10 #2
—No, no —rio el otro—. Es un hospital, pero no el de los Inocentes, sino el de Santa María Nueva. Para ser exactos, la iglesia de San Egidio.
Un rubor repentino se esparció sobre el rostro de Domenico, que por un instante me pareció a punto de sofocarse. Luego se puso pálido como un muerto. Dominándose con dificultad, apenas consiguió balbucear:
—¿Quieres decir que...?
Alesso, que no sé si no se daba cuenta del efecto de sus palabras o si estaba decidido a ignorarlo, continuó con tono alegre:
—Has entendido bien. Es precisamente la capilla mayor. Me han encargado terminar el ciclo de frescos que Piero y tú dejasteis a medias. Comenzaré a principios del año próximo. ¡No sabes qué honor es para mí!
Después de una interminable pausa, en la que mi tío se pasó repetidamente las manos sobre la frente empapada de sudor, su respuesta llegó ronca, como si a la voz le costara encontrar su camino.
—Te... Te doy mi enhorabuena y mis mejores deseos para que tengas éxito.
Los repiques de la campana envolvieron la respuesta y los ojos de todos se dirigieron a la logia.
El confaloniero había llegado y destacaba entre los otros miembros de la Señoría con su amplia túnica escarlata.
Luca Pitti se adelantó algunos pasos, esperando que los tambores dejaran de redoblar, antes de tomar la palabra.
Su discurso no fue muy largo. Empezó anunciando que se había urdido una conjura contra la República.
No dijo de qué naturaleza ni cuáles eran los objetivos; se limitó a añadir que afortunadamente los responsables habían sido identificados a tiempo.
Luego dio una lista de nombres, entre otros, el de Girolamo Machiavelli y su hermano Piero.
Dijo que de los interrogatorios estaban surgiendo otros y que por eso nadie podía dejar la ciudad antes de la completa resolución del caso.
Tras una pequeña pausa, que permitió al público asimilar la gravedad de lo que había dicho, declaró solemnemente que una situación semejante requería medidas extraordinarias.
Por tanto, sería nombrado de inmediato un grupo de doscientos cincuenta ciudadanos, dotado de plenos poderes sobre todas las cuestiones, con la tarea de reformar el gobierno y modificar las leyes, dando a entender que en adelante habría cambios sustanciales en la asignación de los cargos públicos.
Cuando el confaloniero pidió la aprobación del pueblo, un murmullo recorrió la multitud.
—¿Qué conjura? —gritó una voz, más fuerte que las otras—. Habéis amordazado a la oposición... Esto es un golpe de Estado... ¡El fin de la democracia!
Otras protestas se hicieron eco, pero los soldados que llenaban la plaza en tal cantidad que parecía un campo de batalla se juntaron y empuñaron las armas. Por un momento pensé que se desataría el infierno, en cambio, las voces se apagaron de golpe y nadie se movió.
En un silencio tenso, Luca Pitti volvió a preguntar si el pueblo estaba de acuerdo.
Frente a ese ejército listo para el combate, ya nadie tuvo el valor de hablar, lo que fue interpretado como un asentimiento.
El confaloniero declaró aprobada la resolución, levantó la sesión e invitó a todos a volver a casa.
Apenas los miembros de la Señoría hubieron dejado la logia y la multitud comenzó lentamente a menguar, una mirada a los rostros sombríos y rabiosos que me rodeaban me dijo que los florentinos estaban aún lejos de digerir el trago amargo que se les había servido.
Cogí del brazo a Domenico con la intención de alejarme rápido, antes de que pudieran estallar desórdenes.
Pero él parecía extrañado y ausente. Mi pregunté si su turbación se podía imputar al anuncio de Pitti o más bien a cuanto había sabido poco antes.
Nos despedimos de Baldovinetti y me apresuré a conducir a Domenico por el Corso, sin dejar de mirar alrededor en busca de Francesco.
A la altura de la iglesia de San Bartolomé nos bloqueó un grupo de personas que impedía proseguir hacia la catedral.
Desde el balcón de una vivienda, en la esquina de via degli Speziali Grossi, un joven con una toga de jurista gritaba indignado por la injusticia perpetrada contra su maestro Girolamo Machiavelli, encarcelado y torturado sólo por haberse opuesto con la fuerza de la razón a la deriva autoritaria de quien quería convertir la República en una tiranía.
La indudable verdad de sus palabras estaba empezando a caldear los ánimos, pero, antes de que nadie pudiera tomar la iniciativa, un grupo de soldados apareció y se enfrentó, empuñando las armas, a la pequeña multitud hasta entrar en la vivienda para arrestar al agitador.
Los presentes se dispersaron a la carrera, sin que se vertiera una sola gota de sangre. Pero antes de escapar alguien cogió unas piedras y las arrojó contra los soldados, que empezaron a perseguirlo.
—Venga, tío, aprovechemos —lo exhorté apenas la calle estuvo libre.
Domenico no respondió y yo lo apremié de nuevo.
En ese momento él puso los ojos en blanco y se precipitó al suelo.
Me agaché rápidamente para sostenerle la cabeza y, cuando retiré la mano, vi que mis dedos estaban manchados de rojo.
Con un grito, alcé la mirada en busca de ayuda.
Crucé la de Alesso, que evidentemente nos había seguido por el Corso y que se apresuró a ayudar.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé... Temo que le haya golpeado una piedra. Hay sangre...
Alesso intentó sin éxito reanimar a Domenico. Yo, en tanto, conseguí localizar también a Francesco y comencé a agitar los brazos para reclamar su atención.
Cuando nos alcanzó, al ver a Domenico en el suelo se quedó paralizado.
—Por Dios, Lavinia... ¿Y ahora qué hacemos?
—Hay que llevarlo a un médico. No hay tiempo que perder. En nuestra calle hay uno. Espero que esté en casa. Tú quédate aquí. Voy a buscarlo.
Alesso me retuvo.
—No soy experto, pero me temo que un médico no sea suficiente. El hospital de Santa María Nueva no está lejos. Allí Domenico podrá recibir los mejores cuidados. Conozco personalmente a uno de los cirujanos. Déjeme a mí... Como les he dicho, en breve empezaré a trabajar para ellos.
Aquella inesperada ocasión de lucirse parecía llenarlo de orgullo. Lo secundé, pues no tenía más alternativa en ese momento, y él, asumiendo aquella responsabilidad, se hizo cargo de la situación.
Echó un rápido vistazo a la pierna de Francesco.
—Muchacho, ¿te ves capaz de ayudarme a llevarlo?
El otro asintió y se echó un brazo de Domenico en torno al cuello. Alesso hizo lo mismo con el otro brazo y comenzaron a arrastrarlo, adecuándose al paso lento y asimétrico de Francesco.
—Usted adelántese —añadió volviéndose hacia mí—. Vaya a la enfermería del pabellón de hombres, avíseles de que estamos llegando. Y no se olvide de especificar que se trata de una emergencia.