4
Incapaz de estarme quieta, bajé a la cocina y despedí a Costanza. No quería que se oliera lo que estaba sucediendo. Le conté que pronto llegaría Domenico con un cliente importante y que no quería que ninguno de nosotros estuviera allí en medio.
Ella me miró de reojo.
—No me ha dicho nada... Es muy extraño.
—Me lo ha dicho a mí. Creo que basta —repliqué, rotunda, para cerrar la conversación. La oí refunfuñar, pero no se atrevió a enfrentarse a mí.
Apenas se hubo marchado entré en el taller.
Como no podía hacer más que esperar, busqué un modo de mantener a raya la ansiedad que sentía.
Lo único que se me ocurrió fue ponerme a trabajar.
Nunca lo había hecho sola, sin embargo, ahora tenía bien grabados en la memoria muchos de los procedimientos.
Además, con todo lo que estaba ocurriendo, ¿qué importancia podía tener algún pequeño error?
Controlé el recipiente con el azurita que había molido toscamente algunos días antes junto a Francesco. Tiré la lejía en la que estaba inmerso y lo trituré aún más con la mano de mortero. Luego añadí un poco de cola diluida y una yema de huevo, antes de mezclarlo todo.
Sobre el panel frontal del primer baúl había muchas figuras aún por pintar.
Opté por el último soldado de la derecha, que estaba apoyado en una larga pica y vestía un jubón cortado sobre los hombros y los codos, calzones ajustados y una doble hebilla que sostenía la espada y el puñal.
Para el jubón azurita habría sido perfecto.
Me fijé bien en las otras figuras para entender la dirección de la luz.
Luego con un punzón de hierro repasé los pliegues del dibujo, incidiéndolo ligeramente.
Extendí algunas manos de color con un pincel suave y me senté a esperar que se secara.
Recordaba a la perfección el día que Francesco me había enseñado a pintar los pliegues de un tejido.
Había preparado tres tintas con tierra roja y blanco en proporciones diversas y las había ido extendiendo, de la más oscura a la más clara, esfumándolas cuidadosamente entre sí para acabar luego los relieves con blanco puro y los pliegues con tierra de sombra velada.
Me pareció que la melancólica seriedad del índigo era ideal para las partes más oscuras.
Lo ensucié con una pizca de negro y añadí a ese empaste un poco de aceite de lino para aumentar la transparencia.
Acabar con aceite las pinturas sobre una base de témpera era el secreto que daba a los trabajos de Domenico esa mágica luminosidad que todos admiraban.
La atención concentrada que ponía en cada movimiento tuvo el poder de vaciarme la mente y descubrí que así conseguía calmarme.
Continué por estratos superpuestos, como me habían enseñado, pasando varias veces la punta del pincel por las anfractuosidades de los pliegues con el color más oscuro hasta que, con gradaciones de azul cada vez más claras y poquísimo albayalde, llegué a definir los puntos donde golpeaban las altas luces.
Limpié el pincel y me dispuse a afrontar los calzones del soldado.
Entre los diversos pigmentos dispuestos sobre la mesa elegí un minúsculo contenedor con un amarillo muy cargado que, como me había explicado Francesco, se había obtenido del azafrán.
Lo calenté un poco con el cinabrio para transformarlo en naranja.
Acababa de extender el nuevo color cuando me di cuenta de que no estaba sola.
Me giré de golpe y vi a Piero en la puerta.
El pincel casi se me escapó de la mano y me apresuré a ocultarlo mientras me preguntaba desde cuándo estaría allí, observándome.
Luego fui rápidamente a su encuentro, exagerando mi desenvoltura.
—¿Y entonces?
—Los he visto. Están bien. Los soltarán esta tarde, cuando hayan satisfecho el dinero de la multa.
Respiré hondo.
—Gracias al cielo ha terminado.
—Por el momento, sí. Domenico ha sido condenado a pagar veinte florines de oro por dejar sin vigilancia un material peligroso. Aunque, naturalmente, las indagaciones siguen abiertas y, si surgiera algo en su contra..., bueno, entonces también yo sería responsable.
