El misterio de la pintora rebelde 17
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El alivio de Francesco al saber de la mejora de Domenico se desvaneció en el mayor desconcierto cuando le conté lo que había ocurrido con el camarlengo.

Tomó aire, luchando por articular una frase con sentido completo.

—¿Qué..., qué...? ¿Cómo...? ¿Qué está sucediendo, Lavinia?

—No tengo ni idea. Sólo sé que alguien quiere dañar a Domenico y que está haciendo todo lo posible por destruirlo.

—Pero a él... a él no pueden acusarlo, en el estado en que se encuentra. A nosotros, en cambio, después de las acusaciones que el camarlengo nos ha lanzado en el hospital... ¿Dices que podrían venir a buscarnos? ¿A interrogarnos? He visto cómo lo hacen.

Un mechón de su espeso y pesado cabello escapó del lazo, descendiendo hasta cubrirle buena parte del rostro. Se lo aparté con delicadeza.

—Tratemos de no pensar en lo peor, ¿de acuerdo?

Le rocé la mejilla con el dorso de la mano y él se estremeció ligeramente.

—No creo que nadie vaya a venir a buscarnos —añadí—. En todo caso diremos que no nos hemos movido del lado de Domenico, día y noche. Tanto Piero como Costanza lo confirmarán.

—¿Crees que lo harían? ¿También Costanza?

—Estoy segura. Es más leal de lo que piensas y de cuanto pensaba también yo.

Pero no quiero mentir contándote que todo va bien.

Frecuentar esta casa de momento puede exponerte a riesgos, y no quiero que te ocurra nada malo.

Si decides no venir más, lo entenderé. Y pensándolo bien, sería mucho mejor así.

Tanto más no habiendo encargos pendientes, y tampoco sabemos cuándo Domenico podrá volver a coger un pincel.

Francesco frunció el ceño, como si le resultase difícil entender el sentido de mis palabras. Luego se aclaró la garganta y replicó en tono seguro, algo molesto:

—Que yo sepa hay al menos un par de trabajos que llevar a cabo.

Una Virgen con Niño para el palacio Davanzati, en gran parte aún por pintar, y un cartón para una vidriera del convento de San Jorge del Espíritu Santo, que nos ha pasado Paolo Uccello.

No quería decírtelo, pero ya está comenzando a circular el rumor de que Domenico no está en condiciones de trabajar.

Debemos desmentirlo. Por eso, acabaré lo antes posible esas obras y haré lo que sea para que todos piensen que han salido de sus manos.

Sin la más mínima vacilación, Francesco me acababa de ofrecer su lealtad. Reconocimiento y afecto se extendieron dentro de mí en igual medida.

—Gracias. No sé qué haría sin ti... Dime por dónde puedo comenzar y qué puedo hacer para ayudarte. Ahora eres tú quien dirige el taller y yo trataré de ser un buen aprendiz.

Como única respuesta, él cogió la tabla para el palacio Davanzati y la puso sobre el caballete. El manto estaba casi completo, al igual que el cuerpo del Niño, mientras que el rostro y las manos de la Virgen estaban rellenos sólo con una base de verde tierra en las sombras.

Sin necesidad de más preguntas, me coloqué el delantal, puse una nuez de cinabrio sobre la placa de pórfido, añadí un poco de agua y me dispuse a moler el pigmento que, mezclado con el albayalde y las tierras, formaba la base para un encarnado perfecto.

Francesco inclinó levemente la cabeza y me miró de lado, con una sonrisa que le distendía los rasgos.

—Formamos un buen equipo... ¿Sabes...? Nunca te lo he dicho, pero la obra de la que estoy más orgulloso es la de haberte enseñado a pintar.

Al sol le costaba llegar al final de las calles estrechas en torno a San Juan, pero no por eso el aire era menos bochornoso y, a ras de suelo, donde se hacía más espeso, parecía vibrar en la distancia.

Precisamente en la esquina de la plaza, una modesta entrada conducía al taller de Paolo Uccello, donde él tendría que haber retirado el relieve con las medidas de la vidriera de la que Francesco debía hacer el cartón.

Piero había decidido acompañarme porque Paolo era un viejo amigo y también, según él, una persona un poco particular, con la que podría encontrar algunas dificultades.

Luego iríamos juntos hacia el lugar desde el cual Piero tenía en mente comenzar las indagaciones, pero sobre cuya ubicación aún no me había informado.

Un joven con un sombrero ladeado salió por la puerta, metió la mano en una cesta colgada delante de la entrada y sacó dos monedas, que dejó caer en su bolsillo. Cuando se dio cuenta de que lo estábamos observando, se acercó respetuoso:

—¿Buscan a alguien?

—¿El maestro Paolo está en casa?

El joven desapareció más allá del umbral, para reaparecer poco después en compañía de un hombre en la sesentena, con una tupida barba gris, que llevaba una túnica negra gastada, cubierta de manchas multicolores.

Los dos ojos levemente almendrados que me clavó eran brillantes como semillas de lino.

Su actitud poco amigable decía que no le agradaba que lo molestaran mientras trabajaba.

Me espetó contrariado:

—¿Y usted quién es...?

