Chapter 18
El incendio no tuvo mayores consecuencias.
Sinde apareció al galope con una manguera y los daños se limitaron a un gallinero derruido y un espectáculo de fuegos artificiales cancelado.
Siguiendo órdenes de Rojas, todo el personal, con la excepción de Rondo, abandonó sus quehaceres para perseguir gallinas y realojarlas en el bungalow siete, que seguía desocupado.
Dimitrios echaba más humo que los restos calcinados del templo.
Con respecto a las causas de la desgracia, las sospechas estaban divididas: los invitados se inclinaban por un fuego artificial disparado por error durante el montaje, mientras que los miembros del servicio se olían que la causa tenía diez años, el pelo a cepillo y todas las papeletas para convertirse en un criminal reincidente antes de poder votar.
A pesar del incendio, o quizás gracias a él, la velada fue un éxito. Risueños y copas en mano, los invitados descubrieron un nuevo y delicioso entretenimiento rural: rastrear gallinas díscolas y azuzar camareros tras ellas.
Y en el caos reinante nadie se fijó en una sombra de rostro tiznado y pantalones abrasados que abandonó las profundidades del jardín, saltó al primer Audi que encontró abierto y agarró el volante como si quisiera exprimirlo.
Cecino no deliraba; al menos, no del todo. La noche del lunes, alguien había sacado un cadáver del gallinero. Y ahora, ese mismo alguien había intentado dejarme al socarrat . Pues bien, ambas cosas iba a pagarlas caras.
El frío aire nocturno no hizo nada por aplacarme. Activé el navegador y gruñí:
—Finca del Conde Estevos.
Remota, aislada y protegida de miradas curiosas por frondosas arboledas, la villa de don Cecino era el tipo de propiedad que los portales inmobiliarios listan bajo el epígrafe «Ideal para operar sectas».
Con el motor al ralentí, los faros del Audi iluminaban dos cosas interesantes: la primera era la inscripción «CONDE ESTEVOS» tallada en el muro; la segunda, el perfil de un hombre doblado sobre una portezuela para ganado, pillado in fraganti forcejeando con el pestillo.
Permanecimos así unos instantes, ambos congelados, mientras nubes de mosquitos envolvían los haces halógenos en frenéticos loopings . Se estaban montando una buena juerga. Finalmente el tipo se irguió, protegiéndose los ojos. Era Ramajo.
—Macero, ¿es usted? Me ha dado un buen susto. ¿También le ha llamado Gladis?
Bajé la ventanilla con cautela.
—No conozco a nadie con ese nombre.
—¿Qué hace aquí, entonces?
—Necesito ver a Cecino.
Se llevó las manos a la cabeza.
—Pero, mi buen Macero, ¿es que no se ha enterado? Han detenido a Cecino. Lo tienen preso en el cuartel.
Me puso al día mientras subíamos a pie hasta la casona. Hacía menos de una hora que el cabo Lambrollo, el Guardia Civil del pueblo, se había presentado con una orden de registro. Lo que quiera que encontrara había conducido a la inmediata detención de Cecino.
—¿De qué lo acusan?
—¡Del asesinato del camarero! Y de provocar el incendio en el ayuntamiento.
Me costó contener una carcajada. Sólo por juguetear con la idea, traté de imaginar al octogenario llevando en volandas un cadáver de ochenta kilos desde su maletero hasta el río. Empezaba a hartarme de aquel pueblo.
—Gladis me telefoneó fuera de sí. Es la ayudante de Cecino. Sospecho que soy lo más parecido a un abogado que conoce.
Me tendió una arrugada tarjeta de visita en la que leí: EUGENIO DEL RAMAJO Y CARCAVASILLAS. CONNAISSEUR DE LA LEY.
—Es verdad que me licencié en Derecho —dijo como si él mismo no se explicara aquel logro—. Pero jamás ejercí. Estas tarjetas las imprimía la tuna. No sé qué espera que haga, la verdad.
La mujer que nos abrió tenía aspecto de corista arruinada.
A sus sesenta años, parecía haber pasado los últimos cincuenta cabreada.
O quizás estaba teniendo un mal día. Antes de franquearme el paso, insistió en dar tres vueltas a mi alrededor con un incensario.
Completada mi purificación, nos guio por un pasillo iluminado por candelabros.
—Ese rufián, ese esbirro de Cazorla, se ha cebado con la biblioteca. ¡Mire esto!
Era verdad. Sobre alfombras que simulaban enormes tableros de güija había caído una tormenta de páginas arrancadas, lomos desgarrados y cuadernos hechos trizas.
