Chapter 25
La placa de latón con la inscripción «E.
Dimitrios» reflejaba, grotescamente distorsionados, los rostros de los congregados en la puerta del bungalow.
El hombre en persona estaba plantado en mitad de su salón, solo, contemplando patidifuso el saqueo de su hogar.
No quedaba un mueble en pie, un libro entero, una lámpara sin arrancar o un cojín que no sangrara espuma.
—Aficionados —dictaminé—. ¿Ve algo que falte?
El griego señaló con desamparo los restos del huracán, preguntándome sin palabras cómo demonios quería que supiera si faltaba algo en aquella sopa minestrone.
—¿Se le ocurre qué podían buscar? —insistí.
—Pregúntele a ellas .
Tras el sofá se parapetaban docenas de gallinas, conmocionadas por la reciente ola de sobresaltos. Sintiendo que se hablaba de ellas, escondieron las cabezas.
El asaltante no se había contentado con el mobiliario, llegando a arrancar trozos enteros de encalado. Y con sus manos desnudas, a juzgar por los rastros de sangre. Vi furia chapucera en todo aquello. Arrebato. Vi desesperación. Vi…
—Yo lo vi todo —anunció una voz ufana a través de la ventana.
Era Verónica Puy. Sujetaba una maleta de cuyo interior llegaban tintineos de licorería.
—¿Qué vio, señora Puy?
—Todo. Vine al bungalow seis a recoger unos efectos personales que Jacobo había dejado para mí en el porche, y escuché jaleo.
Me asomé a esta misma ventana y la vi, Macero.
Como lo estoy viendo a usted ahora. Era Luna.
Se ha vuelto loca, no hay otra forma de describirlo.
Hablaba sola. Soltaba espuma por la boca.
Mordió a una gallina. ¿No apunta mi declaración?
—Inténtelo con la policía. Pero le advierto que su hija lleva media hora dirigiendo una subasta ante una treintena de testigos.
Le cerré la ventana en la narices. Cuando me giré, Dimitrios tenía el rostro descompuesto. Tuvo que agarrarse a una silla para no caer.
—La subasta —susurró—. Habrá terminado ya. Debo…
No terminó la frase. De pronto las costuras del aire se rompieron y restallaron en nuestros tímpanos y nuestras costillas. Hasta los grillos enmudecieron, sobrecogidos por los cuatro disparos cuyos ecos informes sobrevolaron la finca como tinta escupida sobre aguas turbulentas.
—Las cocinas —exclamamos a la vez.
En el alfabeto morse, la letra zeta la componen los pulsos largo, largo, corto, corto.
Tal es la secuencia que finaliza el alfabeto, y también la que estremeció Finca Rotunda en aquella tarde seca y sofocante; dos detonaciones a modo de obertura, espaciadas entre sí por un instante de duda, de pasmo, quizás de perplejidad; seguidas, a modo de precipitado grand finale , de otras dos en rápida sucesión.
El personal de cocina huía despavorido. Agarré al chef Sartorius, que me miró con ojos enloquecidos.
—¿Queda alguien dentro?
Negó con la cabeza y se lanzó en plancha tras un rosal.
Dimitrios y yo nos pegamos a la puerta batiente. Del interior no llegaba ni un sonido.
—Cuidado ahí dentro —susurré—. Podrían dispararnos.
Entramos de puntillas.
—¿No saca su arma?
—No llevo. —Y ante la mirada de decepción y alarma del griego, me sentí en la necesidad de añadir—: Mi licencia caducó.
—Ni licencia de armas ni de conducir. ¿Tiene al menos la de detective en vigor?
Preferí no entrar en minucias administrativas.
Y así, armados con lo que encontramos —Dimitrios con un cuchillo de carnicero y un rodillo, yo con un colador—, alcanzamos la cristalera divisoria.
Propuse por gestos que entrara él primero; que yo me sacrificaría y cubriría la traicionera retaguardia.
Él, con mímica impecable, me mandó al carajo. Pasé yo primero.
En el interior del claustro, ajenos a la tragedia circundante, los cinco pucheros de barro borboteaban con parsimonia.
Y no eran lo único que borboteaba. De la garganta descerrajada de Eugenio del Ramajo escapaban burbujas carmesís.
Estaba sentado contra la pared, con las piernas extendidas, donando sangre al linóleo desde sendos agujeros en cuello y abdomen.
Apretaba un puño cerrado contra su pecho.
Sus últimas palabras —estertores ininteligibles— coincidieron con nuestra llegada. Después, su cuerpo se distendió, y de su puño abierto rodó un grillo aplastado.
Un segundo montículo yacía en el umbral de la misteriosa cámara frigorífica. Era Rondo, despatarrado e inmóvil, con los ojos muy abiertos, como si incluso acribillado quisiera dificultar la entrada a extraños.
Pero a pesar de sus esfuerzos, la puerta había sido abierta.
—¿Qué son esas gavetas? —dijo Dimitrios.
—Grillos. Pero olvide eso ahora. Compruebe su pulso.
Mientras tanto, yo registré a Ramajo. Encontré su teléfono móvil, que me embolsé un instante antes de que el griego se girara y sacudiera la cabeza, apesadumbrado.
Y como ya nada podíamos hacer por ninguno de aquellos dos desgraciados, nos sentamos a esperar.
Pasado un tiempo prudencial entró el cabo Lambrollo, seguido de una figura que traía consigo el fulgor de constelaciones: refulgían sus gemelos, también el pasador de su corbata; refulgía cada botón de su americana de verano, la correa de su reloj, los surcos engominados en sus sienes, las hebillas de sus zapatos y hasta el sudor de su nariz.
Yo había visto ciclistas menos reflectantes que Jacobo Maraver.
Ignorando a los presentes, vivos o muertos, el futuro yerno de Gildo Rojas corrió a inspeccionar los pucheros.
—Bendito sea Dios —dijo aliviado—. Si llega a pasarle algo al guiso, no sé qué habríamos hecho.