El misterio de la pintora rebelde 9
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La silueta almenada del palacio Médici descollaba como un numen tutelar en el principal cruce de una de las vías más amplias de Florencia.

La aparente sobriedad de la fachada, que, de todos modos, no dejaba de celebrar la gloria del linaje en los numerosos emblemas, estaba perfectamente alineada con el que se decía que era el estilo de vida del cabeza de familia.

En efecto, me había llegado el rumor de que Cosme, preocupado de no suscitar envidias, había rechazado un proyecto de Brunelleschi porque era demasiado suntuoso y prefirió aquel mucho más austero de Michelozzo.

Escoltados por los tres hombres atravesamos via Larga, abriéndonos a duras penas camino entre jinetes y carros cargados de mercancías que a cada paso levantaban nubes de polvo.

Pasamos en medio de un grupo de hombres con aspecto de ricos mercaderes, tan absorbidos por sus negociaciones que no se percataron en lo más mínimo de nosotros.

Sin querer quizá renunciar a la exhibición de su estatus, el más anciano de ellos llevaba una cofia de terciopelo rojo y una pesada túnica de damasco en tinta bordada, de piel, que le llegaba a los tobillos y lo hacía sudar como una fuente.

La logia de la esquina del palacio la presidía un denso grupo de soldados con la chaqueta con la serpiente y el águila.

Muy probablemente se trataba de los militares enviados desde Milán de los que había hablado Domenico.

Otros tantos vigilaban el acceso, que se abría en arco en el espeso almohadillado de la pared.

Ante una orden de nuestra escolta liberaron el paso, y lo cerraron justo después a nuestras espaldas.

El hombre con la capucha entró junto a nosotros en un patio cuadrado, delimitado por filas de arcadas de medio punto. También allí se movían grupos de soldados, en tal cantidad que hacía suponer que la ciudad se encontraba en estado de sitio.

Nuestro acompañante nos ordenó que esperáramos a los pies de una escalera mientras él subía a la planta superior.

—¿Tiene idea de qué puede querer de nosotros el señor de Médici? —pregunté apenas nos quedamos solos.

—Por desgracia, me temo que sí. De todos modos, la cosa no tiene nada que ver con usted, por tanto, pediré a Cosme que la deje volver de inmediato a casa.

—Gracias, pero no es necesario. Prefiero esperarlo.

—Como quiera. Después de todo, no tendría este contratiempo si hoy no hubiera insistido en acompañarme —concluyó, brusco.

Era más que evidente que Piero estaba irritado por aquella invitación forzada, así que preferí no responder a su provocación. Una de las pocas cosas que comenzaba a entender de él era que en los momentos de tensión no había que contrariarlo.

Comenzó a caminar bajo la logia y luego alcanzó el centro del patio, deteniéndose justo enfrente de un pedestal de mármol policromado. Sobre la estatua de bronce apoyada en él elevó su mirada, cargada de tal admiración que no pude evitar acercarme.

La obra representaba a un jovencito vestido sólo con sandalias y un extraño sombrero en punta, que apoyaba el pie izquierdo sobre la cabeza cortada de un gigante, con una espada en la mano derecha y una piedra en la izquierda.

El cabello cubierto de oro que le caía sobre los hombros, la perfección de la desnudez del efebo, que exhibía orgullosamente, y su expresión distante, pero no carente de malicia, lo dotaban de una extraordinaria sensualidad.

Piero rodeó la estatua, boquiabierto.

—¿David y Goliat? —me aventuré a sugerir.

—Quizá. Aunque también podría tratarse de Mercurio y Argos, o de cualquier otra alegoría.

Se habla mucho de esta obra, pero yo no había tenido nunca el privilegio de admirarla.

Cualquiera que sea el tema, está claro que Donatello ha obrado un verdadero milagro.

El cuerpo de este joven es la esencia de la más pura belleza clásica, sin embargo, está tan vivo y es tan auténtico que parece intuirse la palpitación de la sangre bajo la carne.

La mano de Piero rozó el perfil de la sandalia y subió por la pierna, hasta el glúteo izquierdo.

Seguí con los ojos aquel lento movimiento, hasta que de golpe me alcanzó una sensación tan imprevista como inesperada.

Mi confusión creció al darme cuenta de que estaba fantaseando con la sensación de que aquellos dedos recorrían mi piel.

Un calor me incendió el rostro y me apresuré a esconderlo porque estaba segura de que en él llevaba escrito con letras claras lo que acababa de experimentar.

En ese momento el hombre de la capucha se asomó a la escalera y ordenó que lo siguiéramos.

Cosme de Médici nos recibió de espaldas. Estaba arrodillado delante de una pintura, encerrada en un espeso marco dorado. Representaba una adoración del Niño con la Virgen, Dios Padre y dos santos, inmersos en una extraña atmósfera boscosa, densa y oscura.

