El misterio de Finca Rotunda Chapter 23
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Chapter 23

—Me ha decepcionado, Macero. Le di un trabajo sencillo y usted ha perdido el tiempo husmeando en mis intereses.

Atravesábamos la comarca siguiendo una angosta carreterucha, a rebufo de un remolque con caballos cuyos súbitos bandazos neutralizaban cualquier esperanza de adelantamiento.

Taracino y el otro me habían invitado —a patadas— a acomodarme en el asiento trasero, junto al gran jefe, el cual había dedicado los primeros minutos de trayecto a estudiar —y oler con repulsión— el fajo de papeles que yo había afanado.

—Trabajo sencillo, un cuerno —repliqué—. Nada en este caso es sencillo. Y menos si mi cliente me oculta cosas. Bonito número montaron usted y su hija para mí, haciéndome creer que Lachantiyí promocionaba antigüedades.

—Tal y como yo lo recuerdo, fue usted quien sugirió esa idea.

—Y ninguno me corrigió. Con clientes así, ¿quién necesita enemigos?

Rojas perdió la vista en el paisaje.

—Mire estos eriales. La comarca se vacía. Aquí ya no se puede criar ganado, y nuestros campos se desangran. No podemos competir. Pero hay algo, una sola cosa, que nos hace únicos. Y que tenemos en abundancia.

—¿Laca de pelo?

—Grillos. Los mejores. Genética y nutritivamente superiores. Esto es un hecho, Cecino tiene los estudios.

—¿Y espera persuadir a la gente de que los almuerce?

Lanzó una risa indulgente.

—¿Acaso no sigue los precios de la carne y el pescado? ¿Y de qué cree que nos alimentaremos cuando los pastos se sequen y los mares se vacíen? ¿Cuando nada germine y los bosques ardan? Proteína barata, Macero. Ese es el futuro. Mire por la ventanilla. ¿Qué es lo que ve?

Como el chófer había elegido aquel momento para adelantar, lo que vi fue el culo de un percherón asomando del remolque en plena descarga, como una máquina de tenis averiada. Así se lo dije a Rojas, que no pareció complacido.

—¡El futuro, diablos, Macero! —Abrió los brazos en un gesto soberano, fastuoso, wagneriano—. ¡Aquí! El futuro está aquí, en Posos del Somormujo —Y añadió—: Así que ya ve; mi secretismo no es más que prudencia empresarial.

—Puede, pero eso no significa que en su finca no sucedan cosas siniestras.

Se le ensombreció el semblante.

— Touché . Lea.

Y me lanzó un sobre abultado. Iba dirigido a «Don Rojas» y no tenía ni remitente ni sello. Contenía una nota manuscrita y un fajo de billetes. No necesité contarlos para saber a cuánto ascendían. La caligrafía vacilante formaba líneas que se repelían, como afectadas por polaridades opuestas.

Estimado don Rojas:

Lo siento que me largué sin havisar a usted ni a su maraviyosa familia.

He conocido a un mozo y me he anemorado. El amor, ya se sabe, ciega a las chicas macizas como yo.

Mi padre no lo aprueva por que es turco. El chico, no mi padre. Por eso nos hemos fugado a Copacabana. Como el Dioni, ja ja. Mucho sol y playa por aquí.

Le devuelvo los beinte mil que me pagó.

Espero que estemos en paz y deje de buscarme, porque ya no hace falta, ahora que sabe mi paradero aunque no pueda contactarme.

Dios le bendiga

Lachantiyí

Hasta la última fibra de mi cuerpo se agarrotó. Me repugnaba aquella familia, sus estúpidos invitados y su maldita finca. Al diablo con todos ellos.

—Fabuloso. ¿Caso solucionado, entonces?

—Y un cuerno. Usted no se traga esta patraña, yo menos. Alguien quiere de dejemos de buscar a la chica.

—Ha recuperado sus veinte mil. ¿De verdad le importa lo que haya sucedido?

—Me importa todo cuanto sucede en mi finca —dijo en tono ofendido—. Y estos no son mis veinte mil.

Separó mil euros y me los lanzó.

—Se ha equivocado investigando mi granja, Macero, pero no crea que no aprecio sus virtudes.

Tiene recursos y toma riesgos. Le daré los otros diecinueve cuando me aclare qué demonios ocurre en mi finca.

En especial —y en su voz resonó la furia de los dioses—, quién quemó mi gallinero.

Tráigame a esa persona, dese la vuelta y tápese los oídos, es todo lo que pido.

—¿Ha considerado la posibilidad de que lo hiciera su hijo?

—Fue mi primera hipótesis. Pero estuvo con nosotros toda la velada.

—Y entonces añadió, en un tono casi desamparado—: Le juro que no logro entenderlo, por más que…

Quiero decir, ¿qué clase de monstruo…? Porque agredir a personas, mobiliario urbano, compañías, instituciones…

—Se encogió de hombros, como si eso formara parte del orden natural de las cosas—. Pero ¿gallinas indefensas?

Suspiré. No tenía sentido ocultarle detalles al cliente.

—Era a mí a quien querían flambear.

—¿A usted? ¿Por qué?

—Porque vi lo que había dentro.

Rojas pegó la barbilla al esternón, como a punto de embestir.

—¿Qué vio?

—Sangre y droga.

Se agitó como una olla exprés olvidada al fuego.

Temí que fuera a sufrir una embolia allí mismo.

Cuando pudo hablar, esputó la lista de cosas que pensaba hacerle al infeliz que se había atrevido a introducir drogas en su finca, con un ensañamiento y una profusión de detalles tal que habría escandalizado al mismísimo Atila.

Realmente era una familia encantadora.