14
—¿Qué le ha sucedido?
El rígido aplomo del rostro de Costanza se había descompuesto, desfigurado por la angustia, mientras observaba el cuerpo exánime de Domenico, que Piero y Francesco habían echado sobre la cama.
De pie, con una mano en la puerta y la otra apretada sobre la boca, los ojos desencajados, a punto de derretirse, parecía el retrato mismo de la desolación.
Piero, más molesto que sorprendido por aquella explosión emotiva, se apresuró a dejar la estancia y también Francesco lo siguió poco después.
Una vez a solas con Costanza, la puse rápidamente al corriente de lo que había sucedido. Ella escuchó sin decir palabra, con la mirada perdida, sin poder calmarse. Su cambio me desconcertó hasta tal punto que me hacía añorar su habitual y ruda descortesía.
—¿Les han dicho que volverá a ser el de antes?
Tragó saliva ruidosamente.
—Eso espero, pero no lo sabremos hasta que recupere el conocimiento. Ahora te ruego que salgas. Debo lavarlo y cambiarlo. Ha pasado demasiado tiempo en este estado.
Pero Costanza no parecía que fuera a marcharse.
—¿Puedo... puedo echarle una mano?
Su ofrecimiento me sorprendió. Era del todo inconcebible que una mujer como ella estuviera dispuesta a desempeñar semejante tarea. Comprendí que debía de querer mucho a mi tío y agradecí su gesto. Aunque no tenía la intención de aceptar su ayuda, que no era ni oportuna ni necesaria.
—Te lo agradezco, pero no hace falta. Tendré que desnudarlo y creo que tampoco a él le haría gracia que estuvieras presente.
Miró al suelo con los labios temblorosos por el esfuerzo de contenerse. Luego se rindió. Su tono ronco era poco más que un susurro.
—No... no sería, desde luego, la primera vez.
En el silencio que siguió, Costanza debió de sentir que le caía sobre los hombros como una losa el peso de mi juicio. En realidad, yo estaba simplemente llamándome estúpida por no haberlo entendido antes.
—Se lo ruego, déjeme cuidar de él —me imploró.
En esas palabras se encerraba toda la miseria de una existencia vivida al margen, mendigando las migajas de atención de un hombre que quizá prefería ir a otra parte también para satisfacer sus propios deseos.
La intachable armadura que se había construido con los años me apareció de golpe como lo que era, un frágil biombo detrás del que esconder los fragmentos de su dignidad y el único modo de que nadie intuyera sus debilidades.
Una profunda y sincera compasión me impulsó a rozarle la mano.
—Claro. Quédate si quieres.
Ella se apartó de mi caricia, pero, por primera vez desde que la conocía, me dirigió un esbozo de sonrisa.
El boticario se arremangó la túnica verde, revelando el dobladillo color pico de ganso.
En la pared, a sus espaldas, se abrían decenas de nichos, bajo cuyos arquitos se mostraban tinajas, morteros, vasos y contenedores de todas las formas, cada uno acompañado por su cartela.
Entre ellos un par de jarrones con un líquido oscuro, donde estaban inmersas las espirales brillantes de una serpiente.
De una hilera de ganchos sobre la derecha colgaban platos de peltre, algunos rollos de pergamino, esponjas y un manojo de velas.
A la izquierda una puerta medio abierta permitía entrever el laboratorio, con la mesa repleta de curiosos recipientes puntiagudos y el hornillo encendido debajo de un caldero de cobre, del que se liberaba un fuerte aroma a especias y aguardiente de vino.
El hombre retiró del plato de la balanza el último de los preparados que Bernardo Torregiani había prescrito a Domenico y se dispuso a revisar la lista, recorriéndola con el meñique.
—He aquí: Salvia officinalis , Hypericum , Aloe y Plantago para la herida... Elixir de Papaver y Valeriana para el dolor. Me parece que sólo falta la Teriaca ... ¿Está segura de que también la quiere?
Echó una mirada perpleja a los limitados fondos que había apoyado sobre el mostrador. Bernardo me había avisado de que se trataba de un remedio particularmente caro, aunque también había añadido que era el único capaz de conseguir que mi tío recuperara las fuerzas con rapidez.
Dirigí al boticario una sonrisa esperanzada, confiando en los años que hacía que Domenico le compraba los pigmentos y en que ambos formaban parte de la misma comunidad. Pero el hombre sacudió la cabeza.
—Le haría un descuento en cualquier otro preparado —dijo, acomodándose el sombrero que se le había deslizado un poco—, pero con éste me veo obligado a pedir el pago anticipado. ¿Sabe...? La Teriaca original, la aprobada por las autoridades, lleva más de sesenta ingredientes.
Contándolos con los dedos de una mano, empezó a enumerarlos uno a uno, comenzando por el veneno de víbora, que debía de ser el componente principal.
Lo detuve a mitad de la lista.
