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La paloma emitió un sonido gutural mientras entraba en la jaula y se acurrucaba sobre la paja. Piero cerró la puerta y se acercó a la mesa.
Ignorando la medalla, cogió el folio. Cuando bajó el brazo, sin soltarlo, tenía el ceño fruncido.
—Esto complica mucho las cosas —se limitó a comentar.
Si la situación hubiera sido menos dramática, me habría reído de su comedida observación.
—¿Es todo lo que tiene que decirme?
—¿Qué más puedo añadir? Ignoraba la existencia de este recibo y no sabía nada del préstamo. Por desgracia, quien ha cometido esos delitos sí que lo sabía y es evidente que está usando esta información para tenderle una trampa. Cada vez urge más detenerlo antes de que consiga su propósito.
—Usted está siempre lleno de certezas. No lo turba lo más mínimo saber que Domenico no ha hecho más que mentir sobre la existencia de ese préstamo. ¿Quién le dice que eso no es lo único que nos ha ocultado?
La mirada que me dirigió me abofeteó con su severidad teñida de decepción.
—Fingiré que no lo he oído —respondió, y yo desvié la mirada, para que no se diera cuenta de que ya estaba arrepentida de mi desahogo.
Pero enseguida volví al ataque.
—De todos modos, no es sólo Domenico quien no ha sido sincero... Ni mucho menos pretendo participar de los secretos de los que tanto os agrada rodearos, sin embargo, hay algo sobre lo que exijo una respuesta sincera.
Levanté la medalla, manteniendo el borde entre el pulgar y el índice.
—He aquí de nuevo el símbolo que según ustedes es tan común e inocuo y he aquí también la estrella de cinco puntas.
Ambos estaban presentes en las escenas de los dos delitos estrechamente conectados con Domenico.
Ambos reaparecen ahora en un objeto que mi tío se ha tomado la molestia de esconder con el máximo cuidado.
Espero que no quiera insultar mi inteligencia contándome que se trata de una casualidad.
—Nunca se sabe —replicó él con velada ironía.
Luego abrió el taburete plegable y se sentó, apoyando el codo sobre la mesa. Con un gesto me invitó a hacer lo mismo en el banco contra la pared.
—Es una larga historia. Pongámonos cómodos.
Abrió la mano y yo le dejé caer la medalla sobre la palma. La movió entre los dedos, acariciando con las yemas los misteriosos símbolos que llevaba grabados. Luego la levantó para mostrármela de nuevo.
—Imagino que nunca ha oído hablar de los cinco poliedros regulares y que sabe muy poco también de Platón —empezó.
Me puse recta.
—¿No son los sólidos citados en el Timeo ? Si mal no recuerdo, Platón los relaciona con los elementos fundamentales del universo.
Saboreé gota a gota la satisfacción de verlo atónito.
—¿Ha leído también el comentario de Calcidio?
—Sólo algunos pasajes. La hermana de mi padre era abadesa en el monasterio de Santa María de Monteluce. Mi madre quería que mi instrucción no se limitara exclusivamente al bordado y le pidió que me procurara un preceptor para enseñarme el latín.
—Un preceptor de veras original, a juzgar por la elección de los textos.
—Veneraba los clásicos y había estudiado con maestros de la escuela de Chartres, que le habían transmitido el amor por Platón, Virgilio, Cicerón y Boecio.
Pero sus conocimientos eran infinitamente más amplios.
De él aprendí mucho y me considero más afortunada que muchas otras...
, aunque los limitados recursos de mi familia no me hayan permitido más que una formación fragmentaria.
—¿Y qué recuerda del Timeo ?
—No mucho, por desgracia.
Tenía siempre un gran sentimiento de frustración frente a la enormidad de cosas que no conocía, y la conciencia de que mi condición de mujer me cerraría siempre cualquier forma de saber era una herida perennemente abierta.
A Piero no se le escapaba eso.
—Algún día, si usted quiere, tendré el placer de llenar sus lagunas.
Era poco probable, aunque aprecié mucho el solo hecho de que lo hubiera dicho.
—Pero por el momento limitémonos a la figura grabada en la medalla —continuó él—.
Representa un dodecaedro. El último y más perfecto de los cinco cuerpos regulares con el que, según Platón, el demiurgo, el creador, dio forma a la materia.
