El misterio de la pintora rebelde 17 #2
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—Antonia ha frecuentado mi taller desde que iba en pañales. Es natural que le gusten los pinceles y las pinturas, como a sus hermanos. Por eso he decidido mandarla donde puede hacer un libre uso de ello, sin que nadie la mire como a un bicho raro.

Si Paolo había malinterpretado el sentido de mis preguntas, Antonia parecía, en cambio, haberlo intuido. Sonrió de nuevo, de una manera dulcísima, acariciándome la mano.

—En la congregación de Nuestras Hermanas Blancas hay mucho respeto por el talento de cada una y se anima a todas a aprovechar las dotes que Dios les ha concedido.

—¿Quiere decir... que es monja?

—No exactamente, o mejor, aún no. El monasterio permite tomar temporalmente el hábito también a hermanas laicas, que respeten la regla sin cortar sus vínculos con el mundo.

Como ve, consigo disfrutar incluso de algunas horas para ayudar a mi padre.

Pero no por mucho tiempo ya... En breve pronunciaré los votos.

Asentí, reconociendo sólo entonces su hábito de novicia.

Aquel era, por tanto, el único camino para una mujer que deseara dedicarse al arte.

La rendija que por un momento se había abierto en mi mente se cerró de inmediato.

La idea de renunciar para siempre al mundo era algo que me aterrorizaba, pero la serenidad con la que Antonia parecía acoger aquella perspectiva de vida me colmó de maravilla y de admiración.

La voz atronadora de Paolo me sacudió.

—¿Quién me busca...?

Fue hacia el umbral, detrás del cual alguien pronunciaba tímidamente su nombre.

Cuando lo vi regresar en compañía de Alesso Baldovinetti, me pregunté por qué extraña coincidencia el camino de aquel hombre y el mío continuaban cruzándose.

—¡Qué agradable sorpresa! No dudaría en definirla como un verdadero milagro —comenzó Alesso, inclinándose solemnemente ante Antonia y ante mí, para luego dirigir de inmediato su interés hacia Piero—.

Pasé justo ayer para tener noticias del pobre Domenico.

Esperaba encontrarte, pero parece que eres escurridizo...

Quién habría pensado verte precisamente donde Paolo. ¿Qué te trae por aquí?

La cordialidad con la que Piero respondió a su saludo me hizo creer por un instante que no era simulada.

—Querido Alesso, como puedes imaginar han sido unos días bastante ajetreados. Estoy aquí por la vidriera de San Jorge. Domenico está mejor y quiere comenzar a trabajar en ella. Es un placer verte.

— Deo agimus gratias! Es un alivio saber que Domenico va mejorando. Admito que había pensado en lo peor... ¡Pero, caramba, también hoy está el día sofocante!

Se pasó la mano por el pelo, del que le caían grandes gotas de sudor.

—¿Sabes? Yo también estoy trabajando con Paolo, una anunciación para el mismo convento al que está destinada esta tabla. Por suerte, casi he terminado, así que pronto podré comenzar con los frescos de San Egidio... Imagino que ya te lo habrán contado.

La forma en que observó la reacción de Piero, entrecerrando un poco los párpados, me hizo entender que la de Domenico no había pasado desapercibida para él. Sin embargo, el otro ni pestañeó.

—Ya era hora de que alguien se decidiera a terminar esos frescos y es estupendo que seas precisamente tú quien lo haga.

Alentado por ello, Alesso se sintió autorizado a continuar.

—El rector Torregiani también me ha confiado el encargo porque sé trabajar a buen precio. Qui in pergula natus est, aedes non somniatur... La necesidad, que a menudo me ha llevado a tener que ahorrar, hoy se vuelve a mi favor.

Esbozó una risita de satisfacción.

—Sobre esas paredes tengo la intención de poner en práctica todos los experimentos sobre el color que estoy llevando a cabo.

Sólo con usar el amarillo azufre en vez de oropimente, y azulino en vez de azurita, se gasta menos de la mitad.

Y no es cierto que se deterioren con la exposición al aire, al menos no tanto como se dice.

He perfeccionado muchas recetas... Quiero mostrártelas y saber también tu opinión. ¿Cuándo puedo ir a verte?

—¡Basta ya, Alesso! —intervino Paolo, evitando que Piero tuviera que responder—. Si te parece, ahora me importan más mis experimentos y hay algo que tenéis que ver sin falta... Antonia, coge la caja.

La muchacha sacó del estante frente a ella un gran recipiente rectangular, con un pequeñísimo orificio en la parte delantera, una abertura en la parte alta y otra sobre el lado derecho, ambas cuidadosamente cubiertas con tela oscura.

Antes de llevárselo a su padre, lo apuntó hacia la ventana abierta y me invitó a mirar dentro.

Me quedé boquiabierta al ver reflejada la casa de enfrente, reproducida del revés en el interior de la caja.

Antonia rio por mi sorpresa y me explicó que, metiendo la mano en la correspondiente abertura, era también posible dibujar la imagen reflejada sobre el delgado folio que estaba apoyado sobre ella.

Alesso, asombrado a su vez por el objeto, quiso probarlo de inmediato, dejando escapar exclamaciones de admiración.

Piero, en cambio, parecía conocer ya el funcionamiento.

—Es una de las cajas de perspectiva de Leon Battista. ¿Cómo la has conseguido?

Paolo hinchó el pecho, orgulloso.

—La he construido yo con las instrucciones que me dejó la última vez que estuvo en Florencia... Ahora ya sabéis cómo paso las noches, pues los días se me van en los encargos. Debo decir que es verdaderamente increíble. Vamos fuera. Funciona mejor con la luz.

Piero lo detuvo.

—Por desgracia, no es el momento. Hay una cuestión urgente que exige mi presencia y ahora debo marcharme. Pero te juro que no dejaré Florencia sin verte de nuevo.

Paolo le lanzó un piropo obsceno, pero luego lo abrazó con fuerza y amenazó con maldecirlo si no honraba su compromiso.

Mientras me saludaba, Antonia mencionó el Carmelo de Santa María de los Ángeles, cercano al secadero de Borgo San Friano.

—La espero cuando quiera —dijo en voz baja—. Creo que tenemos mucho en común y será un placer mostrarle mis trabajos.

En cuanto salimos a la calle, Piero me apremió con impaciencia, como si la prolongación de aquella parada fuera culpa mía.

—Vamos, ya hemos perdido demasiado tiempo.

Me di cuenta de que aún no sabía a dónde íbamos, y se lo pregunté.

—Creía que ya lo había entendido. Si encontraron el cadáver del camarlengo en Gora di Ognissanti, sólo podemos empezar por ahí.