El misterio de Finca Rotunda Chapter 30
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Chapter 30

A decir verdad, no me disgustaba la idea de visitar la feria medieval.

Los artículos que había leído sobre ella en la hemeroteca la describían como el segundo mayor acontecimiento de la comarca, sólo eclipsado en popularidad, afluencia de visitantes y cobertura mediática por el célebre «Hundir la flota» de Fangos del Chaparral, una tradicional carrera de canoas cuyo objetivo era cruzar un pantano mientras helicópteros de Protección Civil dejaban caer vaquillas con los cuernos untados en curare.

—¡Bienvenidos a la feria medieval de Posos del Somormujo, el segundo mayor acontecimiento de la comarca! —voceó un bardo, haciendo un floreo, mientras descendíamos del minibús—. Seré su guía esta tarde. Si se separan del grupo, busquen esta bandera.

—¿Ha dicho segundo ?

—Si alguno pierde la bandera de vista…

—Yo he oído segundo .

Durante las festividades, el pueblo quedaba cortado al tráfico motorizado, de modo que lo único que rodaba por sus calles empedradas eran carretas y toneles del agrio tintorro que despachaban, en generosas jarras de peltre, las tabernas levantadas para la ocasión.

Un invitado empujó al bardo, que desapareció bajo uno de esos toneles con un crujido de huesos cortos, y el grupo se dispersó.

La feria estaba a la altura de su reputación.

Había cuentacuentos, exhibiciones de cetrería, costillares al fuego, talleres de forja y de afilado de hacha; recreaciones de justas, danzas de la cosecha y, lista para el gran fin de fiesta a medianoche, una gigantesca hoguera coronada por un maniquí al que habían grapado una foto de Liz Taylor en Ivanhoe.

Además, aquellos buscando una inmersión extrema en la Edad Media podían acudir al tenderete de Wouter Schlaffgut, cuyo aguamiel garantizaba una conexión física y espiritual con el medievo, a base de provocar síntomas indistinguibles de los de la lepra, la peste negra y el escorbuto.

Sólo la música en vivo generaba cierta controversia. Una multitud abucheaba a tres músicos antes siquiera de que hubieran desenfundado sus instrumentos.

—¿Qué sucede? —pregunté a un vecino.

—Canting-Gas ha cancelado. Están de gira por Soria y se están forrando. En su lugar tenemos eso .

El teclista los presentó como Pulso Jazz Fusión, y pidió unos minutos para descifrar las partituras de cantos gregorianos que la concejalía de festejos les había endosado.

Salí de la plaza.

—¿Aún en el pueblo, compadre?

Era Germán Oliveri quien me hablaba. Iba disfrazado de druida, y al igual que otros compañeros de profesión, montaba guardia frente al Castaña Pilonga, donde habían levantado una pequeña tarima.

—Este pueblo le daría trabajo a cuatro como yo —dije—. A ti tampoco te faltan noticias estos días.

—Bah. Suceso aquí, suceso allá… Pero ningún hilo conductor.

—Quizás yo pueda ayudar con eso. ¿Por qué no vienes mañana a la finca?

—¿Por qué no? ¿Necesitaré una cámara?

—Tantas como puedas traer.

En ese momento distinguí entre el gentío dos ojos verdes que contenían más patologías que muchos manuales de psiquiatría. Me abrí paso hacia ellos.

—Ah, inquisidor —dije admirando el disfraz de Luna Rojas—. Un rol que le va como anillo al dedo.

—Me tomaré eso como un cumplido.

—Sólo usted sería capaz de encontrar un cumplido en lo que acaba de oír. Eso que tintinea en su bolsillo, ¿supongo que no es calderilla?

—El disfraz venía con grilletes, si quiere creerlo.

—Me cuesta, la verdad.

Los congregados se apretujaron cuando Cazorla, vestida de templario, saltó al escenario.

Micrófono en mano, se lanzó a compartir su visión de un nuevo orden geopolítico mundial en el que Posos del Somormujo brillaría como una potencia hegemónica gracias a sus grillos con denominación de origen.

Era una certeza que el mundo entero —desde Burkina Faso hasta La Roda, especificó— dependería de ellos para su supervivencia.

—Me sorprende encontrarla aquí —dije—. Pensé que estaría preparando su viaje.

—Veo que las noticias vuelan. Pues sí, tanta tragedia nos ha recordado que sólo se vive una vez.

La multitud prorrumpió en vítores. Cazorla acababa de descubrir el diseño del envase de Albondigrillos que yo había visto en la granja. Luna y yo nos unimos a los aplausos.

—¿Y ya han elegido destino?

—Aún no. Pero será un lugar idílico. Sin conexión, sin horarios…

—¿Y sin tratado de extradición?

Ella me regaló una retahíla de insultos perfectamente en sintonía con su disfraz. Pero mi atención se centraba en el escenario, donde un bruto disfrazado de verdugo, con una colilla colgando de la máscara, acababa de entregarle una nota a la alcaldesa. De repente, esta pareció tener mucha prisa.

—Bien. Pues eso. Ahora pido un fuerte aplauso para el Chief Executive Officer y Chief Visionary Advisor de Rutas Exóticas, Jacobo Maraver.

Y dicho esto, desapareció entre el gentío. Dejé a Luna aplaudiendo a su prometido y seguí a Cazorla.

No resultaba sencillo abrirse paso, mucho menos mantener localizada la melena tiesa que emergía fugazmente entre las cabezas.

Faltó poco para que la perdiera en la plaza, donde se había desatado un verdadero tumulto.

El trío había abandonado los cantos gregorianos y comenzado un recital de estándares de jazz, con resultados dispares: a las cabras pareció gustarle, pero el público, a los primeros compases de «música de ascensor», respondió lanzando piedras.

Cazorla quebró y se escabulló por un pasaje de hierba pisoteada.

Me asomé con cautela. Creyéndose sola, telefoneaba.

Yo calculaba hasta dónde tendría que acercarme para escuchar algo, cuando sentí que me tocaban el hombro.

Al girarme, encontré la máscara deshilachada del verdugo. También su colilla a medio consumir.

—¿Te gusta lo que ves, forastero? —dijo.

Me dio tiempo a maldecir aquel pueblo infecto antes de que, por tercera vez en tres días, me noquearan de un porrazo en la cabeza.

Debía de estar desarrollando cierta tolerancia, porque esta vez no me desmayé enseguida.

Floté un minuto entre la vigilia y la nada, vagamente consciente de que me lanzaban al interior de un recipiente que apestaba a vino barato.

Sólo después de unas cuantas vueltas en el tonel vacío, perdí el conocimiento.