El misterio de la pintora rebelde 2
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—¡Lavinia! ¿Has vuelto?

Acababa de llegar a mi cuarto para cambiarme y Domenico ya me estaba llamando desde el fondo de la escalera. Me peiné y bajé corriendo.

Poco antes, al pasar por delante de la puerta del taller, lo había oído hablar en voz alta con alguien. Como se requería mi presencia, supuse que se trataba de Lorenzo Guidi, el hombre que algunos meses antes me había pedido matrimonio.

Hijo de un notable del poderoso Arte de la Seda, Lorenzo iba bien encaminado en la misma luminosa carrera de su padre.

Siguiendo los pasos de su progenitor, que había sido elegido nada menos que tres veces entre los priores, apenas cumplidos los treinta años Lorenzo fue designado de inmediato para formar parte de la magistratura de los Ocho de Guardia.

Un verdadero honor, aunque, según las malas lenguas, la fidelidad de la familia Guidi al partido de los Médici parecía que había concedido una considerable ayuda a la diosa vendada.

Nos habíamos visto por primera vez en el taller de mi tío, al que Lorenzo había encargado un panel para la chimenea.

Fue cortés, casi galante, y había preguntado por mí en las sucesivas visitas, cada vez más frecuentes.

Su admiración era manifiesta y Domenico no perdía ocasión para alentarla.

Pero ninguno de los dos habríamos esperado nunca que, tras algunas semanas, llegara una propuesta de matrimonio.

Lorenzo, además de un excelente partido, era también guapo y, aunque no sabría decir con certeza qué sentía por él, su interés me había halagado.

No obstante, la perspectiva de perder cualquier residuo de libertad y poner mi vida en manos de un hombre al que, en definitiva, no conocía, no me animaba demasiado.

En verdad estaba bastante espantada, pero, de todos modos, era consciente de que mi parecer acerca de ello era totalmente irrelevante.

Se trataba de una ocasión única para mí y cualquier duda al respecto la habrían tachado de locura, además de provocar el enfado de mi tío.

Para él aquella propuesta era un auténtico maná caído del cielo y de inmediato se había prodigado para procurarse el dinero necesario con el que reunir una dote honorable, sin la cual el padre de Lorenzo no habría dado su consentimiento.

Aunque no tenía idea de cómo la había conseguido tan pronto, a las pocas semanas cerraron el acuerdo y sellaron el acto de fidantiae delante de un notario.

Me prendí en el pecho el broche de oro y marfil que Lorenzo me había regalado con ocasión del compromiso y me apresuré hacia el taller.

Crucé el umbral exhibiendo la mejor de mis sonrisas, que se me congeló en los labios apenas me percaté de que el hombre que tenía enfrente no era mi futuro esposo, sino el caballero con el que me había chocado en el Ponte Vecchio.

—Ven, Lavinia.

Mi tío parecía de excelente humor.

—Quiero presentarte a un queridísimo amigo, además de la última persona que habría imaginado ver atravesar esta puerta.

Soltó una risita.

—El maestro Piero della Francesca en Florencia... ¡Voy a empezar a creer en los milagros! Y además sostiene que he sido yo quien lo ha convocado. Dice que estaba preocupado por mí. Si ésta no es la mano divina...

El otro lo calló con una mirada y se volvió hacia mí. Por su actitud impasible sospeché que no me había reconocido.

—Ésta es la hija de Angela —continuó Domenico.

Piero asintió.

—Me habías dicho que la tenías contigo desde que tu hermana faltó. Va a cumplir dieciocho, si no recuerdo mal.

—En efecto. Y en cuanto los haya cumplido, creo que deberé renunciar a su compañía.

Lavinia se ha prometido con el hijo de Balduccio Guidi —explicó con los ojos brillantes de satisfacción—, un nombre que tiene el poder de abrir muchas puertas.

Espero que sea una buena ocasión para demostrar al fin que Domenico da Venezia aún puede marcar la diferencia en la escena artística florentina.

Aunque ya tenía claras las expectativas que mi tío depositaba en aquel matrimonio, oírlo hablar de manera tan explícita me hirió e hizo vibrar bajo mi piel un silencioso movimiento de rebelión.

—Entonces, ¿usted también es artista? —pregunté al huésped intentando desviar la atención.

Él arqueó las cejas y Domenico soltó una carcajada.

—¡Bendita inocencia! ¿De veras nunca me has oído mencionar a Piero della Francesca?

Aquella santa mujer de Angela te ha tenido verdaderamente apartada del mundo.

Piero es el maestro que quisieran todas las cortes.

Ferrara, Bolonia, Rímini, Urbino, además del San Sepolcro, Arezzo y pronto también Roma, ¿digo bien?

—Exageras, como de costumbre, y, además, vas demasiado rápido. Te recuerdo que el papa aún está entre nosotros.

—No por mucho. Y me atrevo a apostar que esta vez Besarión... Oh, pero en todo caso el nuevo curso traerá nuevos encargos y tú no podrás faltar. No cuando el mundo haya visto lo que estás haciendo en Arezzo.

Piero negó con la cabeza.

—Olvídate de las apuestas. Sabes perfectamente que sería tirar el dinero. Aunque... ¿podemos cambiar de tema?

