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—Leon Battista Alberti ya era en aquel tiempo un referente para muchos artistas florentinos.
Frecuentaba los principales talleres y, aunque no había seguido ninguna formación tradicional, con la sola fuerza de sus ideas y de su cultura estaba en condiciones de enriquecer la experiencia creativa de todos nosotros.
A través de él también nos informábamos de lo que ocurría en las sesiones del concilio, al que le permitían asistir, pues su cargo de abreviador apostólico lo había introducido en la corte de Eugenio IV.
Leon Battista había quedado impresionado por los discursos de uno de los más eminentes eruditos en el séquito del emperador de Oriente.
Jorge Gemisto, que durante el concilio adoptó el seudónimo de Pletón, por su asonancia con el autor del Timeo , era un sabio casi centenario.
En Mistrá, la antigua Esparta, capital del Despotado de Morea, Pletón había fundado una escuela filosófica y entre sus discípulos se contaba también el joven arzobispo de Nicea Basilio Besarión, uno de los principales oradores griegos, ferviente defensor de la unión de las dos Iglesias.
Pletón habló bastante en el concilio de la superioridad del platonismo sobre la tradición escolástica aristotélica, desde la óptica de una posible unificación sobre bases filosóficas de las diversas fes religiosas.
Si, por un lado, sus discursos no dejaron de desencadenar feroces polémicas, muchos fueron conquistados también por sus argumentaciones y por su sabiduría, que bebía directamente de la sabiduría de los antiguos, de los oráculos caldeos a Zoroastro, a Pitágoras, a los magos y también a los brahmanes, porque la verdad está libre de límites temporales o geográficos.
Por más que las explicaciones me parecieron oscuras, lo que sentía vibrar en la voz de Piero me decía con certeza que su conocimiento del tema no era superficial.
—¿Ha tenido ocasión de asistir usted también a sus lecciones?
Por toda respuesta continuó con su narración.
—Entre aquellos que habían quedado fascinados por Pletón estaba también Cosme de Médici.
Su interés por la sabiduría de los antiguos era equivalente a la pasión con que coleccionaba manuscritos.
Poseía varios centenares y, sumándolos al inmenso patrimonio libresco que Niccolò Niccoli le había dejado en herencia un par de años antes, decidió fundar una biblioteca en el convento de San Marcos.
No sé si Médici estaba más atraído por las palabras de Pletón o por la gran cantidad de códigos griegos que el sabio había traído consigo y que, por lo general, eran aún desconocidos en Occidente.
En todo caso, antes de que el concilio terminara, Cosme le rogó a Besarión que invitara a su maestro a enseñar a un reducido número de personas interesadas.
En el encuentro, que se desarrolló en una sala de la vivienda privada de los Médici, estaban presentes humanistas del círculo mediceo, además de muchos artistas preferidos por Cosme, entre otros, Filippo Brunelleschi y Donatello.
Invitaron también a Leon Battista y, a través de él, a Domenico, quien consiguió llevarme consigo.
—¿Aquél fue el único encuentro?
—No. Siguieron otros, reservados a un grupo cada vez más restringido, formado por aquellos a los que las palabras del sabio habían conquistado.
Durante el concilio, y aún algunos meses después de que el decreto de reunificación fue firmado, Pletón se mantuvo en Florencia y continuó regalándonos sus preciosas enseñanzas.
Creo que ya ha intuido que cuanto aprendí de él cambió radicalmente mi visión de la existencia y también del arte.
Mientras Piero hablaba, mis ojos se posaron en su enigmático cuadro, apoyado sobre la mesa junto a nosotros. Lo señalé y di voz a mis consideraciones.
—El personaje de la barba negra tiene el aspecto de un sabio griego, pero no puede tratarse de veras del maestro centenario del que me ha hablado.
—Obviamente, no —replicó Piero y continuó—.
El regreso a la patria de la delegación, tras la firma del decreto, fue recibido con críticas por los muchos que, en la Iglesia de Oriente, no eran partidarios de la unión.
Besarión en particular, como firmante del tratado, fue el primer objetivo.
Entonces tomó la decisión de aceptar el nombramiento de cardenal propuesto por el papa Eugenio IV y al año siguiente regresó a Italia, dejando su patria.
No volvió a verla, ya que la tarea que le había sido confiada requería su presencia en Occidente.
Era ahí donde debía hacer brotar el antiguo saber, para preservarlo de la furia de los otomanos que se desencadenaría poco después.
En cambio, Pletón se quedó dirigiendo la escuela de Mistrá hasta su muerte, un año antes de que los turcos entraran en Constantinopla.
Se puso de pie, apuntó con el dedo índice hacia la mitad izquierda de su cuadro y tocó, en este orden, al hombre flagelado, al personaje de espaldas con el turbante y a otro sentado, que asistía apático a la escena.