El misterio de Finca Rotunda Chapter 21
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Chapter 21

—¿Quién demonios eres, socio?

Me habían lanzado al cajón de una furgoneta que transportaba, oh presagio jubiloso, sacos de cemento.

Mocasines viajaba conmigo, el cañón de su escopeta convertido en un sismógrafo que informaba del estado lamentable del asfalto.

La penumbra sólo me permitió distinguir esbozos de mis captores; de Mocasines un perfil rechoncho, bigote de fumador y camisa del mismo color, cadenitas tintineando en las muñecas; de Alpargatas menos aún, pues saltó al asiento del conductor y a partir de ese momento para mí no fue más que un cráneo huesudo, en parte rapado y en parte carcomido por eccemas capilares.

—Me llamo Ramón Rocha —respondí.

—¿Y a qué te dedicas, Ramón Rocha?

—Soy actor de musicales.

Alpargatas ajustó el retrovisor.

—Enciende el mechero, Toribio. Quiero saber si lo he visto en la tele.

—¿Quieres contarnos qué buscabas ahí dentro, socio?

—Callos a la quinoa. Escuché que en este pueblo preparan los mejores. Obviamente me he equivocado de local; chico, ese sitio estaba muerto.

Mocasines casi sonrió.

—Callos. Tienes la sangre más fría que una tubería la noche de Reyes, socio. —Me ofreció su petaca—. ¿Quitapenas de repollo?

Negué con la cabeza.

—Tú te lo pierdes —dijo Alpargatas estirando el brazo para hacerse con la petaca—. Es artesano.

—No le pises, Fonsito. Que de noche en estas carreteras hay más controles que conejos. —Y girándose hacia mí, explicó—: Fiestas patronales en los pueblos de la comarca, ya sabes cómo es; Lambrollo y los demás se hinchan a poner multas, los jodíos.

Pasaron diez minutos, durante los cuales Alpargatas mantuvo una conversación telefónica en susurros.

Luego la furgoneta abandonó el camino y siguió unas rodadas que pusieron a prueba su suspensión y mi coxis.

La luna delantera no revelaba más que murallas de árboles.

Hasta que de pronto, sin previo aviso, nos detuvimos en un claro, y antes de que pudiera yo trazar plan alguno, la culata de la escopeta de Mocasines me había dejado sin aire y me vi rodando por la hierba húmeda, arrastrado y cegado por los faros de la furgoneta.

Una tercera silueta, pequeña y dominante, se abrió paso entre mis dos amigos. Como las chorreras de su camisa y la boquilla con que fumaba se recortaban a contraluz, supe que había visto antes a aquel personaje; en la finca, unas horas antes.

—Dice que es actor de musicales —informó Alpargatas—. Pero a mí no me suena.

—Habla —me ordenó el recién llegado—. ¿Para quién trabajas?

Sus cuerdas vocales estaban afinadas en la octava más alta del rango animal. Un poco más a la derecha y todo cuanto emitiría serían chirridos de frenazo.

—No sé a qué te refieres.

—Te lo pondré fácil. Vas rebozado en hollín, lo que significa que vienes de husmear en el despacho de la alcaldesa. ¿Cuál es tu juego?

Eso estaba bien, pensé. Me convenía que aquellos matones de segunda regional tardaran en descubrir mi paso por el Archivo.

—Vamos, escupe. ¿Qué tienes contra Cazorla?

—Te han informado mal. Cazorla y yo somos grandes amigos. Cada vez que no sabe conjugar un verbo irregular, es a mí a quien llama.

—¿Sabes qué? Creo que voy a dejar que elijas dónde te disparo.

—¿Por qué debería contarte nada? Ni siquiera sé quién eres.

—Puedes llamarme García.

—¿Qué tal si te llamo Venancio Molín?

Fue un tiro en la oscuridad, pero dio en el blanco. El claqueteo con que mordisqueaba su boquilla, como de dados en un cubilete, cesó.

—De acuerdo, tú ganas —me apresuré a decir—. Trabajo para Gildo Rojas. Esta noche ha habido otro incendio en su finca. Quiere saber si están relacionados.

—Se lo está inventando, jefe.

—Cállate. Lo del incendio es verdad, yo estaba allí. Conque Rojas, ¿eh? Un hombre importante.

—Un pilar de la comunidad —convine—. Millonario y filántropo.

—¿Y qué busca Rojas exactamente? —dijo Molín en tono mucho más medido y suspicaz.

—¿Por qué va a estar buscando algo? ¿Acaso tú has perdido algo, Molín?

La pequeña silueta se agitó, y eso me llenó de satisfacción. Acaba de tocar otro nervio.

—¿Qué es filántropo? —susurró Alpargatas.

—Que come sellos —explicó Mocasines.

—Los ricos y sus vicios repugnantes —se estremeció Alpargatas—. Son todos unos pervertidos. Sobre todo ese Maraver.

Aquel era un tema sobre el que me interesaba saber más. Solté una risita.

—Resulta difícil no oír los rumores, ¿verdad? Dicen que es un tipo de ingles transitadas.

—No es eso, no tiene nada que ver con saber idiomas. Lo que pasa es que se frota contra cualquier poste. Y sé de buena tinta que se viste de tirolés en sus…

—¡Silencio! —terció Molín—. Te lo preguntaré una última vez. ¿Qué busca Rojas?

—Pareces alterado, Molín. ¿Va todo bien? Suenas como alguien que, no sé… que hubiera perdido una cantidad importante de droga.

Fue mi segundo disparo a ciegas, y también este dio en el centro de la diana. Estaba en racha aquella noche.

—¿Dónde está? —dijo Molín en tono amenazante.

—No lo sé. Pero puedo ayudarte a encontrarla.

Mi oferta, al parecer, requería una rápida asamblea de Molín y su mano derecha. Alpargatas quedó encargado de vigilarme, aunque estiraba el cuello hacia la mesa de los adultos, tratando de captar algo. Cuando vio que no servía de nada, me dijo:

—¿Es verdad, entonces? ¿Se ha quemado Finca Rotunda?

—Sólo el gallinero.

—Ah, bueno. Eso no está tan mal. El padre Menguti siempre echa pestes de ese gallinero.

Y con razón. A ver, si a Rojas le gusta la navidad, ¿por qué manda tallar cuatro Santa Claus, y no un Belén de toda la vida?

Es el capitalismo, tío, que lo infecta todo, incluidas las navidades, que son lo más grande después de las vaquillas de Viñuesas del Simposio.

Pero yo le dije al padre Menguti: no se preocupe, Padre, que yo me tatúo algo para homenajear la navidad auténtica, la de toda la vida, la de aquí; y un día vi un calendario de adviento molón en una revista y eso me tatué.

Se remangó el antebrazo, revelando una tabla periódica. En ese momento se materializó de nuevo la silueta de Molín.

—No hay trato —graznó— He decidido que no quiero tu ayuda. Te quiero fuera de mis asuntos. Toribio.

Y sin más ceremonia, la oronda silueta volteó su escopeta en el aire, la agarró por el cañón y bateó la culata contra mi cabeza. Lo último que escuché, antes de rebotar contra el césped, fue:

—No lo pillo, jefe. ¿Para qué contrata Rojas un actor?