Médici llevaba puesta una gruesa túnica de terciopelo escarlata sin bordados ni ornamentos, más adecuada para el duro clima invernal. No obstante, se la había abotonado hasta el cuello y escondía las manos dentro de la amplitud de las mangas, como si quisiera repararlas del frío.

Nunca lo había visto desde tan cerca y, mirando su figura encorvada sobre el reclinatorio, con el pelo corto completamente gris, tuve la impresión de encontrarme frente a un frágil viejo. Pero cuando lo vi levantarse y moverse hacia nosotros, me embargó un instintivo sentimiento de sumisión.

No era un hombre guapo y no debía de haberlo sido nunca, sin embargo, su cuerpo alto y desgarbado, su rostro delgado, dominado por una nariz aguileña y, sobre todo, sus ojos color tierra de sombra, vívidos como los de un muchacho, poseían un misterioso carisma, que él ocultaba bajo un velo de falsa modestia, pero que no era menos potente que el que había percibido en mi primer encuentro con Piero.

El modo en que se miraron delataba que ambos eran conscientes de ello.

—Bienvenidos a mi morada —nos saludó Médici con voz bajísima.

Yo respondí con una inclinación y Piero con un imperceptible movimiento de la cabeza—.

Perdonen si los he hecho esperar. Los momentos de recogimiento que puedo concederme no son frecuentes, pero convendrán también ustedes que con el paso de los años se hacen cada vez más preciados.

Su labio inferior, más prominente y carnoso que el superior, se tensó ligeramente en lo que pretendía ser un amago de sonrisa.

—Ya que no siempre me es posible retirarme en el convento de San Marcos, como mi espíritu querría, he construido esta pequeña capilla a modo de modesto refugio.

Naturalmente las paredes no se quedarán vacías.

Ya tengo en mente lo que quiero y el maestro Gozzoli está trabajando en los cartones para ponerlo en práctica.

Por lo que me ha mostrado será una auténtica obra maestra.

Espero que, cuando esté terminado, quieran volver para admirarlo.

Piero no respondió y Cosme continuó:

—Entre tanto me conformo con rezar frente a esta tabla que me acaban de entregar.

¿No les parece a ustedes también que esos rostros son pura poesía?

Siempre he sentido una ilimitada admiración por todo lo que sale de las manos de fray Filippo Lippi.

Aunque confieso que cada vez me resulta más difícil contener sus intemperancias...

Sonrió de nuevo, frotándose las manos.

—Pero vayamos a lo nuestro. Usted debe de ser la sobrina de Domenico da Venezia. Su belleza, que ha robado el corazón al hijo de mi amigo Balduccio Guidi, está plenamente a la altura de su fama.

Acogió con un gesto mi gratitud y prosiguió:

—Me excuso por haberlos arrastrado de este modo hasta aquí, pero sabía que una simple invitación, a pesar de que nos conocemos desde hace tiempo, difícilmente habría convencido a Piero para atravesar el umbral de mi casa. ¿No es así?

Se escrutaron en un silencio cargado de alusiones. Luego Piero decidió acabar con el misterio.

—Diría que podemos ahorrarnos las formalidades. ¿Qué quiere de mí?

El otro soltó una breve risa sin alegría.

—Quizá ya esté habituada, señora, a los modos poco diplomáticos de su acompañante.

Yo, en cambio, casi los había olvidado, tanto es el tiempo transcurrido desde nuestro último encuentro.

Casi dieciséis años, si no me equivoco...

No es que yo haya dejado de invitarlo, halagándolo con propuestas de trabajo por las que muchos habrían vendido el alma, pero como ve, no he tenido éxito.

La boca se encorvó con disgusto.

—De todos modos, si he mostrado el deseo de verlo con urgencia, querido Piero, es porque existe el riesgo de que me vea obligado a partir en breve.

Se acomodó el cuello de la túnica, comprobando que también el último botón estuviera bien abrochado.

—Nuestra República atraviesa un momento de gran inestabilidad y los próximos acontecimientos son difíciles de prever, pero podrían comportar graves riesgos para la democracia y para la seguridad del Estado.

—En otras palabras, ¿se le está yendo la situación de las manos?

Las facciones de Cosme se distendieron en una expresión indulgente.

—Casi me halaga que me atribuyan siempre tanto poder.

Veo que la leyenda del oculto maniobrero que mueve a gusto sus peones es imposible de extirpar.

A pesar de que desde hace años los cargos públicos se distribuyen incluso sin que intervengan los magistrados, hay quien aún me acusa de manipular los resultados con habilidades que no dudaría en definir como sobrenaturales.

¿No he demostrado ya que estoy del lado de los más débiles?

He apoyado incluso la propuesta del catastro que, gravando sólo a las clases pudientes, aligeraría la carga fiscal de los menos afortunados.

Pueden imaginar la lluvia de críticas que he recibido a consecuencia de mi decisión.

Y después de todo esto, ¿la voz del pueblo aún me señala como el responsable de cuanto está ocurriendo en la Señoría?

Sus ojos se cerraron en una expresión de sincero disgusto.