El misterio de Finca Rotunda Chapter 31
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Chapter 31

Cuando mi cerebro volvió a carburar, lo que más me impresionó fue la calidad de la falsificación. ¿Semejante acabado, y urgente? Alguien no había reparado en gastos.

Y ahora aquella pequeña obra de arte se convertía en una bola estrujada que Cazorla metía en mi boca antes de arrearme con su casco de templario.

Ding-dong. Mi cabeza convertida en un badajo. La explosión de dolor en mi frente vino y se fue, reemplazada por la de mi occipucio al rebotar contra el álamo al que Cazorla me había atado.

—Se acabaron los juegos. ¿Qué tiene contra mí ese juzgado de inducción?

En vano forcejeé contra las cuerdas. Cazorla no sabía gran cosa del Poder Judicial, pero sabía hacer nudos.

—¿Dónde has dejado a tu matón?

—Era el ujier del ayuntamiento, imbécil. Te arreó porque le dije que eras el exhibicionista pervertido que habían denunciado por la radio.

—¿Eso era un ujier? Pues sabe golpear.

—O quizás tú te desmayas con poco. Ahora habla.

—Escúchame, y trata de pensar. Sé que no es tu fuerte, pero inténtalo. Te están manipulando. Alguien quiere eliminarme y tú eres su instrumento ciego.

Pero en su estado actual Cazorla no era capaz de escuchar, mucho menos razonar. Lanzó su bota con saña y yo, con diligencia, encajé otro doblete. Luego me escupió en la cara, me clavó las uñas y me retorció el rostro. Las tres cosas me causaron abrasiones.

—Mira alrededor, gusano. Estamos solos. Tú, yo, y cuatro hectáreas de bosque en que enterrarte. Y en el coche tengo una escopeta. ¿Quieres que vaya a por ella? ¿Es así como quieres terminar? ¿Atado a un árbol, sin saber siquiera dónde estas?

—Sé perfectamente dónde estoy —dije olfateando el aire—. Esto es la alameda que rodea La Cloaca. Ese tufo no puede proceder sólo de tus axilas.

Hacerme el listo no ayudó. Me encogí anticipando otra patada, pero Cazorla se limitó a erguirse y sacudirse de la cota de malla sus propios espumarajos. Había fuego helado en sus ojos.

—Cansado de vivir, entonces. Como gustes. Vuelvo enseguida. Pero no prometo hacerlo rápido.

Tan pronto me vi solo, una risa histérica, incontenible, se apoderó de mí.

Pánico y ridículo, brotando a carcajadas.

Porque había sido yo, en la gasolinera unas horas antes, quien había llevado a Cazorla al límite.

Hecho lo cual, mi antagonista sólo había necesitado falsificar una carta para desbocarla contra mí. Así de sencillo. Así de letal.

—¿Quiere estarse quieto, maldito flan? —susurró una voz a mi espalda.

Mi omóplato crujió y aullé de dolor.

—Aguante, Sisí. A ver si Cazorla va a tener razón y es usted de desmayo fácil.

—¿Lo ha oído todo? ¿Y no se le ha ocurrido intervenir mientras esa bruja me pateaba y escupía?

—He considerado pedir la vez. Ea, ya está.

Las cuerdas se deslizaron por mis muñecas y Luna Rojas me ayudó a incorporarme.

—¿Cómo me ha encontrado?

—Lo seguí cuando salió tras Cazorla. Sabía que se metería en algún lío.

—¿Lleva un arma?

Rebuscó en su hábito de inquisidor y sacó unos grilletes oxidados.

—¿De este siglo? —especifiqué.

Alertados por un chasquido metálico, ambos nos lanzamos al suelo. Justo a tiempo. El disparo pulverizó una rama sobre nuestras cabezas.

—¿Eres tú, Cecino? —La voz de Cazorla parecía emanar de todos los confines del bosque—. Veo tu túnica. Tanto mejor. ¡Dos espantapájaros de un tiro!

