El misterio de la pintora rebelde 7
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—No, Lavinia, así no. La mano debe ir más ligera. Imagine que sostiene una seda impalpable y ha de extenderla al viento.

Piero me mostró el movimiento correcto para velar las nubes con aceite casi puro, apenas manchado con albayalde y azurita. Su mano, elegante, de dedos alargados, se movía con gracia sobre la tabla, como en una danza. Hice lo posible por imitarla y él asintió.

—Ahora está mucho mejor.

También Francesco adecuó su toque a las instrucciones recién recibidas y sonrió por el resultado.

—Maestro Piero, después de algunos días con sus consejos me sentiría con fuerzas para afrontar, solo, un fresco en el altar mayor de la catedral.

Piero no respondió. No le gustaba que lo adularan ni que lo llamaran maestro. Aceptaba los parabienes como un acto debido, pero eso no parecía requerir su gratitud más de cuanto una crítica no merecía su resentimiento.

Durante más de una semana habíamos trabajado casi ininterrumpidamente, encerrados entre las gruesas paredes del taller, que al menos tenían la ventaja de protegernos del calor feroz de aquellos días.

Piero había estado casi siempre presente, listo para corregir mi mano inexperta, pero atento a retirarse en cuanto Francesco se dirigía a él más a menudo que a Domenico.

Me había preguntado varias veces con qué argumentos había logrado convencer a mi tío para que me llamara al taller, sin embargo, sabía que mi curiosidad seguiría insatisfecha, pues ni el uno ni el otro habían aludido a la cuestión y ambos se comportaban como si mi presencia fuera del todo natural.

En definitiva, no me importaba saber más.

Aquéllos habían sido días inolvidables, que ni siquiera en mis más osadas fantasías habría soñado nunca poder vivir.

Ser parte de aquel momento creativo, contribuir al nacimiento de toda la belleza que veía tomar cuerpo bajo mis ojos era un privilegio absoluto y yo me andaba con pies de plomo, trabajando sin pausa y hablando apenas, con el constante temor de que todo pudiera desvanecerse sin más.

Contra todo pronóstico, terminamos el trabajo a tiempo y, mientras dábamos los últimos retoques, Domenico había conseguido comunicarle al comitente que al día siguiente podría retirar los baúles.

Alguien llamó a la puerta de la cocina con fuertes y repetidos golpes. Costanza aún no había vuelto del mercado, así que me quité el delantal y amagué con ir a abrir.

Piero me retuvo.

—La persona a la que encontraréis en la puerta probablemente esté buscando a Domenico. Dígale que ha salido y que yo he ido con él.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo puede saber de quién se trata?

—Lo he visto pasar a través de la cortina. Es un colega nuestro y en otra ocasión me alegrará verlo. Pero le aseguro que si lo dejamos entrar esta tarde no trabajamos más.

Me pregunté cómo había hecho Piero para darse cuenta de que alguien venía, pues todos estábamos de espaldas a la ventana. Aunque ya no me asombraba nada de él. Asentí, aun sin tener idea de qué quería decir, y me dirigí a la cocina.

El hombre que me encontré delante era bastante bajo y muy delgado, en la treintena, con ojos azules un poco acuosos, una larga nariz aquilina y una pequeña boca carnosa que parecía perderse en la mandíbula cuadrada.

«Eran sus dorados cabellos esparcidos al viento que los envolvía en mil suaves nudos», recitó, quitándose el sombrero y haciendo una reverencia exagerada.

—Usted debe de ser la sobrina de Domenico... ¡Que el sol la ilumine!

Sus labios húmedos se demoraron sobre mi mano, que retiré apenas fue posible.

—Buenos días. ¿Puedo preguntarle quién es?

—Me llamo Alesso Baldovinetti. Soy artista, como su tío.

Lamento no tener conmigo mis pinturas para poner su dulce rostro de Virgen a la divina Madre de la Natividad en la que estoy trabajando...

Ipsum quem genuit adoravit Maria . ¿Hay acto más humilde y elevado que arrodillarse ante el propio Hijo?

¿Y qué privilegio mayor se nos concede a nosotros, miserables pintores, que poder honrar con la ofrenda de la belleza a nuestra gran protectora y consoladora? ¿Está en casa el buen Domenico?

Comencé a entender el sentido de las palabras de Piero y me apresuré a replicar:

—Lo siento, ha salido. De todos modos, le diré que ha pasado.

—Lástima —murmuró, arrugando el labio superior—.

Hace mucho tiempo que tenía la idea de venir a verlo y precisamente hoy que me he decidido...

Pero las novedades que debo contarle son demasiado importantes para esperar.

El viento me trajo la buena nueva de que Piero della Francesca es huésped en vuestra casa. ¿Acaso podría hablar con él?

—Me temo que no —mentí con prontitud—. Ha salido con Domenico y no sé decirle cuándo regresarán.

En absoluto desalentado por mi respuesta, cruzó el umbral con una decisión que me pilló por sorpresa.

—No tengo prisa. Puedo esperarlos. El cielo me ha honrado con su compañía y sería una ofensa rechazarla. Quiero contarle de cuando... Usted no puede saberlo, pero hubo un tiempo en que yo era como de la casa en este taller.

