El misterio de la pintora rebelde 2 #2
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Domenico guiñó un ojo y arrancó una sonrisa a Piero, que de inmediato se apagó.

—¿El Peruzzi del que hablaba el muchacho es el que conozco también yo? ¿La mano derecha de Jacopo Torregiani?

Domenico se puso a la defensiva.

—¿Quién ha dicho que es su mano derecha? Y, además, ¿qué tiene que ver? Regenta un puesto en Santa María Nueva, es verdad, aunque también trabaja por su cuenta. En todo caso...

Se puso tenso.

—¿Piensas que puedo permitirme rechazar trabajos? Te recuerdo que mi situación es muy distinta a la tuya.

Piero estaba en total desacuerdo, pero decidió zanjar el tema y no le rebatió.

Persiguiendo un pensamiento que claramente lo molestaba, empezó a girar entre los dedos el extraño colgante de plata que llevaba al cuello.

En un círculo de unos tres dedos de diámetro había grabado una figura geométrica compuesta por pequeños círculos múltiples, en parte superpuestos, que creaban una serie de flores de seis pétalos perfectamente simétricos, tan entrelazados entre sí que confundían la vista.

Él se percató de que lo estaba observando e interceptó mi mirada.

Del cambio de color de sus iris, donde combatían el verde, el gris y el azul, se transparentaba una inteligencia vívida y cristalina, a la que parecía no escapar nada.

El término glauco vino a mi mente, el mismo que atribuyó Homero a la mirada de Atenea, diosa de la sabiduría.

Un sonido gutural llamó mi atención hacia la base de la mesa de trabajo, donde estaban apoyados los bártulos de Piero. Junto a una bolsa de cuero y el paquete que poco antes había caído de la silla de montar, una pareja de palomas se movía dentro de una jaula de madera.

Distraída por aquello, no me percaté de que Piero se había acercado y, frunciendo la frente, escrutaba un punto impreciso de mi mejilla derecha.

—Tiene una pequeña mancha de sangre coagulada... ¿Acaso se ha tocado el rostro después de haber comprado en la carnicería?

Su tono irónico y la mirada con la que acompañó aquellas palabras me devolvieron al instante al empedrado del Ponte Vecchio y sentí que el rostro se me encendía.

Domenico me evitó el aprieto de la réplica. Intentando borrar cualquier rastro de su respuesta ingeniosa de poco antes, agarró el hombro de Piero y comenzó a sacudirlo con vigor.

—No tienes idea de cuánto me place tenerte aquí. Bendito sea el motivo que te ha traído, cualquiera que sea. ¿Puedo esperar que te quedes unos días?

Piero correspondió al abrazo de su amigo.

—Te lo agradezco, Domenico, pero ya te he dicho que únicamente quería asegurarme de que no tenías problemas.

Como es así, mañana por la mañana iré a retirar el caballo y reanudaré mi camino.

Sin embargo, ahora hay una cuestión que no puede esperar.

Si he dejado Roma a toda prisa para correr hasta aquí no es sólo porque te echaba de menos.

Debo mostrarte algo que te dejará tan perplejo como a mí...

Pero es necesario que hablemos a solas —añadió, con un leve gesto hacia mí.

—Puedes marcharte, Lavinia —me despachó mi tío—. Costanza acaba de avisar de que hoy no viene. Piensa tú en la comida. Y prepara el cuarto del segundo piso para que Piero pueda instalarse.

La idea de sustraerme de la mirada vigilante de nuestro huésped no me disgustó, así que asentí. Me incliné para coger el paquete y la jaula, con la intención de llevarlos arriba.

—¡Déjelo! —me ordenó Piero—. Yo me ocupo.

Molesta por su tono descortés, los solté bruscamente. Las palomas empezaron a agitarse y el paquete se balanceó mientras él me fulminaba con la mirada.

Domenico se apresuró a empujarme hacia la salida.

—Ahora vete. Costanza me ha pedido que te recordara que también había que fregar el suelo y llevar la colada al pozo. Trata de no perder el tiempo, a ver si no después quién la aguanta.

Cerré la puerta, humillada. Si sobre mis deberes de mujer había poco que discutir, era igual de evidente que en aquella casa contaba menos que una sirvienta.

Apoyado en una pared, Francesco me observaba divertido.

—¿Te echo una mano en las tareas domésticas? —se burló.

