Chapter 33
—La historia que vengo a contar comienza seis días atrás, con la llegada a la finca de una influencer llamada Fuencisla Piernavieja. ¿Su encargo? Promocionar el lanzamiento de los Albondigrillos, esa delicia que todos ustedes llevan media mañana degustando en primicia.
»Les diré, por cierto, que este lanzamiento es de la máxima importancia para el señor Rojas.
Tanto, que lleva toda la semana racionándoles las comidas a todos ustedes, con el único objetivo de que llegasen hambrientos como lobos al día de hoy.
Cuanto mejor les sepan los Albondigrillos, con más entusiasmo los recomendarán.
—¡Lo sabía! —voceó Lady Brisket.
—Pero centrémonos en Piernavieja. En el curso de su estancia en la comarca, nuestra influencer se topa con una nave industrial conocida como La Cloaca.
Un nombre adecuado, pues huele como si todos los dioses del averno llevaran eones orinando sobre ella.
Piernavieja, por un cúmulo de circunstancias que no vienen al caso, descubre que este antro, a pesar de su estado destartalado e insalubre, es el centro de operaciones de un fraude millonario.
Estas dos últimas palabras tuvieron un efecto electrizante en mi audiencia. Se irguieron, todos ellos, olisqueando un cotilleo de primer orden, un chisme de varios megatones con que animar los brunches del club de tenis durante la temporada de otoño.
Intuyendo que la ceremonia iba a alargarse, los camareros distribuyeron más Albondigrillos Gourmet .
—El fraude consiste en lo siguiente: un mañoso carpintero construye reproducciones que después sumerge en orina de burro.
Pasado un tiempo, cuando han alcanzado el nivel de descomposición adecuado, se venden como valiosísimas antigüedades.
El carpintero es alguien que todos ustedes conocen. Un empleado de la finca llamado Sinde.
—¿Por qué no está aquí? —preguntó Little Gong.
—Huyó anteayer.
—¿De la policía?
—De su superior, que es la cara y el cerebro de la operación. Una persona fría y peligrosa que planea dejar el negocio y, si Sinde no hubiera huido, lo habría liquidado para no dejar cabos sueltos.
Doscientas miradas convergieron en la novia. Ella, por su lado, sólo tenía ojos para mí; se preguntaba, creo, cómo de alto crujirían mis vértebras al partirse.
—¡Que alguien saque de aquí a ese proletario! —chilló Maraver.
Todos lo ignoramos.
—La idea —continué— se la dio a Luna un estudio del ilustre don Cecino, aquí presente. Él, de hecho, es quien provee la orina de burro.
—¿Qué porcentaje se lleva? —dijo Little Gong muy interesado.
—Lo ignoro. Pero poco importa, porque nuestra historia llega ahora al momento crucial en el que Piernavieja, habiendo averiguado todo esto, toma la decisión que sellará su destino.
—¡Chantajea a Luna! —dijo Little Gong encantado. A lo que añadió, casi a modo de disculpa—: Es lo que yo haría, vamos.
—Diez puntos para nuestro pequeño Tony Montana.
Porque eso es precisamente lo que sucede.
Y ahora, llegados a este punto del relato, me veo obligado a hacer dos incisos.
El primero, para explicarles que Luna Rojas y Fuencisla Piernavieja se odiaban desde hacía una década.
Su ojeriza se remonta a cierto concurso de belleza en el que Piernavieja resultó vencedora.
Las demás finalistas, en lo que la prensa describió como «un episodio de locura colectiva», intentaron quemarla viva.
Pero ese arrebato homicida no fue espontáneo. ¿Verdad que no, señora Rojas?
La aludida despedazaba su ramo de rosas blancas. Y no con las uñas, sino con los colmillos.
—Luna Rojas instigó el linchamiento —insistí—. Piernavieja jamás se lo perdonó, y no dudó en chantajearla cuando vio la oportunidad.
Me remojé el coleto con una copa birlada a un invitado.
—El segundo inciso guarda relación con otro aspecto determinante del carácter de la novia: Luna Rojas odia a su madre.
Más incluso que a Piernavieja. El motivo es que la generosa pensión y las continuas demandas adicionales de dinero de la señora Puy merman el patrimonio del señor Rojas; un patrimonio que ella, Luna, considera suyo por derecho.
Sí, la hija aborrece a la madre. No olviden este detalle; resulta ser importante.
—Debí donarte a la ciencia al nacer —siseó Puy.
—Vuelva al chantaje, Macero —dijo Little Gong, que se había agenciado bolígrafo y papel—. ¿Qué hizo mi hermana?
—Digamos que decide terminar lo empezado diez años atrás. Asegurándose, en esta ocasión, de que todas las pruebas apunten a su madre. Dos pájaras de un tiro, ¿comprenden? Con ese fin cita a Piernavieja en el gallinero a medianoche; allí, le dice, podrán hablar a solas.
Puy saltó de su silla, roja de ira.
—¿Inculparme? ¡¿Cómo?!
—Sencillo. ¿Sabe cuánto ADN hay en un cepillo de dientes? Y eso no fue lo único que se llevó de su bungalow. Tomó también la funda de una esterilla de yoga, en la que introdujo unas cuantas bolas de billar.
—¿Jugaron una partida? —preguntó una invitada de acento francés, algo confusa.
—Es el arma del crimen, señora —dijo Little Gong con impaciencia—. ¿ Comprené bus ? Dos, tres golpes, y listo. Tacatá. Burdo, pero efectivo. El problema de métodos así es que es casi imposible no dejar rastro.
Lo miré impresionado. Y un poco aterrado.
—Pero es que nuestra asesina desea dejar rastro, no lo olviden.
Uno que lleve directo a su madre. Así pues, cometido el asesinato, esconde el cadáver en el gallinero y le restriega el cepillo de dientes.
La funda ensangrentada la deja a la vista de todos, en las proximidades del gallinero…
Y el resto es coser y cantar. Recupera las evidencias y se deshace de ellas junto con el coche de su víctima.
—¿ Pourquoi dejar la funda a la vista?
—Quiere asegurarse de que encuentren el cadáver, caramba —se me adelantó Little Gong—. Es todo cuestión de óptica.
—Muy astutó .
—Francamente, señora, es el ABC del homicida —dijo el chico, que no parecía impresionado en absoluto.
Retomé las riendas del relato.
—Bien. Ahora conocen el plan de la novia.
Y no les sorprenderá saber que, como les sucede a la mayoría de los planes improvisados, este no tarda en irse al garete.
¿De qué modo, y cuándo, me preguntan? Bueno, pues lo trastoca ligeramente la intervención de un camarero llamado Quiñones, quien, con la mejor intención, devuelve la funda al bungalow seis; y descarrila sin remedio poco más tarde, con la llegada al gallinero del mayordomo de la finca, el señor E. Dimitrios.