiado pronto del cascarón.

Lo identifiqué bajo el primer nicho a la derecha de la entrada central.

Debía de haber llegado hacía poco, porque antes no lo había visto.

Era delgado y su cabeza calva no llegaba ni siquiera a la mitad del zócalo que corría a los pies de las estatuas.

Llevaba una túnica color mostaza larga hasta la rodilla y una venda negra sobre el ojo izquierdo.

El otro, oscuro como el azabache, nos estaba mirando sin tomarse la molestia de disimularlo.

Devolviendo a un rincón de mi conciencia el sentimiento de culpa por lo que estaba haciendo, presioné aún más a la mujer.

—Será mejor que me digas algo más preciso, ya que ese hombre parece sospechar que estamos hablando de él. ¿O prefieres quizá que vaya a confirmárselo?

La aguadora dio un respingo que estuvo a punto de tirar el ánfora a sus pies. Luego me miró como si quisiera arrancarme los ojos.

—Cetto el Tuerto procura mujeres y niños a la mitad de los burdeles de Florencia. Entre ellos a la taberna del Halcón Blanco, una de las que controla el... la persona que estás buscando.

—¿Dónde está esa taberna?

—Al otro lado del Arno, en Borgo San Friano, a pocas casas de la puerta.

De repente, escupió al suelo, cerca de mi pie.

—Espero que vayas sola, de noche, que te violen brutalmente y luego te tiren al Arno con la garganta cortada.

Turbada, aflojé el agarrón y ella aprovechó para soltarse; luego desapareció detrás del baptisterio a una velocidad insospechada para una mujer de su edad.

Respiré hondo para aflojar la tensión mientras miraba a mi alrededor en busca de Piero.

Lo vislumbré cuando estaba entrando por Corso degli Adimari y lo alcancé a la carrera en la logia del Bigallo.

Mientras le contaba cuanto había sabido de la aguadora, vi al hombre con la túnica amarilla, que desaparecía más allá de la entrada derecha de la catedral.

Sin vacilar, ambos nos lanzamos a perseguirlo.

Sobre las paredes despojadas de la nave central, las bóvedas ojivales perfiladas de gris se cruzaban a una altura vertiginosa, dibujando una especie de inmensa y sublime telaraña.

Esos gigantescos vanos, modulados por macizos pilares, daban al fiel la medida de su insignificancia en comparación con la épica y austera grandeza de la mayor iglesia de la cristiandad.

Piero miró a su alrededor un instante y luego se metió, decidido, detrás de una mampara de madera, en un ángulo de la nave derecha.

Un momento antes también a mí me pareció percibir un movimiento, pero quizá sólo había sido el resplandor del relámpago que encendió de repente los vidrios del rosetón.

De todos modos, me colé entre las cuerdas que cerraban el paso y llegué hasta una abertura en el suelo, apenas a tiempo para ver a Piero bajar por ella por una escalera de mano. Lo seguí sin vacilar.

Había oído hablar de la antigua catedral de Santa Reparada, abatida casi un siglo antes, pero no imaginaba que allí abajo aún sobrevivieran pilares, bóvedas y paredes pintadas al fresco.

La luz que se filtraba desde arriba no permitía ver mucho, sin embargo, era suficiente para distinguir los mosaicos que afloraban por momentos entre las losas del suelo.

La oscuridad en que se perdía el resto de aquel espacio sólo la iluminaba una vela, apoyada en el suelo sobre una lápida blanca. Me incliné para leer la inscripción: C ORPUS MAGNI INGENII VIRI P HILIPPI  S . B RUNELLESCHI FLORENTINI.

La conciencia de que estaba pisando la tumba del hombre que había hecho posible el prodigio de la cúpula más grande del mundo me llevó a retroceder un paso en señal de respeto.

En aquel silencio amortiguado, la voz de Piero me sobresaltó.

—Aquí ya me encargo yo. Vuelva arriba y mantenga vigiladas las salidas.

Cogió la vela y desapareció al fondo de la cripta.

Subí de nuevo a la iglesia y me senté en uno de los bancos, en medio de la nave izquierda.

A mi lado, el falso bajorrelieve de un general a caballo, que llevaba la firma de Paolo Uccello, estaba pintado al fresco con tanto realismo que casi hacía percibir el frío del mármol.

Me dije que quizá, con la ayuda de su sorprendente caja, también yo tendría alguna esperanza de dominar un día las incomprensibles leyes de la perspectiva.

Escondida tras un pilar, controlaba entre tanto los accesos y las tres naves, haciendo lo posible por no atraer la atención del grupo de religiosos que rezaban el rosario debajo del altar.

Su suave salmodia era apenas perceptible, acallada por la violencia de la tormenta que había empezado a ensañarse sobre las puertas y vidrieras, y hacía que el edificio pareciera un barco a merced de las olas.

Después de un rato, Piero se sentó junto a mí.

—Desaparecido en la nada —dijo en voz baja—. Sin embargo, estoy casi seguro de que no ha dejado la iglesia.

Exhalando mi decepción, levanté los ojos hacia la cúpula.

De pronto, creí ver moverse algo detrás de la más alta de las dos balconadas que corrían por encima de los óculos de las ventanas a lo largo del perímetro del octágono, a muchos brazos del suelo.

A esa distancia era apenas distinguible, pero no había duda de que se trataba de una figura humana y de que su túnica era de color mostaza.

—¡Mire! Está allá arriba. Pero ¿cómo...?

