El misterio de la pintora rebelde 7 #2
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Quizá tenía razón, pero no estaba dispuesta a escucharlo mientras planteaba la hipótesis de que mi tío fuera sometido a tortura. Sin embargo, él no tenía ninguna intención de detenerse.

—Pero aquí no se trata sólo de él... Esa odiosa composición lo dice claro.

Estás metida tú y, por desgracia, también yo.

Deja que te cuente entonces sin medias tintas lo que ocurrirá en cuanto aparezca algo en contra de Domenico da Venezia, sea culpable o inocente.

Después de que le hayan sacado una confesión, acabará en la horca.

Tú y yo seremos arrastrados por el fango junto a él y sufriremos un proceso público por obstaculizar a la justicia y favorecer a un criminal.

Sólo Dios sabe cuál será el veredicto. La pena podría ser severa, pero hasta en el mejor de los casos acabaríamos completamente destruidos.

Y ahora mírame a los ojos y júrame que no hay ninguna prueba en el mundo que pueda conectar ni lejanamente los intereses de tu tío con el banquero Peruzzi.

Ya fuera de control, Lorenzo había comenzado a gritar mientras seguía apretando mi mano tan fuerte que me hacía daño.

Al reclamo de los gritos, se asomó Francesco.

—¿Todo bien, Lavinia?

Antes de que pudiera responderle, Lorenzo atronó, furibundo:

—¡Dile de inmediato a ese tullido que desaparezca!

Francesco entró deprisa en el taller y, un instante más tarde, reapareció en compañía de Piero.

—¿Qué sucede? —preguntó este último.

—¿Y usted qué quiere? —lo encaró Lorenzo.

—En cuanto huésped y amigo de Domenico, ya que él no está en casa, tengo el deber de impedir que entre estos muros suceda algo desagradable. Visto que está evidentemente alterado, vuelvo a preguntarle qué está ocurriendo.

El tono autoritario pero calmado de Piero apagó algo la furia de Lorenzo y quizá acabó por infundirle un poco de respeto, aunque la actitud de mi futuro marido era tan tensa como para demostrar justo lo contrario.

—Me acuerdo bien de usted, de cuando vino a testificar a favor de Domenico. Así que aún está aquí. ¿No había dicho que quería partir al día siguiente?

—Lo habría hecho con gusto, pero, como imagino que sabe, sus guardias cerraron, precisamente aquel día, las puertas de la ciudad.

Lorenzo abofeteó el aire con la mano, para subrayar que aquello era irrelevante.

—De todos modos, lo que estamos discutiendo no es asunto suyo. Así que le ruego que nos deje solos.

Me di cuenta de que el pergamino que aún tenía en la mano había atraído la atención de Piero. Sin pensarlo dos veces, se lo tendí, indiferente al desconcierto de Lorenzo.

—Se trata de una denuncia anónima —precisé—. La han encontrado esta mañana en el tambor de la catedral. Lorenzo teme que también la haya abierto el oficial nocturno que ha retirado la caja.

Cuando Piero terminó la lectura, su rostro no revelaba ninguna emoción. En el silencio general, se detuvo a examinar con calma el pergamino de un lado y luego del otro. Tampoco Lorenzo, a quien mi iniciativa había cogido por sorpresa, decía palabra.

Fue Piero quien se dirigió a él.

—¿Dónde está el lazo que ataba el folio?

Lorenzo lo miró, extrañado, sin entender de qué estaba hablando.

—Debe de haber por fuerza un lazo —lo apremió Piero—. El pergamino estaba enrollado y atado con una cuerda, es más, con algo un poco más plano y ancho. Aún son visibles las marcas.

El otro asintió imperceptiblemente. Luego comenzó a hurgar en los bolsillos de la túnica, hasta que extrajo una larga tira de color granate.

Tras examinarla, Piero la ató alrededor del folio, con cuidado de seguir los pliegues. Después se la ofreció de nuevo a Lorenzo.

—¿Estaba anudada así?

Él la observó con atención, luego confirmó:

—Sí, estoy convencido.

—Entonces le aseguro que fue el primero en leerlo.

Antes de que Lorenzo pudiera exteriorizar sus dudas, se apresuró a concluir:

—La tira de piel es muy sutil y frágil. Si la hubieran atado y desatado varias veces, tendría marcas. Pero no es así.

Luego se dirigió a Lorenzo.

—Ahora depende sólo de usted. Puede decidir entregarla y afrontar las inevitables consecuencias o fingir no haberla visto nunca y continuar tranquilamente su vida, que, según me parece entender, está proyectando junto a Lavinia.

Alivio y aprensión se sucedieron en el rostro de Lorenzo.

—Pero... podría llegar una segunda denuncia. Y entonces... ¿no hay riesgo de que aflore la verdad?

Mientras yo seguía inmóvil sin atreverme a hablar por miedo a decir algo equivocado, Piero insistió, en cambio, sin vacilar.

—Como ve, ninguna de las dos opciones carece de riesgos. Sin embargo, si en la primera se puede hablar casi de certezas, en la segunda estamos en el terreno de las hipótesis. La mayor parte de los hombres habitualmente prefiere decantarse por el mal menor.

Durante el largo silencio que siguió busqué sin resultado la mirada de Piero y desplacé luego los ojos hasta encontrar la perpleja de Francesco, aún quieto en el umbral. Al final Lorenzo inclinó la cabeza en señal de rendición, tendiendo la mano para recuperar el pergamino.

—Lo quemaré hoy mismo. Espero no tener que arrepentirme en el futuro.

Pero Piero lo detuvo.

—Nunca es buena idea destruir la prueba.

Le recuerdo que aún hay un asesino suelto.

No sé si este folio lo escribió de su mano, pero desde luego proviene de alguien que quiere la ruina de Domenico y, según parece, también la suya.

Si me lo deja examinar con calma, quizá pueda sacar alguna conclusión.

Pero estaba claro que Lorenzo nunca permitiría dejar en manos de un desconocido la prueba material de su implicación en el asunto. Lo entendió también Piero, que prefirió no tirar demasiado de la cuerda.

Se inclinó sobre las brasas, que aún brillaban débilmente bajo las cenizas de la chimenea y acercó el folio.

—Como parece que prefiere esta solución, ¿por qué no hacerlo ya?

Lorenzo sudaba mucho mientras miraba el brazo tendido de Piero, con el rostro contraído hasta el espasmo por la batalla que libraba en su interior. Luego asintió y Piero tocó las brasas con una esquina del folio, sopló hasta que se encendió una llama y en un instante el escrito se redujo a cenizas.

Superado por la enormidad de su decisión, Lorenzo no se percató de nada, pero yo advertí el movimiento rápido con el que Piero, antes de marcharse, se había metido en el bolsillo el lazo rojo del pergamino.

Apenas estuvimos solos Lorenzo me estrechó en un abrazo casi desesperado mientras hundía el rostro en mi cabello.

—Sabes que hago todo esto para no tener que renunciar a ti, ¿verdad?

No pude menos que reparar en la vena egoísta que se sobreentendía de su afirmación, pero de inmediato me arrepentí de mi pensamiento poco generoso y no dudé en corresponder a su abrazo.

—Lo sé —respondí—. Y te quiero aún más por eso.

Él me levantó el mentón con dos dedos, hurgando en mis ojos.

—Espero no tener nunca dudas de que ha valido la pena.