El misterio de Finca Rotunda Chapter 35
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Chapter 35

Tomé un último trago de champán y me dispuse a encarar la parte final de mi relato. Un camarero me ofreció un cono de Albondigrillos Gourmet , que decliné.

—Veamos. Todo lo que he relatado hasta ahora concierne al asesinato de Fuencisla Piernavieja. Lo que deben entender es que en paralelo, y sin relación con este, en la finca se comete un segundo asesinato.

—¿Perpetrado también por Luna? —dijo Puy, esperanzada.

—Por la alcaldesa Cazorla. Mató al joven Quiñones en el bungalow de Maraver.

A continuación ambos unieron fuerzas para librarse del cadáver, y…

—Me detuve en seco—. Alto. ¿He dicho «ambos»?

Error. Porque hay alguien más en esta ecuación, cómo no.

La consejera y confidente de Maraver; la persona a la que acude ante cualquier dificultad; la fuente de todas sus ideas; su amada, admirada, idolatrada, futura esposa.

—¡Salga inmediatamente de mi finca! —berreó esta.

—Nada de eso —tronó el vozarrón de Lastortres—. De aquí no se mueve nadie hasta que Macero haya dicho lo que tiene que decir.

Se lo agradecí con una inclinación y continué:

—He aquí un dato importante, para quien lo desconozca: Jacobo Maraver no es sino un cero a la izquierda.

Más que como marido, Luna Rojas lo toma como pantalla para sus tinglados presentes y futuros.

Un hombre de paja, creo que lo llaman; un chivo expiatorio en caso de que las cosas se tuerzan y alguien deba pisar la cárcel. Un… ¿cómo diría?

—Un panoli —ofreció Little Gong.

Asentimientos por doquier, como si la información fuera de sobra conocida. Maraver se infló, indignado.

—¡Para su información, tengo un MBA por Esade!

Nadie le hizo caso. El técnico de sonido me trajo un nuevo micrófono, pues al mío se le acababa la batería.

—Gracias. ¿Dónde estaba? Ah, sí. Nuestro trío necesita desembarazarse de un muerto. ¿Qué hacer?

La mano voluntariosa de Little Gong se elevó en el aire.

—Pregunta retórica, chaval. Lo crean o no, la primera idea de nuestros tres tenores es trocear el cadáver. Así, como suena. En paquetitos, se dicen, será más fácil sacarlo de la finca.

—¡Eso es horrible!

—Más de lo que pueden imaginar. Entre otras cosas porque trocear un cuerpo sin el instrumental adecuado es casi imposible. ¿Alguien lo ha intentado alguna vez?

Little Gong hizo amago de levantar la mano, pero se lo pensó mejor.

—Pasan las horas, pues, y todo cuanto nuestros aprendices de matarife han logrado es separar una pierna y convertir el bungalow seis en un matadero.

Están exhaustos, angustiados, se culpan mutuamente de la debacle.

Necesitan un plan B, y el río parece una opción tan buena como cualquier otra.

Sí, eso harán: Cazorla y Maraver hundirán el cuerpo.

«Y aquí, los más avispados de entre ustedes se preguntarán: ¿Por qué, entonces, no se llevan la pierna?

Yo sólo puedo conjeturar, pero sospecho que sencillamente se la olvidan.

Y Luna Rojas, que se queda en la finca, se ve en la necesidad de deshacerse de ella, tarea que lleva a cabo con encomiable eficacia.

Como algunos invitados mostraban los primeros síntomas de mareos, y además la perorata le estaba pasando factura a mi garganta, decidí darme un descanso.

—¿Alguna pregunta hasta el momento?

Treinta manos se elevaron.

—Usted.

—¿Quién quemó el gallinero?

—Dimitrios, por supuesto. Escuchó las palabras de Cecino en el ayuntamiento y adivinó su significado. Después, esa noche, cuando supo que yo me disponía a husmear en el templo, decidió destruir las pruebas. Gallinas y detective incluidos.

—¿Y las explosiones de la cocina?

—Disparos. La cosa fue así: Ramajo, desesperado por recuperar la droga, sospecha de su socio Dimitrios.

Y decide registrar su bungalow. Recuerden que no sabe que esos días el siete lo ocupa la influencer .

Allí lo sorprende Verónica Puy, quien, reconociendo su estado frágil y manipulable, le cuenta que la droga está escondida en la cocina, desencadenando así la tercera y cuarta tragedia de estos últimos días

—Una hipótesis. Me limité a exponer una hipótesis —dijo Puy sacando una botella de su bolso.

—De hecho —añadí—, sospecho que esto que acabo de contar guarda relación con la presencia de la señora Ramajo aquí hoy. Si es tan amable, señora, ¿cuándo recibió usted la invitación?

—Esta misma mañana —dijo la anciana con sencillez—. La novia la trajo en mano. Se sentía en deuda conmigo por salvarla de la alcaldesa loca.

—Muy conveniente. Y dígame, ¿advirtió usted a la novia de que, si en algún momento llegaba a encontrarse con Verónica Puy, tenía toda la intención de matarla?

—Lo mencioné, sí. Me pareció importante.