Domenico rio de nuevo, acariciándose el mentón.

—Ya lo ves, Lavinia, si hay algo que puede igualar el talento de Piero es sólo su pésimo carácter. No es una novedad. Era así también de niño. Una mente brillante, pero la lengua afilada. Se preguntaban cuál de las dos dirigía el taller.

Mi gesto delató lo que me costaba imaginar a aquel hombre en la piel de Francesco.

—Usted... ¿usted fue aprendiz de mi tío?

—Sí, durante algunos años. Pero ha pasado bastante tiempo.

—¿Y después abrió también un taller en Florencia?

Domenico y Piero intercambiaron una mirada enigmática. Luego este último zanjó la cuestión:

—Nunca he abierto un taller. Prefiero trabajar solo. En cuanto a Florencia, hace años que he decidido que no es el sitio donde quiero vivir.

Hubo un instante de silencio, luego mi tío intervino:

—Considerando estos tiempos, no puedo reprochártelo. Nadie sabe qué puede ocurrir, pero temo que nada bueno para la República.

—¿A qué te refieres?

—Al clima de tensión que enturbia el aire desde que Luca Pitti se ha convertido en confaloniero, hace algunas semanas.

Es un hombre autoritario. Se dice que ha sido elegido expresamente para dar voz al descontento de los ricos florentinos y contener a aquellos que muchos ya definen como un gobierno del pueblo.

—¿Quieres decir independiente? ¿Desde cuándo?

—Te aseguro que las cosas han cambiado. Desde hace meses se respira un aire de revolución. La voz del pueblo se ha reforzado mucho en la Señoría y ha comenzado a apuntar a los patrimonios con nuevas leyes y nuevas tasas, entre otras, un enésimo catastro.

—Imagino que Médici habrá hecho de todo para conjurarlo.

—Qué va. A pesar de las presiones de sus partidarios, no se ha opuesto. ¿Sabes? Ya no es el de antes. Quizá esté envejeciendo.

—No le des demasiada importancia. Seguro que tenía sus razones.

—¿Cuáles? ¿Por qué correr el riesgo de enemistarse con los suyos? Los ricos de la ciudad están furiosos y su posición se ha debilitado.

—Eres un ingenuo, Domenico. ¿Quién piensas que está detrás de la elección de Luca Pitti?

Mi tío abrió los brazos.

—No eres el único que piensa así. Pero me inclino más a creer que Pitti está trabajando para sí mismo. No es que esto sea menos preocupante. Su ambición puede medirse por las proporciones del palacio que se está haciendo construir. Sólo tenía un deseo: que fuera más grande que el de Médici.

Sacudió la cabeza, escéptico.

—Si tiene éxito en su intento de convocar al parlamento para cambiar las reglas, creo que su poder acabará oscureciendo al de Cosme.

—¿Piensas que lo dejarán...?

—Me han contado que la oposición es feroz y que entre nuestros colegas hay discusiones apasionadas. Pero la ciudad está también llena de hombres armados. Y todos llevan las enseñas del duque de Milán. Decididamente soplan malos vientos...

Apenas entendía de qué estaban hablando.

Mi tío no solía discutir de política, al menos en mi presencia.

Era uno de los muchos temas de exclusiva prerrogativa masculina y yo ya había aprendido cuál era mi sitio.

Por tanto, permanecí en silencio, preguntándome sólo fugazmente cuál era la posición de Lorenzo y su familia en aquella disputa.

En ese momento la puerta del taller se abrió y Francesco se asomó en el umbral.

—Perdone, maestro, no me había percatado de que tenía huéspedes. He venido para buscar un poco de cal para el enlucido. Vuelvo enseguida donde el banquero y espero allí.

Domenico lo despidió.

—Hoy no se trabaja. Conociendo a mi huésped, me temo que no se quedará demasiado y no quiero perderme esta ocasión inesperada.

—Pero, maestro... El señor Peruzzi ha preguntado por usted y le he asegurado que llegaría en breve.

—Entonces ve a decirle que estoy indispuesto y que iremos allí el domingo por la mañana. En cuanto a ti..., búscate una mujer y dedica una jornada a algo distinto a lo habitual.

Francesco frunció el ceño, sorprendido y un poco incómodo.

En efecto, no era fácil imaginarlo en compañía femenina.

A pesar de que tenía un rostro agradable, con rasgos regulares y el pelo rubio, sujeto sobre la nuca, su espalda estaba encorvada y su pie izquierdo, torcido de manera antinatural hacia el interior, lo obligaba a caminar arrastrando la pierna ostensiblemente.

—Claro..., como quiera —concluyó, encogiéndose de hombros, antes de dejar la estancia.

—Tío, no debería tomarle el pelo a Francesco —le reproché.

Él se rio.

—Está acostumbrado. Sabe que me gusta bromear. Pero también sabe cuánto lo aprecio y lo indispensable que es para mí.

Se volvió hacia Piero, con transparente ironía.

—Podría incluso afirmar que es casi tan bueno como eras tú.

Andrea del Castagno lo instruyó de maravilla y el muchacho pone de su parte.

Después de que la peste del año pasado se llevara al pobre Andrea, eran muchos los que se lo disputaban.

Pero, finalmente, gané yo. Y ahora confiesa que estás un poco celoso...