Chapter 19
Casi habíamos alcanzado el límite de la finca cuando solté, como si se me acabara de ocurrir:
—Si Cecino va a pasar la noche en el calabozo, ¿no convendría llevarle algo de ropa de abrigo?
—Caramba, tiene razón. Le pediré algo a Gladis. Adelántese, nos veremos en el cuartel.
Esperé a que se hubiera alejado y saqué la pequeña navaja que me había agenciado en la finca. Segundos más tarde, con un siseo tibio y rancio, el coche de Ramajo se escoraba sobre dos neumáticos pinchados.
Lo sentía por él, pero necesitaba hablar con Cecino a solas. La noche del lunes alguien había movido un cadáver del gallinero y, aunque no creía que Ramajo diera el perfil, no podía descartarlo como sospechoso.
Flui como una gota de mercurio por la negra comarcal. Habitaba un universo pequeño, oscuro y mudo, limitado a la brecha de veinte metros que los faros rasgaban en la noche. Fuera de eso, sólo vacío y destellos de granjas espectrales.
Encontré el pueblo igual de lóbrego que la carretera. A la espera de evaluar los daños causados por el incendio, la casa cuartel de la Guardia Civil se había mudado provisionalmente al ruedo de la plaza de toros.
—Ah, sí, el abogado —dijo el agente que me recibió, leyendo la tarjeta de Ramajo—. Sígame. Soy el cabo Lambrollo.
Era el agente que había acompañado a Dimitrios al río.
Estaba a dos pasteles de la obesidad mórbida, y yo no podía imaginar el abanico de contorsiones que necesitaría desplegar para embutirse en una de las sillas de tijera que, junto con la mesa de camping y la lona que hacía las veces de techo, componían sus aposentos provisionales.
En un arrebato de coquetería, Lambrollo había añadido una alfombra, lo que confería al conjunto cierto aire exótico, como de jaima de Emir en el desierto.
—Querrá ver las evidencias, claro. Lo he preparado todo.
Sobre la mesa esperaban una caja, una botella, dos vasos y unos encurtidos.
—No se moleste. Quiero hablar con Cecino.
—Por supuesto. Tras revisar las evidencias.
—Ahora. ¿Dónde está?
Lambrollo pareció confuso.
—No quiere inspeccionar las evidencias.
—Es usted muy perspicaz.
—Pero eso es de lo más irregular. Existe un proceso. Una etiqueta. Casi un liturgia.
—¿Eso que flota en la botella es un gusano?
—Licor de oruga procesionaria —dijo salivando—. El delegado de Interior, que Dios guarde y cuya familia tiene la patente de este manjar, nos autoriza a pasarlo a gastos cuando nos visitan abogados o testigos.
—Ni por todo el oro del mundo tocaría su aguarrás urticante. ¿Por qué no se lo ventila usted mientras yo veo a mi cliente?
Me miró escandalizado.
—Eso sería beber en el trabajo. Podrían expedientarme. O peor, devolverme a Jaén, donde se quedó mi mujer. Debo insistir. Primero las evidencias; luego su cliente.
—Pero es que ya sé cuanto necesito saber sobre esas evidencias, Lambrollo.
Deje que se lo resuma: Cazorla le consigue las evidencias y una orden de registro.
Acto seguido usted se planta allí, distrae a Gladis y Cecino arrasando su biblioteca y, cuando no miran, planta el cuchillo con el que despernaron al pobre crío, y también un trapo o algo parecido, cuyas fibras coinciden con las recogidas por los bomberos. ¿Qué tal voy?
—Joven e inexperto —musitó Lambrollo en dirección a la botella—. Ignorante de los sutiles equilibrios entre poderes del estado… Titulado en algún centro Montesori, sin duda. Doble grado en derecho penal y acupuntura, o algo por el estilo…
—A usted el viejo predicador le trae sin cuidado. Pero necesita estar en el lado bueno del libro mayor de Cazorla. Por eso acepta hacer su trabajo sucio.
Pareció que a Lambrollo se le cortaba la digestión.
—Su hombre está ahí dentro —dijo sin mirarme—. Siga el tufo a toro.
Tufo era la palabra justa. En la penumbra del pasadizo de toriles, una amarillenta hoja de control me confirmó lo que mi pituitaria ya sospechaba: que la fecha de la última limpieza se remontaba a 1972.
