Chapter 32
—A ver si lo he entendido todo: el miércoles la alcaldesa asesinó al camarero, creyendo que mataba a Maraver.
Era la mañana siguiente, y Lastortres y Gascón me habían convocado de nuevo en la biblioteca. Ambos habían escuchado mi relato en un silencio espantado, sus semblantes oscilando entre la alarma y la náusea.
—Correcto —dije.
—Y ahora una anciana ha matado a la alcaldesa, creyendo que disparaba a la señora Puy.
—Eso es.
—La cual, de momento, sigue viva.
—¿Puy? Viva como una cuba.
—Hm. Y luego tenemos al hijo de la anciana, que asaltó la cocina creyendo que escondía droga. Droga que él no consumía.
—Pero vendía.
—Pero vendía. ¿Habitualmente?
—No, era la primera vez.
—Ya. Y ninguno de ellos, según usted, mató a la influencer . ¿Quién lo hizo, pues?
—Eso depende.
—Ya estamos. Ilumíneme, anda. ¿De qué depende?
—Del resultado del análisis de cierto trono merovingio que espero de un momento a otro.
—Ah, sí —dijo el inspector rebuscando en sus notas—. La valiosa antigüedad en la que usted vomitó, creyéndola un inodoro.
—No fue mi mejor momento, lo admito.
Lastortres cerró su cuaderno y lo apartó como si fuera un contenedor con cultivos de ántrax.
—Por favor, dígame que eso es todo.
—Más o menos.
—Más o menos —gimió—. De nuevo, se comporta como un tahúr. Y yo detesto a los tahúres. ¿Sabe por qué le consiento?
—¿Por mis hoyuelos?
—Porque hasta ahora ha acertado en todo.
Me lanzó una fotografía con la marca de agua de la Policía Nacional.
Mostraba la plaza de la catedral de Santiago de Compostela acordonada y tomada por agentes.
Todos miraban atónitos el Audi que, desafiando con idéntica audacia las leyes de circulación y de la gravedad, había ido a estamparse en el segundo piso de la fachada del Obradoiro.
—¿Tienen a Sinde?
—El deán de la catedral lo encontró colgando del botafumeiro. Quedó tan impresionado por su fervor que selló su credencial de peregrino antes de avisar a la policía.
—Excelente. ¿Y qué hay de Mallorca?
—Se les previno, pero aún así el agente al cargo se desmayó al abrir el arca. Es Piernavieja.
Demostré una gran madurez al no hacer allí mismo una celebración de futbolista.
—¿Con fractura craneal inducida por un objeto romo?
El rostro de Lastortres se encendió como si acabara de morder un manojo de guindillas.
—Esto es el colmo. ¿Me puede explicar cómo demonios sabe eso ?
Era trágico, pensé, que aquel hombre nunca estuviera satisfecho. ¿No podía sencillamente disfrutar del hecho de que yo le hubiera hecho todo el trabajo?
—Ahora no hay tiempo. Debo asistir a la boda. Pero puede decirles a sus colegas baleares que tiene el arma del crimen.
—¿Que les diga…? ¿La tengo? —dijo algo aturullado.
Un minuto más tarde los tres entramos en la desierta sala de billar. De algún punto de la residencia llegó, amortiguado, el timbre de un teléfono.
—Menuda masacre —dijo Gascón observando la pared cañoneada.
—Un término acertado, como verá enseguida.
Una a una, comencé a inspeccionar las bolas del billar.
—¿Va a decirnos qué busca?
—Imperfecciones.
—Su tacañería con los detalles me pone en una situación cada vez más comprometida, Macero.
—Paciencia, inspector. En breve tendrá tal aluvión de detalles que su escribiente sufrirá una tendinitis. Mientras tanto, alguien debe entrar en el bungalow seis.
—¿El de Maraver? Imposible sin una orden judicial.
—No ustedes. Una doncella.
—¿Cree que no se me ha ocurrido? Pero Maraver ha prohibido la entrada a todo el personal.
—Use su ingenio, hombre. Espere a que dé comienzo la ceremonia, encuentre una doncella y dígale que Maraver ha olvidado los anillos.
Un quedo «Hm» fue su manera de admitir que aquella era una idea excelente.
—¡Ajá! —exclamé separando una bola—. Esta. Veamos… esta también. Sí, y esta. Obsérvenlas con atención y verán las grietas. Cuesta verlas, pero bastan para descompensar las bolas y hacerlas despegar en todas direcciones.
A continuación, con un tirón garboso, saqué de mi bolsillo la funda de la esterilla de yoga.
—¿Esa mancha es de sangre? —dijo Gascón tensándose.
—Lo es. De influencer .
Una a una, introduje las bolas en la funda. Le di un par de vueltas para que adquiriera velocidad y, ante la mirada atónita de los policías, la estampé contra una mesita de café, que se partió en dos. Gascón dio tal respingo que perdió el bolígrafo.
— Et voilà . El arma del crimen.
En ese momento asomó por la puerta Clotilde, sujetando un teléfono inalámbrico.
—¿Alguno de ustedes se llama Rufus Garcete?
Tomé el terminal de sus manos.
—No se marche —le dije—. Ese caballero tiene un encargo para usted.
Y salí a la piscina desierta.
—Aquí Garcete.
—Llamo del laboratorio del cuerpo de bomberos —dijo una voz irritada—. Tengo una muestra de madera que creo que le pertenece. ¿Acaso es una broma?
