5
Mientras recorría via Salicciuoli, aferrada al cesto con los pigmentos recién comprados, me percaté de que me seguían. Me daba esa impresión desde que había salido de la botica, pero sólo a la altura de San Miguel tuve la absoluta certeza y decidí descubrir de quién se trataba.
Doblé en la plaza y me pegué al portal de la iglesia, al abrigo de sus perfiles marmóreos, mientras oía acercarse unos pasos.
Convencido de que yo había entrado en el edificio, mi perseguidor se detuvo del otro lado de la plaza y pude verle bien el rostro.
No había duda. Era el mismo hombre cuya presencia había notado dos veces en los alrededores de casa, siempre vestido de negro y armado con la daga de empuñadura en cruz.
Apenas me vio desapareció rápidamente en el baño público, que en realidad tenía fama de ofrecer muy distintos servicios, y yo me apresuré y corrí hasta casa. Llegué sin aliento a la puerta. Mientras intentaba abrirla, alguien me llamó en voz baja. Me estremecí y casi se me cayó el cesto al suelo.
Medio escondido entre los saledizos de un callejón, Lorenzo me hacía señas para que me reuniera con él. Me pregunté desde cuándo estaba allí, apostado, y por qué no había llamado a la puerta.
—¿Qué hace aquí afuera? ¿Por qué no ha entrado?
Mirando a su alrededor, me dio a entender que hablara en voz baja.
Luego me empujó hacia un pasaje y me bloqueó la entrada con su poderosa corpulencia: me sacaba una cabeza.
Me di cuenta de que nunca nos habíamos encontrado a solas hasta entonces y por un instante me turbó aquella imprevista y forzada cercanía.
Un último rayo de sol, entrado no se sabe cómo hasta allí abajo, hizo centellear los hilos de oro entretejido en el brocado escarlata de su túnica y en la hilera interminable de botones, similares a joyas, que adornaban las mangas del jubón.
Lorenzo cuidaba mucho su imagen. El pelo negro que salía del sombrero redondo hasta rozarle los hombros estaba brillante y perfectamente peinado.
Después, en la cintura, tenía la manía de llevar siempre un pomander , del que emanaba un aroma a especias y ámbar gris.
Su postura era la de un hombre consciente de su atractivo y encaminado al éxito.
Sin embargo, los ojos inquietos y un poco huidizos desvelaban tanto una inseguridad latente como el esfuerzo que le costaba ocultarla.
Pero aquel día ni siquiera lo intentaba y, cuando me dirigió la palabra, su voz parecía un instrumento desafinado.
—No debería estar aquí, Lavinia, no después de cuanto ha sucedido. No es apropiado que un magistrado de los Ocho se quede en casa de un sospechoso.
—Mi tío no es sospechoso —repliqué con ímpetu—. Ha pagado la multa y lo han liberado. Lo sabe perfectamente. Y, además, ¿no pensará que tiene algo que ver con lo que ha sucedido?
—Claro que no. Su tío es sólo víctima de circunstancias desafortunadas. Pero hoy no todos pensaban lo mismo y le aseguro que no ha sido agradable que me acusaran de parcialidad por mi cercanía con ustedes.
Hizo una pausa, quizá esperando alguna manifestación de gratitud por mi parte. Pero yo no abrí la boca y él continuó:
—Por suerte, ha llegado el testimonio de su colega pintor a quitarme de encima la responsabilidad de este asunto... En todo caso, habría sido cuestión de días. Dentro de poco, las investigaciones nos conducirán a los verdaderos responsables y hasta los últimos escépticos deberán replanteárselo.
—¿Se refiere a la eventualidad de una conjura política y al arresto de aquel jurista? ¿Piensa de verdad que puede tener que ver con...?
Él me interrumpió con tono grave.
—Éstas no son cuestiones de las que hablar con ligereza. El momento es muy delicado y yo no estoy en posición de poder discutir con usted.
Me callé para dejarlo terminar.
—Sólo puedo decirle que tengo fundadas razones para creer que pronto todo estará resuelto y cualquier mancha desaparecerá del nombre de su familia.
Así, dentro de dos meses, cuando mi mandato haya terminado y vuelva a ser un ciudadano particular, podremos fijar por fin la fecha de la boda.
Pero hasta entonces debemos ser cautos. Temo que haya chismes, es inevitable en Florencia.
Aunque debemos buscar el modo de no alimentarlos.
Por eso, perdóneme si durante algún tiempo evito frecuentar su casa.
Mi padre se pondría furioso e incluso podría llegar a oponerse al matrimonio.
¿Sabe…?, no quisiera verme obligado a desobedecerle.
Lo dijo como si se tratara de un auténtico acto de heroísmo y me dio por sonreír. Sin embargo, me sentía agradecida por lo que había hecho. Veía que estaba preocupado y no tenía la intención de ponerlo en aprietos.
