13
El fuego avanzaba. Sentía el chisporroteo que consumía la madera de los muebles y las tablas del suelo mientras su aliento candente hinchaba las cortinas, antes de devorarlas con altas llamaradas.
El humo me abrasaba la garganta y me presionaba el pecho, sofocando la respiración.
Abrí la ventana y golpeé sobre los postigos con toda mi fuerza.
Grité al darme cuenta de que estaban clavados desde el exterior.
Mientras corría hacia el cuarto de Domenico para despertarlo, la puerta explotó ante mis ojos.
Más allá sólo había una gran hoguera. Decidida a cruzar, como fuera, el umbral, sentí una mano que me sujetaba por el hombro.
Era la de mi madre, que me miró moviendo la cabeza con dulzura.
Cuando traté de abrazarla, ella se apartó.
Me acarició y luego me hizo a un lado, y entró en la habitación en mi lugar.
Al verla desaparecer entre las llamas sentí que las lágrimas me bañaban el rostro.
Luego el suelo cedió y grité de nuevo mientras me precipitaba abajo.
Me desperté jadeando, al son de fuertes golpes repetidos y de una voz que me llamaba por mi nombre.
Aún confusa, alcancé la puerta y abrí el pestillo.
No recordaba siquiera haberlo cerrado. Al encontrarme delante de Piero, de repente me di cuenta de que sólo llevaba el camisón, cuyo cuello desatado se me había caído de un hombro.
Sobre una silla encontré un chal de lana y me apresuré a cubrirme.
Él en cambio iba vestido con jubón y túnica, como si estuviera a punto de salir o acabara de volver.
—La he oído gritar, varias veces.
Su tono sonaba algo molesto.
—La puerta estaba cerrada... Un poco más y habría entrado por la fuerza.
Esperé a que se calmara mi pulso, fuera de control a causa de la pesadilla. Luego negué con un gesto.
—Nada grave. Lo siento..., sólo ha sido un mal sueño. Puede volver a la cama... o ir a donde estuviera yendo.
Su atento examen hizo que me ciñera aún más el chal, a pesar de que me estaba muriendo de calor. El gesto no se le escapó y por un instante una sonrisa le arrugó los labios.
—Debía de ser verdaderamente desagradable ese sueño.
Alargó el dorso del índice para secarme las lágrimas que aún me rayaban la mejilla. Fue un gesto espontáneo y sin ninguna malicia. Pero retrocedí de golpe, como si ese toque me hubiera quemado.
Lo miré con los labios entreabiertos, sin articular palabra, mientras sentía cómo me subían los colores. También él permaneció inmóvil un instante, con la mano a media altura.
—Vuelva a dormir —concluyó aprisa.
Luego se dirigió hacia la escalera para bajar a la planta inferior.
—Ya le he dicho que no está aquí. Le dieron el alta ayer por la noche —repitió el fraile sin ocultar su fastidio por tener que mirar de nuevo el registro.
Era muy joven y su delgadez lo hacía casi desaparecer dentro de la túnica demasiado ancha.
Los expresivos ojos castaños, que a menudo alzaba al cielo, decían claramente que mi insistencia le estaba robando un tiempo precioso a su actividad al servicio de los otros enfermos.
Sin embargo, yo no tenía dudas de que había un error. No era posible que hubieran dado de alta en el hospital a Domenico tan poco tiempo después de la intervención sufrida.
—Quiero hablar con el cirujano que lo ha operado —contraataqué.
—¿Cómo se llama?
Me di cuenta de que no lo sabía.
—Un joven alto, con el pelo negro liso, largo hasta aquí.
Dibujé con la mano una línea detrás del cuello.
—Tenía una cicatriz cerca del labio inferior. Quedamos en vernos aquí esta mañana...
Mi descripción era bastante genérica y, de hecho, el fraile me interrumpió con tono ácido.
—¡Está de broma! El hospital acoge cada mes a más de cuatrocientos enfermos. ¿Sabe a cuántos colaboradores vemos pasar, entre los que están de servicio y los que se están formando en el Studium ?
Intenté jugar una última carta.
—Si pudiera asomarme sólo un instante a la sala, lo reconocería de inmediato.
El fraile alzó ambas manos para hacerme entender que había traspasado el límite.
—¿Me está pidiendo acceder a la sala de los hombres?
Francesco intervino rápidamente.
—Ha entendido mal. Naturalmente sería yo quien entrara. ¿Podría concedernos este último favor?
Con una mirada me hizo entender que cerrara la boca y yo lo dejé hacer. Tras un instante de reflexión, el fraile parecía a punto de aceptar, quizá con la esperanza de resolver de una vez el asunto. Pero entonces otro religioso se acercó a nosotros.
—¿Hay algún problema? —preguntó con frialdad.
