Chapter 22
En mi pesadilla yo flotaba entre gallinas, fardos de paja y burbujas que eran bolas de billar; Lachantiyí era un gigante con gafas de sol enrollables que me ordenaba asistir a fiestas locas como esta.
Llovía. Elevé mi rostro al cielo para lavar mis faltas, y la experiencia me llenó de dicha hasta que reparé en que el líquido no era agua sino orina de burro.
Quise gritar, pero mis pulmones se descomponían.
Desperté con una bocanada desesperada y gutural, bregando por algo de aire y medio ahogado en mi propia saliva.
Grumos de comida a medio digerir me resbalaban barbilla abajo.
Todo me daba vueltas mientras me palpaba los ojos, cubiertos por lo que resultó ser un antifaz nocturno.
Me lo arranqué y resollé, momentáneamente cegado por la claridad.
Al cabo, un prolongado eructo resincronizó mis sistemas respiratorio y digestivo, y mis pulsaciones comenzaron a bajar.
La anciana que ocupaba el asiento contiguo en el autobús lanzó un alarido. A continuación lanzó su bolso. Y como mis reflejos estaban aún calentado motores, este me alcanzó de lleno, devolviéndome a un estado de confuso estupor.
Hubo un forcejeo, juramentos del esforzado conductor y vítores de los demás pasajeros cuando aterricé rodando en la cuneta. De alguna manera terminé con la cabeza sumergida en una acequia, cuya agua helada, al menos, terminó de desperezarme.
Hice inventario de mis posesiones. Aquellos patanes no habían tocado mis calcetines —tal y como olían, yo tampoco me habría atrevido—, y gracias a eso los documentos del archivo seguían en mi poder.
Por lo demás, de mis bolsillos sólo faltaba el dinero en efectivo, que había sido reemplazado por la lacónica nota: «NO BUELVAS».
Lo primero que necesitaba era averiguar dónde estaba, qué día era y dónde podía darme un baño, por ese orden.
Una monja se aproximó a lomos de su ciclomotor; pensé que ella podría resolver mis tres dudas.
Le hice señas y aminoró, pero tan pronto atisbó mis zapatos calcinados, mis pantalones raídos, mi americana decorada con símbología esotérica y mi rostro empastado con tizne y sangre seca, sacó un revólver y metió gas.
Durante dos horas no vi un alma. Vagué armado con palos y piedras (para tener con qué defenderme en caso de ataque de bestias autóctonas como anacondas o ñus), pisando con precaución por si aquel vórtice de soledad y olvido me succionaba.
Fue una caminata miserable, pero instructiva: aprendí que en el campo no existe el silencio; los grillos lo mataron y hundieron su cadáver en lo más profundo del Pisuerga.
Al cabo, tras lo que me pareció un mes caminando, y sudando como un ministro de Fomento ante el Tribunal de Cuentas, divisé una pareja arrancando remolacha forrajera. El hombre palideció al verme llegar.
—¡Santo Dios, Elvira, el espantapájaros ha cobrado vida! —gritó blandiendo su azada.
Llevó unos minutos aclarar la situación. Terminaron por invitarme a su casa, donde me dieron estofado y me limpiaron las heridas. También escucharon mi historia.
—Le han abierto la cabeza dos veces en cuarenta y ocho horas, ¿y usted desea volver a ese pueblo? —dijo el hombre, fascinado por tan insensato masoquismo.
Me arranqué el calcetín —un movimiento que la pareja siguió con alarma—, desdoblé los papeles y les mostré la dirección de la Granja Gran Grillón.
—Antes necesito ir aquí. ¿Pueden llevarme? No podré pagarles hoy, pero prometo compensárselo.
Como pago, les aseguré, volvería para rescatarlos de aquella existencia atroz y les ayudaría a instalarse en la ciudad, donde podrían conocer una vida de plenitud entre andenes de metro atestados, trenes de cercanías sistemáticamente averiados, problemas de aparcamiento y huelgas de recogida de basura.
Me rogaron encarecidamente que no lo hiciera.
Algunas personas, supuse, están más allá de toda salvación.
