El misterio de Finca Rotunda Chapter 27
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Chapter 27

A la casa de los Ramajo se accedía a través de un holocausto nuclear que alguien, algún día, había llamado jardín.

En el viento flotaba toda la pestilencia de La Cloaca, y a ella achaqué el estado catastrófico de la propiedad.

El timbre, apretado repetidamente, sólo expulsó una cría de alacrán.

La aldaba funcionó, pero a costa de una peligrosa conmoción: la vibración se propagó por la fachada osteoporósica, sacudiendo los puntales que la sustentaban.

Alarmada, una colonia de palomas huyó del ático poniendo, en su confusión, rumbo a La Cloaca; una a una, cayeron inertes sobre la alameda.

Debían haber estado esperando, porque la puerta se abrió y allí estaban, escopetas en ristre, mis buenos amigos Mocasines y Alpargatas.

Su expresión fiera cambió a una de perplejidad.

Apartándolos como una cortina, Venancio Molín asomó su boquilla de marfil y me miró con una mezcla de enojo y admiración.

Había cambiado las chorreras por un conjunto de camisa de estampado reptiliano, corbata dorada y chaleco de pana negro.

Un atuendo con el que tanto podía ordenar tu ejecución como cantarte una rumba.

—Eres un mequetrefe persistente. ¿Qué haces aquí?

—Ramajo ha muerto —dije.

Su boquilla dejó de menearse.

—Jesús. ¿Con violencia?

—Con mucha.

—¿Ha oído eso, señora? —dijo girando el cuello—. Han dejado frío a su chico.

El salón era una visión deprimente. Había demasiados espacios vacíos, demasiada humedad, demasiada corriente; demasiadas baldosas rotas y siluetas de cuadros, presumiblemente empeñados para comprar el queroseno que alimentaba la estufa cuyo pestazo, al menos, atenuaba el que se filtraba del exterior.

La anciana atada a una silla no alegraba precisamente el cuadro.

—Tú y yo, media ración —estalló la mujer—. Tú y yo y dos estoques, y esta noche cenamos pincho moruno de micropene.

Mocasines y Alpargatas no se alegraban de verme, y lo dejaron bien claro zarandeándome a placer mientras me cacheaban.

—Hay algo que no entiendo —dije—. ¿Vosotros dos trabajáis para Cazorla o para Molín?

—Son mis fijos discontinuos —dijo este—. Cuando no los necesito son libres de buscarse sus bolos. ¿A qué has venido?

—Sé quién tiene tu droga.

—Eso es un buen comienzo. ¿Quién?

—Te lo diré mañana.

—Esa es una continuación muy pobre.

—Lo tomas o lo dejas. Calculo que ahora mismo tienes un agujero de unos dos kilos. Si me escuchas, no sólo recuperas la mayor parte; además, triplicas tus ingresos.

—Triplico —repitió él impasible.

—¿Puedo freír ya a este bufón, jefe? —dijo Alpargatas.

—Piensa, Molín. Esa finca está llena de ricos en dique seco. No hay huerta más fértil. ¿Quieres cobrarles tres, cuatro veces el precio de calle? Lo pagarán.

Algo se agitó en los ojos de Molín.

—Continúa.

—Debes correr la voz de que el servicio de habitaciones ha cambiado de teléfono. A partir de ese momento necesitarás telefonistas. Sólo asegúrate de vender fuera de la finca.

—¿Por qué?

—Rojas no quiere negocios en su lado del muro. No le busques las cosquillas. Mira, te quedan dos días. Si te das prisa, ganarás lo que esperabas ganar en seis.

Reconocí en él la mirada del contador de cartas que se da cuenta de que, después de todo, no lleva una mano tan mala.

—Y no sólo eso —añadí—. Mañana a mediodía te entrego al ladrón. Junto con lo que quede de la mercancía.

El rostro de Molín revelaba una batalla interior. Empezaba a gustarle mi idea; y eso era algo que le desagradaba.

—¿Cómo estás enterado de todo esto, soldado? ¿Ramajo se fue de la lengua?

—Lo he deducido. Puedes decirme si he acertado: cuando Ramajo se entera de que la finca acogerá una fiesta con ricos extranjeros, se le ocurre que aquel que suministre la gasolina hará su agosto. Tiene la idea, pero no los fondos, porque ha perdido hasta la camisa en el fiasco del boutique hotel .

—Le advertí que esas pijadas no funcionan.

—De modo que recurre a ti, su viejo amigo y expropietario de cierto establecimiento que solía frecuentar.

—Tápese los oídos, señora. Vamos a hablar de las proclividades de su hijo.

La anciana levantó la cabeza y continuó a voces la admonición que había estado musitando.

