El misterio de la pintora rebelde 16 #3
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—El martirio de la Iglesia de Oriente, perpetrado por los turcos bajo la mirada impotente del emperador, fue una de las mayores tragedias de nuestro tiempo.

Su mano se desplazó hacia la figura central con barba.

—Pero paradójicamente también fue una suerte, porque nos ha traído a los sabios de Oriente y sus conocimientos.

No hay duda de que nuestra cultura y nuestro pensamiento serán transformados de raíz, al margen de que el destinatario de dicho saber esté en condiciones de captar sólo el aspecto más superficial o esté listo para despojarse de todo e iniciarse descalzo en las enseñanzas más secretas.

El modo en que lo dijo dejaba pocas dudas sobre el hecho de que él pertenecía al segundo tipo de personas, y con toda probabilidad esto valía también para Domenico.

Si Besarión había recogido la herencia de Pletón, quizá fundara también en Italia una escuela iniciática similar a la de su maestro.

El carácter de sus enseñanzas y el hecho de que Besarión fuera un cardenal de la Iglesia romana no podían más que obligar al máximo secreto de la hermandad, cuyos miembros quizá habrían elegido, como los pitagóricos, un símbolo para reconocerse entre sí.

Expresé este pensamiento en voz alta:

—Si, como me parece intuir, esta medalla prueba la pertenencia de Domenico a una hermandad liderada por Besarión, imagino que también usted tiene una igual.

Como conocía la naturaleza de aquel objeto, Piero no consideró necesario responder. Dijo, en cambio:

—Por desgracia, también quien ha cometido los dos crímenes tiene una y está usando los símbolos para que a Domenico le quede claro que el mensaje va dirigido a él... y a mí.

—¿Qué le hace pensar que está implicado?

—Que antes de comenzar a matar, el asesino haya querido asegurarse de que también yo estuviera en Florencia.

Lo miré sin entender.

—No veo cómo podría preverlo.

Piero cogió la bolsa apoyada sobre su cama. Sacó una carta y me la ofreció.

—Porque ha sido él quien me ha llamado.

Al término de la lectura levanté la cabeza, perpleja.

—Diría que es la letra de Domenico, pero...

—Pero no la escribió él. Tampoco la medalla es auténtica. Quien me la ha enviado sabía que yo partiría sin demora hacia cualquier destino, incluida Florencia, donde había jurado no volver a poner el pie.

El camino que debíamos seguir, en aquel punto, parecía indicar una sola dirección.

—Dado que el responsable ha de pertenecer por fuerza a su grupo, seguro que usted sabe qué personas en la ciudad tienen una medalla como ésta.

Piero se puso tenso.

—Claro que sí, pero le aseguro que no tienen nada que ver con esta historia.

Su comportamiento me pareció irracional.

—Entiendo su defensa de aquellos a los que, según he leído, llamáis fratres —le solté, mostrándole la falsa carta de Domenico—. Pero ¿no le parece que la gravedad de la situación requiere de una mayor amplitud de miras?

La voz de Piero se afiló como una navaja.

—Le he dado una explicación bastante somera y ya pretende saber más que yo. Está haciendo que me arrepienta de la confianza otorgada.

Sostuve su mirada, pero sentí que mi seguridad se desvanecía. Era de veras un gran acto de confianza con el que Piero había dejado de lado algo sobre lo que, con toda probabilidad, había jurado mantener el secreto. Lo menos que podía hacer era fiarme de sus palabras y de su juicio.

—Lo siento. Naturalmente usted sabe mejor qué hacer y prometo no fastidiarlo más con preguntas inoportunas. Sólo hay una cosa que no puedo evitar pedirle.

Vacilé, dudé si aventurarme o no con un tema que, teóricamente, no debía conocer.

—Hace algunos días, en el palacio Médici... ¿Qué quería de usted el señor Cosme?

Piero abrevió.

—Cosme quiere algo que no puedo darle.

No sin temor, volví al tema.

—¿Acaso está relacionado con un manuscrito que tiene para él particular importancia?

El hecho de que yo conociera su conversación con Médici no pareció sorprenderlo en absoluto y se limitó a responder:

—¿No había acabado con las preguntas inoportunas?

Yo no desistí.

—No quiero saber nada de ese manuscrito. Sólo me pregunto hasta dónde estaría dispuesto a llegar Médici para obtener lo que desea.

La luz cálida de las últimas horas de la tarde esculpía la sombra del perfil refinado de Piero, similar a un bajorrelieve de bronce.

—Por más que Cosme rara vez se ponga límites cuando trata de obtener lo que desea, estoy seguro de que no llegaría a semejantes atrocidades. Va en una dirección equivocada.

Apoyé la espalda contra la pared.

—¿Qué sugiere entonces? ¿Quedarnos inermes como moscas en la telaraña esperando a ser devorados?

Mi metáfora le arrancó a Piero la primera sonrisa desde que entré en su cuarto. Se levantó, se acercó a mí y puso las manos sobre mis hombros. Observé impotente que mi pulso se aceleraba ante aquel contacto inesperado, pero por suerte pareció no darse cuenta.

—Al contrario —respondió, siempre sonriendo—. Hay que moverse lo más rápido posible, pero sin olvidar el sentido común y la lógica. Si ha terminado con su interrogatorio, ahora debería salir. Mañana, si quiere venir conmigo, entenderá lo que tengo en mente.