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Via di San Gilio seguía el trazado de los viejos muros, bordeando la alta pared que delimitaba el convento de las Oblatas, sede del pabellón de mujeres del hospital.
En el lado opuesto de la calle se abría una plazoleta rectangular, sobre la que asomaba una larga fachada blanca en forma de cabaña en los dos extremos.
La entrada de la izquierda, de aspecto más majestuoso, llevaba a la iglesia de San Egidio.
A la derecha estaba el que se me había indicado como nuevo pabellón masculino, mientras que en el centro, más allá de una puerta arqueada semiabierta, se divisaban las bóvedas y las columnas de un claustro.
Me dirigí, decidida, hacia la derecha y atravesé el umbral, pasando bajo un fresco que evocaba el día glorioso de la consagración del edificio por parte del papa.
Por las miradas que recibí, deduje que la presencia de una mujer en aquel pabellón era una deplorable anomalía.
Pero nadie se tomó la molestia de afrontar el problema, también porque la enfermería aquel día estaba en ebullición.
La aglomeración y el bochorno habían causado muchas enfermedades, aunque tampoco faltaban las contusiones y heridas, como testimonio de que no todos los desórdenes habían sido aún reprimidos.
Mi apelación apremiante y la evidente gravedad del estado de Domenico impulsaron a los frailes de guardia a hacer la vista gorda.
No sólo permitieron que me quedara, sino que además le procuraron de inmediato una camilla.
No obstante, para que lo visitara un médico tuvimos que esperar.
Alesso siguió insistiendo sin parar a un fraile para que le permitiera acceder a la sala y hablar con un cirujano conocido suyo.
No necesitó demasiado para que el asistente cediera a sus presiones y el pintor, consciente de haberse ganado toda mi gratitud, desapareció tras la puerta con aire complacido.
—Francesco, tal vez sea mejor que vayas a avisar a Piero.
Él asintió, tratando amablemente de soltar los dedos de Domenico, que se habían cerrado inconscientemente en torno a su muñeca. En aquel momento mi tío abrió los ojos y dirigió a mí su mirada. Pero era turbia, como si no me estuviera viendo.
—Tío, ¿me oye?
Respondió a duras penas, arrastrando las palabras.
—¿Dónde... dónde estoy?
—Estamos en el hospital de Santa María Nueva. Ha recibido un golpe en la cabeza y ha perdido el sentido. Intente no moverse.
Vi que reunía fuerzas para hablar, pero no lograba controlar la voz. Parecía espantado. Me acerqué en un intento de entender.
—¿Por qué me has traído aquí...? Piero... ¿Dónde está Piero?
Me volví hacia Francesco.
—Pregunta por Piero. Vete, pronto. Dile que se una a nosotros.
Con una inesperada energía, Domenico me agarró la mano.
—¡No! —gritó, farfullando algo de lo que sólo conseguí entender algunas palabras—. Él no vendrá..., nunca vendrá..., no aquí.
Francesco y yo nos miramos, perplejos. Domenico se llevó la mano a la cabeza con una mueca de dolor y volvió a agitarse, susurrando frases sin sentido. Luego gimió y cayó de nuevo en la inconsciencia.
Entre tanto llegó Alesso con el cirujano, un joven de pelo oscuro cortado a la altura del cuello y cubierto con un gorro de un rojo desteñido. La túnica clara que llevaba, larga, por debajo de las rodillas, estaba manchada de salpicaduras de sangre.
Me dirigió una breve mirada, para concentrarse después en Domenico.
Le tomó el pulso durante un buen rato, luego pasó a examinarle cuidadosamente la cabeza, provocando que hiciera leves movimientos.
Observó la herida y la sangre que salía, le levantó los párpados para escrutarle las pupilas, pasándole por delante de los ojos la llama de una vela. Al final sacudió la cabeza.
—¿Usted es la hija? —preguntó en un tono que me alarmó.
—Soy la sobrina.
Se alisó con dos dedos el mentón, en el que aparecía una sombra de barba. Noté que a un lado de la boca tenía una pequeña cicatriz.
—Creo que es un derrame de sangre. Es necesaria una trepanación del cráneo para drenar. ¿Están de acuerdo en que lo haga de inmediato?
Apreté el brazo de Francesco.
—¿Qué... qué ocurrirá después?
El cirujano me vio empalidecer y se apresuró a aclarar.
—Se trata de una técnica bastante extendida en la actualidad, que en muchos casos se resuelve con la total curación del paciente.
No me atreví a preguntarle qué sucedía en los casos de fracaso y me limité a asentir.
—Prefiero intervenir lo más rápido posible para evitar que el hematoma empeore. Puede marcharse. Mañana por la mañana sabré decirle algo más preciso... Y no se preocupe —añadió esbozando una sonrisa—, su tío está en buenas manos.
—Estoy segura —repliqué, seria—. Pero no me iré hasta que no sepa el resultado de la intervención.
