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Probablemente hasta las piedras de aquel claustro sabían más que yo, teniendo en cuenta que uno de sus lados delimitaba la iglesia de San Egidio.
Levanté la mirada hacia la pared que me separaba del ciclo de frescos sobre el que me estaba interrogando tanto y pensé que quizá sería oportuno echar un vistazo.
La puerta lateral de la iglesia estaba precisamente allí.
Sólo tenía que empujarla. Después de mirar rápido alrededor, me decidí a hacerlo. Estaba abierta.
Mis pasos resonaron sobre el suelo de terracota y su eco pareció multiplicarse en la nave desierta.
Sobre el altar a mi derecha centelleaba una adoración de los Magos, a cuyos personajes fabulosos anegaba una profusión de oros.
Las inestables llamas de dos candelabros de plata danzaban sobre el bajorrelieve marmóreo del tabernáculo y el solemne Cristo consagrado que había grabado en el bronce de un postigo.
Una de las velas se apagó a mi paso. Me incliné para volver a encenderla, recitando mentalmente una plegaria por Domenico. El destino ya me había quitado a mi madre y él era la única familia que me quedaba, además de lo más parecido a un padre que había conocido.
En la capilla mayor, bajo la cual se encontraban los sillones del coro, podía distinguir unos frescos.
Cogí uno de los candelabros y, pasado el altar, lo elevé para iluminar el ábside lo máximo posible.
La débil luz de las velas fue suficiente para dar vida a los relatos visuales que la animaban y que me proyectaron en un multiforme universo de colores, tan vívido que hacía difícil creer que se trataba sólo de imágenes pintadas.
Episodios tomados de la vida de la Virgen, divididos en tres partes, cubrían los dos lados de la capilla dejando despojada la pared del fondo.
Levanté el brazo para iluminar el lado izquierdo donde, en la luneta, conseguí vislumbrar una anunciación.
Más abajo, en el centro de una abarrotada escena coral, María niña subía las escaleras para ser presentada al templo, mientras aún más abajo, rodeada por los apóstoles y una multitud de personas, la Virgen yacía en su lecho de muerte.
El uso magistral de la perspectiva, el dibujo riguroso y el cuidado de los detalles hacían pensar en la mano de un gran artista. Pero las líneas muy nítidas que definían las figuras, confiriéndoles rasgos duros y marcados, decían también que no podía ser la de Domenico.
Dirigí entonces la luz hacia la pared derecha y de inmediato comprendí que había encontrado lo que estaba buscando.
La escena representada en lo alto me pareció la del encuentro entre Joaquín y Ana delante de la puerta áurea de Jerusalén.
Incluso desde allí abajo podía apreciar su luz cristalina, la misma que mi tío había conseguido para el altar de Santa Lucía de los Magnolios.
Sólo él conocía el secreto para hacer vibrar los colores hasta aquel grado de claridad.
La escena central estaba introducida por un querubín, que llamaba a la puerta invitando a asistir a lo que reconocí sin dificultad como el nacimiento de María.
En el techo de la estancia habían pintado un cielo estrellado azul lapislázuli, decorado con constelaciones y símbolos de los planetas.
Hermosas figuras femeninas con el pelo trenzado, más parecidas a ninfas que a criadas, rodeaban el lecho sobre el que estaba tendida santa Ana y dotaban a la escena de la ligereza de una mágica aparición.
La parte inferior no era visible porque un alto panel de madera oscura, fijado tras los asientos del coro, ocultaba de la vista casi todo.
El peldaño que rodeaba los sillones creaba, sin embargo, entre el panel y la pared, una especie de hueco, en el que me colé sin dudarlo y me vi frente a los esponsales de la Virgen.
Delante de un edificio de doce caras semejante a un templo, un sacerdote con una tupida barba blanca de dos puntas unía las manos de los novios junto a una multitud solemne y festiva.
San José vestía un manto amarillo oro, mientras que el velo de María parecía entretejido de plata.
En el cielo encima de ellos se veían simultáneamente el sol y la luna.
Toda la parte inferior, aún incompleta, sólo mostraba los rastros de sinopias muy descoloridas por el tiempo.
Mi atención la atrajo un detalle que nunca me hubiera sido posible captar más que desde aquella distancia cercana.
Levanté la luz para observarlo mejor y vi que no estaba equivocada.
A pesar de que sus dimensiones no eran mucho más grandes que las de un grano de arroz, el anillo que el novio estaba a punto de poner en el dedo de la novia tenía una forma que me saltó a la vista con claridad, dejándome sin aliento.
Se trataba de una serpiente que devoraba su propia cola.
Mientras observaba, petrificada, aquel símbolo, un repentino rumor me hizo estremecer. Temiendo que alguien hubiera entrado en la iglesia, salí de aquel recoveco y dejé deprisa el candelabro sobre el altar antes de volver al claustro.
Apenas estuve fuera vi que el cirujano también salía en aquel momento de la enfermería, probablemente para venir a buscarme. Haciendo lo posible por mantener a raya el martilleo que sentía en el pecho, corrí a su encuentro.
—Dígame, ¿cómo ha ido?
—El derrame era notable, pero la intervención ha ido bien. Naturalmente es pronto para decir cómo reaccionará el paciente y, en todo caso, la recuperación no será breve. Pero, en resumen, soy optimista.
Sentí que la tensión se desvanecía y de forma impulsiva le estreché las manos.
—De veras que no sé cómo agradecerle.
Él se apartó de inmediato.
—No es necesario. Sólo he hecho mi trabajo. La espero mañana por la mañana —respondió, despidiéndose deprisa.
Con el corazón más ligero, también yo me dispuse a dejar el claustro. Pero mientras estaba por tomar la salida tuve la clara sensación de que me observaban. Recorrí con la mirada todos los arcos hasta que, sobre la enfermería, vi a un hombre asomado a una ventana.
Era un religioso, con la túnica y el escapulario blanco de los dominicos, cubierto por un manto negro con la capucha vuelta sobre los hombros.
Su porte altivo y su alta estatura infundían respeto, no menos que sus rasgos, que parecían esculpidos en la piel blanca, apenas distinguibles de la tonsura de idéntico color.
Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos, cuyas pupilas eran tan claras que recordaban el centelleo de la nieve al sol.
No hizo ningún movimiento ni siquiera cuando se percató de que lo estaba mirando. Simplemente continuó observándome hasta que bajé la mirada y me apresuré hacia la salida.