El misterio de Finca Rotunda Chapter 24
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Chapter 24

Resultó que los nubarrones de la mañana iban de farol y todo cuanto habían descargado eran sombras y apatía. Hacia mediodía un viento calentorro los había despachado, de tal suerte que para cuando Rojas y yo nos separamos ante la residencia principal, Finca Rotunda volvía a ser un tostador.

El jardín ofrecía un espectáculo propio de un sanatorio de tísicos.

Los que no dormitaban sobre colchonetas medio hundidas en la piscina, languidecían en tumbonas mordisqueando tostas de aguacate.

Ninguno hablaba. Escuchaban la música de la depuradora, de los grillos, de los sorbidos de pajitas contra fondos vacíos.

Dimitrios supervisaba la colocación de un atril de subastas junto al arca del siglo XVII.

—Oiga, Dimitrios, esas delicadas florecillas necesitan fertilizante.

—En efecto. Esperamos que los ánimos revivan mañana, en la ceremonia.

Contaremos con los dos pinchadiscos locales, ¿se ha enterado?

El Muelas y el Tudela. Me aseguran que hemos tenido suerte, al parecer no es habitual que ambos estén fuera de la cárcel al mismo tiempo.

Y en breve comenzará la subasta; eso sacará a algunos de su letargo.

Señaló a una pareja que ya tomaba asiento frente al arca.

Yo los conocía. Al menos a ella, que había sido mi acompañante en el viaje hasta el río.

Mi relación con él se limitaba a haberlo atropellado con el Audi, algo que imaginé guardaba relación con su brazo en cabestrillo.

Un destello travieso cruzó la mirada de Dimitrios.

—Lord y Lady Brisket. Me parece que ya los conoce.

—¿Cree que Lord Brisket me guarda rencor?

—En absoluto. Está entusiasmado con los analgésicos que le ha prescrito el doctor Fabra. Es un verdadero connoiseur , Lord Brisket.

—¿De antigüedades?

—De analgésicos. Ha dado orden de que se los mezclen con dos partes de brandy, una de tabasco y media de cilantro. Está tan encantado que ha invitado a Fabra a su villa de Mallorca.

—¿Fabra, el veterinario?

—Todos dependemos de él, en mayor o menor medida. Nuestro médico local nos dejó sin reemplazo.

—¿Murió?

—Se marchó a Macau en pos de su sueño de ser tatuador profesional.

En ese momento dobló la esquina un criada presa de una gran agitación. Tras dirigirme un brusco ademán a medio camino entre la reverencia cortesana, el taconazo marcial y el espasmo muscular, le susurró algo a Dimitrios. Al griego se le demudó el rostro.

—¿Cuándo?

—Hace un minuto —jadeó la joven.

Dimitrios forzó una sonrisa.

—Si nos disculpa. Debo encargarme del… cloro de la piscina.

Resultaba interesante, pensé, que echaran a correr hacia los bungalows, en dirección opuesta a la depuradora. Me disponía a seguirlos cuando una voz pungente cruzó el jardín como un dardo de cerbatana.

—Pero, ¿qué ven mis ojos? Mira quién ha decidido regresar al trabajo.

Luna Rojas resplandecía. Una estampida de bisontes se habría abierto para franquearle el paso.

El modelito —un vestido floral y un sombrero de ala lo suficientemente ancha como para dar sombra a una mesa para dos— ayudaba, pero su belleza era tectónica; emanaba del núcleo, de cegadoras fosas abisales.

Hipnotizaba en su vestido vaporoso, sí, pero el efecto habría sido el mismo de vestir un chándal remangado, un traje de abogada o un poncho; demonios, le habría sentado bien hasta una camisa de fuerza, que era probablemente donde pertenecía.

—Pobre. Supongo que después de dos días enteros de trabajo, necesitaba tomarse la mañana. ¿Quiere un batido de vitaminas?

—Si no le gusta cómo trabajo, puede despedirme.