—Ha sido muy claro. Comprendo que es un remedio muy preciado y entiendo también sus dificultades. Déjeme que piense qué hacer. Volveré a pasar más tarde.
El hombre miró receloso a su alrededor.
—Espere... Quizá pueda ayudarla.
No entendía por qué había bajado de repente la voz.
—La que le he mostrado no es la única Teriaca .
Tengo otra, de menos calidad. La producen en Génova y los ingredientes no son los mismos, de hecho, cuesta menos de la mitad.
Pero el efecto está garantizado, ¡es eficacísimo!
No lo dude, sólo le ruego que sean discretos, ya que no nos está permitido venderla y para los infractores está prevista una multa muy severa...
Digamos que estoy dispuesto a correr este riesgo sólo por usted y su tío.
Ni siquiera tuve que sopesar la cuestión.
Aunque no entendía nada del tema, no hacía falta ser muy lista para saber que la eficacia no podía ser la misma.
Además, el tono melifluo con el que el boticario exaltaba las virtudes del sucedáneo no hacía más que alimentar mis dudas.
Estaba segura de que en casa había dinero.
Domenico acababa de recibir treinta florines de oro en pago por los baúles.
Sólo debía descubrir dónde los había escondido.
Entre tanto, además, podía contar con la ayuda de Piero.
—No, gracias —respondí decidida—. Prefiero la otra. Téngamela apartada y esta tarde volveré con el dinero.
El hombre intentó insistir una vez más.
—¿Está segura? ¿No quiere ahorrar algo? Le aseguro que...
De golpe se calló. Abrió mucho los ojos, ya desorbitados, y su rostro se contorsionó en una máscara de remordimiento.
Antes de que pudiera preguntarme la razón de su turbación, la voz de Lorenzo resonó a mis espaldas.
—Me parece haber entendido que la muchacha quiere comprar Teriaca . Prepáresela de inmediato. El precio no es problema.
A pesar de que Lorenzo no vestía el uniforme oficial, al boticario debió de quedarle claro a quién tenía enfrente. Lo comprendí porque su imponente envergadura pareció desaparecer tras el mostrador.
—Claro, señor..., como desee. La preparo de inmediato.
Era evidente que Lorenzo me había seguido desde que había salido de casa. Aunque era consciente de que su intención era ayudarme, el modo autoritario en que lo estaba haciendo, además del fastidio por haber sido espiada, me molestaron.
—Déjelo estar —le ordené al boticario—. Ya le he dicho que volveré esta tarde.
Alcé la mirada con orgullo y encontré la de Lorenzo, que se enturbió de inmediato, presagiando tormenta. Que alguien pusiera sus órdenes en discusión, además una mujer, era sin duda mucho más de lo que estaba dispuesto a tolerar. Me pregunté si no había ido demasiado lejos.
El hombre tras el mostrador dirigía la mirada angustiada de mí hacia Lorenzo, sin saber a quién obedecer.
—Acabe lo que estaba haciendo —tronó Lorenzo—. En un momento estaré con usted.
Con actitud feroz me agarró del brazo, empujándome fuera.
—No se te ocurra contradecirme nunca más delante de extraños —siseó, despreocupado de las miradas curiosas de los transeúntes—. ¿Se puede saber qué ha pasado? He oído decir que han herido a tu tío y que está muriéndose.
Traté de soltarme.
—Durante los enfrentamientos de ayer una piedra lo golpeó en la cabeza. Ha sufrido una intervención en el cráneo, pero confiamos en que se recupere pronto.
—¿Quiere eso decir que aún está inconsciente?
—Por el momento sí, aunque me han dicho que en estos casos es del todo normal.
Su expresión indicaba que tenía dudas al respecto, pero no hizo ningún comentario. Mientras seguía apretándome el brazo, iracundo, me puso unas monedas en la mano.
—Ahora vuelve donde ese imbécil y hazte con todos los medicamentos. Imagino que ya no intentará colarte brebajes de charlatanes. Yo me encargaré de presentar la denuncia. Aún no sabe el lío en que se ha metido.
Segura de que el boticario lo había comprendido perfectamente, intenté defenderlo.
—Has entendido mal... Ese hombre sólo me estaba protegiendo contra los riesgos de la Teriaca no oficial, para que pudiese comprender la diferencia de precio... En todo caso ya acordamos que pasaré a buscarla más tarde. Te agradezco el interés, pero no es necesario.
Hice ademán de devolverle las monedas, pero él apartó mi mano, torciéndome el brazo detrás de la espalda.
—¡No me mientas más, Lavinia! No estoy dispuesto a soportarlo. Ahora obedece sin discutir, si no quieres que te arrastre dentro por la fuerza.
Diciendo esto, me empujó de nuevo más allá del umbral de la tienda. Frente a la manifiesta consternación del boticario cedí, para evitar dar un nuevo espectáculo, y le dije que hiciera lo que deseaba mi prometido.