Se interrumpió al ver a Piero a mis espaldas. Sus cejas fruncidas se distendieron de golpe y una sonrisa como una ventana se abrió en su barba canosa, mostrando dos filas de dientes oscuros y escasos.

—¡Que me parta un rayo! Me habían dicho que estabas en la ciudad, pero no podía creerlo.

Echándome a un lado sin demasiada consideración, se acercó a Piero y lo agarró por los hombros. El otro sonrió, a su vez, correspondiendo a aquel rudo abrazo. Cuando se separaron, Paolo frunció de nuevo el ceño.

—Tienes razón —lo calmó Piero—. Han sido días bastante animados... Pero, como ves, estoy aquí.

En ese momento otro joven salió del taller hurgando en la cesta, de la que sacó una moneda.

Piero hizo un guiño hacia allí.

—Veo que has hecho tuyas las costumbres de Donatello.

—Dejo que se sirvan solos, pero a diferencia de Donatello yo siempre sé con exactitud cuánto hay en el cesto. Con él, en cambio, era casi un pecado no aprovecharse... Sabes que el dinero para él siempre ha sido algo abstracto.

Aquel recuerdo pareció divertirlos a ambos.

—Ahora que la edad no juega a su favor, al verlo por la calle hay riesgo de tomarlo por un mendigo.

Los Médici lo acaban de reclamar desde Siena, prometiéndole dos púlpitos en San Lorenzo.

Esperemos que nunca dejen de ocuparse de él, de otro modo no sé cómo acabaría...

Pero cuéntame de ti, por favor. Veo que, aunque ya no estás en la flor de la vida, las mujeres no dejan de perseguirte.

Arrugó la boca con malicia, guiñando un ojo.

Piero bufó.

—No digas tonterías. Es la sobrina de Domenico y ha venido para hablar contigo.

—¡No puedo creerlo! La sobrina de Domenico... Nadie lo diría, a juzgar por lo bella que es.

Exhibió una sonrisa maliciosa. Luego se dirigió a mí.

—Y dígame, ¿cómo está? Parece que últimamente no hace más que atraer desgracias. Primero el asunto del banquero y luego ese golpe en la cabeza. No hay quien lo entienda... Pero si quería ganar tiempo con la vidriera del convento bastaba con pedirlo.

Rio otra vez y yo le lancé una mirada molesta.

—Está un poco mejor, gracias. Tanto que ha vuelto a trabajar. En cuanto a esa vidriera, estoy aquí precisamente para coger las medidas.

—Y yo estaré encantado de dárselas —respondió invitándome a entrar con un movimiento teatral de su brazo.

Luego se volvió hacia Piero para añadir—: Aunque todos halagan las que he hecho para la catedral, la verdad es que detesto diseñar vidrieras.

Por eso le he pasado el trabajo a Domenico.

Los monjes me han encargado también una tabla sobre las etapas del camino ermitaño, que me está volviendo...

Como si no bastaran todas las demás entregas que tengo pendientes y que ya no me dejan tiempo para investigar...

Pero entra... Quiero que me des tu opinión.

El taller era mucho más grande que el de Domenico y en sus caballetes había apoyadas varias obras, en diferentes fases de realización.

La tabla que Paolo acababa de citar tenía una anchura de unos dos brazos y una altura de uno y medio, y estaba atestada de minúsculos personajes con hábitos monacales que daban vida a varias escenas, conectadas entre sí por un complejo sistema de arquitecturas.

Pero no fueron tanto los detalles de este extraño cuadro lo que me impresionó cuanto la persona que estaba trabajando en él. Incrédula, me adelanté un poco y, al verla mejor, constaté que se trataba de una muchacha.

—¿Lo entiendes ahora? —gruñó Paolo, mostrando la tabla a Piero—. Un trabajo bueno para los miniaturistas... Pero dejo que sea mi hija Antonia quien les explique, pues conoce la materia mucho mejor que yo.

La muchacha levantó la cabeza, cubierta por un velo blanco.

La sonrisa cándida que nos ofreció dotó de una imprevista belleza sus rasgos, que eran, por otra parte, bastante comunes.

Con entusiasmo nos condujo a través de las diversas escenas de la pintura, organizadas según un tortuoso recorrido que tendía a ilustrar el camino de perfección seguido por los monjes, a partir de la experiencia doctrinaria, pasando por la fase mística, la autocontrición y la mortificación de la carne, la predicación de la palabra, para llegar a la ascesis y al éxtasis.

Me di cuenta de que no estaba escuchando casi nada de lo que decía, sino que seguía mirando sus dedos manchados de pintura, preguntándome cómo era posible que Paolo Uccello secundara con tanta naturalidad las inclinaciones de su hija.

Sentía sobre mí la atención de Piero, sin duda consciente de lo que estaba pensando.

Esperé a duras penas que Antonia terminara su exposición, antes de liberar las preguntas que se me agolpaban en los labios.

Señalé una roca, que la muchacha acababa de modelar.

—Me gusta cómo ha marcado las luces altas de estos peldaños con el albayalde. Es muy eficaz. ¿Le ha enseñado su padre? ¿Permite que le haga de asistente?

Antes de que pudiera responder, Paolo intervino, tajante, quizá cansado de satisfacer la curiosidad de la gente.