Mientras me preguntaba cómo podría librarme de aquel hombre sin ser descortés, el vano de la puerta a sus espaldas lo colmó la alta figura de Lorenzo.

Su aspecto amenazante me hizo temer por un momento que también él hubiera pasado poco antes por delante de la ventana y me hubiera visto con los pinceles en la mano.

Pero entendí de inmediato que debía de tratarse de un asunto mucho más grave, al punto de olvidar su decisión de no acercarse a mi casa.

Al percatarse de su presencia, Alesso se sobresaltó.

—Le pido disculpas, mi señor. ¿Acaso debe...?

—Si ha terminado, tengo que hablar con mi futura esposa.

Tras el esfuerzo de contención de Lorenzo, se trasparentaba toda su urgencia. La mirada feroz que le dirigió hizo el resto y Alesso pareció menguar mientras se despedía y se apresuraba a desaparecer.

De inmediato Lorenzo cerró la puerta tras de sí. No sólo estaba alterado, sino que parecía preso de una total confusión. El sudor manchaba las mangas del jubón claro e impregnaba también la túnica, mezclando su olor con el aroma a especias que emanaba del pomander colgado del cinturón.

Sin hablar, me tendió un rollo de pergamino. Lo abrí y me encontré ante una especie de epigrama, redactado con una caligrafía densa y regular, como la página de un códice miniado. Sus versos me helaron la sangre.

Ingenuo y generoso fue el banquero

con el pintor al darle su dinero.

Al abrir la puerta a aquella serpiente

invitó a casa a su propia muerte.

No teme a Dios, Domenico el maestro,

no teme a la justicia, porque sabe

que los bellos ojos de su Lavinia,

nueva Jezabel, cubren la verdad.

El juez más joven es el más estúpido

que se prenda de su belleza.

Y despreciando cualquier pía decencia

regala la libertad con una multa.

Bajé el pergamino y miré a Lorenzo.

—¿Qué significa?

—Estaba en el tambor de la catedral. El oficial nocturno, como de costumbre, pasa antes del alba para retirar la caja con las denuncias que dejan los ciudadanos... Puedes imaginarte lo que sentí esta mañana cuando abrí el contenedor y me la encontré delante.

La sensación de peligro, que durante algunos días los pinceles y pinturas habían conseguido mantener a raya, me atrapó de nuevo.

La animadversión que destilaban las palabras de aquella denuncia me desconcertaba casi tanto como el odio que había movido la mano del asesino.

Siempre que no se tratara de la misma persona.

Me pregunté cómo era posible luchar contra un enemigo invisible al que movía un sentimiento de tal intensidad, y me sentí perdida.

Esforzándome por devolver mi atención al escrito, murmuré con la cabeza baja:

—¿La ha visto alguien más?

Lorenzo abrió los brazos, desconsolado.

—No lo sé. A veces los oficiales nocturnos se divierten leyendo las denuncias, pues saben que están llenas de chismes sabrosos y a menudo picantes.

No se puede descartar que lo hayan hecho también esta mañana.

Por eso debo restituirla lo antes posible.

El mero hecho de haberla sustraído durante algunas horas me pone en una situación insostenible.

La seguridad un poco altiva de la que a Lorenzo le agradaba hacer gala se había disuelto completamente. Jadeaba y se movía con pequeños saltos nerviosos. Sabía cuánto debía de haberle costado decidirse a venir a verme con ese pergamino y sentí una oleada de agradecimiento.

Busqué su mano.

—¿Y ahora... qué sucederá?

La mirada que me dirigió era vidriosa, como su capacidad de pensar con lucidez.

—Las denuncias anónimas no son motivo suficiente para proceder al arresto, aunque mentiría si te dijera que no tienen peso.

Se iniciarán indagaciones y yo no sé el rumbo que pueden tomar, ni cuánto nos veremos afectados.

Pero quería mostrártela, también porque sólo tú puedes descubrir si esas palabras contienen una mínima porción de verdad.

Me estremecí de golpe.

—¿De qué estás hablando? ¿Me estás pidiendo que espíe a mi tío en busca de indicios que puedan incriminarlo?

Esperaba que vieras su inocencia tan clara como yo.

El contenido de ese pergamino es cruel, infamante y cobarde como un navajazo por la espalda, pero en definitiva no contiene más que insinuaciones.

Te recuerdo que para acusar a alguien se necesitan pruebas y nadie las encontrará jamás, pues mi tío no tiene nada que ver con ese crimen.

Ante mi reacción Lorenzo comenzó a alterarse.

—Yo no te estoy pidiendo nada. Sólo quiero saber si hay algún indicio que pueda poner a tu tío en dificultades.

Ahora que los rumores comienzan a nombrarlo, no se puede ignorar.

Quizá no tengas muy claro que una prueba indiciaria, incluso muy lábil, puede bastar para encarcelar a un hombre.

Y estate segura de que, una vez en manos de la ley, existen todos los medios para hacerle confesar incluso aquello que no ha cometido.

—¡Por favor, Lorenzo!