El misterio de la pintora rebelde 10
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El agua del pozo, aunque estancada y bien tibia, era siempre un alivio al ardiente sol de la última hora de la mañana. La pequeña multitud que la rodeaba era un síntoma de que las amas de casa preferían en aquellos días dedicarse a la colada más que a cualquier otra actividad doméstica.

Apoyé en el suelo una de las dos cestas desbordantes de ropa que Costanza y yo habíamos transportado hasta allí, y me arrodillé junto a ella para ayudarla a frotar las sábanas con la ceniza antes de enjuagarlas.

La esposa del carpintero, que vivía dos casas más allá de la nuestra, nos saludó cordial.

Costanza respondió apenas, luego inclinó la cabeza para concentrarse en el trabajo.

El duelo en el que se había recluido desde que se anunció la muerte del papa, dos días antes, era muy estricto y había exasperado su actitud, ya habitualmente ajena a cualquier sociabilidad.

Alrededor resonaban las chácharas y risas femeninas, acompañadas por los gritos de los niños, que corrían descalzos por las charcas de agua y provocaban los continuos reproches de sus madres.

Como única concesión a su aislamiento, Costanza se permitía algún gesto complacido cada vez que veía dispensar un castigo. Su absoluto rigor le hacía intolerable cualquier infracción disciplinaria y todo comportamiento que fuera mínimamente contrario a su idea de decoro.

La única prenda que la distinguía de una monja era el delantal blanco, que llevaba sobre la amplia túnica negra, larga hasta los pies y bien atada al cuello.

Además, yo nunca había visto el color de su pelo, pues lo llevaba cuidadosamente envuelto en un paño de lino oscuro, similar también al velo de una religiosa.

La nariz pequeña, el óvalo aún bien definido y los ojos celestes, estrechos y penetrantes, mostraban que no debía de haber sido fea en su juventud y no lo sería tampoco ahora si su piel precozmente envejecida, su vestimenta monástica y su gesto severo no hubieran borrado en ella todo rastro de feminidad.

Habituada también a juzgar a los demás con su propia vara de medir, como yo había comprobado varias veces, no dejaba de lanzar miradas inquisitorias a cualquiera que exhibiera una manga un poco más corta o un escote ligeramente mayor que el suyo.

Esto para que a todos quedase claro que para ella la modestia era la primera de las virtudes y la mortificación de la carne un deber de todo buen cristiano.

Varias veces, al oírla salmodiar en voz baja mientras trabajaba, acariciándose repetidamente la cruz de madera que llevaba al cuello, me pregunté a mí misma si debajo de aquellas ropas habría llevado alguna vez un cilicio.

De pronto, un chiquillo apareció a la carrera y gritó:

—¡Están llegando!

Con un murmullo todas las mujeres se pusieron de pie mientras de la calle de enfrente fluía un pequeño cortejo.

Acompañados por un puñado de pajes y guardias de uniforme, los miembros de la magistratura, con trajes de ceremonia, atravesaron la plaza hacia el palacio de la Señoría.

Entre ellos destacaba el alcalde, con una zamarra de brocado de oro que le llegaba hasta el suelo, un sombrero de raso escarlata y, en las manos enguantadas de blanco, un bastón de ébano con el pomo de plata.

Detrás de él desfilaban los Ocho de Guardia, entre los que conseguí distinguir a Lorenzo.

También él se percató de mi presencia y, ante la imposibilidad de detenerse, me buscó con la mirada durante mucho tiempo, como si quisiera comunicarme algo.

La escena no pasó inadvertida y acabó atrayendo la atención de las otras mujeres, que dejaron escapar unas risitas apagadas y algunos comentarios a media voz.

—Cuando se encuentra un hombre así, no hay que hacerlo esperar demasiado... —rio nuestra vecina de casa sin que la exhibición de sus encías completamente desdentadas le preocupara.

La mirada glacial que Costanza nos dirigió tanto a ella como a mí me indujo a fingir que no lo había oído.

Mientras tanto a lo largo de la calle continuaban desfilando soldados armados, vestidos con las enseñas de los Sforza, como aquellos que había visto en el palacio Médici. El número revelaba claramente que los acontecimientos estaban a punto de precipitarse.

Apenas habíamos comenzado a tender la colada sobre la cuerda tensa entre las ventanas a los dos lados de la calle de casa cuando la campana del palacio comenzó a sonar. Domenico se asomó a la puerta y le pregunté qué sucedía.

—Convocan al pueblo al parlamento. Si han llegado a tal extremo, se trata de un anuncio grave.

Sin añadir nada más se puso en marcha y Francesco lo siguió.

—¿Tú no vienes? —me preguntó.

Dudé, sin saber si subir a llamar a Piero.

Desde nuestra visita al palacio Médici casi no lo había visto.

Pasaba las horas de luz pintando encerrado en su habitación, tarea que dejaba sólo hacia el atardecer para salir con Domenico.

