Chapter 28
—¿De dónde dice que llama? —esputó Maraver con tal fiereza que la bilis por poco me salpica al otro lado de la línea.
—DVC. El Depósito de Vehículos de la Comarca —respondí enmascarando mi voz—. Acaba de entrar un Porsche matriculado a su nombre.
—¡Sí! Sí, gracias al cielo. Me lo han robado hace dos horas. Probablemente la chusma lumpen que me está reformando el local.
—Lo dudo. Tenemos a la ladrona, la conocemos bien. Roba coches y los alquila como urinarios en poblados de toxicómanos. Su Porsche ha debido ser popular, porque está anegado. —Conté hasta diez—. ¿Sigue ahí?
—¿Cuánto tardarán en desinfectarlo?
—Esto es el depósito, señor, aquí sólo se lo guardamos. Como mucho le cubro las ventanillas rotas, para que no aniden mapaches. Tenemos una colonia fuera de control a la que encanta el cuero. ¿Sigue ahí?
—A duras penas. ¿Cuándo podré recogerlo?
—Por eso le llamaba. La científica necesita retenerlo unos días.
—¿Para desinfectarlo?
—Buen intento. No, creemos que han atropellado a alguien con su coche. La luz infrarroja ha revelado sangre en el parachoques.
Casi pude escuchar su pulso desbocándose.
—En el parachoques —repitió con voz estrangulada.
—Eso es. Pero usted no se preocupe por nada. Si han implicado su coche en un atropello, lo sabremos.
Y con esto, el anzuelo estaba lanzado. Sólo quedaba por ver qué salmones traía el sedal.
El primero de ellos, Maraver, no se hizo esperar. Abandonó Rutas Exóticas a lomos de un vespino que escupía humo negro cual dragón asmático. Le di una buena ventaja, arranqué el Audi y lo seguí durante veinte minutos a una trepidante velocidad de cuarenta kilómetros por hora.
La procesión del santo vespino finalizó en una solitaria área de servicio compuesta por una gasolinera, un bar llamado El descanso de l califa y una explanada para estacionar camiones que desde hacía años sólo usaba una familia de coyotes para enterrar sus presas.
Yo pasé de largo, di media vuelta y estacioné en el taller mecánico al otro lado de la carretera, Automoción Mejías .
Un aprendiz silbó al ver el Audi.
—¿Quinientos caballos? —dijo.
—No, gracias. No sé montar. ¿Quieres ganarte una propina, chico?
—¿A cambio de qué?
—¿Ves aquel fantoche del vespino? Necesito saber con quién se reúne en el bar.
El chico soltó una risita.
—¿Ese pringado ha estampado el Porsche?
—Primero eso, luego dejó que se lo robaran. ¿Lo has visto antes?
—Ajá. Este miércoles, cuando entré a merendar.
—¿Con quién estaba?
—Con la misma persona que hoy. ¿No lo huele?
El chico tenía razón. Al olor a caucho y aceite requemado del taller, al de los tubos de escape de la carretera, al de la tierra seca de los alrededores, a todos ellos se imponían efluvios de laca de pelo.
—Interesante. Y el miércoles, ¿escuchaste su conversación?
Me miró de arriba a abajo.
—¿Es de la prensa, o algo así?
—Algo así.
Él se abrió el mono, revelando una chapa que decía «Vota Cecino», y me guiñó el ojo.
—Está bien, pero no cite mi nombre. Pidieron champán y ostras. Como no había, se contentaron con anís y patatas onduladas. Debió gustarles, porque se bajaron botella y media.
—¿Alguna idea de qué celebraban?
—A saber. La urraca sacaba papeles y él los firmaba.
Hice un rápido cálculo mental. Sí, las horas encajaban.
El chico me permitió esperar en el taller, y yo le permití curiosear bajo el capó del Audi.
Como se acercaba una de las seis pausas diarias a las que tenía derecho por contrato —un documento redactado por él mismo y entregado a firma, astutamente, mientras el propietario, el señor Mejías, se recuperaba de uno de sus frecuentes comas etílicos—, le ofrecí unas monedas para que se comprara una merienda en el bar.
—¿Qué día es hoy? —dijo él.
—Viernes.
—Entonces paso.
