El misterio de la pintora rebelde 8
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Las columnas de vapor que se alzaban desde las enormes calderas de hierro de los curtidores calentaban el aire, saturado ya por las exhalaciones de orina que provenían de las tinajas donde dejaban macerar las pieles antes de la ebullición.

Era difícil imaginar que unos seres humanos pudieran sobrevivir con semejante calor en aquella especie de círculo infernal.

Sin embargo, a lo largo de los nauseabundos callejones en torno a Santa Cruz, la vida bullía más alegre que nunca y decenas de sombras se movían rápidas cortando en todas las direcciones la densa cortina de humo.

Temiendo que pudiera enfermar, Piero me invitó a esperarlo en la plaza frente a la iglesia, pero yo insistí en seguirlo. Si entre aquellas calles existía la más remota posibilidad de encontrar un rastro que identificara al autor del pergamino, no sería yo quien se echara atrás.

Al examinar el lazo con el que lo ataron, Piero me había hecho notar que la extrema sutileza de la piel y el fragmento de hoja de oro que había hallado en ella, apenas perceptible a simple vista, podían suponer que se trataba de un material para la encuadernación artística, una técnica compleja que requería de habilidades poco comunes y que no muchos estaban en condiciones de practicar en Florencia.

Seguro de que Domenico reaccionaría mal al conocer la denuncia, Piero prefirió de momento no decirle nada.

Por eso nos había rogado a Francesco y a mí que no abriéramos la boca y nos olvidáramos, tanto como fuera posible, del asunto.

Él se encargaría de seguir la débil pista surgida de sus observaciones.

Como no estaba dispuesta a apartarme, me había enfrentado a él y le había recordado que sin mí no habría tenido nada que indagar.

Habíamos discutido animadamente, pero yo no me había rendido y, cuando ya casi no lo esperaba, fue él quien cedió; aceptó que lo acompañara a condición de que guardara silencio y no interfiriera de ningún modo.

Mientras Piero entraba en todos los talleres, yo lo seguía hasta la puerta y me quedaba pacientemente a la espera entre las pieles extendidas para secarse, que apestaban al menos tanto como las tinajas.

Uno tras otro vi a los curtidores sacudir la cabeza, algunos sin esconder un cierto fastidio por haberlos interrumpido en su actividad.

Parecía que nadie había tratado nunca aquel tipo de piel.

Sin embargo, más de una vez oí mencionar el nombre del maestro Tomasino.

Por la manera en que hablaban de él, debía de tratarse de un pilar del Arte de los Curtidores y no había duda de que sabía no sólo reconocer cualquier piel, sino también entender la mano con la que podía haber sido trabajada.

El taller del maestro Tomasino estaba en una esquina, al final de via de’ Bucciai.

En la entrada, un niño de pocos meses avanzaba de rodillas hacia un gato atigrado esquelético, agazapado en el suelo un poco más adelante.

Cuando le agarró la cola con un movimiento rápido, el animal se giró de pronto, bufando.

El niño empezó a llorar y la madre dejó de inmediato el gran caldero en el que estaba mezclando para acudir en su ayuda.

Un viejo, que observaba la escena por la ventana, no se privó de decir algo.

—Déjalo que llore, Nuccia. Si no, ¿cómo hará para saber que nunca debe fiarse de los gatos?

Cuando se percató de nuestra presencia, con una sonrisa exhibió sus tres únicos dientes.

—¿Puedo ayudarlos?

—¿Es el maestro Tomasino?

—Para servirlos.

Piero entró en la casa y yo lo seguí. El lugar, completamente ennegrecido por el humo del curtido, tenía el techo tan bajo que casi resultaba imposible caminar erguidos.

Piero le mostró la tira de piel. El maestro Tomasino la palpó entre los dedos y la olió varias veces. Yo me pregunté cómo podía percibir el olor y distinguirlo de aquel otro, intensísimo, de la orina que impregnaba las paredes y sus mismas ropas.

—Piel de ciervo —sentenció—. No es un material común y es muy costosa. Una piel como ésta puede usarse para revestir códices u objetos de culto. Pero, ojo, estamos hablando de altas esferas eclesiásticas. No son muchos los que pueden permitirse semejante refinamiento.

—¿Tiene idea de quién puede hacer un trabajo de este tipo en Florencia? —le preguntó Piero.

El maestro Tomasino se frotó las grandes bolsas debajo de los ojos y contrajo la boca, dubitativo.

—Mire, no es una tradición muy extendida entre nosotros.

Para lograr esta sutileza, la piel debe trabajarse mucho tiempo y con manos expertas.

Los mejores en este campo son los maestros venecianos, que saben también embellecerla con frisos en seco y dorados.

Créame, no es posible que hayan curtido esta piel en Florencia. Sin embargo...