—Lo he intentado, pero ahora resulta que Padre cree en las segundas oportunidades. Debe ser un principio de alzhéimer. ¿Qué demonios ha estado haciendo?

—Dejar que me quemen, que me revienten la cabeza y que un robot me someta a un calzón chino.

—De acuerdo, no me lo cuente si no quiere. Supongo que no puedo obligarle, incluso si sus honorarios salen de mi dinero.

—Querrá decir del de su padre.

Me miró como quien observa un organismo menos evolucionado flotar en un bote de muestras.

—Suyo hoy, mío mañana. Oh, no se atreva a juzgarme. Tengo grandes planes para mi herencia, ¿y por qué no? Recuerde a Cleopatra, que heredó un imperio y se convirtió en leyenda.

—Recuerde usted a Ifigenia, a quien su padre, con el pretexto de una boda, ofreció en sacrificio.

—No creo conocerla. ¿En qué negocio está su familia? No importa. Venga, arrodíllese conmigo.

Soltó la catenaria y ambos nos arrodillamos frente al arca del siglo XVII, aunque sólo uno de los dos sabía por qué demonios lo hacíamos.

—Huélalo —ordenó.

Ella hizo otro tanto. De hecho, inspiró con tal vigor que parecía estar esnifando la carcoma.

—¿Y?

—Humedad —ofrecí—. Descomposición. Notas de óxido.

—Es el olor de la historia con mayúsculas, bruto. Con todas sus letras en mayúsculas, de la i a la a. Quería olerlo una última vez.

Caminamos hasta la sombra de un enorme castaño, donde un camarero nos trajo champán.

—¿Es que deja el negocio?

—Es el momento, sí. Me dedicaré a la casa y la familia.

—Claro, y yo a cantar boleros.

—¿Acaso no me cree?

—Digamos que la vocación de ama de casa le encaja como una servilleta a un cocodrilo. ¿Cuál es su jugada?

—Debí suponerlo. No cree usted en los santos votos.

—Soy tan democrático como el que más, pero no estamos hablando de política.

—No, hablamos de amor. Algo que no espero que usted sea capaz de comprender.

—Ni usted de sentir. ¿Cuándo deja el negocio?

—Hoy mismo. El arca será la última venta.

—¿Y después? ¿Luna de miel en Copacabana?

Esta última palabra no provocó en ella la más mínima reacción.

—Por desgracia no. Jacobo no puede ausentarse ahora mismo. Antes la obligación que la devoción, ya sabe. Nuestra luna de miel tendrá que esperar.

—Si sigue interpretando el papel de esposa abnegada, quizás algún día incluso usted se lo crea.

—Me aburre usted. Le dejo —dijo volviendo a enfundar sus ojos en unas desproporcionadas gafas de sol—. Tengo una subasta que dirigir. Quédese y al final subastaré el martillo. Así podrá pujar por algo al alcance de su salario.

—Tenga cuidado con los martillazos, no vaya a aplastar un grillo. Los autóctonos son especiales.

—Sorpresa, sorpresa. Quizás no sea un investigador tan inepto, después de todo. Le revelaré un secreto, entonces: no hay grillos especiales. Todos son lo mismo. Criaturas insignificantes que sólo sirven de proteína barata. Supongo que por eso simpatiza usted con ellos.

Se alejó taladrando el césped con los tacones de sus sandalias.

Yo estaba apurando mi copa, a punto de ponerme en marcha, cuando del castaño cayó un bulto.

En un primer momento pensé que estaba ante la castaña gigante más fea del mundo, algo digno del Libro Guinness de los Récords.

Resultó ser Sinde, el jardinero de los Rojas y paladín de la seguridad vial.

Llevaba una camiseta con el mensaje «Liberad a Cecino».

—¿Dormía la siesta ahí arriba, amigo?

—Recojo fresas para postre mañana —explicó mostrando un saco de castañas.

—Deliciosas. ¿Y cómo va la vida? ¿Ha destrozado muchos Audis estos días?

Me tendió un puñado de hojas.