El toril lo habían armado usando una cuidada selección de tablones abandonados de los que asomaban clavos oxidados en todas las direcciones imaginables.
Como vía de transmisión del tétanos no estaba mal, pero como celda no valía gran cosa; no habría contenido a un delincuente capaz de atarse sus propios zapatos.
Bastaba, sin embargo, para un pecio como Cecino.
A decir verdad, el viejo no parecía a disgusto.
A Lambrollo debía quedarle una fina imprimación de humanidad bajo sus múltiples papadas, porque le había proporcionado al detenido papel y bolígrafo, además de una silla y una manta.
Cecino parecía tan absorto en su escritura que dudé de que fuera del todo consciente del cambio de escenario.
—¿Es usted el hombre de Cullera? —dijo deteniendo el bolígrafo.
—Lo seré si me da la información que necesito.
—No. Usted no es el experto que espero. Márchese. Debo trabajar antes de que la iluminación me abandone.
—Escuche, me llamo Macero. Soy investigador privado. Siento interrumpir su momento en este despacho tan inspirador, pero necesito hablar con usted.
Cecino escrutó la oscuridad, súbitamente interesado.
—Hablar. ¿Quiere hablar de mi tiroides? Nadie parece interesado en eso.
—Prefiero hablar de profanadores de templos egipcios.
Clavó en mí dos ojillos semienterrados y procedió a levantarse.
No fue una operación fluida. La barbilla erguida le daba cierto porte de sumo sacerdote, pero ahí terminaba la dignidad; sus rodillas tardaron un minuto entero en desplegarse.
Sesenta segundos de chirrido agónico, como la polea de un pozo al que, tras décadas de sequía, le exigieran izar un cubo rebosante de escombros.
La función culminó en un restallido como de contenedor de mercancías, en cuyo eco flotamos unos instantes.
—La noche del lunes movieron un cadáver del gallinero de los Rojas. Y usted sabe quién lo hizo.
—En efecto —dijo Cecino con un brillo astuto en la mirada—. También usted lo sabe.
—No tengo tiempo para juegos.
Pero él, al parecer, sí lo tenía.
—¿Está familiarizado con la Cábala, detective?
—Un nombre, Cecino. Es todo lo que pido.
—Nombres. ¡Precisamente! ¿Qué nos enseña la Cábala, si no es a desnudarlos? Atento, se lo demostraré.
Garabateó sobre un papel y lo sacó por los barrotes.
—Léalo.
Lo hice. Contenía la palabra «CÁBALA». El viejo me lo arrebató y escribió algo en el reverso.
—Ahora preste atención. ¿Acaso esta palabra no es sino la remezcla de «Bacala»?
Tuve la sensación de nadar tras una mente que se llevaba la corriente.
—Cecino, tengo prisa. ¿Quién movió el cadáver?
Pero no me escuchaba. Alzó un mapa de la costa valenciana sembrado de nombres de discotecas, que me fue señalando.
—Mire. Pero no con los ojos, no; hágalo con el alma, como un iniciado.
¿No ve que la palabra «Scorpia» es realmente «Pi Sacro»?
El número Pi, Macero, la divina proporción —dijo con fervor—.
¿Y alguien podría negar que en la palabra «Espiral» fluye el «Pis Real»?
Que puede referirse a una pluralidad de números Pi o a la micción divina, claro está.
—Claro como un diagnóstico de trastorno esquizoide.
—Y agazapada en la palabra «Barraca» —dijo señalando otra discoteca— acecha la palabra «Cabra», cuyo macho es una de las manifestaciones del maligno.
Y esto… esto le volará la cabeza, detective.
¿Acaso no es verdad que «Chimo Bayo» no es sino un anagrama de «Chom Yiobá», el profeta de la tribu de los Mapite, la religión primigenia revelada en Posos del Somormujo que luego copiaron en Oriente Medio?
Había escuchado suficiente. Cecino estaba perdido. Su cordura había hecho las maletas y más valía no esperar una postal. Regresé a la oscuridad del túnel perseguido por sus últimos alaridos.
—Siga las pistas, detective… ¡y encontrará las pastis!
Escuché una carcajada y creo que el sonido seco de un cuerpo al desplomarse.