El misterio de la pintora rebelde 15
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Bernardo Torregiani asintió mientras apoyaba la punta de una aguja sobre el muslo de Domenico, provocándole un leve estremecimiento. Luego se concentró en el pulso y un momento después asintió de nuevo.

El día anterior había estado mucho tiempo examinando a mi tío, que no había respondido en absoluto a sus estímulos y seguía hundido en su inconsciencia, lo que nos hizo temer lo peor.

Aquella tarde, en cambio, en cuanto Bernardo comenzó a desenrollar las vendas para curarle la herida, Domenico abrió los ojos y farfulló algunas palabras antes de volver a dormirse.

Piero estaba sentado en un taburete y seguía de cerca cada movimiento del cirujano. Sabiendo lo aguda que era su mirada, temí que cualquier leve semejanza de Bernardo con el rector le permitiera intuir su lazo de sangre, que preferí no mencionar.

Luego, mientras Bernardo estaba a punto de concluir su examen, Piero me dijo en voz baja:

—Domenico se recuperará pronto.

Un poco más tarde el cirujano se levantó, repitiendo más o menos esas mismas palabras.

—La recuperación no será inmediata, pero puedo decir que su tío está fuera de peligro.

De todos modos, sigan dándole los medicamentos y aplicándole el emplasto sobre la herida.

No lo fuercen a estar despierto si quiere reposar.

Cuando sea el momento, el estado de vigilia se manifestará automáticamente.

Ofrecí a Bernardo la más amable de mis sonrisas y, estrechando su mano, le agradecí por todo, una vez más.

Me di cuenta de que estaba pensativo y tenía prisa por marcharse.

—¿Piensa volver de nuevo?

—Me gustaría, pero no sé decirles cuándo. Me temo que los próximos días serán bastante difíciles para la institución donde trabajo.

Aquellas palabras despertaron el interés de Piero.

—¿Y por qué?

Bernardo vaciló un momento, luego agitó el aire de golpe con el dorso de la mano y se decidió a responder.

—Es inútil hacer de ello un misterio. Nuestro rector cree que puede mantenerlo en secreto, pero dentro de pocas horas la noticia estará en boca de todos... Al camarlengo del hospital lo han encontrado muerto esta mañana. Y, por desgracia, no ha sido muerte natural.

Una sacudida me recorrió la piel. Sólo dos días antes aquel hombre había lanzado sobre mí graves acusaciones y amenazas, que muchos habían oído. Me pregunté si entre ellos estaba también Bernardo. Quise hablar con la intención de expresar mis condolencias, pero me costó encontrar la voz.

Piero no debía estar precisamente dolido por la desaparición de aquel hombre que, como le había contado, aún se jactaba de haber denunciado a Filippo. No obstante, su rostro mostró una expresión de sincero disgusto.

—¿Está seguro de lo que dice?

El otro asintió con tristeza.

—Que se trata de un delito está fuera de toda duda. Y además de una ferocidad extraordinaria. Al camarlengo le rompieron las piernas y los brazos, y luego lo arrojaron al Arno. Lo han encontrado encajado en la pala de un molino, en la Gora di Ognissanti.

—Dios mío —murmuré—. ¡Qué muerte tan terrible!

—Sí, un verdadero horror. También porque el asesino no se ha conformado con matarlo. Por lo que he podido constatar examinando su cuerpo, el pobre camarlengo sufrió feroces torturas... Pero no es oportuno entrar en detalles. Temo haberlos turbado ya bastante, discúlpenme.

Piero le puso una mano sobre el hombro.

—Al contrario, le ruego que continúe... Tuve ocasión de conocer al padre camarlengo hace años y de apreciar sus cualidades humanas.

Lo que dice me duele profundamente, pero llegados a este punto prefiero conocer los hechos en vez de imaginar escenarios más espantosos, a los que sus palabras ya han abierto la puerta.

Desconcertada por la habilidad de Piero para disimular, desplacé la mirada de él hacia Bernardo, que le respondió en un tono lleno de compasión.

—Me temo que la verdad es suficientemente espantosa, no obstante, si insiste en conocerla no se la negaré. Pero preferiría que hablásemos a solas.

Hizo un respetuoso guiño señalándome y yo comprendí que se trataba de un tema poco adecuado a la sensibilidad de una joven.

Aunque no pude evitar un gesto de impaciencia, no era momento de discutir, por tanto, me limité a decir:

—Los espero fuera.

Apenas cerrada la puerta, de inmediato apoyé la oreja.

—Prepárese para lo peor —dijo la voz de Bernardo—, porque la realidad por desgracia supera a la ficción.

El loco que ha cometido este delito se ha ensañado brutalmente con la víctima.

Primero le ha cortado la lengua, luego lo ha castrado, por último, lo mutiló con una navaja grabándole en la frente una especie de símbolo, sólo Dios sabe por qué desgraciada razón.

Después de una pausa oí la voz de Piero que preguntó con tono asombrado, que no me pareció fingido:

—¿Qué tipo de símbolo?

—Algo parecido a una estrella de cinco puntas.

Después de que Bernardo se fuera, me acerqué enseguida hasta Piero.

La breve mirada que me dedicó hablaba claro.

Con toda probabilidad daba por descontado que yo lo había escuchado todo.

Pero cuando amagué con ir hacia él, me apartó y, del todo concentrado en sus pensamientos, subió a su cuarto sin dedicarme una palabra.

Costanza volvió a entrar en la habitación de Domenico y yo la seguí para darle la buena noticia de que se recuperaría pronto.

La tensión emocional de los últimos días debía de haberla agotado tanto que casi ni pestañeó.