Al final, aquellos dos ángeles no sólo me condujeron hasta la granja —en un tractor apenas sostenido por cinta adhesiva—; antes me permitieron usar su ducha y me dieron ropa —tres tallas demasiado grande, pero limpia—, de modo que para cuando me despedí de ellos frente al cartelón que rezaba «ESTÁ UD.
ENTRANDO EN LA GRANJA GRAN GRILLÓN. PROPIEDAD PRIVADA.
CUIDADO CON EL PERRO Y EL FRANCOTIRADOR», yo volvía a ser un hombre al que habrían dado mesa en un restaurante.
Se había quedado una mañana mustia y resacosa, de las que lastran cuerpo y alma. Me arrastré sendero arriba y a mitad de camino, cuando ya había contado seis cámaras camufladas, me topé con una furgoneta en la cuneta. El hombre que fingía arreglarla levantó la vista con ensayada bonhomía.
—Hola. ¿Se ha perdido?
Interpretaba tan bien el papel de lugareño afable que un ojo menos entrenado que el mío habría pasado por alto cómo me escaneaba en busca de armas. El truco de la furgoneta averiada me gustó; era una forma elegante de interceptar visitas indeseadas.
—Eso espero —dije—. Busco la Granja Gran Grillón.
Se limpió las manos. Mientras lo hacía, y con impecable disimulo, escudriñó los alrededores para determinar si yo traía compañía. Me tendió una mano fuerte y callosa.
—Héctor Taracino. Soy el capataz. ¿Qué le trae por aquí?
—Vengo a evitar una catástrofe. ¿Le suena Juberías, Hígar y Asociados?
—Son los abogados del patrón.
—No por mucho tiempo, después de cómo la han cagado en el asunto del sello. ¿Sabe a qué sello me refiero?
Taracino palideció.
—El de denominación de origen. ¿Hay algún problema?
—Ojalá fuera sólo uno —dije sacando al azar papeles en varios idiomas—. Mire este desastre. Juberías eleva la solicitud al Consejo Europeo, que recibe el visto bueno del Consejo de la Unión Europea, y sólo entonces remiten el expediente al Consejo de Europa. ¿Ve la cagada?
Taracino me devolvió una mirada vacía.
—Debió hacerse en orden inverso, hombre —dije—. Tramitado así, tiene la validez legal de un escupitajo y un apretón de manos.
—Pero lo tenemos todo listo para lanzar.
—¿Qué cree que hago aquí? Es una suerte que el señor Rojas tenga amigos hasta en Bruselas. Usted y yo vamos a solucionar este desaguisado antes de que la sangre llegue al río. Pero hay que darse prisa.
—¿Usted y yo?
Le tendí la mano para un segundo apretón.
—Rémi Lambert-Lombard. Alto Comisionado de la Unión Europea para el Estímulo de Aperitivos Alternativos. Como digo, puedo arreglarles el embrollo, pero sólo si sigue mis instrucciones. Lo primero es reexpedir el certificado de cumplimiento del estándar EU-Maitin-Visper-Laudes.
—¿Eh?
—Necesito que ver sus instalaciones.
—¿Está diciendo que si le hago un tour, todo ese embrollo del Consejo Europeísta queda arreglado?
—Consejo Europeo —le corregí—. O de Europa, o de la Unión Europea; pero no Europeísta. Ese no existe; aún.
Un minuto más tarde Taracino me guiaba hacia la nave principal, epicentro de la actividad del complejo.
—¿Cómo es que Bruselas no le alquila un coche? —dijo mirándome de reojo.
—Es que también pertenezco a la CMITPSAPCUE.
—Salud.
—No, es el nombre del organismo. Comisión Mixta de Impulso del Transporte Público Sostenible y Amable con la Pelvis de los Ciudadanos de la UE. Hemos de dar ejemplo.
No supe si se lo había tragado. Era difícil de leer, aquel tipo, y eso me preocupaba. Aunque no iba armado, las herramientas que colgaban de su cinturón le habrían bastado para certificarse como interrogador en Guantánamo.
—¿Por dónde quiere empezar?
—Por la nave, creo.
—Usted manda. Cualquier cosa por Bruselas.
Y tiró del portón corredizo.