Era un milagro que nada hubiera aterrizado sobre el scriptorium medieval iluminado por cirios, desatando así el tercer incendio de la temporada.
Gladis rebuscó desconsolada entre los restos del naufragio.
—¡Profanadores! ¡Mercaderes! Décadas de estudios e investigaciones, maltratados como… como…. Mire esta joya. Uno de nuestros primeros estudios publicados. ¡Vea!
Me puso en las manos el número de otoño de 1989 del magazine ¡Bisutería ahora! Allí, entre un reportaje sobre abalorios hipoalergénicos y una comparativa de muestras de fimo, habían publicado un estudio titulado «Descomposición acelerada de materia orgánica a través del empleo de orina de burro.»
A mí me costaba imaginar una razón honesta por la que alguien querría acelerar la descomposición de materia orgánica, pero no había ido allí en busca de lecciones de química.
—¿De dónde sale el dinero para financiar todos estos tinglados, señora?
Me arrancó la revista de las manos.
—Estos tinglados , como usted los llama, son estudios de resonancia global. ¿Sabía usted, por ejemplo, que la rueda se inventó aquí, en Posos del Somormujo?
Ramajo asintió con vehemencia.
—Es verdad, Macero, hay documentos.
—Sin nuestro invento, ¿cómo se moverían los autobuses en su querida ciudad, eh? Seguramente sobre plataformas octogonales, y entonces ninguno de ustedes llegaría peinado al trabajo. ¿Y cómo se queda si le digo que la túnica sagrada…?
—La pasta viene del ayuntamiento, ¿no es así? —los interrumpí—. ¿De la concejalía de cultura?
Gladis resopló.
—Solía hacerlo —refunfuñó—. Hasta hace tres meses, cuando Cazorla cortó el grifo.
—¿Por qué?
—Envidia —respondió Ramajo—. Pura y dura. Se siente amenazada por la creciente popularidad de Cecino.
Gladis acarició el scriptorium.
—Y más ahora que está a punto de rematar su obra magna.
Su nuevo estudio lo cambiará todo. ¡Todo!
Se tambalearán los cimientos de la ciencia, la religión y la cultura.
Por eso que quiere hundirlo. A él, que es generoso como un sultán y humilde como un mártir.
¿Ha visto el muro exterior? ¿Con el nombre del anterior propietario, el Conde Estevos?
Pues bien, en cincuenta años, Cecino nunca ha querido su nombre en el muro.
—Déjese de cuentos —le espeté—. Esas palabras las tallaron ustedes dos, como un anagrama de «Se vende costo». Un truco muy viejo. Supongo que en su juventud sus negocios eran menos académicos .
La mirada que me lanzó Gladis pretendía alcanzar órganos vitales.
—Ese nuevo estudio, ¿de qué trata?
De debajo bricks de caldo de verduras vacíos, Gladis sacó un mapa topográfico de la costa valenciana. Lo besó.
—¿Ha oído hablar del Camino de la Salvación, Macero?
No respondí.
—Pues Cecino está a punto de demostrar que cuando las Escrituras hablan del Camino de Salvación, en realidad se refieren a la Ruta del Bakalao.
Me sentí súbitamente cansado. Ramajo tomó las manos de Gladis entre las suyas.
—Vamos inmediatamente al cuartel. ¿Cree que puede hacerse algo por la chaqueta de Macero? ¿Algo rápido?
Ella miró dubitativa los desgarrones chamuscados, resultado de mi fuga del gallinero.
—Quizás podamos salvarla —dijo pensativa—. Déjemela unos minutos.
Mientras esperábamos, Ramajo encontró el mueble bar y sirvió dos copas de orujo de apionabo. Bebimos junto a la ventana, escrutando en silencio la infinita negrura del prado.
—¿Qué opina?
—Que fuerzas oscuras operan en este pueblo —dije sin pizca de sorna—. ¿Qué son esas sombras?
Me refería a veinte o treinta bultos informes desperdigados por la hierba.
—Burros. Cecino los colecciona. Es un gran admirador del noble animal. Hace años confinanció con Maraver un hipódromo de burros. Ambos perdieron sumas considerables.
Entonces regresó Gladis con mi chaqueta en la mano y un rotulador dorado entre los dientes. No había tocado los desgarrones, pero la tela estaba ahora decorada con símbolos masónicos, constelaciones zodiacales y citas del Rig-veda.
—Un trabajo fino, señora —dije.
Gladis nos despidió en la puerta principal.
—Que los astros los protejan. ¿Seguro que no quieren que les lea las cartas antes de irse?