El misterio de Finca Rotunda Chapter 20
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Chapter 20

Quince minutos más tarde me encontraba de vuelta en la estancia que, a fuerza de repetidas visitas, empezaba a sentir como mi segundo hogar: el salón de plenos del ayuntamiento.

Esta vez vacío y en penumbra, sumido en una densa bruma de ceniza y moqueta calcinada que ni la luz de mi linterna ni la de la luna —vertida en espectrales lienzos tajados por precinto de bomberos— lograba penetrar.

La cerradura no había sido rival para mi ganzúa.

Fue cuestión de un breve forcejeo. Bueno, quizás no tan breve; la entrevista con Cecino me había dejado del humor de un doberman puesto a dieta vegana, y, a falta de otra cosa, lo había pagado con la cerradura.

Maldito chalado. Ahí quedaba la información clave del caso, sepultada bajo los sedimentos, escurrimientos y erosiones de su enajenación.

Y ahí quedaba yo, sin más hilos de los que tirar que una nave pestilente y un negocio de albóndigas que quizás, o quizás no, estuviera relacionado con la desaparición de la influencer .

Por eso había ido directo al ayuntamiento y por eso avanzaba a tientas, tumbando sillas y macetas a mi paso, en dirección a la estancia que hacía las veces de ambulatorio, almacén de bebidas, Archivo municipal y secadero de embutido.

Allí dentro la nube se disipaba un tanto y mi linterna pudo hacer su trabajo.

La paseé por archivadores cuya documentación se remontaba al siglo XII; la misma antigüedad que debían tener las familias de arañas, polillas, ácaros, escarabajos y salamandras que escapaban del haz de luz en mudas estampidas.

Acababa de localizar la sección de urbanismo, que ocupaba tres estantes enteros, cuando me sobresaltó un barullo proveniente del salón de actos.

Rodó una silla, una voz profirió una maldición; otra rió.

Yo maté la linterna y escuché. No eran bomberos, a menos que el cuerpo se hubiera pasado a las suelas de cuero.

Mis opciones de escondite eran escasas, y todas malas. Tras ponderarlas durante una fracción de segundo, me arrastré bajo la camilla y dejé colgar la sábana. Era un camuflaje precario, pero me consolé diciéndome que quizás los recién llegados se dirigieran al piso superior.

No sé por qué me molesté en pensar eso.

—Sólo digo que Cazorla debió avisarnos de que dejaría la puerta abierta —dijo una voz acelerada entrando en la habitación—. Le he pedido las ganzúas a Molín para nada.

Acurrucado en el suelo, vi dos haces escurridizos explorar la estancia. Iluminaban a su paso un par de mocasines y otro par de alpargatas, estas con un estampado de coloridas calaveras.

—Deja de protestar y limítate a escribir —dijo Mocasines—. Yo cogeré el dinero.

En el carraspeo de Mocasines vibraban décadas de tabaco negro.

Posó su tonelaje sobre la camilla, hundiendo los muelles hasta rozar mi cara, y forcejeó con el botiquín.

Contuve la respiración. Saltó una chapa.

Se deslizó un panel. Giraron diales. Y por fin, el chirrido de una bisagra. Alpargatas silbó.

—Menuda pila. ¿Crees que Cazorla lo tiene contado?

—Hasta el último billete. Ha dicho veinte, y eso es lo que pienso sacar.

—O sea que crees que notará si falta un pellizquín.

—¿Sabes lo que le pasó al último que se llevó un extra para los libros de texto de los niños?

—¿Tuvo que devolverlo con intereses?

—Se cayó bajo una cosechadora. El trozo más grande que quedó de él era de este tamaño.

—Jesús. ¿Eso lo ordenó ella?

—Conducía ella. Así que limítate a escribir.

—Otro año sin bonus de navidad, entonces. ¿Cómo se escribe Copacabana?

Estaban a punto de marcharse, cuando Alpargatas se giró.

—¿No hueles algo raro?

—El ayuntamiento se ha quemado, imbécil. Todo huele raro.

—Huelo a plumas torradas.

—¿Me estás llamando gallina?

Las voces se perdieron. Yo salí a gatas de mi escondite y me puse a trabajar a toda velocidad.

Volqué archivador tras archivador hasta dar con la información fiscal de la nave sita en el número ocho del Camino de la Conjetura de Poincaré, popularmente conocida como La Cloaca.

El fondo coreano, que al parecer existía, la había adquirido a través de su testaferro español, un bufete llamado Juberías, Hígar y Asociados. Anoté sus datos de contacto.

Luego continué buceando hasta localizar el expediente de la compañía Rutas Exóticas, y aquí las cosas se pusieron interesantes.

Averigüé, oh sorpresa, sorpresa, que el bufete que representaba sus intereses era nada más y nada menos que Juberías, Hígar y Asociados.

Sentí que esos picapleitos empezaban a formar parte de mi vida.

El expediente de Rutas Exóticas se remontaba a tres años atrás, cuando la empresa, con el aval del Ayuntamiento, había solicitado a la Unión Europea la concesión de un Sello de Denominación de Origen Posos del Somormujo para un «producto autóctono único», cuya naturaleza no logré descifrar en aquella documentación en tres idiomas.

Sí comprendí que tras la reciente visita de una delegación conjunta del Ministerio de Industria y la Unión Europea a ciertas instalaciones llamadas Granja Gran Grillón, el asunto iba viento en popa y el municipio esperaba la concesión del sello de un momento a otro.

Doblé los papeles y, como no podía confiar en mis bolsillos calcinados, me los embutí en los calcetines. Ni siquiera me molesté en recoger. Quería que Cazorla supiera que le pisaba los talones.

El problema, claro, era que Cazorla ya estaba al corriente; al menos sus dos secuaces. Tan pronto pisé la calle, un par de sombras me cortaron el paso. Sentí dos cañones de escopeta auscultándome el pecho.

—Te dije que olía a plumas torradas —cacareó Alpargatas.