—Sea razonable. No podemos permitir que se quede aquí y aún menos que acceda a la sala de los hombres.
—Entonces dígame dónde puedo esperar. Si no, aguardaré en la plaza frente a la entrada. Sólo le pido que tenga la cortesía de hacerme saber algo cuando haya terminado.
Se le escapó una sonrisa, pero se rindió de inmediato.
—Tras aquella puerta está el claustro de la enfermería. Si se sienta bajo las arcadas, nadie le dirá nada. Pero sepa que podemos tardar varias horas.
—No importa. No me moveré de allí.
Volvió a la sala llevando consigo a Domenico e inmediatamente después Alesso nos dejó, diciendo que vendría al día siguiente.
En el claustro había un sencillo jardín, donde se cultivaban las plantas para la botica.
Lo atravesé en diagonal, sintiendo con fuerza en mis fosas nasales la mezcla de sus aromas.
Rosmarinus officinalis , Thymus vulgaris , Plantago lanceolata , Mentha viridis , Anethum graveolens , recitaban en bonita caligrafía los minúsculos folios apoyados debajo de las plantas, dispuestos en estrella en torno al centro.
Me senté bajo una arcada en la esquina y Francesco se puso a mi lado.
—No te dejaré sola. Me quedo yo también.
Lo dijo sonriendo, con tanta gentileza que hubiera querido abrazarlo.
—Gracias..., no es necesario. Vuelve a casa. Pero antes ve al taller y avisa a Piero. Decida venir o no, debe saber lo sucedido.
Francesco me rozó la mano.
—Como prefieras. Mañana por la mañana paso a buscarte y luego venimos aquí juntos.
Las sombras comenzaban a alargarse y Piero aún no había dado señales de vida. Estaba claro que las palabras de Domenico no habían sido sólo fruto del delirio. Aquel lugar tenía para ambos un significado que se me escapaba.
Me sobraba el tiempo y empecé a cavilar.
La primera vez que había oído a Domenico citar el hospital fue el día anterior al homicidio.
Frente a la desaprobación de Piero al saber que estaba trabajando para el banquero Peruzzi, mi tío había sentido la necesidad de justificarse.
Se había apresurado a explicar que el encargo era privado y que no tenía nada que ver con Santa María Nueva.
Recordaba la tensión que se creó. Ambos habían dejado rápidamente el tema, pero la turbación no desapareció de inmediato, como si el rastro de los recuerdos que traía consigo fuera demasiado poderoso para reabsorberse en un instante.
Recordé también la expresión angustiada que había visto en el rostro de Domenico poco antes.
En ese momento la achaqué a su estado de confusión, pero ahora comprendía que no era así.
Mi tío se había dado cuenta de que se encontraba en Santa María Nueva y había sido precisamente eso lo que lo había espantado.
Sin embargo, no estaba segura de que fuera sólo miedo.
Su agitación, que lo había llevado a preguntar enseguida por Piero, y su desconcierto ante la sola idea de involucrarlo parecían delatar un sentimiento más fuerte y complejo.
Por último, estaba el asunto de los frescos de San Egidio.
Cuando Alesso los citó, Domenico se había alterado mucho.
Era comprensible que lo perturbase la idea de ver su obra acabada por otros, en particular por un artista al que no estimaba, pero lo que yo había leído en su mirada era otra cosa.
Parecía que pensar en aquellas pinturas le causase un verdadero sufrimiento.
Con todo, tampoco había duda de que la decoración de una capilla para él había sido un encargo importante, quizá el más importante de su carrera, y me parecía entender que era también la única en la que Piero había participado en Florencia.
Era muy extraño que nunca hubiera oído a mi tío decir una sola palabra sobre aquel trabajo.
Quién sabe, además, por qué motivo lo había dejado incompleto.
Ahuyenté a una mosca que se me había posado en la pantorrilla.
La larga inmovilidad comenzaba a entorpecerme las piernas.
Me levanté y empecé a caminar por el claustro.
El calor de la tarde había comenzado a aflojar su mordedura y bajo aquellas arcadas sombreadas me pareció casi sentir un ligero estremecimiento.
O quizá era sólo la angustia por la suerte de mi tío, que me corría bajo la piel como un río subterráneo.
No se trataba únicamente de la inquietud por los riesgos de la intervención, sino también de una sensación oscura, una amenaza que sentía recaer sobre mí desde hacía días y que aquellas reflexiones no habían hecho más que alimentar.
Los acontecimientos de las últimas semanas me parecían como las cuentas de un collar arrancado, dispersas en un pajar.
Nunca conseguiría reordenarlos hasta que no desvelara al menos una parte de todas las verdades que me habían sido ocultadas.
Pero no era sencillo, ya que tanto Piero como Domenico parecían mucho más preocupados de custodiar sus secretos que de resolver cuanto estaba sucediendo.