El misterio de la pintora rebelde 18
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Las palas de los molinos golpeaban la superficie fangosa de la Gora di Ognissanti, el canal que se apartaba del Arno corriendo en paralelo a su lecho y que, al igual que el río, mostraba las heridas de una prolongada sequía.

Las ruedas giraban sin pausa para impulsar la poca agua del estanque de Santa Rosa hacia los fosos, de manera que los martillos de los batanes, algunos centenares de brazos más allá del puente Carraia, pudieran seguir funcionando sin interrumpir el trabajo de abatanado de los tejidos.

Piero tenía la intención de hablar con los frailes del cercano convento de los Humillados que precisamente allí, entre los canales del Bisarno, trabajaban cada día la lana siguiendo todas las fases de la producción.

Desde lejos veía sus siluetas blancas inclinadas sobre el agua lavando las madejas, que luego extendían a secar a la sombra.

Junto a una maraña de troncos secos yacía el cadáver hinchado de un asno, sobre el que se cebaba una bandada de cuervos. El hedor que emanaba de allí hizo que me volviera hacia el río, donde dos pescadores metidos en el agua hasta la cintura arrastraban hacia la orilla las redes medio vacías.

—Usted quédese aquí —me ordenó Piero, dirigiéndose hacia los frailes.

Obedecí de mala gana, aunque entendía bien que para los religiosos habría sido un problema encontrarse delante de una mujer.

Mientras ahuyentaba con la mano las nubes de insectos que el agua parecía multiplicar por doquier, no pude dejar de pensar que poco antes, cuando se trataba de traspasar los muros, mi presencia había sido, en cambio, determinante.

Delante de la puertecita del Prato, Piero me había pedido que me acercara a los guardias y les rogara que nos dejaran salir para recoger unas ortigas para mi madre, enferma del pecho.

La sonrisa suplicante con que les había mostrado la cesta, quizá junto al hecho de que no tuviéramos pinta de fugitivos, los había convencido de inmediato.

La facilidad con la que conseguimos nuestro objetivo y las miradas licenciosas de los soldados, que aún sentía sobre mí, me hicieron sospechar de la verdadera razón por la que Piero me había llevado consigo.

Fingiendo la recogida de ortigas, lo observé mientras alcanzaba a los frailes para interrogarlos sobre las circunstancias del homicidio. A aquella distancia no podía oír su conversación, pero, por cómo los vi sacudir la cabeza, deduje que no debían de saber nada.

Uno de ellos extendió el brazo indicando un punto a lo lejos sobre el canal y Piero se encaminó hacia el puentecillo que superaba el Mugnone. Lo alcancé a la carrera y durante un rato seguimos la orilla, superando algunas pequeñas construcciones en piedra y varios molinos.

Nos detuvimos delante del último de una serie, un poco apartado de los demás, más allá del cual el foso desaparecía en una extensión de terreno donde se perdía la vista. Su pala era la única que no estaba en funcionamiento.

—Por lo que me han dicho los monjes, el cuerpo del camarlengo lo encontraron aquí —dijo Piero—. El agua en este punto va lo suficientemente alta como para ahogar a un hombre con las articulaciones rotas.

Miró a su alrededor.

—El lugar donde lo torturaron no puede estar lejos.

Traté de no pensar en el horrible fin de aquel pobrecillo, arrastrado al fondo de un estanque de unos pocos brazos de ancho, y le pregunté con forzada indiferencia:

—¿Alguien oyó gritos o algún ruido?

—Parece que no, y aunque así fuera no se lo dirían, desde luego, a un desconocido. Se trata del asesinato de un religioso, ocurrido además en circunstancias nada claras. Es comprensible que el convento no quiera tener nada que ver con un asunto tan delicado.

Sus ojos se movieron rápidos, escrutando los campos y la vegetación, pasando revista a cada arbusto, antes de posarse sobre el techo de una cabaña de madera que se vislumbraba a lo lejos.

Me levanté la falda hasta la rodilla y lo seguí entre la hierba alta hasta aquella construcción, que tenía el aspecto de una caseta de herramientas y parecía totalmente abandonada. Sin embargo, la puerta estaba atrancada cuidadosamente y el cerrojo había sido engrasado hacía poco.

Tras examinarlo, Piero sacó un cuchillo del cinturón y manipuló con la punta la cerradura hasta que cedió con un golpe seco. La puerta se abrió con un chirrido y un haz de luz cortó la oscuridad, iluminando la paja dispersa sobre el suelo y las paredes ennegrecidas de humo.

