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Una claridad desteñida penetraba el aire ya sofocante de la mañana y se deslizaba por la sobria fachada del palacio Peruzzi sin fuerza suficiente para excavar sus sombras.
Me dirigí, como de costumbre, a la entrada trasera y llamé varias veces, pero nadie respondió. Intenté empujar la puerta. Estaba abierta.
Avancé con cautela hasta la cocina, que encontré extrañamente desierta, con el fuego apagado.
Proseguí hacia la escalera de servicio. Me parecía oír voces a lo lejos y a cada paso miraba a mi alrededor, esperando que en cualquier momento apareciera alguien que pidiera cuentas de mi presencia, pero llegué a la planta superior sin ver un alma.
Recorrí el pasillo que llevaba al salón donde estaba montada la obra y me acerqué a la puerta, llamé varias veces tanto a Domenico como a Francesco.
A través de la puerta batiente entreabierta conseguía vislumbrar un trozo de pared aún por pintar sobre el que ya se habían montado los hilos.
En algunos sectores se distinguían los dibujos preparatorios trazados en carboncillo y repasados con ocre y rojo sinopia.
Debajo estaban amontonados sin orden ni concierto los saquitos con los pigmentos y diversas herramientas de trabajo, en un desorden tal que permitían suponer que alguien los estaba utilizando en aquel momento.
Sin embargo, era evidente que no había nadie. Tanto en aquella habitación como en las otras que acababa de atravesar, reinaba una quietud absoluta.
Mientras me preguntaba dónde estaba mi tío, sentía crecer una inexplicable sensación de malestar.
No sabía identificar el motivo, pero la alimentaba también el extraño olor estancado en el aire, un desagradable hedor de aguas residuales orgánicas mezclado con un olor a ajo, que no tenía nada que ver con los materiales de pintura.
Con la intención de dejar el cinabrio y marcharme sin esperar más, abrí la puerta y entré. La escena delante de mí me paralizó el cuerpo y la mente, incapaz de asimilar lo que veían mis ojos, mientras una descarga helada me azotaba la espalda, apagando de golpe el calor del aire.
Ante mí el banquero Peruzzi yacía completamente desnudo sobre el suelo, con las manos y los pies atados detrás de la espalda, bañado en sus propios humores.
Los ojos, morados, parecían querer salirse de las órbitas.
De la boca abierta, en la que habían metido un gran cuerno de marfil, salía una espuma anaranjada, que se había derramado sobre el cuerpo y sobre el suelo, formando una gigantesca charca.
Con el mismo color, tan intenso y vívido que parecía casi luminiscente, detrás de él alguien había trazado a pincel un extraño símbolo circular.
Era tan grande que ocupaba casi toda la pared y también atravesaba como una cicatriz una parte del fresco.
Aquel dibujo, que no se parecía a nada que hubiera visto antes, representaba una serpiente enroscada sobre sí misma, que devoraba su propia cola.
Grité varias veces, con la mano en la boca para reprimir un conato de vómito. Retrocediendo tropecé con un saco de cal, que se volcó. Parte del contenido se esparció sobre los listones de mármol, que se tiñeron de anaranjado.
Mientras salía corriendo de la habitación, fui a dar contra la capa gris de un policía.
—¿Qué hace aquí? ¿Quién la ha dejado entrar? —gritó, sacudiéndome por los hombros.
—Estoy... —Tomé aliento porque me di cuenta de que me faltaba la voz—. Soy la sobrina de Domenico da Venezia, el pintor. He encontrado abierta la puerta de atrás. Tenía que entregarle esto.
Mostré el paquetito con el cinabrio.
—Yo... no tenía idea... ¿Sabe dónde está mi tío?
El rostro del hombre se endureció como el pedernal.
—Al pintor y a su ayudante los han llevado a prisión.
Su férreo agarrón me impidió vacilar.
—¿A la cárcel? ¿Por qué?
Me observó manifiestamente compasivo mientras me conducía a la salida.
—Alguien ha metido en la garganta de ese desgraciado tanta pintura que le ha hecho estallar las vísceras y luego lo ha dejado retorcerse durante toda la noche bañado en su vómito y en su mierda.
Hizo una pausa, sacudiendo la cabeza para darme la exacta medida de su desprecio.
—¿Y usted me pregunta por qué hemos arrestado a quien trajo aquí esa pintura?
Volví a casa corriendo a más no poder, con el corazón que parecía explotarme en la boca. Tropecé con Costanza, que, arrodillada en el suelo de la cocina, pasaba y repasaba el trapo sobre una mancha terca.
Apenas me vio, su mirada se detuvo llena de reproche sobre el modesto escote de mi corpiño, para que me quedara clara toda su desaprobación hacia aquellas que consideraba aberraciones de la moda.
No se atrevió a comentar nada, pero sacudió la cabeza y señaló la mancha con el mentón.
