Chapter 17
Aún quedaba una cosa por hacer en el pueblo antes de regresar a la finca.
—¿Cómo dice que se llama?
—Rufus Garcete —respondí en tono agotado—. Jesús, pensé que no llegaría nunca.
Había aplastado mi pelo en la fuente de la plaza, tirado a la basura mi sudadera chillona y ocultado mis ojos tras unas gafas de sol, precauciones todas que resultaron innecesarias, pues los bomberos faenando en el ayuntamiento no eran los mismos que los de la mañana.
—No le esperábamos hasta dentro de dos o tres días —dijo el jefe de la dotación.
—Y así es exactamente como me siento, hermano, como si llevara tres días viajando en mula por un pedregal; o más bien, transportando a la mula sobre mi grupa.
Hazte perito judicial, me dijeron, tendrás un trabajo tranquilo.
Ja. Los sitios a los que nos mandan, y sin coche de empresa…
Parte del trayecto lo he hecho en una cosechadora, no le digo más.
El bombero señaló el segundo piso, que aún humeaba un poco.
—Pero ni siquiera he hecho el informe…
—No se preocupe, podemos empezar mañana —dije—. De todas formas necesito sumergirme en Mistol. Pero hay algo que debe hacerse hoy, sin dilación. ¿Tiene una bolsa de evidencias y un bolígrafo?
Me eché mano al bolsillo. Allí seguía la astilla de madera arrancada al trono merovingio de Puy.
—Estupendo. Mande esto al laboratorio del cuerpo de bomberos. Analítica completa. Urgente.
Garabateé sobre el plástico las palabras «Rufus Garcete, perito judicial» y el teléfono de Finca Rotunda. Después, como percibía cierta reticencia, dije en tono confidencial:
—¿Le han llegado noticias de Viñuesas del Simposio? No, supongo que no, intentarán que no trascienda. Entre usted y yo, hace tres días ardió el despacho de su alcalde.
El bombero se tensó.
—¿Por eso lo han enviado a usted tan deprisa?
—Es usted ágil conectando puntos, amigo. Debería hacer esos pasatiempos donde uno conecta números, ¿los conoce?
—Los he probado, pero siempre me salen penes. Caray, un pirómano de ayuntamientos. Hacía años que no teníamos uno de esos en la comarca. ¡Matesanz! Deja eso ahora mismo. Coge el coche y te vas volando al laboratorio. Entrega urgente.
Más tarde, de regreso a mi cuartucho, tuve tiempo de reflexionar.
Pensé en La Cloaca y en cómo todas la piezas de aquel embrollo parecían orbitar a su alrededor: una influencer había desaparecido al poco de husmear en su interior; un camión cisterna fantasma hacía misteriosas entregas semanales; y tanto la alcaldesa como los propietarios coreanos —si es que estos existían—, discretos hasta la médula, preferían no denunciar un allanamiento a atraer la atención de la policía.
Sólo el asesinato de Quiñones, cuya impúdica brutalidad lo situaba en las antípodas de toda búsqueda de discreción, se resistía a encajar en la órbita de la Cloaca.
Sacos de preguntas y un pálpito; ese era mi patrimonio en aquel momento.
El pálpito, al menos, podría confirmarlo aquella misma noche, sin salir de la finca.
Traje a mi memoria las palabras que Cecino había aullado en su reciente soflama plenaria: «Ladrones de tumbas, profanadores del templo del dios del aire y lo oculto».
¿Desvaríos seniles? Quizás. Pero se encontraba en la finca la noche en que desapareció la influencer , y algo me decía que su cerebro no estaba tan gripado como podía parecer a simple vista.
En cualquier caso, había que esperar a la noche para salir de dudas.
Hasta entonces, decidí dar una cabezada.
Hacia las nueve me duché, me puse el traje bueno, sisé una linterna y una navaja del almacén de los jardineros, me mezclé entre los invitados y me atiborré de canapés.
—¿Haciendo trabajo de campo, señor?
Era Dimitrios, que paseaba una bandeja de copas altas.
— Exafto —dije librándolo del peso de una de ellas—. ¿Por qué van todos tan elegantes?
—Habrá un espectáculo de fuegos artificiales a medianoche. Como de costumbre, el señor Rojas no ha reparado en gastos. ¿Contaremos con su presencia?
—Lo dudo. Tengo trabajo. Oiga, ¿qué es esa monstruosidad?
Dos operarios desmontaban la puerta principal para introducir un caballo disecado con un enorme lazo rojo en el lomo.
—Fue idea de la influencer —dijo el griego con hastío—. Apilar todos los regalos de boda en el vestíbulo, a los pies de la escalera curva. El monte del afecto , piensa llamarlo. Al parecer, «esas cosas lo petan en redes». Sus palabras, no las mías.
Dimitrios continuó caminando a mi lado.
—¿Necesitará un chófer? —susurró—. ¿Alguien que le cubra? Aún conservo mi arma reglamentaria del servicio militar.
—Manténgala enfundada, Wyatt Earp. Esta noche no hay peligro. Sólo me dispongo a averiguar si las palabras de sus venerables mayores son manantiales de sabiduría o meras alucinaciones.
Hicimos un viraje para evitar a Luna, rutilante como un ídolo a la luz de las antorchas.
La cohorte de invitados VIP que aleteaba a su alrededor incluía a Cecino, Cazorla, un obnubilado Ramajo y un estrafalario hombrecillo que vestía una camisa con chorreras y fumaba en boquilla de marfil.
