El misterio de la pintora rebelde 36
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—El maestro está arriba.

Los grandes ojos tierra de Siena del aprendiz parecían dos lámparas encendidas sobre su rostro delgado mientras alzaba el mentón puntiagudo para señalar un punto impreciso hacia la bóveda del ábside.

Hizo oscilar el cubo de agua que tenía en la mano y se apresuró a darme la espalda para desaparecer tras un tabique de madera detrás del altar.

Aquella pared descuidada y desnuda, levantada para ocultar la obra, la ennoblecía un enorme crucifijo que me recordaba mucho al de Cimabue en Santa Cruz.

Más allá de aquel punto reinaba la confusión.

Sobre el suelo de la capilla de la izquierda, cubierto por grandes lonas, estaban amontonados y en desorden cubos de cal, tablas clavadas, palas, cuerdas y sacos de arena, mientras en las paredes se apoyaban de cualquier modo algunos cartones para los frescos, junto a maniquíes de madera y terracota vestidos con telas variopintas.

Crucé la abertura que llevaba a la capilla mayor, moviéndome con cautela entre montones de bolsitas con pigmentos: tierras ocres, verdes, grises, rosadas, además de la carbonilla y el blanco de San Juan.

En un contenedor aparte, malaquitas, oro, azurita y laca de garantía se asomaban entre decenas de pinceles de cerda y de piel de marta cibelina, todos apoyados con la punta hacia arriba.

Detrás de los andamios, que conectaban los diversos niveles de las dos paredes laterales de la capilla, se desencuadernaba un relato por imágenes aún incompleto.

Conocía el argumento por las descripciones de Domenico: las historias de la Verdadera Cruz tomadas de la Leyenda áurea de Santigo de la Vorágine.

Más abajo, me era imposible entender qué episodios había decidido representar Piero.

Lo que veía, de todos modos, ya era suficiente para intuir plenamente su potencia.

El lado izquierdo aparecía en gran parte aún despojado. La pared del fondo, cortada por un ventanal central, estaba, en cambio, casi completa en cada una de las tres secciones.

Sobre el zócalo de falso mármol, en el que trabajaban tres aprendices, una imagen me cautivó con su atmósfera metafísica, que me recordaba aquella del único cuadro de Piero que conocía.

Era una escena nocturna, quizá un alba. Lo que más impresionaba no eran los personajes, con su aspecto extraño e indiferente, y tampoco el rigor geométrico de las formas, basadas en una perfecta centralidad.

La protagonista absoluta era la luz que brotaba de la pequeña cruz en la mano de un ángel aparecido.

Una claridad divina y sobrenatural, que hacía emerger los volúmenes con la única fuerza del contraluz y que otorgaba a la escena una solemnidad suspendida, impregnada del sabor de lo eterno.

Me di cuenta de que los dos aprendices me observaban con curiosidad. El que ya me había visto antes alzó la cabeza y llamó al maestro.

Piero se asomó desde el último nivel del andamio, bajo la luneta de la pared derecha. Al verme no dijo nada ni hizo gesto alguno de sorpresa. Se dirigió, en cambio, a los muchachos.

—Por hoy podéis marcharos. Continuamos mañana por la mañana.

Un poco perplejos, no se lo hicieron repetir y se apresuraron a guardar las herramientas. Cuando desaparecieron en la oscuridad de la nave, Piero se asomó otra vez.

—Estás aquí —dijo simplemente. Señaló la escalera de mano, invitándome a alcanzarlo arriba.

Mientras subía, me encontré cara a cara con su mundo insondable.

Batallas que tenían la dignidad serena de una pala de altar, cielos tersos manchados con nubes inmóviles, arquitecturas clásicas de minuciosa perfección, elegantes figuras hieráticas nada elocuentes, silenciosas geometrías de perfecto equilibrio esculpidas por la luminosidad del color en una dimensión fuera del tiempo que no podían ser obra de ningún otro.

Piero me ofreció la mano para subir los últimos peldaños.

—Domenico tiene razón. No hay ningún artista que se parezca tanto a su obra como tú.

Siguiendo su ejemplo, me había pasado también yo al tú . Él no respondió, pero sus labios se curvaron en una sonrisa.

Algunos instantes después estábamos uno frente a otra. Piero me acogió como si nos hubiéramos despedido pocas horas antes y como si mi presencia en aquella plataforma de madera, a más de treinta brazos del suelo, fuera lo más natural del mundo.

Se secó las manos en la camisa que le caía hasta medio muslo, manchada con todos los colores de la paleta, al igual que los pantalones grises. A pesar del frío húmedo, sólo llevaba puesto eso, con las mangas vueltas y los lazos del cuello abiertos.

—Está casi terminado —proclamó satisfecho, señalando el muro a mis espaldas—.

He tenido que recurrir a varios ayudantes en las últimas semanas porque temía no conseguirlo.

Estoy a punto de partir hacia Roma. El nuevo papa me ha convocado para pintar al fresco sus estancias y Pío II no es un hombre muy paciente, así que estas paredes deberán esperar aún.

—Entiendo —murmuré dándome cuenta de que corría el serio riesgo de incomodarlo.

—No ha sido fácil encontrar la solución para esta luneta y, a decir verdad, casi había dejado de buscarla. La muerte de Adán es el principio de todo, pero decidí dejarla para el final. Luego, de repente, lo vi claro. La visión ha surgido tan nítida que he preparado los cartones en una semana.

Como si estuviera allí con ese único objetivo, me dejé guiar por Piero a través del fresco.

Bajo la gigantesca silueta del árbol de la vida, brotado de la boca del progenitor y destinado a proporcionar la madera para la cruz de Cristo, se desentrañaba el relato del primer encuentro de la humanidad con la muerte.

