12 #2
—El hospital siempre ha tenido una relación privilegiada con los artistas.
Son muchos los que guardan lo que ganan en su banco y esos muros alojan desde hace más de un siglo la sede de la Compañía de San Lucas, la hermandad de los pintores, de la que antes formaba parte también Domenico.
Los trabajos de ampliación de la iglesia de San Egidio trajeron nuevos encargos para todos.
En 1439 se decidió pintar al fresco las paredes del coro.
Aquella de la derecha fue la primera. El encargo se lo confiaron a Domenico, y yo, como sabe, era su asistente.
Junto a nosotros trabajaba Filippo da Verona, un viejo amigo de Domenico.
Se habían formado juntos en Venecia y habían colaborado muchas veces, antes de que Filippo se estableciera en Florencia.
Era un hombre grande y corpulento, pero su mano era delicadísima y sus colores plenos de luz.
Su alegría contagiosa y su generosidad al transmitirme todos los secretos del oficio me ligaron a él no menos que a Domenico.
Tiempo después se unió a nosotros Andrea del Castagno, encargado de decorar la pared de la izquierda.
Todos aquellos meses de trabajo, codo con codo en los andamios, hicieron crecer nuestra amistad al mismo paso que avanzaba la obra.
Cuando concluyeron las dos secciones superiores, obtuvieron grandes consensos y alguien llegó a sostener que, una vez terminados, los frescos podrían competir en esplendor con la capilla Brancacci.
Estábamos en un buen punto también con la sección inferior, cuando el rector de Santa María Nueva, nuestro cliente, murió de pronto.
En su puesto fue elegido Jacopo Torregiani, un dominicano que había sido prior en un convento de Prato.
Tenía fama de ser tan inflexible que se decía que sus cofrades habían acogido su partida con un suspiro de alivio.
De todos modos, nos aseguraron que no habría problemas con el trabajo.
La tarea estaba en fase demasiado avanzada y el recién llegado no podría más que adecuarse a las elecciones de su predecesor.
Por desgracia, no fue así. Desde la primera vez que los ojos de Torregiani se posaron sobre los frescos, leí en su rostro que aquellas imágenes chocaban frontalmente con su visión.
Sus críticas, primero veladas, crecieron rápido, hasta que logró convencer al consejo del hospital de que nuestras pinturas estaban llenas de referencias paganas y, por tanto, constituían una ofensa a la Iglesia y a Dios mismo.
Decidieron interrumpir de inmediato los trabajos, y la sección inferior con los esponsales de la Virgen, en su opinión la más execrable, se ocultó a la vista.
A Andrea del Castagno, cuya obra aún estaba en los inicios, lo obligaron a revisar cuanto había hecho a la luz de las nuevas directrices.
A Domenico y a Filippo ni siquiera se les dio esa posibilidad.
Debieron marcharse sin que les pagaran ni los materiales.
Les dijeron que podían considerarse afortunados porque no los obligaran a devolver los anticipos que ya habían recibido.
Ni una voz se alzó contra aquella decisión.
A Torregiani lo respaldaba una familia poderosa con la que nadie quería enemistarse.
La culpa cayó más bien sobre Domenico y Filippo, que enseguida fueron conscientes de lo difícil que sería procurarse otros trabajos.
Tanto Domenico como yo proyectamos marcharnos de Florencia, pero Filippo estaba decidido a quedarse, también porque acababa de comprar una casa para su familia.
Creo que aún debía terminar de pagarla y estaba buscando de todas las maneras recuperar el dinero.
No sé si esta necesidad, la rabia por la injusticia sufrida o ambas acabaron por empujarlo a cometer un acto tan estúpido como imprudente que, por desgracia, ni Domenico ni yo pudimos prever.
Inmóvil hasta aquel momento, Piero comenzó a caminar por la estancia, siempre sin salir de la oscuridad, y su figura, que apenas se distinguía, se multiplicaba sobre las paredes transformándolas en un escenario hecho sólo de sombras.
—Una noche Filippo entró en San Egidio y robó dos candelabros de plata.
Fue descubierto y arrestado. Torregiani contó su versión de los hechos, sosteniendo que al ladrón lo cogieron con las manos en el tabernáculo.
La acusación se agravó, transformando el hurto en sacrilegio.
Aún no satisfecho, el rector quiso asegurarse de que la indignación se extendiera como la pólvora.
Influidos por él, muchos religiosos empezaron a maldecirlo desde el púlpito, levantando una ola de rechazo popular contra el responsable de un crimen tan odioso, perpetrado precisamente en perjuicio de quien le había dado trabajo.