Sus reservas estaban justificadas. Según me contó, El descanso del califa se regía por un elástico sistema de precios que alcanzaba su pico el sábado y decrecía día a día, a medida que la roña se iba acumulando en la vajilla, hasta llegar al viernes, cuando, después de la discusión de rigor entre empleados y propietaria (la señora Mejías), esta daba su autorización para poner el lavavajillas semanal.
El primero en salir fue Maraver. Con el rostro desfigurado por la tensión, saltó a su motillo y se alejó pedorreando.
Entonces crucé la carretera, silbando como un hombre sin una sola preocupación en la vida, y esperé apoyado en un minúsculo descapotable color turquesa.
Ojalá hubiera llevado conmigo una cámara para retratar la descomposición del rostro de Cazorla cuando me vio; sentí que había empezado mi etapa cubista.
—No se moleste —dije al ver que echaba mano de su móvil—. Abbott y Costello están ocupados. Molín los necesita.
Sus ojos se preguntaban a qué sabrían mis vísceras.
—Está jugando con fuego, gusano.
—Interesante elección de palabras, viniendo de la alcaldesa que quemó su propio despacho.
Esto la dejó clavada en el sitio. Pero se repuso con rapidez.
—¿Ha venido a frotar su culo contra mi cabriolé?
—Más bien contra su futuro político. ¿Sabe Maraver que fue usted quien mató a su amante?
—Demasiado licor de ortiga, Macero. Sufre usted alucinaciones.
Lograba sonar despreocupada, pero de su rostro se iba apoderando la alarma.
—Quizás. O quizás el miércoles por la noche se coló usted en el bungalow seis, llegó hasta la cama y asfixió al hombre tendido sobre ella. Y sólo al encender la luz se dio cuenta de que no era Maraver.
Los pulmones de Cazorla empezaron a pitar.
—¿Y por qué haría algo así? —siseó.
Perfecto, pensé. La bruja quería averiguar cuánto sabía yo. Decidí dárselo bien doblado y envuelto para regalo.
—Control de daños. Porque aquella tarde, después de ponerse finos de anís para celebrar la concesión de las ayudas europeas a Rutas Exóticas, Maraver y usted embisten algo. Y como las alimañas desalmadas que son, se dan a la fuga y acuerdan no volver a hablar del tema.
»Pero usted se queda intranquila. Porque ahora su carrera, su futuro, todo está en manos de un fatuo promiscuo. ¿Quién sabe qué confesiones hará en sus soirées tirolesas? La idea es inaceptable; la conclusión inevitable: Maraver debe desaparecer.
—Ridículo. Acaba de verlo aquí. ¿Cree que merendaría conmigo si yo hubiera matado a su amiguito?
—Ah, pero es que él no sabe que fue usted.
Lo que yo creo que pasó es esto: cuando usted se da cuenta de que ha estrangulado a otro, su primer instinto es largarse; dejarle el muerto a Maraver.
Todos sospecharán de él. Pero cuando la policía lo interrogue…
¿cuánto tardará en venirse abajo y soltar lo del atropello?
»Por eso no puede largarse. Lo que hace, lo único que puede hacer, es sentarse a esperar a Maraver.
Y luego, con admirable sangre fría, le suelta su cuento de hadas: «He vuelto a por el cadáver», le dice.
«Y no se me ocurría otro sitio donde esconderlo».
Y con Maraver a punto de caramelo para el infarto de miocardio, le explica el sentido de la vida: la policía encontrará rastros de parachoques naranja en el cuerpo atropellado, y eso será la perdición de ambos.
¿Es que no lo ve? No estarán a salvo hasta que el cuerpo desaparezca.
»Y Maraver, que además de tener el coeficiente intelectual de una banqueta, está en estado de shock, le cree. Sólo Dios sabe qué explicación planeaba darle cuando encontraran lo que dejaron en la carretera tras darse a la fuga.
—¡Ese maldito peatón se abalanzó sobre nosotros! —aulló Cazorla, abandonando todo disimulo.
—No era un peatón. Era una bala de paja. Arrojada por un niño.
—Gusano insolente, le digo que ningún conductor habría podido reaccionar a… ¿Qué ha dicho?
—Little Gong. Un fardo de paja. Una travesura.
La mirada de Cazorla se vació, abrumada por la ola de calamidades desencadenada por una trastada.