Se limitó a asentir y, como si no pasara nada, volvió a sentarse a la cabecera de mi tío, y le dejó caer entre los labios una mezcla de agua y miel, a la que añadía de vez en cuando algún medicamento, una operación que iba repitiendo ininterrumpidamente desde hacía dos días.

Pensé que quizá la mejora se debía también a sus cuidados y la dejé hacer.

Sin embargo, tras echar un ojo a los recipientes de los preparados, que iban rápidamente disminuyendo, vi que tendría que volver pronto a la botica.

Aunque estuve tentada de subir donde Piero para tratar de entender el sentido de aquella segunda muerte y las consecuencias que podría tener para nosotros, me impuse no hacerlo.

Como ya había constatado alguna vez, cuando decidía cortar las comunicaciones de ese modo no era posible obtener de él más que un portazo en la cara.

Para mantenerme ocupada, resolví entonces ponerme a buscar el lugar donde Domenico guardaba el dinero.

Ya le había pedido a Piero que me ayudara con ello, pero él había respondido encogiéndose de hombros que no era preciso, pues de las necesidades de la casa podía muy bien proveernos él. Así que debía arreglármelas sola.

Comencé por el escritorio, que estaba en una esquina del entresuelo, entre la planta baja y el primer piso. En la pared, encajado en un estante esquinero, había un cofre de nogal, donde mi tío solía guardar los objetos de valor y de donde una vez lo había visto sacar unas monedas.

Tardé bastante en encontrar la llave, escondida bajo una pata de la mesa. Abrí los cerrojos y las cuatro gruesas puertas talladas con motivos geométricos.

Dentro había un cortapapeles de marfil, un tintero de plata, dos vasos llenos de pigmento azul de ultramar, un contenedor de piel cerrado para proteger algunas sutilísimas hojas de oro purísimo, la piedra de ágata que Domenico usaba para perfeccionar los dorados y un pequeño cofre decorado con una minuciosa taracea cartujana, que contenía los treinta florines de oro recibidos de los Rucellai en pago por los baúles.

Con un suspiro de alivio, saqué un par y dejé con cuidado el resto.

Al cerrarlo todo, apoyé la mano sobre el lado derecho del armario que, a pesar de no tener aberturas, presentaba las mismas tallas que en la parte delantera y tuve la impresión de que uno de los cuadros estaba a punto de ceder bajo mis dedos.

Intrigada, intenté presionarlo en varios puntos y no pasó nada.

Al observarlo de nuevo, noté una extraña incisión justo en el centro.

Un círculo de un diámetro de unos tres dedos, en el que estaba inscrita una especie de cruz, con dos brazos de la misma longitud.

Su forma era idéntica a la que había visto centenares de veces en el cuello de mi tío y también las dimensiones me parecían las mismas del colgante.

Cuando Bernardo me lo devolvió junto con los otros efectos personales de Domenico, se lo había puesto de inmediato porque, dado que nunca se separaba de él, estaba convencida de que para mi tío representaba una especie de protección.

Pero sólo ahora comenzaba a intuir el verdadero significado.

Subí a la carrera y le quité el lazo del cuello a Domenico, ante la mirada perpleja de Costanza.

Me arrodillé de nuevo delante del armario y puse el colgante en el hueco correspondiente, comprobando que encajaba a la perfección.

Lo presioné hasta el fondo con el pulgar y traté de girarlo tanto a la derecha como a la izquierda, hasta que oí un clic.

El recuadro inferior se abrió, revelando un pequeño cajón en la parte superior del mueble. Dentro había un folio enrollado. Eran sólo unas pocas líneas, pero lo que leí me dejó helada. Se trataba de un recibo, firmado por mi tío al banquero Peruzzi por un préstamo de cuatrocientos florines.

Al fondo del cajón había también una gran medalla de oro.

La cogí para mirarla de cerca. En una cara estaba representada la imagen de un viejo de larga barba.

En la otra, rodeado por una serpiente que se devoraba la cola, había un extraño sólido de varias caras, en cada una de las cuales llevaba inscrita una estrella de cinco puntas.

Mientras la miraba, consternada, oí que alguien llamaba a la puerta de entrada. Cerré deprisa el cajón y me acerqué a la ventana de la escalera.

Delante del umbral, Alesso Baldovinetti se quitaba el sombrero y se arreglaba con cuidado los escasos cabellos, intentando ocultar las amplias calvas.

Había venido también el día anterior a informarse sobre la salud de mi tío y yo misma lo había invitado a volver cuando quisiera.

Sin embargo, en aquel momento estaba demasiado alterada para recibirlo.

Pedí a Costanza que le dijera que Domenico estaba un poco mejor, pero que en ese momento no había nadie en casa. Luego, sin pensarlo dos veces, fui a la habitación de Piero. Golpeé dos veces la puerta, aunque entré de inmediato, sin esperar su respuesta.

Él estaba de pie junto a la ventana y acariciaba la cabeza de una paloma, que debía de haber aterrizado hacía poco sobre el alféizar.

Desató el minúsculo rollo que llevaba atado en la pata y lo guardó en el bolsillo.

El disgusto que le provocó mi irrupción era exactamente el que esperaba, pero no me importaba.

Se inclinó ligeramente para mirar hacia abajo, donde quizá en aquel momento Costanza estaba invitando a Alesso a marcharse.

—Veo que usted también ha comenzado a negarse —dijo irónico. Yo lo hice callar con una mirada feroz—. Tiene razón —prosiguió él en el mismo tono—. No es momento de bromas. Y por el modo en que ha entrado aquí también creo entender que ha sucedido algo... Adelante, la escucho.

Apoyé sobre la mesa tanto el folio como la medalla y lo miré con aire desafiante.

—Sepa que esta vez no me iré hasta que me haya dicho toda la verdad.