—No se preocupe. Comprendo perfectamente y se lo agradezco. Le aseguro que ni yo ni mi tío causaremos nunca problemas. Ahora es mejor que se vaya, antes de que alguien nos vea.
Él me retuvo.
—Espero que seas consciente de cuánto me cuesta esta renuncia.
Lorenzo daba mucha importancia a las formas, por lo que me sorprendió que abandonara el usted . Con la duda de haberlo entendido bien, decidí ignorarlo.
—Como ha dicho, no son más que algunas semanas. Tenemos toda la vida para recuperarnos.
Callé frente a su expresión triste.
—Los días que pase sin verte serán para mí tan largos como años.
El angosto espacio en que estábamos confinados ya nos empujaba al uno contra la otra, pero él consiguió atraerme aún más cerca, hasta que me sentí casi ahogada, oprimida por el intenso calor que emanaba su cuerpo.
Su voz se hizo poco más que un susurro.
—Ahora quiero oírte pronunciar mi nombre y decirme que para ti será lo mismo.
Pasó una mano por mi rostro y la deslizó entre mi pelo. Sus dedos tenían las uñas perfectamente cuidadas, pero eran cuadradas y cortas. Me sorprendí pensando que un tacto tan áspero habría sido poco adecuado para manejar un pincel.
—Sí, Lorenzo. También para mí será difícil estar lejos de ti.
Me abrazó y me besó. Era la primera vez que lo hacía y yo no me opuse.
No tenía ni idea de cómo sería y había llegado el momento de descubrirlo.
Correspondí a su arrebato, porque era lo que él esperaba y porque era lo justo.
Sin embargo, incluso después de irse, el recuerdo de su lengua que se insinuaba húmeda y dominante en mi boca me dejó una sensación difícil de explicar, pero en definitiva no demasiado agradable.
Llamar a la habitación de Piero fue una precaución inútil, dado que al subir había oído que él y Domenico aún estaban hablando en el taller.
Entreabrí la puerta con la intención de dejar los pigmentos apenas delante de la entrada.
Por la ventana irrumpía un haz de luz que iba a apagarse, con su polvillo dorado, sobre la mesa de nogal.
Precisamente en aquel punto, apoyado sobre una especie de atril monástico, vi un cuadro de aproximadamente un brazo de altura y uno y medio de ancho.
No pude resistir la tentación de mirarlo mejor y me acerqué.
La originalidad del tema y el desconcertante modo en que había sido tratado confundían la vista y la mente.
El que habría debido ser el tema principal del cuadro, la flagelación de Cristo, en vez de ocupar el centro estaba relegado a la mitad izquierda de la escena, encuadrado en una arquitectura clásica y desplazado a un segundo plano, como para sugerir una distancia en el espacio o en el tiempo.
Tanto Cristo, atado a una columna coronada por un ídolo de oro, como los dos flageladores, a las órdenes de un personaje vestido a la manera árabe, y el extraño Pilatos, que asistía impotente a la escena, estaban cristalizados en una atmósfera enrarecida y suspensa.
Sus cuerpos, de perfectas proporciones, no parecían más vivos que los frisos de mármol, los capiteles o el complicado diseño del suelo, rigurosamente acortado según los dictámenes de la nueva técnica, de la que Francesco me había hablado varias veces, que llamaban perspectiva.
En la parte derecha del cuadro, en un espacio un poco más pequeño de la mitad, pero que me resultó perfectamente equilibrado, el ojo daba con tres personajes en primerísimo plano.
Podía parecer que estaban conversando, sin embargo, sus miradas vítreas, vueltas hacia la nada, no interactuaban de ningún modo.
Uno de ellos llevaba barba, manto y un curioso sombrero.
Al hombre frente a él, vestido como un gran señor, lo cubría una suntuosa capa de brocado azul y oro que le bajaba hasta los tobillos.
En medio había un joven rubio de etérea belleza.
Sobre su escultórico cuerpo desnudo estaban dibujados los pliegues de una túnica, aún por pintar.
Había algo de majestuoso y eterno en aquella imagen y en la sobrenatural indiferencia de sus protagonistas, de cuyos rostros quedaba desterrada cualquier emoción.
Permanecí largo tiempo frente al cuadro, subyugada por su misterio.
A los pies de la mesa, entre la regla y el compás, estaba extendido un papel de trapo de algodón de color gris.
En él habían trazado un complicado dibujo dividido en recuadros, cada uno con una estrella de ocho puntas en el centro, mientras sobre el costado corría un desfile de columnas y ventanas.
Me costó un poco comprender que se trataba de las perspectivas del edificio del cuadro y del motivo del pavimento, reproducido en planta, sobre el que también estaban indicadas con rigor geométrico las posiciones de los distintos personajes.
Sobre la mesa, además, había enrollados algunos folios de papel verde en los que se intuían esbozos en claroscuro.