Con simulada negligencia, golpeé con el pie la silla en la que estaba apoyado, lo que le hizo perder el equilibrio. Él apenas tuvo tiempo de agarrarse a la mesa y cuando levantó la cabeza nos reímos juntos.

Francesco había venido al taller justo después de mi llegada a Florencia y no tardamos mucho en congeniar.

Bajo una aparente timidez escondía un carácter amable y alegre y, en poco tiempo, nos habíamos hecho amigos.

Para ser exactos, era mi único amigo en la ciudad, pero no sólo era éste el motivo por el que lo quería.

Sentía también una enorme deuda de gratitud hacia él por haberme abierto la puerta a un mundo que sin él me habría estado vedado.

El día en que dibujé por primera vez, delante de aquellos dos baúles, supe que no sería la última. El placer que encontré al descubrir que mis dedos eran capaces de dar cuerpo a mi imaginación había sido muy intenso. Demasiado para no querer saborearlo de nuevo.

Entonces había comenzado a robar del taller material de dibujo, que usaba por la noche cuando, encerrada en mi habitación, pasaba horas insomnes trazando y volviendo a trazar incansablemente lo que recordaba de los cuadros de Domenico, algún objeto de la decoración y figuras inventadas.

Sin embargo, mi mano era del todo incapaz de trasladar lo que la mente lograba concebir.

Estaba segura de que mi tío habría desaprobado sin reservas aquella actividad, pero mi inconsciente avidez de aprender me había empujado a apostar por ella.

Ocultándome tras un tono bromista, le había pedido entonces que me enseñara a preparar los pigmentos para poder asistirlos a él y a Francesco en el trabajo.

—¡Qué ideas tienes! —había exclamado divertido—. Una mujer que maneja pinceles y colores... ¿Dónde se ha visto?

Su grosera carcajada había sellado definitivamente mis ya escasas esperanzas.

Pero Francesco no se había reído. Entendió que estaba hablando en serio. Aquella misma tarde, cuando mi tío salió para ir a la taberna, él se quedó a trabajar un rato más. Poco después me llamó al taller y, sin preguntarme nada, me dio mi primera clase.

Con su ayuda, poco a poco los materiales y los instrumentos adquirieron un nombre y un significado.

El papel esparcido de polvo de hueso o teñido con un velo de témpera verde o azulado, el estilo de plomo o de plata, el trazo de tinta o albayalde, a veces coloreado con agua para definir sombras y luces, eran lo que en poco tiempo habían dado mágicamente vida a mis dibujos.

Luego, cuando ya estaba lista, Francesco me inició también en el ilimitado universo de los pigmentos.

Me había descubierto que cada uno de ellos tenía su carácter, como un ser vivo, y, por tanto, requería de un tratamiento del todo personal, ya fuera en el molido o en la mezcla, con los aceites, los barnices, el agua o la yema de huevo, de modo que pudieran dar lo mejor de sí.

La materia era tan abundante y yo era tan feliz con lo que estaba aprendiendo que nuestras clases adquirieron una cadencia casi cotidiana, aprovechando hasta la más mínima ausencia de Domenico.

Francesco esbozó un saludo.

—Nos vemos mañana. Apuesto a que tu tío querrá recuperar la jornada perdida y me tendrá clavado en casa del banquero hasta la noche. ¿Podemos contar contigo para comer, como de costumbre?

Guiñé un ojo.

—Creo que os alcanzaré mucho antes para llevaros el cinabrio... después de que salga a la calle a comprarlo.

Él abrió desmesuradamente los ojos.

—¿No me digas que te has olvidado?

—Por desgracia, sí. Pero tú no sabes nada, por favor.

Hizo el gesto de coserse la boca y luego salió, dejando tras de sí el eco de su risa.

Abrí la ventana en busca de un poco de aire, antes de disponerme de mala gana a encender el fuego.

Apenas me asomé, vi a un hombre bajo y corpulento parado al otro lado de la calle.

Las medias ajustadas que le resaltaban sin piedad las piernas arqueadas y el vientre prominente eran negras, al igual que la capa corta con capucha y el jubón acolchado, de cuyo cinturón pendía una gruesa daga con empuñadura en forma de cruz.

Nos miramos brevemente, luego desapareció en un callejón. Recordé haberlo visto caminar alrededor de la casa poco antes, mientras regresaba. Aunque desconocía el motivo, también entonces tuve la clara impresión de que la estaba observando.