—¿Y cuál fue su respuesta?

—Dijo que lo que tuviera que pasar, pasaría.

La boca de Puy se convirtió en un aspersor de ginebra.

—Debí degollarte en la cuna —ladró.

—Para eso tendrías que haber estado en casa —replicó su hija—. Y sobria.

—Encantador. Como verán, todo lo que he contado explica el súbito interés de los novios por salir de viaje hoy mismo. Pueden apostar a que ya han puesto en marcha gestiones para agenciarse pasaportes falsos.

—Llámame —le susurró Little Gong a Maraver—. Conozco a alguien que conoce a alguien.

Yo hice un último repaso mental y dije:

—Bien, pues con esto, creo, concluye mi relato.

En ese preciso instante atravesó la carpa un coro de chillidos de espanto provenientes del otro extremo de la finca. No podían haber llegado en mejor momento.

—Ah, Maraver —dije exultante—. Creo que el servicio acaba de acceder a su bungalow.

El rostro del novio adquirió ese tono azulado que uno sólo tiene ocasión de contemplar durante la noche de Walpurgis.

—Y ahora sí, creo que puedo despedirme.

—Alto ahí —dijo Lord Brisket—. No nos deje así. La pierna del camarero, ¿cómo se deshicieron de ella?

Tragué saliva.

—Ah, eso. Bueno, como he dicho, Luna se encargó de ello.

Y lo hizo, admitámoslo, con impecable eficacia.

La cabeza fría en todo momento, ¿comprenden?

Esa es la clave en trances así. Procedió sin precipitarse.

Pasito a pasito. Poquito a poco. ¿Cómo les diría…

? Puñado a puñado, eso es. Porque la noche del miércoles, cada vez que irrumpía en la cocina con el pretexto de echarle un rapapolvo al chef Sartorius, lo que hacía en realidad era arrojar puñados de carne y hueso en esos espléndidos pucheros de barro.

Al guiso aún le quedaban más de treinta horas, ¿comprenden?

Tiempo de sobra para que diez kilos de músculo y cartílago se desmenucen y liguen.

La pierna, digámoslo así, pasó a enriquecer esos Albondigrillos Gourmet con los que todos ustedes llevan media mañana atiborrándose.

El tiempo de detuvo. Hasta los grillos enmudecieron.

Fue algo formidable, aquel silencio casi cósmico, como si el planeta hubiera dejado de girar, sí, dejado de girar, seguido de la súbita erupción de doscientos esófagos vomitando a la vez.

Y con el coro de arcadas por pistoletazo de salida, la carpa salió de su estupor y el pequeño y violento mundo de Finca Rotunda se desbocó.

La señora Ramajo abrió el baile. Se levantó y, sin más ceremonia, sacó de debajo de la silla una escopeta recortada y disparó hacia Verónica Puy.

Gildo Rojas, con sorprendente agilidad, rodó sobre la tarima y se parapetó tras ella. Su exmujer quiso imitarlo, logrando sólo chocar con el notario y tumbar el arco floral.

Dimitrios, creyendo que la señora Ramajo disparaba contra él, había sacado su pistola y devolvía fuego.

—¡Señora, su hijo! —gritaba, viendo a Puy huir en solitario.

—¡Tienen que aprender a ser independientes! —chilló ella por encima del hombro.

Pero tras una nueva salva en su dirección, se lo pensó mejor y regresó a por su hijo, a fin de usarlo como escudo humano.

Alrededor del carrito de la compra habían convergido Cecino, Gladis, Mocasines, Alpargatas y una docena de invitados de ojos vidriosos.

Tras tomarse la medida, todos se abalanzaron sobre los fardos como vikingos.

La lucha era encarnizada. Cecino repartía bastonazos y Gladis trepaba por hombros y chepas, mordiendo cuanto se ponía a su alcance.

Lastortres los dejaba hacer mientras pedía refuerzos por teléfono.

En el prado, la acción la protagonizaban los novios, que galopaban en dirección a los coches perseguidos por Gascón. De algún modo, la agente lograba seguir tomando notas mientras corría. Maraver no tardó en tropezar y Luna, lejos de auxiliarlo, le clavó un tacón en la cara y continuó su huida.

Mientras tanto la carpa se había convertido en un lugar peligroso, y no sólo por el fuego cruzado. Los invitados que no luchaban por la droga se arrastraban y retorcían en un mar de vómito, propio y ajeno, como mopas en una riada.

Little Gong terminó por escapar de las garras de su madre, robándole la botella en el proceso. Le llevó segundos improvisar un cóctel molotov, que lanzó en dirección a la señora Ramajo. La carpa comenzó a arder.

¿Y Oliveri? Bueno, el hombre estaba en su elemento.

Parapetado tras un montículo de sillas, tiraba fotos como si cubriera el puente de Mostar.

No me cupo duda de que sacaría un gran reportaje de aquel pandemonio.

Al fin y al cabo la historia tenía todos los ingredientes de los grandes hitos del periodismo: el drama, el toque humano, las notas de color; también la sangre, la bilis y las matas de pelo arrancadas. Me alegré sinceramente por él.