—Su limpieza de ayer no ha servido de mucho, según parece. Está segura de haber...
—Costanza —la interrumpí con ímpetu—. ¿Dónde está el huésped de mi tío?
Ella se encogió de hombros, resentida.
—Creo que arriba, si no se ha marchado ya. Dijo que quería partir esta mañana.
Sin perder un instante, me apresuré por la escalera y golpeé a la puerta. La voz de Piero me invitó a entrar.
—Señor Piero, ha habido un asesinato. Han arrestado a Domenico y a Francesco. Los han llevado a la prisión... Tenemos que hacer algo.
Él abrió mucho los ojos. Al ver que yo respiraba con fatiga, me empujó hacia una silla y me quitó de la mano el paquete del cinabrio, que aún apretaba convulsamente.
—Ante todo, cálmese. Así no entiendo nada de lo que dice. ¿De qué está hablando? ¿Qué asesinato?
Le expliqué en pocas palabras lo que había visto y lo que había sabido del policía.
Apenas hube concluido, Piero me arrolló con una serie de preguntas, esforzándose por mostrar una calma que sin duda estaba muy lejos de sentir. ¿Dónde había aprecido el cuerpo, qué aspecto tenía, qué olor, cuál era exactamente la pintura que le salía de la boca, en qué cantidad?
El horror de aquella escena estaba impreso de manera indeleble delante de mis ojos y, a pesar de que me repugnaba hacerlo, sin ninguna dificultad devolví a la mente cada detalle. Traté de no omitir nada y no dudé siquiera en describir la desnudez del cadáver y su posición.
Piero asintió y, haciendo caso omiso a mi incomodidad, continuó apremiándome.
Quiso saber a qué hora había salido Domenico hacia allí, cómo estaba dispuesto el material de pintura en la habitación, si la ventana permanecía abierta o cerrada, si había visto rastros de pintura en otros puntos del suelo, sobre los muebles o sobre las paredes.
Cuando le describí el símbolo pintado en el muro, enmudeció de golpe. Durante un cierto tiempo no se movió, con la mirada fija sobre un punto impreciso a mis espaldas.
—¿Está segura? —preguntó después de un momento.
—Como si lo estuviera viendo.
Hubo otro largo momento de silencio. Fui yo quien lo rompió.
—¿Cómo es posible que lo haya matado la pintura? Los pigmentos son naturales...
Él se sobresaltó.
—Y ¿qué? ¿El Aconitum , la Atropa , la dedalera y la cicuta no son plantas?
—replicó descortés. Luego, esforzándose por adoptar un tono más calmado, se explicó mejor—.
Dejando aparte si son de origen mineral o se obtienen combinando la naturaleza con la alquimia, algunos pigmentos contienen sustancias peligrosas y pueden ser letales.
Dos de éstos son el oropimente y el rejalgar, un naranja vívido.
Por lo que he entendido, debe de haber sido precisamente este último el que mató al banquero.
De todos modos, ambos podrían haber sido letales, ya que están compuestos en su mayor parte por arsénico...
De ahí el olor a ajo del que me ha hablado.
Piero no añadió nada más. Se abrochó los últimos botones del jubón, se puso la túnica haciéndola pasar por la cabeza y la fijó en la cintura con una sutil cinta de cuero, de la que colgó una escarcela. Después, siempre sin decir una palabra, se dirigió hacia la puerta.
No podía creer que me dejara de aquella manera, así que le bloqueé el paso.
—¿A dónde va?
Él me miró, extrañado.
—A la prisión. Domenico ya ha pasado demasiado tiempo allí, ¿no le parece?
—Voy con usted —exclamé impulsivamente.
Él me apartó con firmeza.
—Ni hablar. Sólo sería una molestia.
Sin dejarme intimidar, me enfrenté a él.
—Le he dicho que voy con usted. Quiero ver con mis propios ojos cómo está mi tío.
Su mirada se oscureció como una nube cargada de lluvia. Era evidente que no estaba acostumbrado a que lo contradijeran.
—Escúcheme bien —murmuró con un tono que no admitía réplicas—.
Si no lo entiende sola, se lo explico yo.
La prisión regurgita delincuentes que desde hace tiempo no ven una mujer, pero que darían con gusto un ojo para tener a una entre las manos durante algunos instantes.
Los hombres de la guardia no son muy distintos.
Su ideal femenino son las putas gordas y fofas de los burdeles que frecuentan todas las tardes.
Y ahora imagine lo que pasaría si su cabellera color miel ondulara entre aquellos muros.
Como no me oyó rebatir me empujó de nuevo a un lado, con mayor decisión. Antes de cerrar la puerta tras de mí, se volvió sólo un instante.
—Esté tranquila —concluyó con una voz que habría querido ser gentil—. Domenico volverá a casa esta misma tarde.