El misterio de la pintora rebelde 1
2%
El misterio de la pintora rebelde

El misterio de la pintora rebelde

Por Chiara Montani

© inepub.com

1

Discordantes voces y sonidos acompañaban a una variopinta humanidad que desfilaba compacta entre desbordantes cestas de frutas y verduras, puestos de carne y pescado, utensilios y vajillas, sedas bordadas y telas de saco, instrumentos musicales, herraduras de caballo, dulces, especias, odres de vino y animales vivos.

Era el mercado, vientre de Florencia, que se insinuaba entre la plaza del Duomo y la plaza de la Señoría, extendiéndose con sus olores y su griterío entre casas, tiendas, talleres y tabernas, hasta la penumbra de los callejones más impensables.

Bajo la columna de la Abundancia, bien vigilados por la estatua de Donatello, algunos freidores limpiaban cabezas de cordero, desafiando el bochorno implacable delante de los fuegos ya encendidos.

El hedor que emanaba de los montones de basura que se pudrían bajo el sol y de los excrementos de caballo diseminados sobre la calzada me hizo contener la respiración durante unos pasos, mientras me deslizaba entre la multitud.

A la sombra de los telones improvisados de aquella plaza, notables y prostitutas, mendigos y señores, grandes damas y carteristas entrelazaban sus caminos, palpaban las mismas mercancías y se movían con igual dignidad.

Si por un lado sentía una extraña euforia al formar parte de aquella ruidosa comedia humana, por el otro comenzaba a sentirme sofocada y padecía el sudor que se me estaba pegando sobre el lino de la camisa. Pero no estaba en absoluto arrepentida de estar allí.

Aquella mañana, apenas mi tío Domenico había empezado a despotricar contra su aprendiz, Francesco, porque no se había percatado de que se estaba acabando el rojo bermellón, me había ofrecido rápidamente para ir a comprarlo.

Cualquier cosa era preferible a la idea de pasar la jornada en casa ocupándome de asuntos domésticos bajo la dirección de Costanza.

Silenciosa y hostil, la criada de mi tío parecía albergar el secreto placer de ponerme en aprietos, y su comportamiento severo tenía el poder de hacerme sentir siempre como una niña sorprendida en una mentira.

Después de una vida entera gestionando la casa con total autonomía, era innegable que mi llegada debía de haberle causado un insoportable malestar y, casi un año después, aún no perdía la ocasión de demostrármelo.

También Domenico, apremiado por el trabajo, en aquel período tenía los nervios a flor de piel.

Acababa de empezar un fresco en casa del banquero Felice Peruzzi, un encargo muy respetable que mi tío esperaba que pudiera abrirle nuevas puertas.

Quizá era la ocasión para formar parte de nuevo del círculo de los artistas que contaban y aspirar a aquellos contratos prestigiosos que desde hacía demasiado tiempo no conseguía procurarse.

No obstante, también estaban los otros pedidos, acaso menos importantes, pero que contribuían a mantener en pie el taller.

Entre estos, un par de baúles de boda para una nieta de los Rucellai, que no eran, desde luego, el tipo de gente a la que disgustar y precisaban que el trabajo estuviera hecho a la perfección, dentro de los tiempos pactados.

El comitente había solicitado imágenes que casaran la gloria de Florencia con la del propio linaje, y Domenico había elegido la represión de la revuelta de los Tolomeo en Siena y la expulsión del duque de Atenas, dos hechos en los que los antepasados de los Rucellai habían jugado un papel destacado.

Sin embargo, se había arrepentido de inmediato, porque aquellas composiciones complejas, repletas de personajes, requerían mucho tiempo y no había día en que no lo oyera maldecir su decisión.

Para mí, en cambio, aquellas pinturas eran extraordinarias no tanto por el tema como por una razón del todo personal.

—Hija mía... Te gusta, ¿verdad? Claro que sí, ¿dónde vas a encontrar otra que tenga precisamente el color de tus ojos? Ánimo... Cuesta muy poco, calderilla, sólo ocho céntimos por cada brazo. ¿No ves que es una ganga?

Una mujer baja y corpulenta, cuyas mejillas parecían un arabesco de venitas rojas, me había puesto en la mano un corte de raso color lavanda.

Era una maravilla, pero lo devolví de inmediato, sacudiendo la cabeza.

Ella me lanzó una mirada hostil y me dio la espalda para dirigirse a otro cliente.

Quizá mi sonrisa la había llamado a engaño, pero no tenía nada que hacer con aquella tela.

Mis labios se tensaron solos al pensar en los baúles y en el mundo encantado del que me habían regalado las llaves.

Algunos meses antes me había encontrado frente a aquellos grandes contenedores tallados en madera oscura, con los recuadros listos para ser pintados y el dibujo apenas esbozado.

Me habían parecido tentadores como las puertas del paraíso.

Si los pigmentos, los pinceles, el olor de las colas y de los aceites me habían atraído desde mi llegada a casa de Domenico, ni siquiera había pensado en acercarme a una de sus obras.

Pero aquel día, después de que mi tío y Francesco salieran, al limpiar el taller había tropezado con aquellos espacios blancos aún por inventar.

Me había quedado mirándolos mucho tiempo, dejando galopar mi imaginación, hasta que experimenté el deseo irrefrenable de fijar encima de ellos las imágenes que veía tan claras en mi mente.

Y si bien no tenía ni la más mínima idea de cómo hacerlo, no pude evitar ceder a aquel impulso.

Había posado la escoba y cogido un folio.

Luego, con uno de los estilos de plata que Domenico usaba para los esbozos, comencé a copiar sus figuras.