Con sus doce caras pentagonales, representa la quinta esencia y puede considerarse un emblema de todo el cosmos.
El número cinco tenía un significado particular ya para los pitagóricos, tanto que el pentagrama, la estrella de cinco puntas que ve inscrita en cada cara, fue elegida como símbolo de la hermandad.
La armonía que emana de esta figura surge del hecho de que los lados del pentagrama se cruzan siempre según los cánones de la divina proporción .
Piero se dio cuenta de que me costaba seguirlo y zanjó la cuestión.
—Sin entrar en detalles sobre su construcción geométrica o sus significados, esta proporción es una relación entre medidas que resuena mágicamente en el ojo humano con una sensación de satisfacción, generando belleza.
No sólo está presente en la naturaleza, sino que desde la Antigüedad los artistas de todas las disciplinas la han usado para conferir un profundo equilibrio armónico a sus creaciones.
El concepto era fascinante y habría querido saber más, sin embargo, en aquel momento las prioridades eran otras, así que volví a apremiarlo.
—¿Qué me dice entonces de la serpiente? Me ha dado a entender que es un símbolo muy común, pero no es así, ¿verdad?
Piero deslizó despacio los dedos a lo largo del lazo que sostenía su extraño colgante, cuyo motivo parecía a veces una serie de flores de seis pétalos y otras un conjunto de círculos y de hexágonos superpuestos. Luego se decidió a responder a mi pregunta.
—Cuando le expliqué que es antiquísimo y que era conocido por pueblos muy distantes entre sí en el tiempo y en el espacio estaba diciendo la verdad.
Se desconoce su origen. Es algo que pertenece al saber humano y como tal atraviesa todas las civilizaciones y las culturas.
El serpens qui cauda devorat es otra metáfora de la unidad fundamental del cosmos, donde ἐν τῷ πάν, todo es uno, o sea, cada cosa se reduce a un principio fundamental.
Su circularidad es el símbolo de la perfección porque al no tener ángulos trasciende todo límite, y su capacidad de regenerarse alimentándose de su propio cuerpo nos recuerda que todas las cosas del mundo mueren y luego regresan, en un eterno ciclo donde nada se crea o se destruye, sino que todo se transforma.
—Esto que está diciendo no es precisamente lo que se oye predicar desde el púlpito —no pude por menos que comentar.
—Lo sé. Y ésa es la razón por la que no es bueno hablar demasiado abiertamente.
Sus ojos tenían la transparencia verdosa del musgo en el agua. Hundí los míos en ellos antes de preguntarle sin ataduras:
—¿Domenico y usted forman parte de una especie de hermandad religiosa?
Él no se inmutó.
—Ambos hemos tenido el privilegio de ser admitidos en las enseñanzas de grandes sabios de Oriente.
Con un movimiento quizá demasiado apresurado apoyó sobre la mesa la medalla, que bailó varias veces sobre sí misma y se detuvo cara arriba.
La cogí de nuevo con la mano.
—¿Tiene algo que ver con este perfil de anciano?
Piero asintió antes de comenzar a desarrollar el hilo de su relato.
—En 1439, el concilio organizado para reunificar la Iglesia latina y la ortodoxa, después de siglos de cisma, abandonó la sede de Ferrara, donde había estallado la peste, y se trasladó a Florencia.
La Iglesia de Oriente, entre mil polémicas, había aceptado no pocos compromisos para intentar superar las diferencias litúrgicas y las heridas del pasado, con la esperanza de obtener ayuda contra la siempre acuciante amenaza turca.
Junto a la delegación del emperador Juan VIII Paleólogo y del patriarca de Constantinopla, José II, llegaron a la ciudad centenares de eruditos, teólogos y sabios.
Yo no estaba muy interesado en las disputas teológicas, pero estaba totalmente cautivado por los colores, las formas de los trajes, la atmósfera exótica y la excitación que se respiraba en las calles en aquellos días.
Aquel primer encuentro con Oriente me llenaba los ojos y la mente de imágenes, que luego fijaba sobre el papel y proponía a Domenico para los frescos de San Egidio, en los que hacía poco habíamos comenzado a trabajar.
Se interrumpió sólo un instante para alejar de su manga una arañita que había trepado a ella.