El misterio de Finca Rotunda Chapter 34
95%

Chapter 34

Aproveché que el mayordomo acaparaba todas las miradas para, con una maniobra de jiu-jitsu , arrancarle a Cecino su carrito de la compra. Fingí no oír sus protestas.

—En los últimos meses —continué—, Dimitrios ha sufrido serios reveses financieros, resultado de nefastas inversiones en criptomonedas. Desesperado, idea un plan para convertirse en Pablo Escobar durante una semana. ¿El nombre en código de su plan? Operación Servicio de Habitaciones.

A docenas de invitados les sobrevino una súbita necesidad de inspeccionarse las uñas.

—Lo primero que necesita es un financiador, para lo cual acude a la señora Ramajo.

La apacible anciana se puso en pie al escuchar su nombre.

—¿Ha terminado ya, detective? —inquirió con dulzura.

—Aún no, señora Ramajo.

—En ese caso, esperaré.

Y volvió a sentarse.

—La venerable aquí presente huele el negocio y encarga a su hijo que consiga la mercancía. Y así, unos días más tarde, Dimitrios recibe dos kilos para distribuir durante los festejos.

Dimitrios me miraba sin expresión, rígido y letal. Yo le dediqué una sonrisa afectuosa.

—El primer problema que se le presenta es esconder la mercancía.

No crean que es tarea fácil; la finca está atestada de invitados y personal eventual, y él se ha visto obligado a ceder su bungalow.

Pero nuestro Dimitrios es un hombre de recursos, y da con el escondite perfecto.

El único lugar de toda la finca en el que nadie va a querer poner un pie en los próximos días; el personal, por miedo a la cólera del señor Rojas; los invitados, por temor a ensuciar sus zapatos de diseñador.

—¡El gallinero! —exclamó Little Gong—. Bien pensado, Dimi. ¿A cuánto vendías la mandanga? ¿Y cómo pensabas limpiar las ganancias?

Al griego empezó a temblarle un párpado.

—Durante los dos primeros días —dije—, todo va como la seda. La demanda es buena, los precios altos, la clientela discreta. Pero la noche del lunes, cuando entra en el templo a repostar… Catástrofe. Porque allí, sobre los tablones que ocultan su alijo, yace una invitada asesinada.

»Dimitrios enloquece. Si descubren el cuerpo, está perdido.

Aunque retire los fardos, la policía científica encontrará un potaje de rastros, trazas, ADN…

¡ Su ADN , bajo un cadáver! Sólo una cosa puede salvarlo: el cuerpo debe aparecer en otro lugar.

Cuanto más lejos del gallinero, o incluso de la finca, mejor.

Imaginen la escena: metro a metro, sin ser visto, nuestro industrioso mayordomo arrastra el cadáver hasta un lugar seguro.

»Un momento. ¿He dicho «sin ser visto»? No, eso no es correcto. Porque alguien lo ve. Alguien que, cansado del bullicio de la fiesta, ha salido a tomar el aire y que, inmóvil en la penumbra, asiste al robo de un cuerpo del Gran Templo de Abu Simbel. ¿No es así, don Cecino?

—Déjelo en paz —me increpó Gladis—. ¿Acaso no ha sufrido suficiente en los últimos días?

—Nada más lejos de la realidad, señora. Enseguida entenderá por qué.

Pero antes, permanezcamos en el gallinero.

Cecino, intrigado por lo que acaba de presenciar, se cuela a curiosear.

No me extenderé relatándoles su incursión.

Baste decir que minutos más tarde abandona el gallinero pesando dos kilos más.

Todos observaron a Cecino con renovado interés, algunos con manifiesta envidia.

—Así es, amigos. Aquí donde lo ven, este asombroso octogenario lleva cinco días funcionando a base de cocaína y caldo de verduras. Cómo sus órganos no han estallado, es algo que sólo la ciencia podrá explicar.

Si bien el rumor general fue de admiración, enseguida se abrieron paso algunas voces escandalizadas:

—¿Pretende decirnos que Cecino vio un cadáver y se lo calló? ¿Que decidió no dar aviso?

—Al contrario —repliqué—. Lo crean o no, lleva días intentando contarlo.

Nosotros, sencillamente, no hemos sabido descifrar los mensajes que su dieta narcótica y su obsesión por la Cábala han nublado, distorsionado, digamos…

codificado. ¿O acaso no es verdad, don Cecino, que «mi tiroides» no es sino un anagrama de «E. Dimitrios»?

Cecino levantó un dedo acusador en dirección al griego.

—¡Mi tiroides! —graznó, reivindicado.

Saqué del carrito lo que sabía que contendría: dos fardos, uno de ellos considerablemente mermado.

La carpa se llenó de exclamaciones de congoja.

Y entonces, con una agilidad impropia de su edad y un brinco más bien impúdico (por cuanto reveló de los parajes bajo la túnica), Cecino se lanzó en plancha y sumergió el rostro en el fardo abierto. Emergió rebozado.

—¡Artesana, es artesana! —gritó.

Gladis se hizo cargo de él. Le limpió la cara, recogiendo cuanto caía en bolsitas de poco gramaje.

—Ese pájaro griego, ¿dónde escondió el cadáver?

—Excelente pregunta. Ignoro dónde lo aparcó el martes, pero el miércoles se le presentó el escondite ideal. Uno que le permitiría, además, sacar el cadáver de la finca. ¿Están aquí Lord y Lady Brisket?

Dos cuellos se estiraron escamados.

—En breve empezarán a recibir llamadas de la policía balear. No deben alarmarse, pero en el interior de su arca barroca, que en realidad no es más que un cajón de cedro bañado en pis de burro, ha estado descomponiéndose el cadáver de una joven.

Lady Brisket se quitó el sombrerito justo a tiempo de usarlo como bolsa de papel. Yo respiré hondo.

—Bien. Antes de continuar, es justo advertirles de que la parte truculenta del relato llega ahora. Si alguien es de estómago delicado, mi consejo es que se marche.

Nadie se movió.