—¡La galería del tambor! No se mueva. Subiré a por él.

Esperé, siempre con la vista en aquel hombre, hasta que Piero apareció a su lado. Los vi discutir animadamente. Luego desaparecieron de mi vista, reaparecieron, desaparecieron de nuevo y comprendí que estaban peleando.

Incapaz de quedarme allí mirando, impulsivamente decidí subir. Tomé la escalera casi a la carrera y alcancé la segunda galería sin aliento. Cuando me asomé a la balconada, me di cuenta de que Piero no necesitaba ninguna ayuda.

Encajado en el estrecho espacio entre el muro y el parapeto de piedra, su adversario yacía bocabajo, con un brazo bloqueado detrás de la espalda y un reguero de sangre que le descendía de la nariz.

Piero se alzaba sobre él clavándole una rodilla en el costado mientras le hablaba en voz baja.

Al verme, me dirigió la palabra como si me estuviera esperando.

—Está todo bajo control. Haga subir a los guardias. Ellos se encargarán.

Vacilé, sin entender qué quería decir. El hombre, en cambio, pareció entender perfectamente.

Empalideció y su mirada me buscó, rapidísima, con toda la desesperación de un animal atrapado, pero también con la determinación de quien sabía que no tenía nada que perder.

En aquel preciso momento comprendí que estaba a punto de ocurrir algo, sin embargo, no tuve tiempo ni modo de impedirlo.

Con una fuerza sobrehumana el hombre dio un repentino golpe de riñones y desequilibró a Piero, que tuvo que agarrarse para no acabar en el suelo.

Antes de que éste lograra reaccionar, el otro se soltó, murmuró algo que no conseguí oír, luego saltó por encima del parapeto y se dejó caer al vacío.

El ruido sordo con que aterrizó detrás del altar resonó como una explosión entre las altas paredes.

Mi grito lo tapó el de unos frailes que se lo vieron caer encima. Piero me empujó con rapidez más allá de la puerta, apenas antes de que decenas de ojos se elevaran hacia nosotros.

—¿Hay alguien ahí arriba? —gritaron desde abajo.

Muy trastornada por la escena a la que acababa de asistir y de la que me sentía en parte responsable, estaba a punto de gritar de nuevo, pero la mano de Piero me tapó rápidamente la boca.

—Se lo ruego —susurró—, si nos encuentran aquí tendremos serios problemas. Trate de calmarse.

Asentí. Piero me cogió de la mano y me arrastró hacia la escalera.

Los peldaños, desde aquel punto, se encajaban en la cavidad comprendida entre las dos bóvedas que formaban la estructura de la cúpula.

A medida que subíamos, el espacio se hacía cada vez más angosto y la curvatura más nítida y empinada, al punto que nos obligaba a avanzar con la cabeza baja, en precario equilibrio.

Detrás de nosotros resonaban pasos y voces que se acercaban.

Una vez arriba, Piero tuvo que usar toda su fuerza para vencer el empuje del viento y abrir la trampilla que llevaba a la linterna.

Los trabajos aún no habían concluido y en los andamios yacían en desorden materiales de construcción y placas de mármol cubiertas por lonas que revoloteaban.

Una se levantó de golpe y me embistió de lleno, como un rayo que se descargaba a poca distancia.

Salté con violencia y habría perdido el equilibrio si Piero no me hubiera sujetado por la cintura.

Una sensación de vértigo me asaltó al mirar bajo mis pies las nervaduras de la cubierta que se precipitaban empinadas hacia el techo de la catedral.

Desde allí arriba parecía poco más que un juguete, y hasta el campanario de Giotto se veía tan delgado y precario que tenía la impresión de que oscilara a merced de los elementos.

El resto de la ciudad se podía sólo intuir detrás de un mar oscuro de nubes que se arremolinaban velocísimas levantando trozos de madera, algunos postigos y buena parte de las tejas de los techos.

Luché por mantenerme en pie, agarrándome a una voluta de mármol.

Piero me empujó hacia el suelo y me atrajo entre dos contrafuertes, en uno de los nichos formados por las estrechas aberturas de la linterna.

Me apretó contra sí mismo, haciéndome entender que estuviera callada.

Poco después un chirrido indicó que alguien estaba empujando la trampilla. Durante la larga pausa de silencio que siguió, dejé de respirar.

Luego oí una voz.

—Aquí no hay nadie. Volvamos abajo antes de que nos parta un rayo. Está claro que ese desgraciado se ha tirado solo.

Ante el sonido de la portezuela que se cerraba, sentí que la tensión se me deslizaba por encima junto con los regueros de lluvia.

Mientras me abandonaba contra el cuerpo de Piero, de golpe el miedo se desvaneció y también el recuerdo del hombre al que había visto precipitarse dejó por un instante de atormentarme la conciencia.

En aquel momento, sobre el balcón suspendido en el fin del mundo, había sólo agua, viento y granizo, que me azotaban con sus ráfagas, despertando mis sentidos a la emocionante conciencia de estar viva.

Las manos de Piero, que me sujetaban por los hombros, estaban perfectamente quietas, pero habría dado cualquier cosa por sentirlas moverse sobre mi piel, permitiéndome ceder al fin a un deseo que ya no podía ignorar.

Unos cuantos relámpagos se encendieron en una secuencia, a poca distancia de mí. No moví ni un músculo, pero formulé confusamente la muda plegaria de la salvación. No tenía dudas de que, si uno de ellos me hubiera alcanzado en ese momento, habría ido directa al infierno.