6
Con el rostro sombrío, Domenico se empleaba en la laboriosa preparación del azul ultramar.
El costoso color obtenido del lapislázuli debía ser molido varias veces, minuciosamente filtrado y empastado después con resina, cera y masilla.
Sólo tras haberlo dejado reposar tres días y tres noches era posible separar de las impurezas el pigmento puro, exprimiéndolo varias veces en lejía caliente.
Entre tanto, yo limpiaba el polvo de las mesas y los estantes, llenos de material de trabajo.
Me movía con la mayor cautela posible para no molestar a mi tío, al que parecía fastidiarlo cualquier ruido.
A pesar de mis precauciones, golpeé con el codo una caja de pinceles, que cayó al suelo y esparció allí su contenido.
Domenico se volvió, enfadado.
—¿Tienes que hacerlo precisamente ahora?
Consciente de que su nerviosismo estaba más que justificado, le seguí la corriente.
—Perdóneme, tío. Volveré más tarde.
Piero entró en el taller mientras estaba acabando de recoger los pinceles e intuyó de inmediato el motivo de la tensión que saturaba el aire.
—¿Cuándo está prevista la entrega de los baúles?
Mi tío hizo una mueca sarcástica.
—Me han enviado un mensaje esta mañana. Exigen que todo esté entregado dentro de poco más de una semana, dos meses antes de la fecha que pactamos.
Naturalmente, si no respetara estas condiciones, se reservan anular el encargo.
Está claro que es imposible y no hay duda de que es justo lo que esperan.
Según parece, no desean que el nombre de los novios se contamine del halo de desgracia que ha golpeado al mío.
Te aseguro que, si no me hubiera ya expuesto económicamente con la compra de los materiales y si no pesaran sobre mi presupuesto también los florines de la multa, no habría dudado en mandarlos al diablo.
¡Maldición! ¿Quién aceptaría trabajar en estas condiciones?
En un arranque de ira, Domenico arrojó al suelo el cuenco con el precioso azul. Cuando lo vi hacerse añicos, acudí por instinto, tratando de salvar lo salvable.
—Déjalo..., total, nunca lo haré. Es inútil desperdiciar más material —soltó en un arrebato de rabia.
Piero le puso la mano sobre un hombro y se dirigió a él con una dureza claramente orientada a sacudirlo.
—No es éste el modo de evitar el problema. Quienquiera que esté detrás de lo que está ocurriendo, es probable que sólo espere verte arrodillado. Pero tú no le darás esa satisfacción y yo no me quedaré mirando mientras decides arruinar tu vida.
De golpe, sentí una mano helada acariciándome la espina dorsal.
¿De qué estaba hablando Piero? ¿Por qué alguien desearía la ruina de mi tío?
¿Acaso afirmaba que aquel delito horrendo se había cometido con el único objetivo de endosarle la culpa?
La idea de que alguien pudiera sentir un odio tan fuerte hacia él me dio vértigos y un súbito sentimiento de peligro hizo pesado el aire.
¿Por qué nadie me había hablado de ello?
Sentía su silencio tensarse sobre mí como la cuerda de un arco mientras continuaba recogiendo añicos del suelo.
Luego Domenico se calmó.
—Tienes razón, Piero. Sea cual sea su objetivo, no conviene facilitarles la tarea.
Me levanté de repente. Iba a abrir la boca y a dejar fluir las preguntas que me atestaban la mente, pero me di cuenta de que no obtendría respuesta.
Por las miradas que Piero y Domenico se intercambiaban, era evidente que había muchas cosas que no me habían dicho.
Sentía que su vínculo iba más allá de la simple amistad.
Era algo más profundo cuya naturaleza se me escapaba y hundía firmemente sus raíces en un sotobosque de secretos.
También me parecía claro que éstos eran muy relevantes en cuanto estaba sucediendo.
Por tanto, tenía el derecho y la intención de saber más. Con su consentimiento o sin él.
Crucé la mirada con Piero y por un instante temí que su lúcida atención leyera mis pensamientos. Me apresuré a darle la espalda para poner en manos de Domenico los añicos del recipiente y el poco pigmento que había conseguido recuperar.
Él los cogió distraídamente, y su mirada saltó de los baúles a Piero y viceversa.
—¿A que es una empresa desesperada? Hay que trabajar día y noche. Y, además, Francesco no vuelve hasta mañana. Si al menos pudiera llamarlo antes... Me dijo que su madre vive del otro lado del Arno, pero que me parta un rayo si me acuerdo dónde.
—No importa. Para hoy estoy yo. Pienso en los próximos días. Además de la de Francesco, una mano más marcaría la diferencia, ¿no te parece?
A Domenico le costó contener el nerviosismo.
—¿Dónde quieres que encuentre un ayudante de un día para otro? Sabes perfectamente que es absurdo.
Al advertir que Piero me miraba de reojo, comprendí de golpe lo que estaba a punto de decir y un sudor imprevisto me humedeció el cuello. Aquél era sin duda el peor momento para plantear la cuestión. Busqué desesperadamente un modo de detenerlo, pero no llegué a tiempo.
—¿Has pensado en que Lavinia te ayude?
Durante la breve pausa que siguió, dejé casi de respirar.
Mi tío esbozó una sonrisa tensa.
—Perdona, no tengo ganas de bromas.
—No estoy bromeando —rebatió el otro, serio.
Domenico suspiró, apelando a la poca paciencia que le quedaba.