Del hecho de que nos hubiera informado de la muerte del pontífice varias horas antes del anuncio oficial, deduje que también sus palomas debían de trabajar sin pausa, lo que me dio información adicional sobre el destinatario de aquella correspondencia.

Cuando crucé el umbral para ir a buscarlo, volví a pensar en él.

Era probable que no quisiera que lo perturbaran y yo no tenía ninguna gana de encontrarme con su mirada molesta.

Después de todo, Florencia no era su ciudad y más de una vez había subrayado que no le despertaba ninguna simpatía.

¿Por qué habría de interesarle participar en la vida pública?

Sin más demora, dejé a Costanza la gestión de la colada y salí corriendo detrás de Francesco.

Centenares de personas llegaban de todas las direcciones, desembocando como un gigantesco estuario en la plaza de la Señoría, que en poco tiempo se llenó tanto que parecía a punto de estallar.

Un verdadero ejército de soldados había formado un cordón de protección para mantener a la multitud a una distancia de seguridad de la logia, sobre la cual a duras penas conseguía vislumbrar las ropas oscuras de los priores, que esperaban la llegada del confaloniero.

Moviéndome con dificultad en aquella marea humana, apenas conseguí alcanzar a Domenico. Estaba buscando a Francesco, al que, sin embargo, habían arrastrado a varios brazos de distancia.

Se inclinó hacia mí.

—Salgamos de aquí. Allí delante me ha parecido distinguir a Alesso. Aún no lo he visto desde que vino a buscarme y ahora no tengo ganas de escucharlo.

Me puse de puntillas y a poca distancia reconocí el rostro cuadrado del pintor, que miraba hacia la logia.

—Creo que no nos ha visto. Qué hombre tan extraño... Me ha dicho que había estado con usted en el taller. ¿También entonces habló tanto?

—Si supiera hacer con los pinceles lo que hace con la lengua estaríamos ante el más grande de los artistas —respondió Domenico, sarcástico—.

Es capaz de tirarse horas hablando de las nuevas técnicas con las que está experimentando, de las recetas improvisadas y los trucos para simular colores preciosos con pigmentos de pésima calidad, lo que no ayuda, desde luego, a su producción, por otra parte, ya modesta.

Antes de venir conmigo había trabajado en la santísima anunciación con ese santo varón que fue fray Giovanni da Fiesole.

Alesso tenía una auténtica veneración por él y lo imitaba sin reparos.

Lo que entonces no sabía es que poco después iba a empezar a hacer lo mismo conmigo y a continuación también con Andrea del Castagno y Paolo Uccello.

No es que las cosas hayan cambiado mucho.

Sigue siendo un honesto artesano que, pasados los treinta años, aún no ha encontrado su camino y produce obras de una minuciosidad increíble, pero rígidas y poco poéticas...

Lo peor, de todos modos, es que parece que tiene siempre un montón de trabajo.

Estaba claro que para mi tío aquello era lo más doloroso.

—¿Por qué? —le pregunté.

—No tiene que sorprendernos, pues está dispuesto a trabajar por un pedazo de pan.

El año pasado obtuvo la licitación para una anunciación debajo de la logia del Hospital de los Inocentes.

Estaba a punto de presentar yo también mi candidatura para ese encargo, pero cuando supe que él había aceptado como compensación sólo el coste de los materiales, además de alojamiento y comida, desistí.

¡Me pregunto si todos los que son como él se dan cuenta de que así están hundiendo el mercado!

A pesar de nuestro esfuerzo por alejarnos, la multitud nos había empujado hacia delante y enseguida estuvimos de nuevo a espaldas de Alesso, que de pronto se percató de nuestra presencia.

En su rostro se formó una amplia sonrisa, que le quedó pegada en los labios mientras se abría paso para alcanzarnos.

—¡Domenico! ¡Si supieras cómo esperaba encontrarte! Claro que en medio de esta confusión... ¡Es el Señor quien te envía!

Mi tío tuvo que poner buena cara y correspondió al saludo con igual cordialidad. También yo lo saludé con calidez, porque me parecía que aquel hombre, con su extravagancia y su incapacidad de comprender las circunstancias, después de todo, era agradable.

—Quería verte. Luego con la tragedia del Santo Padre, las misas de sufragio y las plegarias ya no he tenido ni un momento.

Pero habría venido, en cualquier caso, porque la noticia que tengo que darte no puede esperar más.

Debías ser de los primeros en saberlo y, sobre todo, quería decírtelo yo, antes de que te llegara por otros.

Echó hacia atrás la cabeza, enderezando los hombros con orgullo.

—Se trata de un nuevo encargo, y es bastante prestigioso. No ha sido sencillo obtenerlo, pero al fin... Petite et dabitur vobis, quaerite et invenietis, pulsate et aperietur vobis ... La perseverancia siempre da sus frutos.

Mi tío consiguió ocultar el fastidio que, estaba segura, experimentaba ante la actitud triunfante de Alesso y se esforzó por apoyarlo.

—¿También para el hospital de Brunelleschi?