Un gran saco de cáñamo cubierto de manchas, también lleno de paja, ocupaba un lado de la minúscula estancia. Junto a él había una lámpara de hierro y varias velas consumidas. En el aire se había estancado un olor acre que se pegaba a la garganta y que no se debía sólo al sebo de las velas.

Piero observó todo con extrema atención. Continuó moviéndose despacio, desplazando en varios puntos la paja con el pie, hasta que lo vi arrodillarse sobre las tablas de madera y rascar la superficie con el cuchillo. Luego levantó el filo, bajo el que se veían claramente algunas astillas oscuras.

—Diría que sí. A pesar de que alguien se haya apresurado a limpiarlo cuidadosamente, no han eliminado todos los rastros.

—¿Piensa que al camarlengo lo han asesinado aquí?

—Para ser exactos, aquí sufrió las mutilaciones y las fracturas. Del resto se encargó el agua del canal —respondió con la misma indiferencia con la que habría explicado un fenómeno meteorológico.

De repente, al ser consciente del origen del olor estancado en aquella estancia, me invadió una oleada de náuseas que me obligó a buscar deprisa la salida. Pero apenas me asomé al umbral se me escapó un grito y retrocedí tropezando. Piero me sostuvo antes de asomarse él.

A pocos pasos de nosotros, un hombre nos estaba observando.

Tenía el rostro desfigurado por la viruela y sus ojos enrojecidos delataban un miedo mucho más grande que el mío.

De su gorro rojo, puesto del revés, sobresalían mechones de pelo enredados y terrosos, que le llegaban hasta la cintura.

Sin importarle el calor, vestía una pesada túnica de lana cruda, que antes debió de haber sido roja.

Algunas tiras de una piel velluda, semejante a la de un jabalí, le cubrían los hombros asimétricos.

Con la mano derecha agarraba una cuerda, a la que llevaba atada una cabra blanca y negra.

Piero se fue acercando con cautela hacia él.

Al verlo avanzar con el cuchillo en la mano, el hombre tuvo miedo.

Emitió un gemido prolongado y dejó de golpe la cuerda.

La cabra empezó a correr por el prado y él se cubrió el rostro con los brazos mientras un chorro de orina descendía regándole los pies descalzos.

—No..., no..., merced..., piedad. —Fueron las únicas palabras comprensibles, acompañadas por sonidos guturales y frases inconexas, en un extraño idioma que mezclaba latín, lengua vulgar y expresiones desconocidas.

Piero se detuvo, guardó el cuchillo y levantó ambas manos.

—¿Lo ves? No quiero hacerte daño —dijo en todo persuasivo—. Quiero hablar contigo... ¿Puedo?

El hombre bajó la cabeza hacia el pequeño lago que se había formado entre sus piernas. Luego la movió a un lado, manteniéndola como encajada entre los hombros y examinó a Piero de arriba abajo.

—¿Es este sitio el que te da miedo? —preguntó Piero—. ¿Has visto algo feo que sucediera aquí?

El otro se echó a sus brazos y comenzó a acunarse despacio. Piero le ofreció una moneda. Él la miró, sin dejar de oscilar rítmicamente de un pie al otro. Luego observó a su alrededor y la cogió con un movimiento raudo.

—Si me dices lo que has visto te daré otra —lo apremió Piero, pero él sacudió la cabeza con fuerza varias veces.

—Niuno..., no vi niuno —articuló en su extraño dialecto.

—¿Estás seguro?

Piero sacó otras monedas, que sostenía en la palma de la mano extendida.

Por el modo en que el rostro del hombre se contrajo, estaba claro que nunca había visto tantas juntas.

La tensión entre el deseo de coger aquel dinero y el miedo a las consecuencias lo desgarraba, hasta el punto de sacudirle todo el cuerpo con un violento estremecimiento.

Dejó ir una especie de gemido, bajó la cabeza y estalló en un llanto desesperado.

—¡Emperador mata, pobre de mí...! ¡Emperador mata... Niuno salvad..., pobre de mí!

Frente a aquel pobrecillo sacudido por los sollozos, rogué a Piero que no insistiera más.

Aunque algo contrariado, él asintió y con un gesto seco me invitó a iniciar el camino de regreso.

Apenas me hube alejado, con el rabillo del ojo vi cómo le daba al hombre todas las monedas y se llevaba un dedo a los labios para pedirle que guardara silencio.

Entre tanto, advertí que un fraile corpulento venía hacia nosotros con paso expedito, aunque visiblemente cojo. Nos alcanzó en un santiamén y se detuvo delante de nosotros, agitando furioso el grueso bastón en el que se apoyaba para caminar.