Filippo fue sometido a tortura y terminó confesando incluso lo que no había cometido.
La ciudad, sedienta de venganza, exigió una condena ejemplar.
Piero se acercó a la vela, con la frente surcada por una profunda arruga.
—¿Qué ocurrió con aquel hombre?
—Naturalmente fue condenado.
—¿A muerte? ¿Por un hurto?
—No exactamente, pero el efecto no fue distinto. Después de recibir cien azotes, lo arrastraron hasta la plaza del hospital y allí le cortaron la mano derecha. Creo que puede imaginar lo que esto significa para un artista.
—¡Por Dios! ¿Usted... estaba presente?
—No. Cuando comprendí que nuestras súplicas para obtener clemencia no serían escuchadas, decidí dejar Florencia.
Estaba a punto de partir cuando Domenico me alcanzó, horrorizado.
Dijo que debíamos volver de inmediato, porque estaban a punto de linchar a Filippo.
Tras ejecutarse la condena lo cargaron, inconsciente, en un carro para devolverlo a la familia.
La multitud, incitada por semanas de sermones encendidos y excitada por la sangre, no dejaba de vociferar contra el sacrilegio y amenazaba con asaltar al pequeño grupo de guardias que lo estaba escoltando.
Cuando llegamos frente a la casa de Filippo los habían rodeado completamente.
En la penumbra de aquella tarde de otoño la gente blandía las antorchas, enfurecida, exigiendo justicia sumaria.
Los guardias parecían a punto de ceder, porque ninguno tenía ganas de arriesgarse para proteger a un criminal, que, además, ya estaba agonizando.
Lo que sucedió después no lo puedo borrar de mis ojos.
Tomó aire con una respiración profunda.
—De repente, Filippo gritó y se puso de pie sobre el carro.
Al ver su cuerpo poderoso, con la espalda reducida a un amasijo de carne viva por los azotes y la sangre que brotaba de la mano amputada, la gente se calló de golpe.
En el silencio general su grito resonó con una potencia casi sobrenatural.
«¡Que Dios os maldiga a todos y que ardáis en el infierno!
» Con un movimiento fulminante arrancó una tea de las manos de un guardia y la lanzó sobre la multitud.
Antes de que nadie tuviera tiempo de reaccionar, se inclinó para recoger otra e hizo lo mismo.
Cundió el pánico, pero la muchedumbre hacía imposible la fuga y la gente comenzó a atropellarse.
Otras antorchas se volcaron y cayeron sobre las túnicas y los mantos, alcanzando la paja amontonada delante de un establo.
Las llamas se extendieron y al poco alcanzaron también las viviendas circundantes.
Filippo permaneció algunos instantes mirando desde arriba, luego se agachó y dejó que el fuego lo alcanzara también a él.
Detrás de la cortina de humo negro, que olía a carne abrasada, Domenico y yo asistíamos impotentes a aquella masacre.
Muchos perdieron la vida quemados, asfixiados o pisoteados por la multitud.
Otros perecieron atrapados en sus casas.
Entre ellos, la mujer y los dos hijos de Filippo.
Las últimas palabras de Piero se apagaron en el silencio. Quizá esperaba otra pregunta mía, pero yo no encontré nada importante que decir.
—El nombre de Filippo da Verona —concluyó— se convirtió en sinónimo de desventura y sufrió una damnatio memoriae .
También Domenico, por la amistad que lo ligaba a él, vino a encontrarse en una posición difícil.
Se refugió en Perusa, en casa de su madre de usted, y durante algunos años se mantuvo lejos de Florencia.
Luego, cuando Piero de Médici le ofreció la posibilidad de obtener el encargo del retablo de Santa Lucia de’ Magnoli, entendió que la ciudad había olvidado y decidió hacer lo mismo.
—Una elección que usted no le ha perdonado.
Piero tuvo un gesto de ira.
—Se equivoca. No está en mi naturaleza juzgar las decisiones ajenas. Simplemente decidí otra cosa.
Habría querido preguntarle qué lo había impulsado a volver a Florencia después de estar lejos tantos años, pero su actitud indicaba claramente que no veía la hora de terminar con aquella conversación, así que me despedí.
Antes de marcharme le hice una última pregunta.
—¿Qué fue del rector Jacopo Torregiani?
—Por lo que sé, aún sigue en el cargo y en el hospital no se mueve nada sin pasar por su estrecho control.
Sin más preguntas, supe quién era el hombre que me había observado en el claustro. A la luz de aquel relato, no pude evitar estremecerme al sentir de nuevo sobre mí sus ojos de hielo.