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—Quizá alguien debería preguntarse más bien el sentido de esta época de conjuras.
Después de aquella del pasado septiembre, que le costó la cabeza a Pietro Ricci, henos aquí de nuevo.
Y esta vez para gestionarla tenemos a un confaloniero con puño de hierro, poco acostumbrado a la prudencia.
Temo que los próximos serán días frenéticos y también yo, como ciudadano particular con el deber de tutelar su propia familia, he preferido mandar a las mujeres y a los niños a un lugar seguro en la villa de Cafaggiolo.
—Y usted está a punto de reunirse con ellos... Aunque con todos los soldados que le ha enviado Sforza debería sentirse seguro también aquí.
Un brevísimo destello en la mirada de Cosme delató su fastidio por tener que continuar aquella discusión. De inmediato lo ahogó en una ostentosa bonhomía, pero decidió zanjar el asunto e ir directo al grano.
—Ahora dejemos de lado las vicisitudes políticas, donde confío que al final prevalecerá el sentido común...
Quiere saber el motivo por el que lo he convocado y yo estoy ansioso por explicárselo.
La cuestión es bastante delicada y le confieso que me está quitando el sueño más que las peripecias que agitan Florencia.
Entonces se dirigió a mí.
—Perdone, señora, pero me veo obligado a pedirle que nos espere. Le aseguro que no tardaremos mucho.
Se abrió paso en un atrio que conducía a una amplia sala acristalada por el elaborado techo de casetones, a lo largo de cuyas paredes se alineaba una hilera de escaños. Me indicó uno e invitó a Piero a seguirlo hacia una puerta, que cerró a sus espaldas.
Ignorando el escaño, empecé a caminar a lo largo de la pared, en la que estaban colgadas tres grandes obras con escenas de batalla, hasta alcanzar la puerta detrás de la cual habían desaparecido Piero y Cosme.
Habría querido conocer el tenor de su conversación, que quizá me habría ayudado a arrojar algo de luz sobre los demasiados misterios que me rodeaban.
Noté que el batiente no encajaba a la perfección con la jamba de piedra y que entre ambos se abría un hueco, más nítido y amplio en la parte baja.
Cuando me incliné para pegar la oreja, descubrí que desde allí las voces me llegaban claras y distintas.
Primero oí la de Cosme, que abandonado el tono melifluo de poco antes estaba vociferando a Piero sin medias tintas:
—Es ridículo que se obstine en negarlo. Al menos tanto como Besarión, que cree poder despistarme con sus trucos.
¿Cuánto piensa que he tardado en descubrir que ese monje huido de las cárceles turcas en Macedonia y desembarcado en Venecia era su emisario?
Mis hombres han seguido su rastro hasta Roma.
Pero allí ha desaparecido misteriosamente, mire qué casualidad, justo después de haber visitado la casa de Besarión, quien sin duda se había dado cuenta ya de que mis ojos estaban puestos en él.
—Usted desvaría si cree que el cardenal le dedica tanta atención.
Oí la risa apagada de Médici.
—En efecto, no me lo explico ni yo. ¿Por qué tanto secreto?
Hace años que ambos enviamos expediciones a Oriente en busca de códices y manuscritos raros.
Nunca nos hemos pisado los callos. Es más, entre nosotros siempre ha habido una especie de acuerdo tácito.
Mi dinero en más de una ocasión también le ha venido bien a él, cuando se ha tratado de impedir que la antigua sabiduría griega se perdiera.
Después de todo, a nuestra muerte estos códices servirán para enriquecer el patrimonio bibliográfico de Occidente. ¿Qué importa quién los haya conseguido?
—Sobre eso, no puedo más que estar de acuerdo con usted. Ahora, si me perdona...
Evidentemente Piero debió de dirigirse hacia la puerta, porque Cosme lo detuvo.
—Aún no lo he despedido. Y no lo haré hasta que me dé una respuesta sincera. No tengo idea del motivo por el que ha pasado por Florencia ni me interesa, pero le aseguro que no dejará la ciudad sin contarme qué debe entregar en Urbino.
Piero callaba y Médici lo apremió.
—Sé que es muy devoto de Besarión, aun así, quiero sacarlo del apuro informándole de que hemos interceptado a su otro mensajero... y nos ha entregado este mapa, junto con este disco de bronce.
Hubo un ligero susurro.
—Nos ha contado que se dirigía a Urbino, donde debía encontrarse con usted.
Tras otro pesado silencio, Piero tomó la palabra y, a pesar de que su voz quería aparentar calma, capté un estremecimiento de rabia.
—No quiero ni pensar en cómo ha obtenido esa información. ¡Me pregunto hasta dónde estaría dispuesto a llegar para alcanzar sus objetivos!
