12
Las sombras de la tarde habían robado los colores al día, fundiéndolos con los últimos destellos violáceos del ocaso, pero Piero seguía inclinado y trabajando en su misteriosa flagelación, que con el brillo tembloroso de la vela adquiría atmósferas aún más metafísicas.
—Entre —dijo sin volverse, consciente de mi presencia aún antes de que me asomara más allá de la puerta abierta.
Me acerqué mientras él continuaba pintando. Sobre la mesa había un extraño objeto alargado de terracota, una especie de pequeño quemador del que salía un hilo de humo que mezclaba un perfume de menta con un aroma dulzón que nunca había olido.
—Así que todo ha ido bien —dijo después de un rato. No era una pregunta y yo tampoco le pregunté cómo lo sabía.
—De momento, sí, aunque el peligro de que haya alguna complicación no está descartado.
Piero se volvió, sosteniendo el pincel a media altura. Su rostro tenso me dijo que también él estaba ansioso por Domenico.
—¿Cuándo podrá volver a casa?
—Mañana por la mañana espero saber más. Creo que su deseo es dejar lo antes posible ese sitio... Pero imagino que esto lo sabe también usted.
Sin replicar, Piero siguió modelando los pliegues de una tela con pequeños toques de punta.
—¿Los pinta siempre de este modo? —le pregunté al cabo de un instante.
—¿A qué se refiere?
—A sus personajes. Primero dibuja los cuerpos y después la ropa, ¿no es así? La última vez que lo vi, este joven tenía las piernas descubiertas, mientras que ahora la túnica desciende hasta la pantorrilla.
—Parto siempre del desnudo. Ésa es la estructura. La forma de las ropas es sólo la consecuencia de la postura del cuerpo. No hay demasiada diferencia entre las figuras y las arquitecturas. En ambos casos se trata de distribuir correctamente pesos y equilibrios.
La hoja que ya había visto, con la ambientación del cuadro minuciosamente reconstruida en planta y en alzado, se encontraba extendida sobre la mesa. Noté que cada detalle estaba atravesado por líneas finas, que convergían en un único punto. Las señalé con el dedo.
—¿Y esto vale también para la perspectiva?
—Eso es sobre todo cuestión de medidas. Requiere precisión y es necesario aprender a captar las relaciones entre los diversos elementos.
Se encogió de hombros.
—Pero no es difícil. Después de todo estamos habituados a razonar en términos comparativos. ¿No es así como funciona la mente? Vemos un objeto y tendemos de inmediato a clasificarlo como más grande, más pequeño, más hermoso, más o menos importante que cualquier otro.
Mi mirada se deslizó sobre el rollo de papel verde que había despertado mi curiosidad la primera vez que entré en aquella habitación.
Distraídamente empujé un trozo hacia abajo, revelando el primero de una serie de bosquejos.
Dibujada con trazos de tinta para los oscuros y de albayalde para las luces, la escena representada hacía pensar en el ábside de una iglesia.
Pero nunca había visto una similar, porque la bóveda que la cubría tenía la forma de una maravillosa concha, de la que pendía un objeto muy parecido a un gran huevo.
—Sólo son ideas para un altar mayor que aún no tiene ubicación ni cliente —zanjó Piero mientras cerraba el pliego y lo ponía a un lado.
Luego cogió un pincel finísimo y volvió a concentrarse en la pintura, comenzando a modelar con extremada minuciosidad la cabellera rubia del hombre más joven. Su silencio me hizo entender que nuestra conversación había concluido. Pero aún tenía algo que preguntarle.
Apenas levantó el pincel para mojarlo en el color, le agarré la muñeca para reclamar su atención. Él estaba visiblemente molesto, pero no me desanimé.
—Alesso Baldovinetti ha recibido el encargo de completar los frescos de San Egidio..., los que usted hizo con Domenico.
Un movimiento de sorpresa escapó por un instante de su perfecto control de las emociones.
—¿Y usted cómo...?
—Nos lo encontramos en la plaza antes del incidente. Y ha sido una suerte, pues después nos ayudó a llevar a Domenico al hospital.
No hizo comentarios y yo fui directa al grano.
—Estoy segura de que puede imaginar la sorpresa de mi tío... Así que, esta tarde, mientras esperaba el resultado de la intervención, me decidí a entrar en la iglesia.
Le di tiempo para asimilar la idea y luego fui al grano.
—Necesito saber y usted me ayudará.
Él no se descompuso.
—¿Qué quisiera saber?
—Sucedió algo cuando trabajaban en esos frescos.
Algo grave. No sé de qué se trata, como tampoco sé si el asunto puede tener que ver con cuanto ha ocurrido estos días.
Sólo sé que en un detalle de aquellas pinturas he reconocido el mismo símbolo que vi en la pared detrás del cadáver del banquero Peruzzi. ¿Le sorprende que quiera entenderlo?
Piero levantó el quemador y se acercó el extremo alargado a los labios para aspirar el humo, que luego sopló lejos en lentas volutas. Era otra de sus extrañezas, algo que nunca había visto hacer a nadie. Cuando se decidió a responder, lo hizo con evidente ironía.
—Su atención a los detalles me deja sin palabras...
Pero aclaremos ya que lo que ha visto no es el emblema de una arcana secta adoradora del demonio.
Se trata de un signo presente en muchas culturas antiguas, que simboliza que el tiempo es cíclico.
No es una iconografía inusual y espero que no crea que quien la ha dibujado en la escena del crimen quiera referirse precisamente al minúsculo detalle de nuestro fresco.
Me lanzó una mirada pícara, esperando una señal de comprensión por mi parte, que no llegó. Piero no era sincero en ese punto, pero también estaba claro que no conseguiría convencerlo para que me dijera nada más.
En efecto, siguió dando rodeos, diplomáticamente, sobre el tema.
—Mire, haber devuelto a la vida la sabiduría de los antiguos es la herencia más preciosa que nos puede dejar nuestra época.
Debo admitir que en esto Florencia no va a la zaga de ninguna otra ciudad y, por más que Médici no haya tenido escrúpulos en reducir a los humanistas a una especie de cortesanos y haya convertido la caza de manuscritos en una cuestión de prestigio personal, también hay que reconocer que, gracias a él, los clásicos continúan siendo estudiados, discutidos y traducidos.
—Eso lo sé —respondí, recordando también lo que había oído en el palacio Médici.
—Y entonces tendrá claro también por qué algunos elementos de estos saberes emergen continuamente en las obras de los artistas.
Es del todo normal. Aunque obviamente hay una sustancial diferencia entre hacer un fresco para Segismundo Malatesta, cuyo templo en Rímini es más parecido a un santuario pagano que a una iglesia, participar en una licitación pública florentina, donde se permite un cierto grado de libertad, o trabajar para un cliente religioso de rígida ortodoxia, marcadamente prejuicioso contra cualquier iconografía que se aparte de los cánones... Como fue el caso de San Egidio.
El sol ya se había puesto del todo y una oscuridad azulada se cernía contra la débil llama de la vela. La desplacé hacia Piero.
—¿No pensará que me conformo con esta explicación?
Él apoyó el quemador, que había tenido en la mano hasta aquel momento. Se levantó, dio un paso atrás y su rostro salió del foco de luz, desapareciendo de mi vista.
—Está verdaderamente decidida a saber lo sucedido... No es un asunto agradable, pero parece que no hay modo de disuadirla.
Se apartó aún más y la oscuridad engulló su cuerpo. De golpe quedó sólo su voz, que parecía provenir de un lugar fuera del tiempo.