Chapter 16
La calle Dualidad Onda-Corpúsculo, en la linde sur de Posos del Somormujo (esto es, a cuatro minutos a pie de su centro geográfico) era una callejuela sin aceras y con precarios cableados conectando sus fachadas como lianas.
Se notaba que era la hora de la siesta, porque las persianas estaban bajadas y los postigos cerrados.
Me detuve a cerciorarme de que no me habían seguido, y no vi en toda la calle ni rastro de actividad sospechosa; tampoco de encanto, carácter, fotogenia o alcantarillado.
El número cinco, que el Registro Mercantil listaba como sede social de Cañerías Sedosas, S.L., era una propiedad engañosa: de lejos, daba la impresión de hallarse en un situación de apático descuido; vista de cerca, sin embargo, su estado era de abyecto y miserable abandono.
Aporreé la puerta durante varios minutos, sin éxito.
Una vecina tiró de su persiana y, cegada por el sol, miró aproximadamente en mi dirección.
—Santo Dios. ¿A quién busca?
—¿Asdrúbal Viñales?
—Mercado —dijo enfurruñada—. Puesto de artesanías.
Y dejó caer la persiana con saña.
La más reciente innovación de la Concejalía de Comercio de Posos del Somormujo, según me contó el vecino al que pedí indicaciones y que se ofreció a caminar conmigo hasta allí, era un mercado celebrado cada jueves en el frontón, con el objetivo de impulsar tanto el producto como la moneda local, a cuyo efecto todas las transacciones que allí tuvieran lugar habían de cerrarse en PosoCoin.
Siete meses después de su inauguración, los tenderos colgaban diligentemente sus carteles de «Sólo PosoCoin», mientras que, tal y como llevaban haciendo desde el primer día, completaban todas las operaciones en efectivo.
Ni un solo PosoCoin había cambiado de manos, ni en aquel mercado ni en ningún otro, dejando a un puñado de desdichados inversores tempranos con una cartera que valía, en su conjunto, lo mismo que una palada de abono.
Sólo la alcaldesa Cazorla, que era una mujer con visión, había vendido sus tokens antes de lo peor de la caída.
Tocaba a su fin la jornada de mercado y sólo dos puestos quedaban en pie: uno, atendiendo a lectores que hacían cola para que don Cecino les firmara su último libro, Hamlet y el principio de incertidumbre: apostillas cuánticas a un clásico ; otro, porque su propietario se había quedado dormido.
Artesanías Viñales ofrecía amorfas figuritas de color miel. Todas ellas esculpidas, según decía el folleto, siguiendo técnicas milenarias perfeccionadas durante los viajes del artista por Nepal y Bután. Golpeé la mesa.
—Es sólo para consumo propio —protestó Viñales con voz pastosa, buscando sus gafas—. Oh. Hola.
—¿Asdrúbal Viñales?
—Escultor y asesor de Feng Shui, para servirle. ¿Busca algo para usted o es para un regalo?
—Busco información sobre Cañerías Sedosas.
Se le iluminó la cara.
—¿Han encontrado mis cosas?
—¿Qué cosas?
—El camión y los uniformes. ¿No es usted de la policía?
—Dios me libre. ¿Cuándo te los robaron?
Hizo memoria. Parecía un gran esfuerzo. Sacó del poncho algo que reflejaba la luz del sol y se puso a masticarlo mientras se retorcía mechones de melena grasienta. Al fin chasqueó los dedos.
—Hace diez meses, creo. O quizás seis. Estaban en las últimas, pero podía haber sacado algo por ellos.
—¿Tu empresa ya no opera?
—¿Tú que crees? —dijo señalando el tenderete—. El sector servicios no era lo mío, colega. Yo he nacido para dedicarme a mi arte.
—¿Y es buena vida? —dije, observando su palpable falta de ejercicio, aseo y vitamina D.
—La mejor. Nada como una existencia creativa.
Sólo hay que saber renunciar a caprichos como el chocolate, las proteínas o el jabón.
Apretarse el cinturón, vaya. Figuradamente, claro, porque el mío lo tuve que empeñar para comprar yogures.
He comprobado que si me muevo despacio y respiro flojo, puedo mantenerme a base de yogures y cannabis, ¿sabes?
Es cuestión de ser disciplinado. Yo el lunes como yogures. Y el martes como yogures. ¿Me sigues?
—El miércoles comes yogures, sí.
—No, el miércoles me como los vasitos. Y el jueves las tapas, incluso las premiadas.
Miró sus figuritas con adoración. No logré identificar el material.
—¿Mazapán? —dije.
—No, gracias. Acabo de merendar.
—¿Qué tipo de camión era? —dije volviendo al tema.
—Un camión cisterna. De desatrancos. El robo fue un bajón, porque siempre pensé que si el negocio de las artesanías tardaba en despegar, podría vivir en la cisterna. Rollo camperizado, ya sabes.
—¿Cuántos litros?
—Unos cinco mil. Es una cisterna pequeña.
Yo ya había concluido que quienes operaban en La Cloaca no pretendían desatrancar nada. ¿Qué, entonces, era lo que transportaba esa cisterna?
Señalé una figurita.
—¿Cuánto por esa?
—Excelente elección. Es Angela Merkel. Cuatro euros.
Le di un billete de veinte, rogándole que se quedara el cambio y no me diera más de aquellas atrocidades. Pero insistió en añadir otros cuatro pegotes, indiscernibles los unos de los otros, informándome de que eran The Beatles.
—No los acerque al fuego —advirtió—. Mezclo mi cerumen con algo de mercurio, y ambos tienden a perder consistencia con el calor.
Estaba a punto de marcharme, cuando se me ocurrió algo.
—¿Conoces a los Rojas?
—¿Quién no?
—Quiero decir en persona.
—Fui al colegio con Luna. Los primeros años, quiero decir, hasta que su padre empezó a forrarse y la mandaron a un internado. Le perdí la pista y no volví a verla hasta hace unos meses, el día de la inauguración del mercado. Le entusiasmó mi obra. Me llamó el Bernini de la comarca.
—¿De qué hablasteis aquel día?
—¿De qué hablamos? Pues de esto y de lo otro. De mi obra, mis influencias, mi negocio fallido… Luego abrimos unas cervezas y nos pusimos a rememorar viejos tiempos. Yo hablé de nuestros años de colegio, ella de la Grecia de Pericles.
—¿Le interesaba Cañerías Sedosas?
—Y tanto, ya lo creo que sí. Uno no lo diría viendo sus zapatos de mil euros, pero Luna se interesa mucho por la industria de los desatrancos. Ahora que caigo, prometió conectarme con Christie's, pero no volví a saber de ella. Oiga, ¡se deja sus esculturas!