Chapter 26
Los Rojas actuaron con rapidez. Tras un breve conciliábulo que incluyó a Lambrollo, todo el personal de cocina fue llamado al despacho del patriarca.
El agente, por su parte, precintó la cocina y se encargó de extender el rumor de que cuatro bombonas de nitrógeno líquido, adquiridas para la confección de gellatos , habían estallado.
Yo vagué sin rumbo por la residencia. Me sentía noqueado y vacío, como si algún dios hípster, confundiéndome con su chai-tea-latte , me hubiera sorbido la energía con su pajita biodegradable.
No lograba encontrarles el sentido a las acciones de Ramajo.
¿Por qué asaltar la cocina? ¿Qué le importaba a él el menú de bodas?
A menos, claro, que creyera que allí dentro guardaban otra cosa; algo por lo que valía la pena convertir la finca en O.K. Corral.
Acababa de desplomarme en un banco del vestíbulo cuando una doncella me trajo una botella y un vaso.
—De parte de Dimitrios. Me ha pedido que le diga que no es local ni artesano.
—Aleluya.
—Y tanto. Es el que guardan bajo llave.
—¿Quiere un trago, eh…?
—Clotilde. Bueno, si insiste. Pero no tengo vaso.
Corrió hasta la gran escalera curvada, en cuyo centro se acumulaba una tonelada de objetos en los que yo, perdido en mis pensamientos, no había reparado.
—¿Qué demonios es eso? —dije, aunque conocía la respuesta.
—Regalos de boda, señor.
Era una monstruosidad. Un grotesco Teide que se elevaba hasta rozar los candelabros del techo y por cuyo interior, en lugar de lava, fluía renta disponible.
Reconocí cajas de sombreros, de relojes y de joyas; floretes, palos de golf y parafernalia de esquí; dos motos acuáticas, un rickshaw de tracción humana con látigo incluido, un palanquín con asiento de masaje, un Ford Mustang autografiado por Vin Diesel; ropajes de coronación, un vale por cien años de crionización, tapices venecianos, armaduras japonesas y lo que esperaba que fuera una reproducción de Las Meninas ; también una fuente de jardín que simulaba una manada de orcas; bustos de Aristóteles, Marco Aurelio y Vicente del Bosque y, cómo no, el caballo disecado.
Oculto a la vista, del interior de la pila llegaban las protestas de un cachorro de tigre.
Clotilde se agenció un casco de armadura japonesa y traspasó un quinto de botella, que despachó de un trago. Mientras corría a devolverlo a su lugar, unos pasos repiquetearon en el mármol de la escalera.
—Ah, Macero. Justo el hombre a quien quería ver —dijo la última voz que yo deseaba escuchar.
Jacobo Maraver instaló su trasero perfumado junto a mí. Su colonia no olía, mordía. El busto de Aristóteles lucía ahora un casco samurái, y Maraver me sorprendió mirándolo. Sonrió.
—Espectacular, ¿verdad? El monte del afecto, así lo llamo. Me emocionan todas esas muestras de cariño. Incluso las más… proletarias.
Señaló con aprensión dos maletas de plástico fino con estampado de leopardo, que no terminaban de encajar en el rutilante montón.
—Santo Dios, si hasta parecen usadas. Pero seamos comprensivos con el servicio. He oído que entre ellos se regalan baratijas. No me sorprendería encontrar una teja pintada.
—¿Ha venido a hablar de maletas? —pregunté de mala gana.
—No. He venido a invitarle a una visita guiada al frontón de Posos del Somormujo. Don Cecino será su guía. Los autobuses salen en diez minutos, le he reservado un asiento.
—No, gracias.
—¿No? Pero es un lugar de relevancia histórica. Pocos saben que fue allí donde se negoció la Paz de Versalles. Y todos los invitados van.
—Haga lo que tenga que hacer y váyase al cuerno. Porque supongo que durante ese tiempo retirarán los cadáveres, ¿no?
—Vamos, ¿a qué ese tono resentido? Sólo pedimos discreción hasta la ceremonia de mañana.
Mírelo de este modo: gente que es alguien ha venido desde muy lejos para disfrutar unos días.
¿Sería justo aguarles la escapada porque un patán ha sufrido un episodio?
Al personal de cocina le hemos dado un bonus en metálico, y listos.
Consideré seriamente darle un puñetazo en la nariz, pero sabía que sólo serviría para que Juberías, Hígar y Asociados me demandara por el importe de un traje y una clínica que yo no podía pagar.
—Me doy por informado. Ahora corra a contárselo a su suegro. Quizás le dé una galletita.
Maraver se largó, y con él parte de su colonia.
—Ya puede salir —dije.
De detrás del caballo disecado salió Clotilde. Recuperó el casco, en el que serví otro lingotazo.
—Dígame, Clotilde. Si quisiera confirmar ciertos rumores sobre Maraver, ¿con quién debería hablar?