Mi perplejidad lo obligó a explicarse más.
—De vuestra descripción deduje que, cuando lo encontró, el banquero Peruzzi debía de llevar muerto varias horas. Así que he declarado bajo juramento que yo había pasado toda la noche trabajando en el taller junto a Domenico y su asistente.
—Y... ¿es verdad?
—Obviamente, no —respondió, encogiéndose de hombros—, pero era el único modo de hacerlos salir hoy mismo.
Por suerte, los jueces me han dado audiencia de inmediato y me han parecido bien dispuestos a creer que el delito puede ser imputado a la turbulenta situación política actual.
Han hablado de una conjura en curso, urdida con el fin de desestabilizar al Estado.
Por cuanto he entendido, los primeros arrestos ya están en marcha.
—¿Una conjura? Pero ¿qué...?
—¿Qué tiene que ver con lo ocurrido a Peruzzi?
Nada. Pero es innegable que, de momento, eso juega a nuestro favor.
El joven juez que me ha tomado testimonio parecía inclinarse decididamente hacia la pista política.
He notado su disgusto al tratar el caso y también su alivio cuando, a consecuencia de mi intervención, la mayoría se declaró a favor de una pena pecuniaria.
El parecido con su padre, al que había conocido años antes, también me ha aclarado el motivo...
El hecho de que su futuro esposo forme parte de los Ocho puede haber ayudado a la causa de Domenico.
Sólo podía imaginar el disgusto de Lorenzo al tener que decidir la suerte de mi tío y, sobre todo, al sentirse expuesto a los juicios y a los cotilleos de la gente.
Sus desenfrenadas ambiciones debieron de sufrir un durísimo golpe y ni me atrevía a pensar cómo se lo había tomado su padre.
Pero todo ello era irrelevante frente al alivio que sentía.
Piero me detuvo con un gesto irritado, con una sola mirada me recordó que en una relación de antigua amistad como aquélla, entre él y mi tío, los agradecimientos sonaban ofensivos. De hecho, cambió bruscamente de tema y, para mi consternación, se acercó a los baúles.
—No sabía que hoy en día contrataran también mujeres en los talleres.
Sonrojada por el aprieto, no encontré nada mejor que decir la verdad.
—En realidad, no es así... Es más, le ruego que tenga la cortesía de no decir nada a Domenico.
Sin responder, Piero se inclinó para examinar la figura que acababa de pintar. Parecía curioso, pero no particularmente sorprendido por lo que yo acababa de admitir, y eso provocó que me desconcertara aún más.
—¿Quién le ha dicho que usara el índigo para las sombras y que combinara el naranja con el azul?
Aparté la mirada y me sentí muy a disgusto.
—Nadie. Pero espero que aún sea posible ponerle remedio.
Él se levantó y se dispuso a dejar la estancia. Sus últimas palabras, a las que no repliqué, resonaron mucho tiempo dentro de mí, colmándome de un secreto placer.
—No hay nada que remediar. Está perfecto así.
Cuando Domenico entró en casa, algunas horas más tarde, estaba pálido, espantado y extremadamente tenso.
—¿Tío, está bien?
Corrí a su encuentro y le cogí las manos. Él las soltó de inmediato y me alejó de sí.
—Sí, estoy bien..., pero déjame respirar. He pasado más de ocho horas en una celda de cuatro brazos por lado junto a una veintena de delincuentes comunes. No había espacio ni para sentarse en el suelo.
Me aparté de él, pero para observarlo de cerca. Se movía como un animal acorralado y lanzaba frecuentes miradas por la ventana, como si temiera que lo siguieran.
Aunque no conservaba muchos recuerdos de sus raras visitas a Perusa en tiempos de mi infancia, en los meses transcurridos bajo su techo me sentía muy unida a él y había aprendido a conocerlo.
Sabía que a su adorable jovialidad la amenazaba siempre una escasa paciencia y había constatado varias veces hasta qué punto las adversidades podían condicionar su humor.