Luna y yo trotamos encogidos. La espesura nos protegía, pero a Cazorla le bastaba con disparar de oído, guiada por el crujido de ramas quebradas. La siguiente bala por poco me deja un piercing del calibre 22.

—Mi vehículo está en esa dirección —susurró Luna.

El vehículo resultó ser la bicicleta de Little Gong.

—¿Cree que podrá con los dos?

—He dicho mi vehículo. ¿Acaso no he hecho suficiente por usted? Ahora búsquese la vida. Y ni se le ocurra cobrarnos por esta tarde.

Pero antes de que diera la primera pedalada, la rueda delantera voló en pedazos.

—Vamos —susurré, tirando de ella—. Intentaremos llegar a la casa de los Ramajo.

—Esa bici era vintage . Se la descontaré de sus honorarios.

Corrimos como gacelas entre los álamos, esquivando proyectiles cada vez menos certeros. De las profundidades llegaban los jadeos, tropezones, caídas y maldiciones de la alcaldesa, que parecía estar chocando contra medio bosque.

En la linde de la arboleda nos vimos enfrentados a un nuevo problema: los cien metros de prado pelado que nos separaban del caserón de los Ramajo.

—En campo abierto seremos un blanco fácil —dijo Luna—. Propongo…

Pero qué proponía, no llegué a saberlo. Una aparición se abrió paso entre dos árboles.

Cazorla parecía un trozo desprendido del bosque, un Viet Cong que llevara días arrastrándose entre pitones.

En sus ojos refulgía el fanatismo carnicero de un auténtico cruzado en pleno asedio a Damasco, y eso y una sonrisa aviesa era lo único reconocible en su rostro, por lo demás oculto tras matas de pelo ensangrentado y hojarasca.

—Tú —dijo al reconocer a Luna.

Y por un momento, pareció que se le había olvidado respirar.

Entonces vi algo moverse a su espalda. Algo que un hombre dado a creer en los milagros habría interpretado como una última oportunidad de salvación. Por un día, decidí ser ese hombre.

—Señora Puy, por favor, no dispare —le grité a Cazorla—. ¿Es que quiere más muertes sobre su conciencia? ¿No le basta con la del pobre Ramajo?

Aquello confundió a la alcaldesa.

—¿Cómo me ha llamado?

—La llamo por su nombre. ¡Puy, Verónica Puy! Se lo suplico, no derrame más sangre.

Fue una interpretación de zarzuela barata, pero no había tiempo para sutilezas. Necesitaba que todo el bosque escuchara mis palabras.

—¿Se ha golpeado la cabeza? —preguntó Cazorla.

Luna se encogió de hombros, aterrada a partes iguales por la escopeta y mi arrebato.

—Fue usted, Puy, no lo niegue. Usted encontró a Ramajo registrando el bungalow de Dimitrios y lo convenció de que las drogas que buscaba estaban en la cocina. Y el pobre hombre, en su desesperación, la creyó. Usted lo engañó. ¡Lo utilizó!

—Silencio, cretino.

—Cretino, sí. Lo dijo usted misma. ¡Que Ramajo era un incapaz! ¡Un holgazán sin carácter! ¡Un memo, un pelele, un cretino!

Cazorla alineó el ojo menos ensangrentado con el punto de mira.

—He oído suficiente. Adiós, Macero.

La detonación estremeció hasta la última hoja, hasta la última rama, hasta la última madriguera y el último nido a nuestro alrededor.

Como si la alameda, tras siglos conteniéndose, hubiera por fin dejado escapar un telúrico pedo.

Y el agujero que dejó en el torso de Cazorla, del tamaño de un platito de café, fue sorprendentemente limpio; lo suficiente, al menos, para permitirme reconocer al otro lado a la señora Ramajo, rulos en la cabeza, pantuflas en los pies y recortada en la mano.

—El chico sólo necesitaba un empujón de vez en cuando, zorra —dijo mientras el cuerpo de Cazorla se desplomaba.