Al mover el instrumento con mi mano torpe, tanto de punta como de lado, jugando con la presión para obtener trazos, primero leves como susurros, luego más pesados y asertivos, ya había intuido las infinitas posibilidades de aquel lenguaje y me había dejado capturar por el exaltante poder de la creación.

Una sensación tanto más perturbadora porque sabía perfectamente que se trataba de un placer prohibido, algo que para una mujer era considerado inconveniente e inapropiado, incluso del todo inconcebible.

Un chiquillo sacó del fuego un buñuelo negruzco que trasudaba grasa y me lo ofreció.

No logré contener una mueca de disgusto y ambos estallamos en risas.

Los meses pasados en Florencia aún no me habían habituado a convivir ni con las especialidades de los triperos ni con los roventini , las frituras hechas con sangre de cerdo.

Su olor poco apetecible me llenó las narices, mezclándose con un perfume de incienso que no sabía si llegaba de San Andrés, de Santo Tomás o, más probablemente, de San Miguel en el Huerto.

Aquella iglesia, escondida detrás del palacio del Arte de la Lana, era una de mis preferidas y sin duda la más extraña que hubiera nunca visto.

A menudo, cuando pasaba por via Calimala, me detenía a dar una vuelta por sus tabernáculos, donde los más grandes artistas florentinos habían esculpido los santos protectores de las Artes.

Cuando descubrí que entre sus extrañas paredes, cien años atrás, se montaba un mercado de granos, me pareció de inmediato un símbolo perfecto de aquella sorprendente ciudad, en la que comercio y arte, dinero y belleza formaban la trama y la urdimbre de un tapiz único en el mundo.

Distraída por toda la vitalidad que palpitaba alrededor, me di cuenta de que hacía rato que había rebasado la tienda del boticario.

Ahora estaba ya casi en la logia de los Cavalcanti, así que decidí que pasaría por allí a la vuelta.

En ese momento sólo tenía ganas de dejar a mis espaldas aquella carnicería y ganar las riberas del Arno.

En pocos pasos alcancé la plazoleta con los puestos de los pescaderos. Levantándome la falda, salté un cesto de anguilas y tomé el Ponte Vecchio para meterme entre una multitud de transeúntes, mercancías, carros, caballos y artesanos que el calor había echado de sus tiendas.

En la mitad exacta del puente las altas paredes se interrumpían y hacían difícil asomarse al río.

Me incliné sobre el parapeto. Nunca el agua había estado tan baja y maloliente, pero, de todos modos, respiré a pleno pulmón.

Dejé que la mirada acariciase las estrechas fachadas de las casas y los mosaicos de ropas tendidas en las terrazas de los secaderos, para luego correr libre más allá del puente de Santa Trinidad y el Carraia, hasta el estanque Santa Rosa, desde donde sentía que llegaba el rumor de los molinos y los batanes.

Justo a mi lado, un carnicero había colgado un cerdo recién sacrificado y se disponía a sacarle las vísceras para cargarlas sobre un carricoche. Un gran chorro de sangre cayó sobre la calle y yo retrocedí algunos pasos para evitarlo.

No me percaté del jinete que avanzaba a mis espaldas hasta que oí un fuerte relincho.

Me giré de golpe y, como en un relámpago, vi los cascos del caballo levantarse hasta rozarme el pelo.

Alguien gritó y yo hice lo mismo mientras alzaba los brazos para protegerme la cabeza, y al instante advertí que no había manera de evitar el impacto.

Dos manos poderosas me arrastraron, lo que me hizo perder el equilibrio. Me desplomé en el suelo justo antes de que los cascos cayeran sobre el empedrado, muy cerca de mí.

El jinete se mantuvo apenas sobre la silla, pero no le fue posible retener el gran paquete que llevaba atado detrás y que me cayó encima. Lo empujé a un lado sin demasiada consideración y levanté la cabeza.

Sólo entonces me di cuenta de que estaba tendida bocabajo sobre la sangre del cerdo y, al percibir algunas sonrisas reprimidas entre la multitud que se iba agolpando, sentí que me ruborizaba. Encima de mí, el rostro mofletudo del carnicero palpitaba como una linterna encendida.

—¿Todo bien? —preguntó, tendiéndome una mano.

—Se lo agradezco. Si no hubiera sido por usted...

Mientras me levantaba, vi que el jinete se abría paso entre los curiosos para recuperar su paquete, que examinó con atención.

Sólo cuando estuvo seguro de que no había sufrido daños, se enfrentó a mí, furioso.

—¡Maldición! ¿Dónde tiene la cabeza?

Levanté la mirada hacia aquel hombre alto, de pie ante mí, cuyos ojos llameantes de cólera tenían el color de las aguas del Arno en crecida.

Llevaba una túnica celeste perlado sin mangas y un jubón gris oscuro, debajo del cual despuntaba el borde blanco de la camisa.

Por los abundantes rizos castaños que le caían sobre el cuello parecía un muchacho, pero las arrugas sutiles cerca de los ojos y las de expresión a los lados de la boca indicaban, en cambio, que hacía tiempo que ya no lo era.

Su tono tajante y el carisma que emanaba su persona me cogieron por sorpresa y, en vez de responderle de la misma manera, me limité a balbucear algunas palabras de excusa. Él ni las oyó, porque entre tanto ya me había dado la espalda.

Lo observé mientras él alisaba el manto del caballo para calmarlo y revisaba el paquete sobre algo que me pareció una pequeña jaula con aves. Luego volvió a montar y desapareció de mi vista.

Consciente de las manchas en la ropa y quizá también en el rostro, bajo el peso de todas las miradas que tenía encima, habría querido hundirme por la vergüenza.

En cambio, levanté la cabeza, enderecé los hombros y, haciendo alarde de una sonrisa despreocupada, me abrí paso entre la multitud para emprender el camino de vuelta a casa.