El misterio de Finca Rotunda Chapter 29
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Chapter 29

Regresé a Finca Rotunda de un humor excelente, animado por la convicción de que se acercaba el último acto de aquel embrollo.

Pronto regresaría a la civilización, al dulce aroma de neumáticos recalentados y a la saludable película de brea que, adherida a mis bronquios, mermaría mi capacidad pulmonar.

Los ánimos también habían mejorado entre los invitados.

Estos, súbitamente deseosos de apoyar la industria cítrica local, se agolpaban en el arcén de la comarcal ante un puesto de naranjas regentado por Mocasines y Alpargatas, para a continuación, de vuelta a la piscina, abandonarse a un ibicenco frenesí al ritmo de virulentas remezclas de Pajaritos por aquí a cargo de Lord Brisket, que había sido pinchadiscos en Eton.

—¿Señor Macero? Haga el favor de acompañarme.

Quien había hablado era una joven de rostro severo y coleta tan tirante que por fuerza debía producirle jaquecas. Las palabras «Policía Judicial» en su chaqueta hacían las presentaciones por ella.

—Soy la agente Gascón. El inspector le espera en la biblioteca.

Aunque amortiguadas, las deleznables remezclas de Brisket seguían presentes en el interior. Subimos las escaleras envueltos en su halo percutor.

La biblioteca de Finca Rotunda era un despacho victoriano exquisitamente decorado, con butacones tapizados en damasco sobre gruesas alfombras de lana.

Sus fondos bibliográficos eran magros, pero escogidos: cien copias de Disrumpiendo el kebab , seis biografías de boxeadores y todos los números de la revista Interviú .

—Inspector Lastortres, he encontrado al detective —anunció Gascón.

El tal Lastortres tenía el físico de un jugador de rugby y la cara a juego. Contrariado, miraba por la puerta balconera, cuyo cristal vibraba con los bajos de la música, y su ceño se arrugaba un poco más con cada zambullida en la piscina.

Tomó asiento frente a mí, pero su mente continuaba en el balcón. Lo señaló y dijo, en el tono de quien ya no comprende el mundo en el que vive:

—En mi boda leímos unos salmos.

—Y seguro que hubo menos cadáveres —dije—. Este jolgorio ya acumula cuatro.

Gascón anotaba todo cuanto decíamos. Lastortres gruñó, y ella hizo una rápida anotación.

—Hm. Macero, ¿verdad? El señor Rojas nos ha explicado su encargo. ¿Es usted de la ciudad?

—De la cabeza a los pies.

—¿Y cuánto tiempo lleva aquí?

—Tres días.

—Yo llevo tres horas. Y en ese lapso de tiempo, distintos individuos me han ofrecido orujo de adelfa, licor de trucha, un combinado llamado Exil intérieur que incluye, no me pregunte cómo, carrilleras, y algo denominado Chupito miasma , que al parecer no debo ingerir si en mi familia hay antecedentes epilépticos.

Y yo le pregunto, Macero, ¿hay algo que no destilen?

Me distrajo momentáneamente una figura diminuta trepando por el balcón. Era Lady Brisket, que me saludó alborozada antes de encaramarse a la barandilla y saltar, encogida sobre sí misma, en una portentosa bomba.

—¿Macero?

—No sabría decirle. Pero haga lo que haga, no se acerque al arroz a la milanesa.

—Hm. ¿Ha anotado eso, Gascón?

Eso y todo lo demás.

—Y por cierto, Macero, lleva usted mal la cuenta. Ha dicho cuatro cadáveres, pero son tres: un camarero, un guardaespaldas, un aristócrata local.

—Olvida a la influencer .

Hubo un silencio. Incluso Gascón dejó de garabatear.

—De modo que la ha encontrado.

—No.

—Pero está muerta.

—Sí.

—¿Cree que la han destilado?

—No.

—Es usted elocuente como un telegrafista estreñido. ¿Por qué no construye una frase de más de una sílaba y nos cuenta dónde demonios está la chica?

Decidí complacerle. De todas formas, era el momento de empezar a levantar cartas.

—Va camino de Mallorca, en el interior de un arca del siglo XVII. Llegará mañana a la villa de Lord y Lady Brisket.

—¿La mataron ellos?

—No, los Brisket no saben nada.

Pensé que eso le impresionaría, pero Lastortres era un público difícil.

—Si sabía todo esto, ¿por qué no evitó su envío?

—Estaba ocupándome de un tiroteo en la cocina.

—Hm. Y según usted, ¿quién metió allí a la chica?

—Eso podré confirmárselo mañana.

—No me venga con evasivas. ¿Fue el jardinero filipino?

La pregunta me pilló por sorpresa.

—¿Sinde? No, no fue él. ¿Por qué? —Y entonces se me ocurrió que no lo había visto desde la mañana—. ¿Sinde ha huido?

La mirada que cruzaron los policías fue respuesta suficiente. Por poco rompo a aplaudir.

—Excelente. Excelente. ¿Se llevó un coche?

—¿Cómo que excelente?

—Por supuesto que se llevó un coche. Bien, eso hará más fácil dar con él. Escuche, inspector, esto es lo que debe hacer: alerte a todas las unidades de tráfico del país. Que sigan el rastro de destrucción de mobiliario urbano.