—¿Sin embargo? —lo apremié, olvidándome de mi promesa de no intervenir.

Él exhibió otra de sus sonrisas desdentadas.

—Sin embargo, mi niña, quizá le pueda indicar el nombre de un artesano que importa materiales como éstos de Venecia y de Nápoles, a veces incluso de Oriente, y los usa para trabajos de encuadernación que son verdaderas obras de arte.

Sus decoraciones en pan de oro no tienen rival.

Las buscan los conventos, los arzobispos, los cardenales...

, incluso la curia romana. Parece que hasta el señor de Médici se ha valido de sus servicios para revestir los manuscritos más preciosos de la biblioteca que está montando en San Marcos.

Se llama Bartolomeo da Volterra y lo encontrarán más allá del Arno.

Todos los artesanos de la plazoleta de los Orpellai, detrás del convento de los carmelitanos, trabajan con el cuero y la hoja de cobre, pero no les será difícil localizar su taller. Sus trabajos son de otro nivel.

En la pequeña plaza triangular resonaban los martillazos con los que las láminas de cobre reducían su espesor hasta que se hacía difícil de creer que eran de metal.

Un hombre con unos brazos como pilares de mármol estaba uniendo a una silla una hoja fina como un pelo, ayudándose con un pincel de piel de marta cibelina.

Mientras observaba, cautivada, la delicadeza de la que sus dedos eran capaces, Piero le preguntó por el taller que estábamos buscando.

El hombre continuó con su ocupación, sin levantar la cabeza.

—Está cerrado —dijo—. Bartolomeo está fuera desde hace un mes. Desde que su último cargamento fue saqueado por los bandoleros, prefiere desplazarse en persona para procurarse los materiales.

Piero le mostró la tira de piel y le preguntó si, a su parecer, podría ser una de aquellas tratadas por Bartolomeo.

—Parecería que sí —respondió sin pensarlo demasiado.

Cuando Piero le preguntó si sabía cómo era posible conseguir en Florencia un fragmento como aquél, el hombre estalló en una estruendosa carcajada.

—No es muy difícil... A la vuelta de la esquina lo verán con sus propios ojos.

Siguiendo la dirección de su dedo, giramos hacia la parte de atrás del que nos había indicado como taller de Bartolomeo da Volterra.

Frente a la puerta cerrada había un contenedor de al menos dos brazos por lado, cubierto con una lona.

El interior estaba medio lleno con los descartes de elaboración, buena parte de los cuales tenían un aspecto muy similar al lazo de piel en nuestro poder.

Estaba claro que nuestra pista acababa allí.

La esperanza de que aquel indicio, por más que débil, nos habría llevado a alguna parte se había transformado en amarga desilusión.

Me apoyé contra el enlucido descascarado de una casa, bajo la Virgen de un tabernáculo, y comprendí que estábamos otra vez a oscuras, a merced de quien estaba moviendo los hilos de todo el asunto.

—Ánimo, vamos —me exhortó Piero, y yo lo seguí en silencio hacia la plaza del Carmine.

Mientras el campanario de la iglesia daba la nona, él movió la cabeza para señalar hacia la fachada incompleta del edificio, del cual las piedras despuntaban toscas como terrones de tierra de un campo apenas arado.

—¿Ha estado alguna vez?

Negué con un gesto.

—Está demasiado lejos para que yo venga hasta aquí a escuchar los sermones de los frailes.

—No hablo de sermones y tampoco de la iglesia. Me refiero a la capilla Brancacci.

Había oído hablar de ella varias veces y sabía que era un punto de referencia para todos los artistas de la ciudad. Siempre había deseado verla, pero aún estaba esperando a que Domenico honrara su promesa de traerme. Quizá habría hecho mejor viniendo sola.

—Nunca la he visto, pero me gustaría.

—Pues ha llegado el momento de ponerle remedio.

Al menos no habremos venido hasta aquí en vano.

Quien aspira a ser artista no puede eximirse de pasar muchas horas estudiando esos frescos.

Yo lo he hecho durante meses y cada vez he conseguido captar algo nuevo...

Obviamente esto vale también para usted si está decidida a aprender en serio.

Sus palabras me encendieron una sonrisa.

Lo que me proponía era exactamente lo que necesitaba para apartar de mi mente los pensamientos sombríos que la oprimían.

Le estaba agradecida por ello y, sobre todo, por haber mentido con tanta naturalidad sobre el destino de mis aspiraciones artísticas.

Mientras lo seguía dentro de la iglesia, dejé albergar en mí la dulce ilusión de que no había ninguna diferencia entre mi futuro y el de Francesco.

El ciclo que cubría las paredes en la cabecera derecha del transepto, a pesar de que no estaba completo, tenía la potencia heroica de un relato bíblico.