Vejez y belleza, luto y renacimiento convivían en los tres momentos de la narración, donde a las carnes decrépitas de Adán y Eva les hacían de contrapeso los jóvenes cuerpos de clásico esplendor.

En el primer grupo de figuras, en semicírculo, a espaldas de Adán moribundo, destacaba una muchacha con el pelo rubio entrelazado, someramente revestida de pieles negras, que poseía la majestuosa presencia de una divinidad arcaica.

Sentí que la sangre se me aceleraba al ver que su rostro serio, con la mirada hundida en el vacío delante de sí, me reflejaba como un espejo.

Me volví hacia Piero, en busca de una confirmación.

—¿Quién es esta mujer?

—Un símbolo de belleza y juventud.

—Su tristeza contenida y el negro que la cubre delatan sufrimiento.

—Acaba de descubrir la mortalidad humana, cuya existencia ignoraba. Y, al asomarse por primera vez a ese sentimiento de la nada, ha encontrado la angustia, aunque también la compasión y una nueva conciencia... Pero hay otra figura que debes ver.

Me cogió de la mano para conducirme al extremo izquierdo del fresco donde, finalizando la narración, una joven pareja de escultórica belleza se intercambiaba una mirada cómplice.

La muchacha era rubia, con el cabello peinado hacia atrás, vestía una prenda blanca que le dejaba un pecho al descubierto y también en su rostro, que buscaba con los ojos al compañero, reconocí los rasgos del mío.

—Después de la muerte, después del dolor, el ciclo de la vida se renueva y continúa.

Piero me soltó la mano y se alejó de mí, apoyándose en un montón de maderas.

Me alisé con cuidado los pliegues de la falda, para esconder la turbación que había sentido al verme reflejada en aquella doble representación.

—La vida continúa, es verdad. Y abre nuevos caminos.

—Y uno de éstos te ha traído a Arezzo.

—Un recorrido obligado, diría. Después de cuanto ha sucedido, no podía quedarme en Florencia.

Mi historia ha causado sensación. Aunque la justicia no se ocupa de mí, no dejarán de hacerlo las malas lenguas, que ya han comenzado a crucificarme.

Y temo que mi presencia acabaría por dañar también a Domenico.

—¿Qué piensas hacer?

Me adelanté para ponerme frente a él.

—La hermana Antonia, la hija de Paolo Uccello, me ha propuesto unirme a su congregación.

—¿Quiere decir que... tienes intención de tomar los hábitos?

Su desconcierto me arrancó una sonrisa.

—Por el momento no es necesario. Su orden prevé que también las mujeres laicas puedan llevar hábito.

Con la bendición del monasterio de Florencia, se están formando pequeños grupos, destinados a convertirse en el núcleo de futuras comunidades.

También aquí en Arezzo se está formando uno.

Estaré con ellos durante algún tiempo para ver si ése puede ser mi camino.

—Entonces, ¿ya está decidido?

—No me quedan muchas alternativas, ¿no crees? Además, sería libre de usar las pinturas y los pinceles, podría seguir estudiando y practicar sin ser juzgada por eso. Tú sabes que no es poco.

Piero asintió distraídamente. Vaciló antes de alargar la mano y pasar los dedos por mi cabello para observarlo a contraluz.

—Con el rostro ha sido fácil, pero estos matices de ámbar... Me ha costado encontrar una tonalidad adecuada y, en todo caso, el resultado no le hace justicia.

Bajé los ojos fingiendo interesarme por los recipientes apoyados a lo largo de las tablas, hasta que encontré el valor de hablar.

—Sé lo que hiciste por mí y estoy aquí por eso.

Él continuó jugando con mi cabello.

—Sólo hice lo que era necesario.

—No tengo idea de lo que has entregado a los Médici y no te lo preguntaré, pero está claro que has cedido a sus demandas. Sé lo que significa y espero que no tengas que arrepentirte de ello.

—Rara vez me arrepiento de mis decisiones. Sobre todo cuando sé que no tengo elección.

Los reflejos coloreados que se filtraban por el ventanal emplomado se perseguían en su camisa.

—¿Por qué lo has hecho?

—Lo sabes.

—¿Y por qué te has marchado?

—Por el mismo motivo.

Hubo otro largo silencio.

—No soy un hombre fácil, Lavinia. Hay muchas cosas que no sabes de mí, y algunas no te gustarían.

La gravedad con que lo dijo habría quizá debido atemorizarme, aunque provocó, en cambio, el efecto contrario.

—Puede ser, aunque sólo hay una que necesito saber. Pero te pido que lo pienses bien antes de responderme.

Fijé los ojos en la mudable complejidad de su mirada.

—¿Quieres que me vaya?

Sus dedos dejaron mi cabello para rozarme el rostro con una rápida caricia. Torció irónicamente los labios.

—Si lo hicieras te entendería y, sin más, sería lo mejor para ambos. Pero en este momento tengo la absoluta certeza de que algo se rasgaría dentro de mí, más o menos aquí, donde aún tengo las señales de tu costura.

Me cogió la mano y se la llevó al pecho. Su corazón latía al menos tan fuerte como el mío. Nos quedamos inmóviles y mudos, mirándonos, antes de que él me atrajese hacia sí, en equilibrio en el extremo de la plataforma.

Mientras sus labios se cerraban sobre los míos y yo me abandonaba a su abrazo, el vértigo de la altura y el de los sentidos me dieron por un instante la medida de nuestra precaria humanidad, pequeña, quizá, al lado de las austeras y solemnes visiones que nos abrumaban, pero al mismo tiempo tanto o más potente, en cuanto sólo de ella se había originado todo.

Luego, el resto del mundo desapareció, se hizo de golpe tan remoto e irreal como para que dudara de si acaso siempre había sido una ilusión de mi mente.