—¿Por qué iba a serlo?
—Porque lo he analizado en busca de combustibles o acelerantes, y aquí sólo hay orina de equino.
Lancé una patada al aire a modo de silenciosa celebración.
—¿Podría ser de burro?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Es relevante para el caso.
—Pues sí, claro, podría ser de burro —rezongó el tipo—. Pero sigo sin…
—Dígame una cosa. ¿Para qué sirven un medidor de demanda bioquímica de oxígeno y radiocarbono, un laminador de uranio-torio y un dosímetro de termoluminiscencia?
Esperé haber recordado correctamente los nombres de los trastos que tanto habían impresionado a Ramajo en el laboratorio clandestino.
—Hace usted preguntas muy raras.
—¿No sabe la respuesta?
—Por supuesto que la sé. Para datar materia orgánica. Con ellos se estima la antigüedad de fósiles o restos arqueológicos. Pero sigue siendo una pregunta rara.
Le agradecí la ayuda y solté el teléfono sobre una hamaca. Luego me ajusté la corbata y, con el paso despreocupado de quien tiene dinero para el mes y el colesterol en rango, me encaminé al prado.
El plan original de los novios —casarse ante la reproducción de Abu Simbel caracterizados como Cleopatra y Marco Antonio— se había venido abajo con el gallinero.
Nuevas ideas para aprovechar tanto los disfraces como las ruinas calcinadas, tales como «La erupción del Vesubio» o «La séptima plaga de Egipto», fueron rápidamente descartadas en pos de una convencional carpa rosa, doscientas sillas de tijera y un arco floral.
Era una fiesta divina. En el aire estival flotaban trazas de lavanda, madreselva y millones sin declarar; sólo en ropa y joyas, en aquel jardín se concentraba más riqueza que en el producto interior bruto de algunas naciones.
Había, además, entretenimiento para todas las edades.
Aquí, los adultos disfrutaban de la conversación y el buen vino; allí, sus niños disfrutaban del castillo hinchable y el buen vino.
Y todos, sin excepción, degustaban conos de Albondigrillos Gourmet , que resultó ser lo que en verdad guisaban los misteriosos pucheros de Sartorius.
Cuando todos hubimos tomado asiento bajo la carpa, el oficiante —que era el notario de la comarca— se lanzó a una ardorosa homilía acerca de las ventajas fiscales de la institución del matrimonio. Mientras lo hacía, yo aproveché para pasar lista.
Estaba la pareja protagonista, cómo no; cogida de la mano y regalándose amorosas sonrisas. También Gildo Rojas y su exmujer, que se miraban con sincera hostilidad y vitriolo.
En la primera fila, Dimitrios se secaba las lágrimas.
Quizás por la belleza de la ocasión, quizás porque Little Gong acababa de clavarle un tenedor en el muslo.
Al niño lo habían vestido como un narcotraficante de Miami en miniatura y el atuendo, en mi opinión, le encajaba con demasiada naturalidad.
También en primera fila, y acompañado de Gladis, se mecía don Cecino.
A los abogados de Rojas les había llevado ocho minutos sacarlo del calabozo, y ahora preparaban un litigio millonario contra el ayuntamiento.
Cecino sujetaba su sempiterno carrito de la compra, del que aquella mañana asomaban puerros, tomates y calabacines, y se entretenía mascando puñados de confeti.
Su túnica, a la que Gladis había grapado cartas del tarot, causaba sensación entre los invitados.
En una silla un tanto retirada, pero cuyo ángulo supondría una ventaja estratégica en caso de tener que usar su teleobjetivo, se sentaba Germán Oliveri.
Localicé también, en el centro geográfico de la carpa, unos hombros huesudos cubiertos por una rebeca de punto; la señora Ramajo, todo placidez y mansedumbre, seguía la ceremonia mientras tejía.
En el borde de la carpa dos camareros, fingiendo sacarle brillo a una mesa, no se perdían detalle de cuanto sucedía; uno vestía mocasines, el otro alpargatas.
Y por último, en el extremo opuesto, Lastortres y Gascón se habían instalado en la cabina del pinchadiscos, cuyo ocupante, DJ Muelas, siguiendo una inveterada costumbre familiar, había salido disparado al primer vislumbre de agentes de la ley.
Sonreí satisfecho. Todas las piezas de aquella partida macabra habían acudido a la cita. Ya sólo quedaba, pues, esperar la señal del notario, que no se hizo esperar:
—Y quien tenga algo que decir, amigos, que hable ahora o calle para siempre.
Su sonrisa se heló al ver que me hacía con uno de los micrófonos de la mesa de sonido.
Los invitados me miraron con curiosidad, los novios con alarma; Verónica Puy con rencor mal disimulado, Dimitrios con súbito pavor; Cecino con ojos acuosos, la señora Ramajo con beatífica indiferencia; Oliveri con la tensión de un piloto de Fórmula 1 en la parrilla de salida, y del mismo modo lo hicieron Mocasines y Alpargatas.
Sólo Gildo Rojas pareció encantado de verme con un micrófono en la mano y de oír los tres golpecitos que retumbaron como aldabonazos en una noche tormentosa.
—Yo, señor notario. Yo tengo algo que decir. Pero va a llevarme un rato, así que sugiero que usted también tome asiento.