Piero redujo al mínimo las explicaciones; se limitó a algunas palabras de desaprobación sobre la mutilación sufrida tras la condena al exilio del comitente Felice Brancacci, adversario de Cosme de Médici, cuando los rostros de sus familiares y los de otros opositores habían sido brutalmente martillados.

Luego dejó que fueran los propios frescos los que se contaran a sí mismos, limitándose sólo a distinguir la mano de Masolino de la de su discípulo Masaccio.

Era imposible no reconocer las diferencias.

La elegante y refinada del maestro, cuya dulzura decorativa dominaba la bóveda y las lunetas superiores, descendiendo por momentos también a los registros inferiores, como una delgada flor frente a la sólida plasticidad de las visiones de Masaccio.

Las figuras escultóricas de este, modeladas por una luz intensa y dramática, parecían indiferentes a la gracia y la belleza, pero cualquier gesto suyo estaba impregnado de una grandeza épica.

La sólida plenitud con la que aquella humanidad ocupaba el espacio me recordó a las geometrías que habitaban el cuadro de Piero; y aun así, su mundo insondable y metafísico, suspendido en la luz, no podía estar más lejos de los rostros auténticos y corrientes de las pinturas de Masaccio y de su intensa profundidad emocional.

Cuando salimos al atrio, después de casi una hora entre aquellos frescos, aún tenía en los ojos la desesperación que el artista había fijado en el rostro de los progenitores en el momento de la expulsión del paraíso terrenal.

Sus rasgos deformados por la angustia y sus cuerpos terrosos, que se encaminaban hacia un lugar desolado, encorvados bajo el peso de una vergüenza hasta entonces desconocida, eran una imagen que ya no olvidaría, porque nunca había visto nada similar.

El sol de la tarde me estalló en la cara y me obligó a protegerme los ojos con una mano.

Sobre el otro lado de la plaza, más allá del vaivén del tráfico, vi a tres personajes que estaban mirando en mi dirección.

Algo me condujo a observarlos mejor y reconocí en uno de ellos al hombre que me había seguido varias veces.

Iba siempre vestido de negro y, en vez del manto, aquel día llevaba sobre la cabeza una capucha en pico que le caía sobre el hombro.

Advertí que hacía una señal de entendimiento con los otros dos y venían hacia nosotros.

Apenas tuve tiempo de explicar a Piero dónde había visto antes a aquel hombre y en qué circunstancias.

—¿Por qué no me lo había dicho nunca? —me reprochó él.

No tuve tiempo de responderle, pues de inmediato me cogió del brazo y me empujó abajo por los peldaños de la iglesia, hacia una calle lateral. Con el rabillo del ojo vi que los hombres a nuestras espaldas alargaban el paso.

Entramos a la carrera por una serie de callejones desordenados, entre destartaladas viviendas de madera carentes de postigos.

Despreocupados de la tierra que se alzaba del empedrado y de los riachuelos malolientes que corrían por doquier, como pozos negros a cielo abierto, las mujeres tendían la colada, los niños jugaban a perseguirse y algunos artesanos trabajaban delante de su almacén.

Tropecé con la mesa de trabajo de un zapatero y me gané su maldición. Piero me exhortó a no aflojar. En breve alcanzaríamos el puente Carraia, más allá del cual no sería demasiado difícil despistarlos.

Al fondo de un estrechísimo callejón, prácticamente desierto, más allá del cual se intuían ya las aguas del Arno, dos de nuestros perseguidores aparecieron de pronto para cerrarnos el paso.

Cuando me di la vuelta, vi que también a nuestras espaldas la calle estaba bloqueada por el tercer hombre, que iba acercándose con la daga desenvainada. Habíamos caído en una trampa.

Me aferré al brazo de Piero y sentí que el corazón me retumbaba en el pecho.

—Nos arrestarán..., pero ¿por qué? ¿Qué hemos hecho?

Piero, que no parecía cansado en lo más mínimo por la carrera y menos aún por el espanto, se inclinó hacia mí.

—Cálmese. Esos no son guardias y no están aquí para arrestarnos. No diga una palabra y déjeme hacer a mí.

Cuando estuvieron enfrente, el hombre de la capucha envainó la espada y exhibió una mueca burlona.

—Señora, señor... No es cortés obligar a unos pobres caballeros a correr con este calor, sobre todo si su única culpa es la de querer invitarlos.

—Imagino que es una de esas invitaciones que no se pueden rechazar —respondió Piero en el mismo tono.

—Dice bien. Y cuando sepan de quién procede convendrán también ustedes que no es oportuno hacerlo esperar más.

—No veo la hora de descubrirlo —replicó él, sarcástico.

—Entonces, sígannos. Por via Larga el camino no es corto y el señor Cosme de Médici está ansioso por recibirlos lo antes posible.