—No exagere. A ese hombre no le ha sucedido nada malo. Simplemente ha preferido aceptar el dinero en vez de enfrentarse a una noche de inútiles sufrimientos... Pero vayamos a lo nuestro. Aquí tenemos buena parte de Macedonia, reproducida al detalle. ¿Qué nos dice este mapa?
—Creo reconocer el golfo de Tesalónica, así que podría tener razón... Pero ¿por qué debería decirme algo? La inscripción de arriba me es del todo incomprensible. ¿Sabe de qué lengua se trata?
—Está poniendo a prueba mi paciencia y le aconsejo que no siga haciéndolo.
Como ya le he dicho, el hombre del que obtuvimos el mapa nos ha dado también éste.
No hace falta mucho para entender que se trata de un código.
Pero nunca he visto uno similar, porque las letras del disco interior están desordenadas y, por lo tanto, sin la clave es imposible siquiera pensar en resolverlo.
Cuando mis hombres lo interrogaron, él juró que no la tenía y siguió repitiendo que era usted quien pensaría en ello, una vez en Urbino.
¿Sabe...? Las circunstancias en las que le sacamos la información me llevan a creer que dice la verdad.
Oí un golpe seco, como un puñetazo sobre una superficie de madera, aunque no entendía quién de los dos lo había dado. Me pareció que Piero estaba por hablar, pero entonces Médici elevó la voz para concluir:
—Este mapa y esta inscripción esconden la ubicación de algo que para su amo es tan valioso que no puede ser compartido, tan secreto que ha sido necesario inventar un nuevo tipo de código y enviar a dos mensajeros por separado.
Pero ¿cuál es el tesoro que Besarión está protegiendo con tanto afán?
He reflexionado mucho sobre ello... y he llegado a la conclusión de que debe de tratarse de un manuscrito que ambos llevamos años buscando, la summa completa de todo el saber hermético, dictado por el mismo Hermes Trismegisto.
Aunque todavía me cueste creerlo, estoy casi convencido de que Besarión se ha topado con el Corpus Hermeticum.
A Piero ahora le costaba contener la cólera.
—Ante todo, le recuerdo que no tengo amos y nunca los tuve. Y, en cualquier caso, ya estoy harto de escuchar sus desvaríos. Ese manuscrito no existe, bien lo sabe usted. Ahora me marcharé y no me detendrá, a menos que vaya a torturarme también a mí.
Un ruido a mis espaldas me dijo que alguien estaba entrando en la habitación. Me alejé de la puerta apenas a tiempo de ver aparecer a un hombre de baja estatura, bastante entrado en carnes, vestido con un elegante brocado verde agua entretejido con hilos de plata.
Al percatarse de mi presencia frunció las densas cejas, que casi se unían sobre sus ojos muy juntos. Luego se inclinó con galantería hasta rozarme una mano.
—Nicodemo Tranchedini, embajador de Francesco Sforza, duque de Milán. Me habían dicho que encontraría aquí al señor Médici, aunque, llegados a este punto, no puedo sino alegrarme del error.
Devolví su sonrisa.
—El señor Médici está ocupado, pero le atenderá en breve.
En ese momento la puerta se abrió para dejar paso a Piero, seguido por Cosme.
El embajador se le acercó.
—Perdón por tomarme la libertad, pero es muy urgente hablarle. Acaba de llegar un mensajero de palacio. Parece que la situación...
El otro lo detuvo con un gesto imperioso, indicándole la puerta de la habitación de la que acababa de salir.
—Enseguida estoy con usted.
El hombre se apresuró a obedecer y Cosme nos despidió a toda prisa.
—Señora, ha sido un placer. Saludos a su tío.
Me ha llegado la noticia de sus peripecias y lo lamento, pero me parece que ya está todo aclarado.
Según me han contado, gracias a la providencial intervención de su viejo amigo.
Su imprevista llegada a la ciudad ha sido una verdadera suerte...
Adiós también a usted, Piero. Estoy seguro de que su forzada estancia en Florencia nos llevará pronto a encontrarnos de nuevo.
Se intercambiaron una mirada cargada de tensión. Luego Cosme llamó a un sirviente e hizo que nos escoltaran fuera. Volvimos a pasar por el patio, donde me pareció que había una notable agitación entre los soldados. Estaba claro que el riesgo de motín era cada vez más real.
Parecía que Piero ni siquiera advertía su presencia. Salió del palacio tan rápido que me costó ir a su paso y durante todo el camino no abrí la boca. El halo oscuro que le ensombrecía el rostro desalentó cualquier intento por mi parte de romper el silencio.
Apenas entramos en casa desapareció en su cuarto, pero poco después oí abrir la puerta. Me asomé a la escalera y lo vi dirigirse hacia el desván. En una mano llevaba una paloma y en la otra un pequeñísimo folio enrollado.