El fraile bajó la cabeza con reverencia.
—Buenos días, padre camarlengo.
Luego, feliz de quitarse la responsabilidad, lo puso al corriente de la situación.
—Sólo puede ser un error, ¿comprende? —aproveché para remarcar—. Mi tío acababa de ser operado.
El hombre me examinó de la cabeza a los pies, cerrando los ojos pequeños y brillantes como astillas de plomo.
Era de baja estatura y tan entrado en carnes que la cinta de la túnica parecía desaparecer entre los pliegues de su vientre.
Se rascó la mancha rojiza que le cubría la mitad del cuero cabelludo y parecía un mapa, y se aclaró ruidosamente la voz antes de dirigirse al fraile.
—Vete, Isidoro. Me ocupo yo.
A la primera, el joven desapareció deprisa hacia la sala. El camarlengo ocupó su sitio en la mesa y me lanzó una mirada rencorosa.
—No hay ningún error —dijo ajustándose el hábito bajo las axilas sudadas—. Domenico da Venezia ha recibido el alta porque su presencia no era grata a esta institución.
La indignación me encendió al instante.
—¿Está diciendo que ha echado a la calle a un hombre inconsciente que acababa de sufrir una intervención en el cráneo? ¿Ésa es su caridad religiosa?
No me di cuenta de que había alzado la voz hasta que el camarlengo replicó con idéntico tono:
—Aquí acogemos a cualquiera, a excepción de a los infieles y a los asesinos.
Puso el acento en la última palabra, que me golpeó como una bofetada.
—¿Qué insinúa?
—Sólo la verdad —gritó él—. La que aún no se ha contado, pero saldrá pronto a la luz.
El banquero Peruzzi era un hombre respetable y un estimado colaborador nuestro desde hace muchos años.
Su única culpa ha sido compadecerse de su tío hasta aceptar, a pesar de que se le desaconsejó, concederle un préstamo y ofrecerle incluso un trabajo en su casa.
—No entiendo..., ¿de qué préstamo está hablando?
El rostro redondo del religioso pareció acartonarse en una mueca desdeñosa.
—No sé, ni me interesa, si carece de vergüenza o es sólo una incurable ingenua.
Y tampoco importa que sus bellos ojos hayan logrado influir en el veredicto de los jueces.
El recibo de aquel préstamo existe y, donde quiera que esté escondido, tenga por seguro que lo encontraremos.
Así la justicia podrá finalmente seguir su curso.
Con un golpe seco cerró el registro y anudó los lazos, hechos de una delgadísima piel color granate.
Esa confirmación adicional era del todo innecesaria.
Ya no había dudas sobre el origen del pergamino encontrado por Lorenzo.
La odiosa denuncia anónima, que señalaba a mi tío como asesino y a mí como nueva Jezabel, sólo podía haber salido de entre aquellos muros.
Estaba a punto de gritarle a la cara al camarlengo lo que pensaba de sus amenazas cuando Francesco me sujetó con firmeza la muñeca y me hizo recuperar de golpe la lucidez.
Nuestras voces alteradas ya habían atraído suficiente atención.
Lo único importante era marcharse de allí y encontrar a Domenico.
Pero el camarlengo aún parecía tener algo que decir. Se levantó y empezó a agitar el índice con ademán amenazante.
—Domenico da Venezia siempre ha sido una ruina para esta institución —sentenció—.
Profanó las paredes de un lugar sagrado con sus imágenes heréticas.
Trajo aquí a ese perro veronés, ese demonio sacrílego al que Dios me ha permitido sorprender in fraganti y condenar con mi testimonio.
Luego huyó como un cobarde, tomando el camino del exilio después de la tragedia.
El apretón de Francesco se hizo más firme. Mientras me llevaba lejos de allí, las palabras del camarlengo continuaban persiguiéndonos como la crecida de un río, resonando entre las paredes de la sala, para que todos pudieran oírlas.
—Ésta es una ciudad sin memoria, porque ha vuelto a acoger en su seno a semejante reptil. Lo que le ocurrió al banquero Peruzzi podía haberse evitado. ¡Y es la prueba de que no puede haber redención para un alma condenada!
En cuanto salimos a la plaza habría querido gritar por la rabia y la frustración.
Francesco empezó a acariciarme un hombro. Me di cuenta de que las palabras se le escapaban de la boca, como le ocurría siempre que estaba nervioso.
—No... no escuches a ese loco. A... ahora pensemos en Domenico. Ve... verás que vamos a encontrarlo. No puede estar lejos.
Cubrí su mano con la mía y agradecí al cielo tenerlo cerca en aquel momento. Él continuó:
—Recorramos todo el barrio... Quizá alguien lo haya visto por la calle y por compasión lo haya acogido en su casa.