Supe lo que iba a encontrar antes de que terminara de abrirse. Lo supe en cuanto vi el diminuto espécimen que salió como una exhalación y dobló la esquina en enloquecida huída a ninguna parte. Después, el clamor.
Taracino me gritó algo. Y yo, disimulando a duras penas mi repulsión, me adentré en la cacofonía de mis pesadillas.
Grillos. Era un criadero de grillos. A escala —y volumen— colosal. Albergaba suficientes bichos como para alimentar la comarca durante meses. Los criaban en cajones y albercas, en torres de contenedores, en interminables estanterías cuya cima yo no alcanzaba a vislumbrar.
—Tómate un descanso —le gritó Taracino a un carretillero. Y añadió, señalándome con el pulgar—: Unión Europea.
El otro de encogió de hombros, se repanchigó en la cabina y sacó un ejemplar de No fue una manzana, fue una hez de paloma: las mentiras de la ciencia , por H. G. Cecino.
—Lo que ve es lo que hay —me dijo Taracino—. Los criamos aquí y cuando son adultos van al rodillo.
—¿Rodillo?
Me guio hasta un brazo articulado que volcaba gavetas de grillos sobre una cinta transportadora.
Los insectos (incluidos aquellos que, oliendo el peligro, tenían el buen juicio de correr contracorriente) terminaban indefectiblemente despachurrados bajo un rodillo de apisonadora de unos dos metros de anchura y —estimé— cuatro toneladas de peso.
—No se acerque mucho. Esa cosa no toma prisioneros.
—¿Qué es aquella mesa?
—Ah. Nuestro departamento de marketing. Venga, se lo mostraré.
Un cartel a todo color anunciaba el lanzamiento de algo llamado Albondigrillos, de la marca Rutas Exóticas.
Un alimento que, a juzgar por las expresiones de quienes lo masticaban a dos carrillos, además de nutrientes también proveía orgasmos.
En una esquina del cartel, imposibilitando todo estudio en detalle de la composición del producto, un simpático bocadillo de cómic proclamaba «¡Son artesanos! ».
—¿Ha visto suficiente?
—Me parece que sí. Sólo necesitaré su firma aquí y aquí.
Taracino volvió a componer su sonrisa afable.
—Por supuesto. Traeré un bolígrafo. Enseguida vuelvo.
La comunicación silenciosa entre Taracino y el carretillero había sido impecable, propia de campeones de mus, porque para cuando sospeché que algo iba mal (más o menos al reparar en que el departamento de marketing estaba atiborrado de bolígrafos), fue ya demasiado tarde.
El brazo articulado salió de la nada y practicó su swing de golf con mi mentón. Volé por los aires, choqué contra una torre de gavetas y lo siguiente que supe fue que me sepultaba un alud de bichos.
Me revolví chillando tanto o más que los grillos, y logré sacudirme una máscara de insectos a tiempo de ver las fauces del brazo articulado volviendo a la carga.
Traté de escapar gateando, resbalando sobre caparazones crujientes como papel burbuja lubricado, logrando sólo que las enormes tenazas se cerraran sobre mi ropa interior, me levantaran en volandas y me provocaran el calzón chino más desgarrador de la historia.
Aullando de dolor y colgando como un gato, quedé penduleando sobre la cinta transportadora.
A la primera visión del rodillo rompí a galopar espasmódicamente en el aire.
Sólo sirvió para profundizar el calzón chino.
Esquirlas negras me salpicaban la cara, tan cerca estaba de la apisonadora.
Iban a pulverizarme y a mezclar mis restos con el siguiente lote de Albondigrillos, y no pude evitar preguntarme si alguien notaría el ingrediente adicional.
—Suficiente —ordenó una voz malhumorada.
Lejos de depositarme en el suelo con suavidad, el brazo articulado se deshizo de mí como de una colilla.
Aterricé sobre el departamento de marketing y quedé tendido boca arriba, incapaz de moverme.
Tres rostros se inclinaron sobre mí. Los de Taracino y el carretillero mostraban cierto pesar por no haber podido hacerme pulpa; el tercero, que fumaba un puro, me miraba como si fuera una uña infectada.
—Eso le enseñará a ceñirse a su encargo —gruñó Gildo Rojas.