—Ésta es una propiedad privada —gritó, abriendo los labios brillantes de saliva—. Si se trata de alguna pregunta, pase. Pero los he visto entrar en esa cabaña y dar un susto de muerte al pobre Ganimede. Quienquiera que seáis, si no os vais de inmediato pasaréis la noche en la cárcel.

—Cálmese, padre —lo apaciguó Piero—. No era nuestra intención molestarlo. La puerta de la cabaña estaba abierta y en cuanto a Ganimede, nuestro único pecado ha sido darle algunas monedas... No sabía que era uno de vuestros hermanos.

—¡Sólo faltaría! —soltó el fraile, sin captar en lo más mínimo la ironía—.

Claro que no lo es. Pero como el Señor nos ha enseñado, lo acogemos siempre con gusto, junto a muchos que como él mendigan durante el día delante de la catedral y luego vienen aquí a buscar un plato de sopa...

Y ahora marchaos. Éste es un lugar de paz y trabajo y ya hemos tenido bastante desorden en estos días de atrás.

Si os vuelvo a encontrar aquí a mi regreso, llamaré a la autoridad.

Nos dio la espalda para dirigirse hacia la cabaña. Seguimos bordeando el canal en sentido contrario hasta que, casi en el acceso a la ciudad, un repentino olor a quemado me impulsó a darme la vuelta.

Agarré del brazo a Piero.

—¡Mire! ¿Qué es lo que pasa?

Una alta columna de humo se elevaba encima de la cabaña, completamente envuelta en llamas.

—Están borrando las pruebas —respondió él, como si aquel espectáculo no le sorprendiera en absoluto.

—¿Está diciendo... que los frailes están implicados en el asesinato del camarlengo?

—No he dicho eso. Simplemente quieren seguir manteniendo la confidencialidad sobre sus pecados.

Seguía sin entenderlo, pero me molestaba parecer tonta, así que asentí.

—Comprendo —murmuré mientras me preguntaba si lo había entendido bien.

Pensando en el cuidado con el que custodiaban aquel pajar y en la prisa con la que habían sido eliminadas las pruebas, era probable que el pecado en cuestión tuviera que ver con la lujuria.

Con cautela, traté de profundizar en el tema—.

¿Y de qué modo el asesinato del camarlengo tendría algo que ver con... las costumbres de los frailes?

Él se encogió de hombros.

—Eso aún no lo sé, ni puedo saber cómo el camarlengo del hospital llegó a esta cabaña en la periferia de Florencia.

De momento sólo tengo dos certezas. Una es que debe de existir un pasadizo seguro que del convento conduce más allá de los muros y que hasta ahora ha permitido a los frailes llegar sin ser molestados a esa alcoba.

La otra es que se han valido de alguna ayuda exterior para organizar sus encuentros.

En ambas cuestiones nos sería de gran ayuda saber más, pero es impensable que alguien esté dispuesto a hablar de ello.

Por tanto, debemos conformarnos con lo que ha dicho Ganimede.

Fruncí el ceño.

—¿Cree que ha dicho algo significativo?

Piero apoyó la mano sobre el tronco de una encina y respiró muy lentamente, sin ocultar la fatiga que le suponía tener que compartir continuamente sus opiniones.

—Lo que ha visto y oído se conecta a alguien preciso, alguien que lo aterroriza. Dividido entre el miedo y el ansia de coger las monedas, ese desgraciado ni siquiera debe haberse dado cuenta de que nos ha revelado precisamente el nombre que se había propuesto ocultar.

Recordé las palabras de Ganimede y no me parecieron algo a lo que agarrarse, suponiendo que no fueran sino el fruto de una mente trastornada.

Medio en serio, medio en broma, dije entonces:

—Siempre que el nombre Emperador le sugiera algo, ¿de veras cree que es suficiente para hallar a un hombre en una ciudad como Florencia? ¿Por dónde piensa comenzar?

Piero no me ahorró una de sus miradas despreciativas, luego concluyó:

—Dado que el término Emperador no me suscita más recuerdo que la figura de ciertos naipes, la reverencia y, al mismo tiempo, el terror de Ganimede al pronunciarlo me llevan a creer que para él o, como espero, también para algún otro mendigo pueda tener algún significado.

Después de todo, no me parece que, de momento, tengamos mucho más para empezar.

En cuanto al lugar, diría que es obvio comenzar por aquel que Ganimede frecuenta cada día, es decir, la plaza de la catedral.