Los rocé cautamente con la punta de los dedos, hasta que un crujido a mis espaldas me llevó a retirarme de golpe y a dirigirme hacia la puerta.
Con todo, no fui lo bastante rápida y, antes de que pudiera alcanzarla, me encontré a Piero delante.
Retrocedí frente a su expresión contrariada, mostrándole los pigmentos que había apoyado sobre la mesa frailera.
—He podido encontrar todo lo que me ha pedido. Y allí está la bolsita con el resto de las monedas.
—Lo que le había pedido era también que lo dejara delante de la puerta —me atropelló él.
Me di cuenta de que, desde nuestro primer encuentro, no había hecho más que comportarme como una necia. Justo lo contrario de la imagen que habría querido darle de mí.
—Le pido disculpas... Tenía la intención de dejar los pigmentos en el umbral, pero apenas me asomé no pude apartar los ojos de esa pintura.
Mis palabras parecieron irritarlo aún más y me pregunté si precisamente ese cuadro era el motivo por el que no deseaba que entrase en la habitación. Pero, llegados a aquel punto, tanto daba continuar.
—Es distinto a todos los que he visto, no sólo por lo que representa. Hay también algo huidizo. Eso es..., diría que da la impresión de encontrarse frente a un engaño.
Piero se sentó al borde de la mesa, junto al cuadro. Más que airado, ahora parecía curioso.
—Explíquese mejor.
Dudé, en busca de las palabras justas.
—Con esas proporciones tan perfectas y los detalles minuciosos ha recreado un mundo tan verdadero que se podría habitar.
Por otra parte, cuanto más lo miras, más se captan los desajustes.
Un poco como ocurre a veces en el sueño, cuando basta un detalle para darnos cuenta de repente de su irrealidad.
—¿Y cuáles serían esos desajustes?
Comprendí que había captado totalmente la atención de Piero. La sentía fija sobre mí junto con su mirada indagadora, vagamente sorprendida, que en vez de intimidarme me procuró el valor para expresar sin reticencias lo que sentía.
—Pienso que en parte es la luz. Todo está impregnado de ella, pero no se sabe de dónde viene.
Es como si hubiera varias fuentes luminosas, todas invisibles, y la mirada continuara vagando inútilmente en su búsqueda.
Luego las medidas, las proporciones, la perspectiva...
¿Cómo decirlo? Todo es demasiado perfecto, no hay fisuras ni errores.
¿Puede haber un mundo así? Pero el verdadero enigma son las figuras.
No parecen sentir ni pensar nada y nada quieren comunicar.
Se limitan a existir, ocupando el espacio como unas bellísimas estatuas.
Tampoco en ellas hay nada débil o imperfecto. En otras palabras, humano...
Con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y la boca entreabierta, como ante una manifestación inesperada, Piero continuaba mirándome con una insistencia que comenzaba a disgustarme.
Las críticas que había planteado a su pintura, lejos de molestarle, parecían haberlo fascinado.
Quizá cuanto yo había visto se correspondía precisamente con el efecto que se había propuesto conseguir.
Como si estuviera sometiéndome a una especie de examen, me lanzó una última pregunta.
—En su opinión, ¿cuál es el mejor modo de mirar este cuadro?
Seguí observándolo, fingiendo reflexionar, pero tenía lista la respuesta y me parecía la única posible.
—Quizá el secreto sea dejar de buscarle un significado y observarlo sin más como lo que es, poniéndonos frente a la escena con el mismo distanciamiento que sus personajes. De ese modo, ¿no podría entenderse su indiferencia también como una especie de sabiduría?
Piero asintió, sin dejar de mirarme, como si me estuviera viendo por primera vez. Durante un largo rato permaneció concentrado, casi absorto. Luego, de golpe, dejó de interesarse por mí. Sacó los pigmentos del cesto y comenzó a disponerlos en fila sobre la mesa, ignorándome por completo.
Sin saber qué hacer, me detuve a observar cómo examinaba las marcas de colores de cada paquete antes de abrirlos uno por uno.
Sin decidirme a salir, me quedé mirando sus manos, que separaban los pigmentos ya molidos de los compactos, y los disponían por tonos, desmenuzando algunos entre los dedos para comprobar su calidad.
Su repentino cambio me desconcertaba, pero sabía que no se debía a nada que yo hubiera dicho.
La enigmática y compleja personalidad de Piero se me escapaba totalmente, al igual que el universo ajeno de su arte.
Sin embargo, sentía que comenzaba a ejercer sobre mí una extraña fascinación que me costaba entender.
—Ahora puede marcharse —dijo, sin volverse.
Me encaminé hacia la puerta. Mientras la estaba abriendo, añadió:
—Lavinia..., gracias.
—¿Por qué?
—Por los pigmentos, ¿qué si no?