Mi tono devino amoroso y reconfortante.
—Trate de calmarse. Ahora todo está resuelto.
Él se dejó caer sobre una silla y se secó el sudor de la frente con la manga. Luego levantó la cabeza para mirarme.
—¿Estás segura?
Comprendí que seguirlo por aquel camino no era lo mejor.
—¿Dónde está Francesco?
—Lo he mandado a casa. Ese pobre muchacho estaba aún más espantado que yo.
Ha dicho que su madre anda delicada del corazón y que deberá fingir que no ha sucedido nada para no agitarla.
Me pregunto cómo lo hará. En todo caso, lo he autorizado a tomarse unos días de descanso.
Por lo demás, eliminado el trabajo en casa de Peruzzi, no hay mucho que hacer.
Y también para el futuro..., los rumores van muy rápido.
Pronto mi nombre será sinónimo de desgracia.
El pintor de los colores que matan... ¿Quién querría confiarle un encargo?
Espero que al menos me dejen terminar los baúles, visto que ya he hipotecado casi todos los beneficios para pagar la multa.
Se cogió la cabeza entre las manos y estuvo así mucho tiempo. Luego prorrumpió en un largo suspiro.
—¿Quién... quién ha concebido semejante atrocidad? ¿Y por qué?
Apoyé mi mano sobre su hombro y empecé a acariciárselo despacio. Sus ropas estaban manchadas y apestaban a estiércol y sudor.
—¿Quiere que lo acompañe arriba a cambiarse?
Él negó con la cabeza.
—No, esperaré a Piero. Ha de regresar en cualquier momento. Tenía la intención de partir mañana, pero parece que han cerrado las puertas de la ciudad. Fue a informarse y también yo quiero saber qué demonios está sucediendo.
Como si lo hubiéramos llamado, Piero apareció pocos instantes después, visiblemente ceñudo.
Ignorando mi presencia, se dirigió a Domenico.
—Es tal como decíamos. Está prohibido dejar Florencia.
Luca Pitti ha presentado a la Señoría las pruebas para arrestar a un tal Girolamo Machiavelli, que parece que es uno de sus más feroces opositores, con la acusación de haber conspirado contra la República.
Están sometiéndolo a interrogatorio y hasta que no haya dado los nombres de los demás conjurados las puertas seguirán cerradas.
Domenico frunció el entrecejo.
—Girolamo Machiavelli es un insigne jurista, uno de los profesores del Studium . Sobre su moralidad muchos pondrían la mano en el fuego. ¿Cómo puede haber organizado una conjura y, al mismo tiempo, haber sido tan estúpido como para oponerse abiertamente a Pitti en el consejo?
—Poco importa que sea responsable o no. Tienen todos los medios para hacer que lo confiese.
—¿Quieres decir que llegarían a recurrir a la tortura?
—Me temo que ya lo hayan hecho... y en cuanto han conseguido sacarle los primeros nombres se ha desencadenado, de inmediato, la caza del hombre.
—¿En qué mundo vivimos, Dios mío?
Ambos se giraron hacia mí, como si el sonido de mi voz los hubiera hecho conscientes, de pronto, de mi presencia.
—Un mundo difícil —respondió Piero—. Pero no por eso debemos hacernos cargo también de lo que no está en nuestra mano cambiar...
Ahora, si no le molesta, le pido que nos deje, porque debo hablar a solas con Domenico.
Dada mi permanencia forzada en Florencia, me veré obligado a terminar aquí una pintura en la que estoy trabajando.
He hecho una lista de los pigmentos que necesito.
Confío en usted para procurármelos esta tarde.
Luego déjelo todo en la puerta de mi habitación.
Me puso en las manos un folio garabateado y un saquito con monedas.
Mi tío me hizo señas para que me fuera y yo obedecí. Mientras salía vi que Piero se sentaba frente a él y le decía algo en voz baja. La reacción de Domenico fue inmediata e, incluso a través de la puerta cerrada, me llegó claramente su pregunta cargada de angustia.
—¿Estás seguro de que se trata de ese símbolo?