—No se moleste. Lo que quiera que haya oído, es verdad.
Incluido lo de los trajes tiroleses. A menos que el administrador, la cocinera, el ama de llaves y el chófer lleven años mintiendo en la cena.
Fuera de la finca puede preguntarle a la boticaria o a esos jornaleros búlgaros que vienen para la temporada de la fresa.
O vaya a ver al doctor Fabra, que les trata las venéreas a todos ellos.
—Eso es una lista larga.
—¿Le parece? Pues es sólo el principio. Si quiere la foto completa, hable con Venancio Molín. Regentaba cierto establecimiento , ¿sabe? Maraver era cliente platino. También Ramajo, el pobre. Oiga, ¿qué es ese olor?
Yo había empezado a preguntarme lo mismo, ahora que la colonia de Maraver se iba disipando.
—Gasolina. El Mustang debe perder combustible. No se preocupe por eso. —Le tendí la botella—. ¿Cree que Maraver pudo tener un lío con la influencer ?
—¿Con Lachantiyí? Imposible —dijo ella categórica.
—¿Por qué?
—Bueno, por tres motivos. Primero, la chica era estúpida. No es que con Maraver eso sea un impedimento, pero esa chavala juega en su propia liga. Quiero decir que vendió su colección de vídeos de Benny Hill porque le costaba seguirlos.
—¿Segundo motivo?
—Era un auténtico dolor de muelas. Hace poco fue a hacerse una colonoscopia y exigió que le sacaran el lado bueno, ¿puede creerlo? Bueno, pues insatisfecha con el resultado, demandó al hospital.
—¿Y el último?
—Luna y ella se detestaban. Y este es el motivo principal, en realidad.
Hablo de odio visceral, desde no sé qué concurso de belleza.
Y Maraver lo sabía. A la señora le traen sin cuidado los escarceos de ese gañán, sabe Dios por qué, pero esto habría cruzado todas las líneas.
Luna habría cancelado la boda. Y créame, conozco a ese pájaro; sólo hay una cosa que le guste más que un polvo raruno, y son los millones del viejo Rojas.
Desde luego, no podía culpar a Clotilde de exceso de reserva. Aunque había un detalle que no tenía ningún sentido.
—¿Por qué contratarla, entonces? —dijo Clotilde, anticipándose a mi pregunta—. Bueno, con la edad se vuelven sentimentales.
—¿Quiénes?
—Los hombres. El señor Rojas. Fue él quien insistió en contratarla. Se lo confió a la cocinera. El muy tonto tenía la ilusión de que, tras décadas de rencor, esas dos pudieran por fin hacer las paces.
En ese momento la pared retumbó como embestida por una cabra montesa, y el rostro contraído de Dimitrios asomó por una puerta.
—Ah. Clotilde. Otro agujero en la pared de la sala de billar. Traiga una escoba, rápido.
La chica desapareció y yo levanté mi vaso hacia el griego.
—Le agradezco el trago. Y brindo por sus agallas.
—¿Agallas?
—No sea humilde, hombre. El modo en que se adentró en esa cocina… No dudó. Fue admirable.
—Nada digno de mención, señor. Sencillamente, a los Rojas se lo debo todo.
La experiencia me ha enseñado que existen tres razones por las que un tipo corriente y desarmado se mete en un tiroteo: o bien le pagan por ello —ese había sido mi caso—, o bien tiene ganas de morir, o lo mueve la desesperación.
Las atribuciones de Dimitrios no incluían llevarse una bala por su patrón, y yo no creía ni por un segundo que su lealtad llegara tan lejos.
Tampoco parecía cansado de vivir. Quedaba, pues, la intrigante tercera posibilidad: ¿qué tormento consumía al impávido griego?
Me sacó de mis elucubraciones una vibración en el bolsillo. Era el teléfono móvil de Ramajo. Y quien llamaba ni siquiera esperó a escuchar mi voz.
—¿Dónde está la mercancía, Eugenio? Te lo pregunto por última vez.
Reconocí el graznido dolorosamente agudo de Venancio Molín.
—Estoy trabajando en ello —dije con cautela, imitando lo mejor que pude la cadencia arrastrada de Ramajo.
—No cuela, especie de… ¿Qué clase de hombre eres, eh? Te doy un trato de amigo, ¿e intentas robarme?
—¿Dónde estás? Hablemos.
—¿Ha escuchado eso, señora? —gritó Molín—. Su hijo quiere hablar.
En segundo plano, una voz frágil pero furibunda replicó:
—Desátame y devuélveme mi recortada, medio hombre, y a ver cuánto tiempo conservas los huevos en la bolsa.
—Admirable mujer. Aquí te espero, Eugenio. Tienes una hora. Y más te vale no aparecer de vacío, si no quieres que lo que queda de la familia Ramajo sirva de alimento a los peces de vuestro estanque.