—¿Ese Sinde es un anarquista?

—No, sólo un peligro al volante. Cuando lo capturen, haga que lo traigan. Necesitará su testimonio.

—¿En qué está envuelto ese pájaro?

—Fraude, sospecho. Espero una llamada al respecto.

—¿De quién?

—Del laboratorio del cuerpo de bomberos.

Lastortres se reclinó malhumorado. Se palpó el costado, como si temiera el regreso de una úlcera.

—Es usted un tahúr —sentenció—. O sabe mucho más de lo que dice, o se inventa la mitad. Pues escúcheme bien: aquí ha muerto gente, y espero por su bien que no se tome nada de esto a la ligera. Si lo hace lo pagará caro, como que me llamo Ofelio Nicanor Lastortres.

Aquello me gustó. No el nombre completo, que era un espanto, sino la voluntad.

—¿Qué tal una prueba de que puede confiar en mí?

—Eso ayudaría.

—Síganme. Se lo mostraré.

Bajamos hasta la torre de regalos de boda, y señalé las dos maletas de estampado de leopardo.

—Ahí tienen. Uno de los crímenes recientes.

—No es un delito ser hortera —dijo Gascón con la presteza de quien esgrime esa defensa con frecuencia.

—Pero sí provocar incendios —dije abriéndolas.

Tres bidones de gasolina vacíos rodaron por las losas de mármol. El olor a sin plomo lo impregnó todo.

—Jesús —susurró Lastortres.

—Encontrarán las huellas de Cazorla en las maletas. Puede que también en los bidones.

—De acuerdo, Macero, usted gana. Llamaré a Mallorca. Ahora explíqueme esto.

—Cazorla mató al camarero.

—¿Por qué?

—Por error. En realidad quería matar a Jacobo Maraver.

Lastortres me miró asqueado, incapaz de decidir si prefería que mi historia fuera cierta o una invención.

—Más tarde, cuando ella y Maraver se vieron en la necesidad de deshacerse del cadáver, pensaron en el río.

—Alto ahí. Pare el carro. ¿No acaba de decir que Cazorla pretendía matar a Maraver?

—Eso es.

—Y después de matar al que no era, ¿une fuerzas con su objetivo original para deshacerse del fiambre equivocado?

—Correcto.

En aquel momento, Lastortres era un hombre en profunda añoranza de los días más simples de sus ancestros.

—Continúe, no deje que mi pasmo lo interrumpa.

—El problema es llegar hasta el río. En las noches de fiestas patronales, las comarcales están llenas de controles de alcoholemia.

No es un buen momento para conducir con un cadáver mutilado en el maletero.

Y a Cazorla se le ocurre que lo que necesitan es una distracción; una emergencia que saque a todos los efectivos de la carretera.

—Un incendio en el ayuntamiento —musitó Gascón.

Los policías adivinaron el resto: aquella noche, la alcaldesa convirtió su despacho en un ninot y regresó zumbando a la finca, donde dejó los bidones.

Ella y Maraver esperaron a que todos los efectivos convergieran en el ayuntamiento y entonces, con las carreteras expeditas, alcanzaron el río sin incidencias.

—Para Cazorla, el incendio presenta una ventaja adicional: podrá usarlo para incriminar a su rival político, un tal Cecino.

Mientras Lastortres observaba los bidones —y el mundo— con franca repulsión, Gascón revisó sus notas.

—¿Pero por qué lastrar el cuerpo para lanzarlo a un cauce de dos palmos? —dijo.

—Porque esperaban pleno caudal. Tienen que entender que ninguno de esos dos imbéciles tiene la más remota idea de lo que pasa en este pueblo, mucho menos en la comarca circundante. Para cuando alcanzan el río, están tan exhaustos que sólo desean librarse del cuerpo.

Permanecimos en silencio, escuchando el rasgar del bolígrafo y los chapuzones en la piscina.

—Hm. Mucha historia, poca prueba.

—Lo sé. Mañana tendré más. Hablaremos entonces.

—Macero.

—¿Sí?

—¿Hay alguien inocente en esta finca?

Lo pensé unos segundos.

—No que yo haya conocido —respondí honestamente.

Salí al jardín, donde por poco me arrolla una alegre procesión de caballeros andantes, damas engalanadas, arqueros, druidas y abades. Seis pajes, en la puerta de sus respectivos minibuses, los recibían a bordo con reverencias.

Veloz como el lengüetazo de un camaleón, me hice con un plato de croquetas antes de que Dimitrios lo retirara de un poyete.

—¿A dónde van los fuenteovejunos? —pregunté.

—A la feria medieval. Una vez allí, el señor Rojas planea sorprenderlos con el anuncio de su nueva línea de alimentos.

—Suena divertido. ¿Usted no va?

—Me gustaría. Pero debo supervisar la preparación del equipaje de los novios para su luna de miel.

—Creí que la habían fosfuesto —dije empujando croquetas contra mi glotis como si planeara donar mi hígado a la industria del foie gras .

—Todos lo creíamos. Pero han cambiado sus planes. Parten mañana, tras la ceremonia. En cuanto a la feria medieval, se la recomiendo encarecidamente. Sobre todo la recreación de la pasión de Juana de Arco, que es de un realismo sublime.

—No me lo ferdería for nada del mundo —dije regándolo de migas.