Todos admiraban el arca del siglo XVII que mis riñones habían tenido el gusto de conocer el día de mi llegada.
Tuve que admitir que el maldito trasto ganaba empaque bajo las antorchas y protegido por catenarias.
—Yo compartí taxi con esa reliquia —dije.
—¿Cecino o Cazorla?
—El arca.
—Ah, sí. Una pieza magnífica para la subasta de mañana. ¿Seguro que no desea que lo acompañe?
Me fundí con las tinieblas del jardín y, como preferí no encender la linterna para evitar ser visto, pasé media hora perdido en la negrura de los cipreses antes de alcanzar mi destino.
Del templo de Abu Simbel emanaba el runrún de sueños inquietos. Me sacudí el follaje y, ahora sí, encendí la linterna. Después contuve la respiración, conté hasta diez y, en contra de todos mis instintos, me interné en el gallinero.
Era tal y como yo imaginaba el décimo círculo del infierno: en el aire viciado flotaban plumas, pedos con notas de maíz y un catálogo de cepas de gripe aviar; también la amenaza de una estampida de aquellos plumeros infectos.
Algunos de los cuales, lo juro, roncaban.
Altavoces invisibles vertían etéreas arias de Tristán e Isolda.
Inspeccioné el corral con dolorosa lentitud, avanzando a base de milimétricas contorsiones y petrificándome cada vez que una de las bestezuelas se estremecía en sueños y amenazaba con sacarse el pico del sobaco.
No tardé en ver la mancha. Había que estar ciego para no verla.
Sobre aquellos tablones había más plasma del que nadie puede perder si pretende contarlo.
Y tal y como sospechaba, era reciente; coagulada, sí, pero no reseca.
Seguirla con la linterna no llevaba a ninguna parte; el cuerpo no estaba allí.
Lo que sí estaba, y esto fue toda una sorpresa, era un rastro de polvo blanco espolvoreado sobre el suelo, como si un repostero trastornado hubiera preparado la superficie para amasar rosquillas.
Tanteé los tablones hasta que uno saltó, revelando un compartimento secreto.
Estaba vacío, si descontamos algunos restos de la droga que había contenido.
«Las gallinas están agitadas», había dicho Rojas el día de mi llegada; pues bien, yo acababa de dar con la causa.
De repente el templo se estremeció, como embestido por un ariete. Docenas de periscopios pellejudos se elevaron, alarmados. Muchos saltaron de sus perchas. Antes de que el eco se desvaneciera, ya estaba yo corriendo hacia la puerta de entrada, que encontré cerrada y asegurada por fuera.
Cargué contra ella. Fue un reflejo, y también un error. Todo cuanto logré fue amoratarme el hombro y romper la linterna. En solidaridad, un batallón de gallinas embistió la puerta, con resultados similares.
Aquello era ridículo. ¿Qué sentido tenía encerrarme en un gallinero? Sabía que no corría ningún peligro —aparte del ébola o cualquier otra inmundicia que aquellas alimañas transmitieran—, pero aún así deseé tener algo con que iluminarme.
El dios Amón debió escuchar mis deseos, porque del respiradero emanó un fulgor anaranjado.
Las gallinas, que olieron el peligro antes que yo, se apartaron a empellones.
Y entonces del respiradero cayó, como un meteorito ardiente, una botella con un paño incendiado, que se hizo añicos a mis pies.
El manto de pienso, plumas y cagarros actuó como acelerante; los listones del suelo, como combustible; y en menos de lo que se tarda en decir «Avecrem», las llamas habían alcanzado mi cintura.
Me vi atrapado en una centrifugadora de histéricos sacos de pulgas. Sintiendo que el fuego empezaba a interesarse por mi ropa, arremetí contra la puerta por segunda vez; fue igual de inútil que la primera. Corrí hasta la pared del fondo, sólo para toparme con una llameante barricada de ponederos.
Tosí, jadeé y maldije, todo en la misma exhalación.
El aire apenas contenía oxígeno, sólo efluvios de plumas torradas.
Desesperado, retrocedí y arranqué la barra metálica de una de las perchas.
Ardía, pero no tenía tiempo de proteger mis manos.
Me encaramé a los únicos cajones que seguían en pie y la emprendí a golpes contra la piedra.
Lo hacía a tientas, pues para entonces me era imposible mantener los ojos abiertos.
Lancé un rugido al sentir que la piedra se resquebrajaba.
Rompí suficiente pared y, a duras penas, culebreé al interior de una de las estatuas.
Pero sólo pude introducir el torso. Mis piernas quedaron colgando como espetos a la parrilla.
Piqué con saña, piqué hasta que me sangraron las manos y me restallaron los hombros, piqué hasta que la lámina de piedra artificial se venció bajo mi peso y al fin, con un crujido liberador, fui expelido por el ano de Ramsés II.
Rodé como una humeante salchicha de Frankfurt.
Mis zapatos ardían y tuve que apagarlos con palmoteos de foca.
Me desplomé entonces sobre la hierba y contemplé estupefacto cómo el fuego devoraba el templo.
Un chorreo de gallinas, como una faraónica diarrea, abandonaba la pira por la vía de escape que yo acababa de abrir.
Salí de mi estupor al escuchar voces que se aproximaban. Corrí a ocultarme en el momento justo en que llegaban los primeros invitados y los gritos de alarma se extendían por la finca.