—…y después voy a coger ese mismo desfibrilador y a conectar las palas a tu picha. Y te la voy a dejar tan atrofiada que si un día te echas crema antiacné sobre ella, desaparecerá para siempre; tan raquítica que en días de frío tendrás que hacer el vacío para que asome al…

Mocasines la amordazó.

—Supongamos, hipotéticamente, que tienes razón —dijo Molín—.

Que aunque mi buen juicio me decía que no hiciera negocios con Eugenio, en esta ocasión decidí ignorarlo.

Supongamos también que conseguí los dos ladrillos y dejé la distribución en sus manos.

Para eso, Ramajo necesitaba alguien en la finca. ¿Quién?

—Yo sólo sé que Ramajo perdió la droga.

—¡Nadie pierde esa cantidad de droga! —estalló—. Y pensar que lo consideraba un amigo.

—La perdió, Molín. Y ese fue su final. Estaba tan desesperado que, cuando esta tarde alguien le contó el cuento de que la droga estaba en las cocinas, custodiada por uno de los matones de Rojas, fue a cruzar cuernos con él.

Molín me miró escamado.

—¿Y ese alguien es…?

—Verónica Puy. Está obsesionada con averiguar qué esconde su exmarido en las cocinas; Ramajo fue su marioneta.

Se hizo un silencio, roto al cabo de un minuto por el susurro de Alpargatas:

—¿Entonces, no es un actor?

—¿Quién tiene mi mercancía, soldado? —dijo Molín al fin.

Las circunstancias, por así decirlo, no me favorecían. Estaba desarmado frente a dos escopetas recortadas y un capo low-cost que no habría dudado en pagarme el hospital para poder seguir pateándome al día siguiente. Lo sensato, desde todo punto de vista, era desembuchar.

—Te lo diré mañana.

Molín tomó la recortada de Alpargatas y me plantó el cañón en la frente. Olía a acero requemado y cordita. Me alegré de no haber abierto un plan de pensiones; parecía que no iba a necesitarlo.

—Mi buen juicio me dice que no te vuele la cabeza llevando una camisa nueva. Pero creo que lo voy a ignorar.

—Tu buen juicio debe sentirse muy sólo.

No sé cuánto tiempo nos sostuvimos la mirada, pero sé que a mí se me hizo mucho más largo que a él. Terminó por levantar el cañón.

—Tu idea del servicio de habitaciones es buena, y eso te da un pase. Pero si me toreas con lo de mañana, necesitarás un sacerdote.

—Por el momento, sólo necesito dos cosas: primero, oxígeno hasta mañana. Tus chicos se dedican a su huerta, yo a la mía. Y nada de bolos para Cazorla hasta entonces.

—Siempre y cuando los clientes vengan. ¿Y la segunda?

—Necesito que robéis un coche. Dejadlo fuera de circulación un par de días. Después es vuestro, si os va el naranja.

Molín entrecerró los ojos.

—Eres un pájaro curioso, Macero.

—¿Eso es un sí?

Cerramos el trato con un apretón de manos, y los tres matones se largaron. Esperé a que su coche se hubiera alejado antes de desatar a la señora Ramajo.

—¿Quiere que llame a la policía, señora?

—No me gusta la policía.

—Imaginé que diría eso.

—¿Es verdad, entonces? ¿Eugenio está muerto?

Asentí.

—Qué desgracia. La desesperación lo llevó a asociarse con esa chusma.

—Ahórreme el teatro. No fue la desesperación.

Fue usted. Su hijo carecía del nervio o la iniciativa para meterse en un asunto así.

Era un idiota manso, probablemente el fruto de un par de rondas de endogamia desganada.

Alguien de la finca tuvo la idea de la droga y vino aquí en busca de financiación.

Y usted mandó a su hijo a ver a Molín. Y qué quiere que le diga; por cómo ha apretado esos nudos, yo diría que Molín también lo sabe.

La vieja no se inmutó. Forcejeó con los bajos del sofá hasta sacar un bulto alargado envuelto en paños.

—El chico… Bueno, sí, a veces necesitaba un empujón.

—Pues enhorabuena, porque esta vez lo ha empujado usted de lo lindo. Directo a un tiroteo. Adiós, señora.

—Verónica Puy…

Sus palabras me detuvieron en el umbral. La mujer comprobaba los mecanismos de una escopeta recortada.

—Ese es el nombre de la zorra, ¿no? ¿Puy?

—Lo que ha oído son mis conjeturas. No tengo pruebas, ¿entiende? Antes de hacer nada drástico, haga sus propias averiguaciones.

Me dedicó una sonrisa angelical.

—Averiguaciones. Por supuesto. Hasta entonces no dispararé ni a una mosca.