—Petición popular para que liberen a don Cecino. ¿Usted firma?

—Ni en mil años.

—Pero Cecino inocente y santo.

—Esa es buena. Permítame que dude que en los últimos días haya pisado esta finca nadie inocente, y mucho menos santo.

Tal y como Dimitrios había previsto, la subasta había logrado revivir a algunos invitados. Siguiendo una corazonada, tomé asiento junto a Lord y Lady Brisket.

Ella seguía llevando su ridículo gorrito y sus collares de perlas, que tintineaban cada vez que levantaba el brazo para elevar su puja.

Él era largo y de nariz aguileña, y su aburrimiento parecía profundo, sincero y contagioso.

Seguramente no había encontrado mucho en que ocupar su tiempo desde la prohibición de la caza del zorro.

En conjunto, daban la impresión de añorar los días anteriores a la toma de la Bastilla.

—Creo que le debo una disculpa —dije señalando el cabestrillo.

—Ya está olvidado —dijo él.

—Oh, hola —canturreó Lady Brisket. Se inclinó hacia mí, apoyándose en su marido pero manteniendo siempre un ojo en la subasta—. ¿Ha oído las noticias? Han arrestado a don Cecino.

—Me he enterado. ¿Y qué le parece a usted el asunto?

—Un atropello, ¿qué si no? —susurró tras girarse a vocear una nueva cifra—.

Bastan cinco minutos con ese hombre para darse cuenta de que es un erudito.

Ojalá tuviéramos uno así en nuestro condado.

¿No le parece fascinante —dijo hundiendo el codo en la entrepierna de su media naranja— que el molinero de Posos del Somormujo alcanzara el Polo Sur antes que Amundsen?

Nos enseñó los documentos. Hoy mismo hemos hecho una donación a la Fundación Cecino de Estudios Humanísticos.

La subasta se calentaba y Lady Brisket se incorporó para dedicarle toda su atención.

—Su esposa va a por todas.

—Se le ha ocurrido redecorar la villa de Mallorca en estilo barroco.

Pronto, las pujas alcanzaron cifras que podrían haberme mantenido varios años. Suspiré.

—Esta boda es un muermo. Si no fuera por el servicio de habitaciones, dudo que lo soportara —susurré.

Fue un disparo a ciegas que no sólo dio en el blanco; atravesó la diana y la hizo añicos. Lord Brisket por poco salta de su silla. Susurró con voz ávida:

—¿Usted recibe servicio de habitaciones?

—Claro. ¿Usted no?

—¡No! —Le costaba no levantar la voz—. Me aseguraron que habría servicio de habitaciones para todos los que tuviéramos que cruzar aduanas.

Me dieron un teléfono. La primera noche funcionó, pero al día siguiente la voz dijo que el servicio quedaba cancelado.

Ni una explicación. Ni una alternativa. —Me miró con desamparo—.

Estamos en el culo del mundo, ¿a dónde se supone que debo acudir?

—¿Qué teléfono le dieron?

Me mostró el número que llevaba anotado en la cartera. Asentí mientras lo memorizaba.

—Pues sí, es el mismo —dije.

—¿Me está diciendo que usted llama a este número y le sirven?

—Religiosamente. No de la mejor calidad, pero qué puede uno esperar aquí, perdidos en el set de Mogambo. —Me encogí de hombros—. Yo de usted insistiría. Quizás haya algún malentendido.

Lo dejé aporreando el móvil con aristocrática indignación, y enfilé hacia los bungalows. Me sentía animado. Ahora todo cuanto necesitaba era un teléfono, y recordaba haber visto uno en el bungalow siete, actualmente ocupado por gallinas.

Pero mi buen humor duró poco. Una pequeña multitud se arremolinaba frente al siete.

En el tumulto, tres gallinas habían logrado escapar.

Apreté el paso mientras se apoderaba de mí un nuevo temor: que alguien hubiera usado la privacidad del bungalow desocupado para algo más siniestro que una llamada telefónica.