—Oye, Piero, te conozco desde hace más de veinte años, pero que me lleve el diablo si te entiendo. ¿Se puede saber a dónde quieres llegar?
—¿Por qué no le preguntas a ella? Creo que sabe más de lo que imaginas.
Mi tío frunció el ceño y me encaró.
—¿Tú sabes de qué está hablando?
De pronto me pareció que ya no sabía dónde poner los brazos y decidí cruzarlos.
—Creo... creo que Piero me ha visto retocar una figura del baúl y quizá ha pensado... Pero se equivoca.
—¿Qué figura? —me apremió.
Señalé al soldado con el jubón azul y él se inclinó para examinarlo de cerca.
—¿Estás diciendo que lo has coloreado tú? ¿Incluidas sombras y luces?
Incliné la cabeza en señal de asentimiento, sintiendo que su estupor me pesaba encima.
Como el silencio se prolongaba, Piero intervino de nuevo.
—Parece evidente que ése no es su primer trabajo... De hecho, a juzgar por los rastros de polvo de hueso que le he notado varias veces en los dedos, se diría que Lavinia está familiarizada con el dibujo.
Domenico estaba cada vez más desconcertado.
—¿Y dónde están esos dibujos?
Vacilé, dudé sobre la oportunidad de mentir. Luego comprendí que habría sido inútil. Para no ver su reacción, clavé los ojos sobre la cruz que mi tío llevaba al cuello y traté de concentrarme en su forma perfectamente simétrica y en el círculo en que estaba inscrita.
—En mi habitación —respondí con un hilo de voz.
Arrastrándome por un brazo, Domenico me condujo escaleras arriba hasta mi cuarto y Piero nos siguió.
De un borde descosido del colchón extraje los folios que había llenado en tantas noches insomnes.
Los había escondido con cuidado, porque temía que Costanza pudiera encontrarlos.
Junto con los dibujos saqué un poco de paja e hice rodar inadvertidamente por el suelo una punta de plomo.
—¿De dónde has cogido este material? —atronó Domenico.
—Del taller —confesé, y en aquel momento sentí deseos de que el suelo se abriera bajo mis pies.
Domenico revisó nerviosamente los dibujos y se los pasó a Piero. Se intercambiaron una mirada, luego mi tío sentenció:
—No están nada mal. ¿Quién te ha enseñado?
—Nadie.
Su rostro torvo me impulsó a rectificar de inmediato.
—Quiero decir... Me he ejercitado sola con cuanto me ha explicado Francesco. Espero que no se lo reproche.
—¿Reprocharle? —estalló él—. Debería echarlo a patadas.
Me pregunto cómo ha pensado que podía tomarse semejante libertad sin mi permiso.
En cuanto a ti... ¡no tengo palabras! Deberías avergonzarte por haber traicionado mi confianza.
Éstas no son actividades apropiadas y tú lo sabes, de otro modo, no te hubieras tomado tantas molestias en esconderlas.
Pero gracias al cielo dentro de poco el problema ya no será mío.
Tu futuro marido no es, desde luego, un hombre que tolere los cotilleos de la gente, así que no tengo dudas de que pensará en cómo hacer que se te pasen las ganas.
Salió dando un portazo. Yo me tragué las lágrimas.
Lo que más me hirió no fue tanto la explosión de ira de mi tío como la profunda verdad de lo que había dicho.
Obediencia y modestia eran las virtudes que el mundo esperaba de una esposa.
Todo lo demás eran extravagancias que nadie estaría dispuesto a aceptar. Y Lorenzo menos que nadie.
Sentí que el pecho se me hinchaba de una rabia impotente contra la absurda sentencia que me condenaba sin remisión a una vida ya marcada, pero sobre todo contra mí misma, por haberme acunado en la cruel ilusión de ser dueña de mis deseos y de mis pasiones, sabiendo perfectamente que poco después los vería hechos añicos.
Me lancé contra Piero, que se había quedado en la habitación y me observaba sin hablar.
—¡Espero que se haya divertido!
Pero no lo parecía en absoluto.
—Le aseguro que no era mi intención.
—Me da igual, no me interesa saberlo. Le había rogado que no le dijera nada a mi tío, aunque veo que fui una ingenua al fiarme de usted. Ahora salga, por favor, y déjeme sola.
—Como quiera —respondió él tranquilísimo—. Sólo le sugiero que antes de ceder al desconsuelo, espere al menos hasta mañana.
Mis labios vibraron por el deseo de preguntarle qué pretendía decir, pero no quise darle esa satisfacción y guardé silencio mientras lo miraba abandonar la habitación.
Domenico trabajó en el baúl toda la noche, junto a Piero. A la mañana siguiente, antes del alba, Costanza vino a llamar a mi puerta y me exhortó a prepararme deprisa, pues se requería mi presencia en el taller.
Cuando entré, sin darme ninguna explicación, Domenico me puso en la mano un pincel y una paleta con tierra de Siena y un poco de verde. Luego me mostró el dibujo de un árbol, del que ya se habían pintado algunas hojas, y me pidió que lo completara.
Cuando, poco después, llegó Francesco, Domenico le informó de que en una semana ambos baúles deberían estar terminados y lo invitó a que me vigilara, para controlar que no cometiera errores.
En respuesta a su expresión estupefacta, me llevé el índice a los labios. Luego bajé nuevamente la cabeza y volví a concentrarme en el trabajo.