Entonces, un niño harapiento comenzó a tirarme de la falda por detrás, extendiendo la palma para pedir limosna.
Su insistencia me llevó a darle un par de monedas.
Tras guardarlas en el bolsillo, se limpió los mocos con el dorso de la mano y se agarró de nuevo a mí, canturreando algo.
Exasperada, me incliné hacia él, hasta que conseguí entender las palabras de su cantinela.
—En el cementerio al lado de la iglesia alguien te espera. En el cementerio al lado de la iglesia alguien...
—¿Me dices a mí? ¿Qué cementerio?
Señaló con la barbilla hacia el edificio a la izquierda de San Egidio antes de escapar a la carrera.
—¿El claustro de los huesos? ¿A quién esperas encontrar allí? —murmuró Francesco, perplejo.
—No lo sé. Pero en todo caso es mejor ir a ver.
Junto a la iglesia, un acceso conducía al cementerio del hospital, en cuyo subsuelo estaban excavadas las fosas comunes destinadas a los difuntos de extracción humilde.
Los arcos del pórtico y el centro del patio estaban reservados, en cambio, a las lápidas y a las capillas de las familias más acomodadas.
Delante de la más grande de éstas, en la que estaba grabado el nombre de Guerra, esperaba el cirujano que había operado a Domenico.
Al vernos selló los labios con un dedo y nos hizo entender que lo siguiéramos.
Entramos en un claustro más grande, detrás del ábside de la iglesia.
Debajo de una de las bóvedas, una escalera descendía al subsuelo, hasta un corredor que terminaba en una gran sala hipogea.
Los materiales de pintura que había sobre la mesa y en el suelo indicaban que debía de tratarse del lugar donde se reunían los artistas de la compañía de San Lucas, del que me había hablado Piero.
El cirujano abrió el pestillo de una puerta, tan deteriorada que apenas se sostenía sobre las bisagras.
Detrás estaba Domenico, acurrucado como un muñeco sobre una cama, en el estrecho espacio de un nicho.
La venda blanca que le fajaba la cabeza estaba empapada de sangre.
Sólo llevaba el camisón, que la orina y las heces habían pegado al cuerpo.
Al verlo en aquel estado sentí un nudo en la garganta.
—¿Cómo... cómo está?
—No demasiado mal, dadas sus condiciones. Pero sólo cuando recupere el conocimiento sabremos el nivel de los daños. No se asusten si sigue así unos días. Únicamente necesita reposo. Y... le ruego que me perdone si no he encontrado un sitio mejor.
—¿Perdonarlo? Sé lo que está arriesgando y no hay palabras para expresarle mi gratitud. No tenía ninguna obligación con nosotros.
Él se alisó la túnica con un gesto lento y consciente.
—Aparte de respetar mi juramento. Desconozco el motivo por el que su tío está tan mal visto en nuestro hospital, pero en todo caso no tiene importancia. Para mí en este momento es sólo un paciente y si lo hubiera abandonado por la calle no sería digno de ejercer la profesión que he elegido.
Junto a Domenico había una tabla, que terminaba a ambos lados con dos asas salientes. El cirujano la extendió sobre el suelo y recostó encima a mi tío, luego lo cubrió con una sábana. Levantó de un lado de la camilla y pidió a Francesco que hiciera lo mismo del otro.
De vuelta a la superficie, nos hizo bordear el gran claustro hasta una minúscula puerta al fondo.
Sacó un manojo de llaves y con la más grande abrió la cerradura.
Nos guio a través de una serie de espacios repletos de tinas y herramientas para la elaboración de la lana, probablemente dedicados a la tintura y el lavado de las madejas destinadas al cercano secadero de la Pérgola.
Delante de la salida hacia via di Cafaggiolo, un hombre estaba sentado en un carro cargado de lana cruda. El cirujano le dirigió algunas palabras y éste lo ayudó a subir a Domenico.
—Yo los dejo aquí —nos dijo—. Cristóforo los conducirá a casa.
Luego me dio una hoja, en la que estaban garabateadas unas pocas líneas.
—Ésta es la lista de los medicamentos que deben procurarse y éstas las indicaciones para administrárselos. Nos vemos mañana. Su tío aún necesita mis curas.
Le sonreí con calidez.
—Otra vez gracias..., gracias de todo corazón. Sólo le pido una cosa. Quisiera saber el nombre del hombre a quien tanto debo.
Él correspondió a mi sonrisa, pero su mirada huyó enseguida hacia el suelo.
—Me llamo Bernardo. Bernardo Torregiani.
Intenté ocultar la sorpresa, sin embargo, mi expresión no dejó lugar a dudas. Con prontitud, como si tuviera la urgencia de dejar caer un peso de las manos, él se apresuró a especificar:
—Soy el sobrino del rector.