Luego Lorenzo quiso escoltarme hasta casa.
—¿Ya no te preocupa que nos vean juntos? —pregunté, sin esconder un tono polémico.
—No. Lo he pensado. Ya es hora de que esta historia acabe y retomemos lo antes posible nuestros proyectos.
—Pero el caso aún no ha concluido y tú lo sabes perfectamente. Podría haber otras denuncias.
Lorenzo se encogió de hombros.
—Las cosas han cambiado. Tu tío se encuentra en un estado de salud bastante precario y es posible que no se recupere. Si, Dios no lo quiera, llegara a fallecer, nadie se atrevería a acusarlo y el asunto sería definitivamente archivado.
Retrocedí, como frente a una serpiente.
—¿Estás diciendo que hay que considerar deseable la muerte de mi tío?
Lorenzo resopló, abriendo los brazos.
—Hoy no haces más que malinterpretarme. ¿Crees que podría desear algo así? Es sólo una hipótesis. Y tú intenta pensar qué ocurriría si te faltara la protección de tu tío... ¿Quién cuidaría de ti? Hay ciertas cosas que es mejor prever.
La indignada justificación de Lorenzo sonaba forzada y no tenía nada que ver con lo que había dicho poco antes.
Le respondí con una mirada fulminante y me despedí sin prestar la más mínima atención a las dulces palabras con las que intentaba ablandarme.
—¿No querrás irte así? Sabes que sólo deseo tu bien. No deseo otra cosa.
Estaba delante de la puerta de casa cuando él me quitó de la mano el paquete con los medicamentos, lo apoyó en el umbral y luego, con ademán prepotente y mirada suplicante, me obligó a seguirlo al callejón donde me había besado por primera vez.
Me llevó a la oscuridad de una calle sin salida y, antes de que pudiera escaparme, me cogió entre los brazos. Su voz se hizo suave y persuasiva.
—Mi única intención era ayudarte a curar a tu tío lo mejor posible... ¿Cómo puedes echarme la culpa?
Vacilé, porque había verdad en sus palabras. En el fondo era gracias a él que podíamos suministrar de inmediato los medicamentos a Domenico. Por tanto, traté de dulcificar mi expresión.
—Así está mucho mejor.
Metió los dedos como un peine en mi cabello y tiró hacia abajo para obligarme a alzar el mentón.
—Aunque debo admitir que cuando me has hecho frente estabas del todo irresistible.
No me sentía de humor para secundar sus besos y sus caricias, pero sabía que no había modo de oponerme sin herirlo.
Dejé entonces que su lengua se deslizase en mi boca y luego me recorriese el cuello mientras su mano se insinuaba más allá del escote.
En ese espacio angosto hacía un calor horrible y yo sólo conseguía pensar que necesitaba aire.
No es que encontrara desagradable aquel contacto.
Simplemente asistía a la excitación de Lorenzo como si fuera una espectadora, sin conseguir experimentar ninguna sensación notable.
No me explicaba el motivo y comenzaba a sentirme también un poco a disgusto por esto.
Entonces cerré los ojos e hice todo lo posible por dejarme llevar, hurgando en la memoria en busca de una imagen que despertase mis sentidos.
Sin ni siquiera evocarlas conscientemente, me aparecieron de inmediato las formas lúcidas del bronce de Donatello que había visto en el patio del palacio Médici con su desnudez de efebo.
Pero fue sobre todo el recuerdo de los dedos de Piero sobre aquel cuerpo y la sensación que había experimentado ante aquella visión lo que desencadenó en mí una reacción tan inmediata como inesperada que consiguió arrollar mi voluntad.
Con un nudo en el estómago, me aferré a Lorenzo, incapaz de controlar las olas de calor que me atravesaban. En la urgencia de responder a sus besos, llegué a morderle el labio inferior, tan fuerte que sentí en la boca el sabor de la sangre.
Él se estremeció, luego perdió el control del todo y me empujó contra la pared presionando su cuerpo contra el mío mientras sus manos intentaban frenéticamente levantarme la falda.
En un momento de lucidez lo rechacé, pero tuve que usar toda mi fuerza para alejarlo de mí. Se detuvo a mirarme, jadeante, con la mirada nublada.
—Todo a su tiempo —dije, con la respiración acelerada. Mientras asentía, leí en su rostro el esfuerzo que debía de costarle. Luego se marchó a la carrera sin conseguir pronunciar una sola palabra.
Durante un rato me quedé allí, apoyada, totalmente confusa y un poco asustada, mientras me preguntaba qué me había sucedido.
Por desgracia, ya conocía la respuesta, pero no estaba dispuesta a admitirla, ni siquiera a mí misma.
Paralelamente, la conciencia del poder que ejercía sobre Lorenzo hizo que experimentara un embriagador sentimiento de omnipotencia, del que me avergoncé de inmediato.
Me prometí que al menos intentaría no abusar demasiado de él.